Capítulo 24. Plan A
Sara volvió a Oviedo el viernes por la mañana en el primer tren, con doña Pilar dormida en el asiento de enfrente y la oferta de Mercedes Olazábal ardiéndole en el bolsillo como una brasa.
Directora general. Su nombre en la puerta.
Lo había soñado tantas veces que casi podía ver las letras. Doradas, sobre cristal esmerilado, en la séptima planta de la calle Uría. Sara Valdés Menéndez. Dirección General. La hija de la mujer que limpiaba oficinas de noche, sentada por fin en la silla del jefe. Firmando papeles de verdad.
Y sin embargo, cada vez que lo imaginaba, algo no terminaba de encajar. Como una cláusula bien redactada a la que le falta una coma.
Al llegar a Oviedo no fue a la agencia. Fue a buscar a su madre.
La encontró en el portal de un edificio de la calle Gascón, con un cubo, una fregona y un pañuelo en la cabeza, terminando la escalera de los martes y los viernes. Tenía sesenta y seis años. Se incorporó al verla, con una mano en los riñones, y se le iluminó la cara entera.
—¡Hija! ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Invitarte a comer.
—Me quedan dos pisos.
Sara le quitó la fregona de las manos, se remangó la chaqueta y se puso a fregar el rellano del segundo.
Su madre protestó, luego se rió, y al final se sentó en un escalón a mirarla con los ojos húmedos.
Tardaron veinte minutos. Después comieron en una sidrería de la calle Gascón, en una mesa junto a la ventana, y Sara se lo contó todo.
La casa. Madrid. La planta treinta y dos. Y él.
Sobre todo, él.
Su madre la escuchó sin interrumpir, con el tenedor quieto en el aire.
—¿Y lo quieres? —preguntó al final.
—Mucho, mamá. Me da miedo lo mucho que lo quiero.
—Eso es buena señal. —Su madre sonrió—. A tu padre lo quería tanto que me daba miedo hasta mirarlo. Y no me equivoqué nunca. —Dejó el tenedor—. ¿Y lo del puesto?
—No sé qué hacer.
Su madre la miró mucho rato. Luego alargó la mano por encima de la mesa y le cogió la suya, con esos dedos gastados de lejía y de frío.
—Mira, hija. Yo me he pasado treinta años limpiando despachos ajenos. Y tú te has pasado diez archivando papeles ajenos. —Le apretó la mano—. No has llegado hasta aquí para dirigir la casa de otro. Aunque te pongan tu nombre en la puerta. Tú lo que tienes que tener es tu puerta.
Sara se quedó sin palabras. Su madre se encogió de hombros y volvió a coger el tenedor, como si no hubiera dicho nada importante.
—Y ahora cómete eso, que estás en los huesos.
Esa tarde, Sara subió a la séptima planta de Arnedo & Vidal. Doña Pilar estaba en su despacho, con las gafas en la punta de la nariz, firmando la carta de despido de Tomás Ferrer con una sonrisa que no se molestó en disimular.
—Ya sé lo que viene a decirme —dijo sin levantar la vista—. Se le nota en la cara desde que ha cruzado la puerta.
—No voy a aceptar la dirección.
Doña Pilar dejó la pluma.
—Lo sabía. —Se quitó las gafas—. ¿Y qué piensa hacer, Valdés? ¿Volver al sótano?
—Abrir mi propia agencia.
Lo dijo en voz alta por primera vez y le sonó extraño, enorme, aterrador. Doña Pilar la miró con una expresión indescifrable durante mucho rato. Luego se levantó, rodeó la mesa y, para sorpresa absoluta de Sara, le dio un abrazo breve y seco que olía a laca y a perfume antiguo.
—Yo abrí esta con treinta y dos años —dijo al separarse—.
En un bajo de la calle Mon, con un teléfono y una máquina de escribir.
Todo el mundo me dijo que estaba loca. —Volvió a sentarse—.
Le voy a pasar la cartera de la costa, la que le di al llegar.
Considere que es mi regalo de despedida.
Y si algún día necesita un socio capitalista con mal carácter y mucha memoria, ya sabe dónde estoy.
· · ·
El sábado amaneció despejado. Fue el primer día sin lluvia en tres semanas, y a Sara le pareció una señal, aunque nunca había creído en señales.
No supo nada de Adrián en todo el día. Ni un mensaje. Ni una llamada. Solo, a mediodía, una foto sin texto: sus manos, llenas de serrín, apoyadas sobre el banco de trabajo de su padre en Laviana. Sara la miró veinte veces.
A las siete de la tarde se puso unos vaqueros, un jersey de lana color crema y las botas de monte que se había comprado para la excursión a Laviana.
Calzado cómodo. Se miró en el espejo del pasillo, el mismo donde se había visto con el vestido negro la noche del aparcamiento, y casi no se reconoció.
No porque estuviera distinta por fuera. Porque la mujer del espejo ya no tenía miedo de que la vieran.
Condujo hacia la costa con la ventanilla bajada.
Pasó por la curva de El Pito, donde se había caído media montaña.
Pasó por el arcén donde él había frenado en seco.
Pasó por Cudillero y vio el espigón donde había estado a punto de rendirse.
Y al salir de la última curva, entre las dos columnas de piedra cubiertas de musgo, vio la verja de Villa Arístegui.
Alguien la había pintado. Ya no era del color de la sangre seca. Era negra, brillante, nueva.
Y estaba abierta.
El camino de hortensias estaba lleno de farolillos de papel encendidos, colgados de las ramas, uno cada pocos metros, balanceándose con la brisa.
Sara aparcó junto a la gravilla con el corazón golpeándole en el pecho.
La casa estaba a oscuras, salvo la galería.
La galería entera brillaba como un farol sobre el acantilado, iluminada desde dentro por decenas de velas.
No había nadie en la puerta. La encontró entornada. Cruzó el vestíbulo, el salón con sus retratos limpios, el pasillo. Sus pasos resonaban en el parqué. Nadie. Silencio. Solo, a lo lejos, el mar.
Entró en la galería.
El sol se estaba poniendo al otro lado del cristal, enorme y naranja, hundiéndose en el Cantábrico y tiñendo el agua de cobre. Las velas estaban por todas partes: en el suelo, en los alféizares, en los viejos sillones de mimbre. Y en el centro de la galería, frente al mar, había un escritorio.
Sara se quedó inmóvil.
Era de madera oscura, maciza, con vetas profundas que brillaban a la luz de las velas.
Tres cajones a cada lado. Una superficie amplia, pulida hasta parecer agua.
Las patas torneadas a mano con una paciencia infinita.
No era un mueble de catálogo. Era algo que alguien había hecho con las manos, pieza a pieza, durante noches enteras sin dormir.
Y en el frente, grabado en la madera con letras sencillas y limpias, estaba su nombre.
Sara Valdés.
—Es castaño —dijo una voz a su espalda—. De las vigas viejas del tejado del ala norte. Las que quitaron en 1987. Don Fernando las guardó en el palomar durante casi cuarenta años porque no se atrevió a quemarlas. Me las regaló el martes.
Sara se giró.
Adrián estaba en la puerta de la galería, con una camisa blanca remangada, vaqueros y las manos todavía con restos de barniz alrededor de las uñas.
Parecía no haber dormido en tres días. Probablemente no lo había hecho.
Tenía los ojos brillantes y una sonrisa nerviosa que Sara no le había visto nunca.
—Lo he hecho en el taller de mi padre —siguió, acercándose despacio—.
Con sus herramientas. Hacía veinte años que no tocaba un formón.
Me he cortado dos veces. —Levantó la mano izquierda para enseñarle una tirita—.
Pero quería que tuvieras una mesa con tu nombre.
Que nadie te pudiera quitar. Para el despacho que tú elijas.
Sara no podía hablar. Pasó los dedos por las letras grabadas. Estaban suaves, cálidas, como si la madera estuviera viva.
—El primer día dejaste tu título encima de mi mesa —dijo él, muy bajo—. Y yo te dije que aquí nadie te iba a dar nada. —Se detuvo a su lado—. Me equivocaba. Quería darte algo. Llevo semanas queriendo.
—Adrián…
—Abre el cajón de arriba.
A Sara le temblaban las manos. Tiró del cajón. Se deslizó sin un solo ruido.
Dentro había una hoja de papel doblada en cuatro. Como la nota de Cifuentes. Como el correo. Como todas las hojas que habían cambiado su vida en aquellos tres meses.
La desplegó.
Arriba, con la letra de Adrián, ponía: Plan A.
Y debajo, una sola línea:
Pasar el resto de mi vida contigo.
Sara levantó la vista.
Adrián ya no estaba de pie a su lado. Estaba de rodillas en el suelo de la galería, entre las velas, frente al mar. Tenía en la mano una caja pequeña de madera, tallada también en castaño, y la abrió con dedos que no le obedecían del todo.
Dentro había un anillo. Sencillo. Una banda fina de oro y una piedra pequeña, clara, del color exacto del mar en invierno.
—Era de mi madre —dijo él—. Lo guardó durante todos los años malos.
No lo vendió ni cuando no teníamos para comer.
Me lo dio antes de morir y me dijo que un día sabría para quién era.
—Tragó saliva—. No lo supe hasta que te vi delante de don Fernando, con la voz firme y las manos temblando, contando la historia de esta casa como si fuera tuya.
Sara se tapó la boca con las manos.
—Sé que no tengo licencia durante seis meses.
Sé que no tengo trabajo. Sé que te he fallado, y que tú me has perdonado cosas que yo no me habría perdonado nunca.
—La voz se le quebró—. Pero también sé que eres la persona más valiente que he conocido.
Que me has enseñado a mirar. A las casas, a la gente, a mí mismo.
Y que no quiero volver a mirar nada desde la acera, nunca más, si no es contigo al lado.
Tomó aire.
—Sara Valdés Menéndez. ¿Quieres casarte conmigo?
Las velas temblaban. El sol terminó de hundirse en el mar. Y Sara, que se había pasado la vida entera esperando que alguien la viera, se arrodilló también en el suelo de la galería, frente a él, para mirarlo a la misma altura.
—Con una condición —dijo, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
Adrián parpadeó.
—¿Una condición?
—He rechazado la dirección de Arnedo & Vidal. Voy a abrir mi propia agencia. —Sonrió entre las lágrimas—. Y necesito un socio. Uno bueno. Aunque esté suspendido seis meses y solo sepa hacer muebles.
Adrián se la quedó mirando. Luego se echó a reír, una risa enorme, liberada, que le salió de lo más hondo del pecho.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí a todo. —Le cogió la cara entre las manos—. Pero mi nombre va primero en la puerta.
—Naturalmente.
—Valdés & Lastra.
—Me parece perfecto.
—Sí, Adrián. —Se le rompió la voz—. Sí. Claro que sí.
Él le puso el anillo con las manos temblando. Le quedaba perfecto. Luego la besó, allí, de rodillas entre las velas, con el cielo encendiéndose de violeta sobre el Cantábrico, y fue el beso más largo y más dulce de toda su vida.
Fue entonces cuando oyeron el aplauso.
Se separaron de golpe. En la puerta de la galería, apelotonados como niños que espiaran detrás de una cortina, había un grupo de personas.
Rosario, llorando a mares con un pañuelo.
Ramón Otero, con su chaqueta de pana y una botella de champán en la mano.
Doña Pilar, muy erguida, con los ojos sospechosamente brillantes.
Covadonga Fueyo, silbando con dos dedos.
Nacho Barrero, al que Sara solo conocía por la voz.
Y al fondo, apoyado en el marco de la puerta, con un ramo de rosas color melocotón que se le había olvidado que llevaba en la mano, Mateo.
Aplaudía más fuerte que nadie. Tenía los ojos brillantes.
Cuando Sara lo miró, levantó el pulgar y le guiñó un ojo, y ella supo que aquel gesto le había costado más que cualquier puñetazo.
Y en el centro, en una silla de ruedas empujada por Rosario, con una manta sobre las rodillas y una copa de coñac en la mano, don Fernando Arístegui.
—Ya era hora —dijo el viejo—. Llevo veinte minutos en el pasillo con esta cadera. Pensé que no terminaba nunca.
Y detrás de él, con su mejor abrigo y el pelo recién cortado, apretándose las manos contra el pecho, estaba la madre de Sara.
—¿Mamá?
—Me llamó el martes —dijo su madre, señalando a Adrián con la barbilla, y se echó a llorar—. Para pedirme tu mano. Como antes. Como se hacían las cosas. —Se secó los ojos—. Le dije que la mano era tuya, que a mí no me la tenía que pedir. Pero que si tú decías que sí, yo también.
Sara cruzó la galería corriendo y abrazó a su madre con tanta fuerza que las dos casi se caen.
La fiesta duró hasta las tantas. Otero descorchó el champán en la galería y el tapón salió disparado contra un retrato de don Anselmo, que no se inmutó.
Rosario sacó una empanada que había hecho a escondidas.
Doña Pilar le contó a la madre de Sara que ella también había limpiado oficinas de joven, antes de abrir su agencia, y las dos acabaron hablando en un rincón como si se conocieran de toda la vida.
Otero anunció que el banco había desbloqueado la financiación y que el hotel se llamaría, como no podía ser de otra manera, Villa Arístegui.
Y que la habitación número uno, la del ala norte, con vistas al mar, sería de don Fernando para siempre.
El viejo levantó su copa de coñac hacia Sara y Adrián.
—Tengo una última condición para esta venta —dijo—. Quiero que se casen aquí. En esta galería. Y quiero ser yo quien la lleve hasta el altar. —Frunció el ceño—. Así que no tarden mucho. Tengo ochenta y un años y una cadera de titanio. Prisa, lo que se dice prisa, tengo.
Todo el mundo se echó a reír.
Pasada la medianoche, cuando los demás se habían ido a dormir a las pocas habitaciones secas o de vuelta a Oviedo, Sara y Adrián salieron al acantilado.
Se sentaron en la hierba húmeda, al borde del mundo, con una manta de naftalina sobre los hombros y los dedos entrelazados.
Abajo, el mar respiraba tranquilo. Arriba había más estrellas de las que Sara había visto nunca.
—¿Sabes lo que pensé la primera vez que te vi dejar el título en mi mesa? —dijo él.
—¿Que era una arrogante?
—Que era la mujer más peligrosa que había visto en mi vida. —Le besó los nudillos, junto al anillo—. Y tenía razón. Me has destrozado por completo.
—¿Y eso es bueno?
—Es lo mejor que me ha pasado nunca.
Sara apoyó la cabeza en su hombro. Pensó en el sótano. En los fluorescentes y el deshumidificador. En diez años de papeles ajenos. En su madre subiendo escaleras con un cubo. En todas las veces que había creído que la gente como ella no subía.
Se equivocaba. Se había equivocado en todo.
Y, por primera vez, no le importaba en absoluto.