Un amor inventado 1. LA LECTURA DE GUION
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Un amor inventado

Un amor inventado

Por Amy Jean

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1. LA LECTURA DE GUION

LA LECTURA DE GUION

Delilah

—Hola a todos —anunció Eliza, la directora, acercándose al micro—.

Lo primero que quiero hacer es daros las gracias por estar aquí y formar parte de Heights .

Como ya sabéis, se trata de una adaptación libre del clásico de Emily Brontë y estoy emocionada e increíblemente feliz porque todos estemos aquí para hacerla realidad.

Me muero por dar comienzo a la lectura, por escuchar por primera vez los personajes a través de la voz de estos actores tremendamente talentosos.

Esta es una historia inmortal que siempre levantará pasiones, una obra maestra de la creación de atmósfera y de personajes.

Y precisamente esos son los dos focos en los que centraremos la producción.

Ambientación y personajes. Tenemos por delante un rodaje difícil de cincuenta y seis días, muchas localizaciones y posibles adversidades meteorológicas.

Pero era importante rodar en este lugar, en la localización real. En los páramos de Yorkshire.

Desde hacía algún tiempo, las lecturas de guion significaban un lugar seguro para mí. Aquella era la primera reunión importante del equipo y del elenco, allí se empezaría a dar forma a la película que había conseguido ilusionarme de nuevo.

Ya había perdido la cuenta de las veces que había estado en aquella situación, ante una mesa enorme, rodeada por todos los miembros del equipo y junto a mis compañeros de reparto, con un micro de mesa a escasos centímetros de la boca para que mi voz proyectara a la perfección las líneas de diálogo.

Sin embargo, en esa ocasión resultaba diferente.

Para empezar, iba a vivir en Inglaterra varios meses.

La idea no me entusiasmaba, teniendo en cuenta que en los últimos tiempos vivía en una colina de Bel Air.

Pero ese proyecto lo requería, y necesitaba estar dentro de esa película igual que necesitaba seguir respirando.

Porque deseaba revertir la deteriorada imagen pública que se había proyectado de mí el último año.

Así que esa oportunidad suponía mi regreso a la actuación después de un extenso parón.

Era un nuevo objetivo. Un paso necesario para abrirme al futuro.

Pero las dudas me asaltaron cuando le conocí.

Ronan O’Connell iba a ser el encargado de interpretar al otro protagonista de la historia.

La otra ancla de la obra, al igual que lo era yo.

Él era alguien atractivo que poseía un magnetismo acaparador.

Su mirada oscura te aceleraba el corazón.

Sí. Tenía ese tipo de encanto rebelde irlandés.

Pero también estaba envuelto en un aura de inexperiencia que me preocupaba.

Esa iba a ser su primera película, su primer contacto ante las cámaras en un proyecto de gran envergadura, y yo desconfiaba de si estaría a la altura de las expectativas.

Además, Ronan era alguien que venía del teatro.

Un arte, a mi entender, muy distinto a lo que la película de Eliza Grey aspiraba a ser.

Algo sutil, en lo que todo lo importante estaba en los detalles...

, no algo sobreactuado y lleno de grandes movimientos escénicos.

Así que esos primeros días estaba convencida de que Ronan no iba a poder lidiar con aquello.

¿Cómo iba a hacerlo si había sido incapaz de mirarme a los ojos más de tres segundos seguidos cuando nos habíamos conocido?

Una vibración me alejó de mis pensamientos y me hizo regresar al presente. Era un golpeteo que procedía de debajo de la mesa y que pronto descubrí que se trataba del intenso compás que marcaba la pierna de Ronan.

Estaba nervioso.

Antes había observado cómo sus dedos, adornados por anillos de plata, doblaban las esquinas de las páginas del guion como si se tratara de alguna rutina tranquilizadora. En la portada del manuscrito, en la parte inferior, había esbozado una palabra con letra pulcra: «Heathcliff».

Lo cierto era que parecía tan fuera de lugar en aquella producción como el propio personaje de Cumbres Borrascosas entre sus vecinos ricos.

Y de pronto quise poner mi mano sobre su rodilla para detenerlo y tranquilizarlo.

Pero no tenía esa clase de confianza con él, y era evidente que quizá debería empeñarme en construirla para que aquella película funcionara.

Sin embargo, la breve interacción que había mantenido con Ronan en una cafetería de Londres me hacía temer que no iba a ser fácil.

Aquel movimiento de pierna me empezó a impacientar. Estaba a punto de pedirle que parase cuando Eliza comenzó a hablar de nuevo:

—Tenemos que conseguir que la gente sienta que está dentro de esta historia, que la huela, que la acaricie, que caiga rendida ante sus intensas emociones —continuó la directora al tiempo que desplegaba su atención entre todo el equipo—.

Y sois vosotros —ahora miraba directamente hacia la zona de la mesa en que estábamos colocados los actores, capitaneados por Ronan y por mí— los que vais a hacerla real.

Los que vais a batallar con sus sentimientos, los que vais a mostrarnos ese fragmento de vida, esa clase de pasión inalcanzable.

Esa venganza que nace de lo peor. Estoy convencida de que todos juntos vamos a hacer un trabajo increíble.

Pero ahora me muero por escucharos entonar los diálogos y poner las cosas en común.

—Nos señaló haciendo una reverencia con la mano—. ¿Estáis listos?

Todos asentimos a la vez.

Después, nos sumimos en un baile oral y pausado en el que la historia empezó a aflorar. Era Eliza la encargada de leer las descripciones del guion. Y fueron James y Sally, ambos de unos trece años, quienes dieron las primeras pinceladas de los protagonistas cuando eran tan solo dos niños.

La historia fluía, el guion escrito por Eliza era evocador, tenía un ritmo endiablado, y pronto llegó mi turno.

Percibí cómo el silencio se volvía sepulcral cuando interpreté la primera frase de Catherine.

La sala entera estaba sumergida en un ambiente de expectación, y todo parecía encajar e ir por la senda correcta, que se presentaba sin obstáculos.

Hasta que él habló.

Y el relato se tornó oscuro.

Porque su voz era como si el granito impactara contra el suelo.

Ladeé la cabeza y posé mis ojos en su perfil concentrado, sus labios moviéndose sobre unas palabras que adquirían otro significado cuando salían de su boca.

Entonces lo supe. Tal vez Ronan O’Connell fuera un novato, alguien desconocido del teatro de Dublín, pero poseía todo lo que una estrella necesitaba para brillar en el cielo.