Capítulo 23. Planta treinta y dos #2
—Usted no es miembro de este consejo, señorita Valdés. Ni siquiera sé muy bien por qué está en esta sala.
—Está en esta sala porque yo la he invitado —dijo Irene. Su voz sonó clara, sin temblor—. Y como consejera de este grupo, le cedo mi turno de palabra.
Salcedo se volvió despacio hacia su hija. Durante un segundo, la sala entera contuvo el aliento.
—Adelante, señorita Valdés —dijo Mercedes Olazábal, quitándose las gafas rojas—. Me muero de curiosidad.
Sara caminó hasta la pantalla. Le temblaban las rodillas. Pensó en sus zapatos de hace cuatro años. Pensó en don Fernando diciendo Veamos si es verdad . Pensó en el salón helado de la casona, en los retratos, en la voz que no le tembló.
Y no le tembló tampoco ahora.
Covadonga le pasó el mando del proyector.
Sara empezó por la escritura de 1911, con el camino dibujado a plumilla.
Siguió con las cartas de 2009. Con la frase en tinta roja.
Con la nota de Inversiones Peñarrubia y el nombre de su administrador único, que hizo que dos de los hombres canosos se miraran entre ellos.
Con la factura del técnico municipal. Con el informe del arquitecto de Gijón.
Con las transferencias del pendrive de Irene.
No elevó la voz ni una sola vez. Habló como había hablado siempre, en el sótano, con los papeles: con precisión y sin adornos, porque los papeles no necesitan adornos.
Luego proyectó una última hoja.
—El señor Salcedo les ha enseñado un correo —dijo—. Pero se ha olvidado de enseñarles la respuesta.
En la pantalla apareció, en letras grandes, la segunda mitad. Olvida el anexo. No voy a cargarle nada a Sara Valdés. Si esta operación sale mal, respondo yo.
—La declaración que el señor Lastra hizo ante el juez de Pravia no es una confesión de culpa —siguió Sara—.
Es lo que ese correo prometía. Fue voluntaria.
Fue para proteger a una persona inocente de una denuncia fabricada por este grupo con información robada de su propio teléfono.
—Se volvió hacia la mesa y miró a Salcedo por primera vez—.
El hombre que escribió la primera mitad de ese correo ya no existe.
Lo sé porque yo estaba allí cuando dejó de existir.
En un arcén, bajo la lluvia. En una casa sin luz.
En un sótano a las tres de la madrugada.
Y delante de una excavadora, el lunes, cogiéndome la mano.
Adrián la miraba desde su silla como si no pudiera respirar.
Salcedo se rió en voz baja. Se recostó en el sillón y juntó las yemas de los dedos.
—Muy conmovedor. Pero creo que el consejo debería saber una cosa antes de valorar su testimonio. —Hizo una pausa teatral—. La señorita Valdés y el señor Lastra mantienen una relación sentimental. Sus palabras están tan contaminadas como las de cualquier amante. Ella diría cualquier cosa por él.
Un murmullo recorrió la mesa. Ferrer se removió en su silla. Sara sintió que le ardían las mejillas, y durante un instante vio el salón de la casona, el despacho de Ferrer, el aparcamiento de Gijón, todos los lugares donde alguien la había mirado como si no valiera nada.
Y entonces, por primera vez en su vida, no le importó.
—Es verdad —dijo—. Lo quiero.
La sala se quedó en silencio.
—Lo quiero —repitió, más alto, mirando a Salcedo a los ojos—.
Y aun así, todo lo que les he enseñado está firmado, sellado y registrado.
Tiene fecha, número de protocolo y huella digital.
—Dejó el mando sobre la mesa—. Yo me puedo haber enamorado, señor Salcedo.
Pero los papeles no se enamoran de nadie.
Mercedes Olazábal soltó una carcajada seca, sorprendida, y se tapó la boca.
Lo que siguió fue rápido. Covadonga Fueyo repartió copias de todo.
Doña Pilar pidió la palabra para señalar una transferencia concreta del pendrive: cuarenta y cinco mil euros de Inversiones Peñarrubia a una empresa de decoración de interiores que pertenecía a la esposa de Tomás Ferrer.
Ferrer se puso pálido, luego rojo, luego empezó a balbucear algo sobre un malentendido.
—Tomás —le dijo doña Pilar con enorme dulzura—, estás despedido. Y no sabes el gusto que me da decírtelo en esta sala.
Mercedes Olazábal volvió a ponerse las gafas rojas.
—Propongo que se vote la suspensión inmediata del señor Salcedo como presidente de este grupo mientras se investigan estos hechos —dijo—. ¿A favor?
Levantó la mano. Uno de los hombres canosos la levantó. Otro. Hubo un silencio largo. Todos miraron a Irene, que tenía en su poder el doce por ciento que le había dejado su madre. Sin sus votos no había mayoría.
Irene miró a su padre durante mucho rato.
—Irene —dijo Salcedo, muy bajo—. Piensa lo que haces.
—Llevo toda la vida pensando lo que hago, papá. Pensando en lo que tú quieres. —Levantó la mano despacio—. Hoy he pensado en lo que quiero yo.
La mano de Irene decidió la votación.
Bernardo Salcedo no gritó. No se levantó de golpe.
Se quedó sentado en su sillón de cuero, en la planta treinta y dos de su torre, mirando a su hija como si la viera por primera vez.
Luego se levantó, se abrochó la chaqueta con dedos lentos y salió de la sala sin mirar a nadie.
En el pasillo lo esperaban dos hombres con traje oscuro y una carpeta con el escudo de la Fiscalía.
Sara los vio a través del cristal. Vio cómo uno de ellos le enseñaba un papel.
Vio cómo Salcedo, por fin, bajaba la cabeza.
Irene no miró. Se quedó sentada con las manos sobre el mármol negro y los ojos llenos de lágrimas que no dejó caer.
· · ·
Llovía cuando salieron a la Castellana. Una llovizna fina, gris, que no tenía nada que ver con Madrid.
—No me lo puedo creer —dijo Adrián, levantando la cara al cielo—. Nos ha seguido desde Oviedo.
Sara se echó a reír. Estaban en mitad de la acera, rodeados de ejecutivos con paraguas que los esquivaban con prisa. Él se volvió hacia ella. Tenía los ojos brillantes.
—Me has defendido —dijo—. Delante de todos.
—Te lo debía.
—No me debías nada.
—Lo sé. —Le agarró las solapas de la chaqueta mojada—. Por eso lo he hecho.
Y él la besó en mitad de la Castellana, bajo la lluvia, delante de una torre de cristal y de cien desconocidos, como si no hubiera nadie más en el mundo. Alguien tocó el claxon. Alguien silbó. A ninguno de los dos le importó.
Esa tarde llegaron las otras noticias. El Colegio de Agentes suspendía la licencia de Adrián durante seis meses por haber recibido información reservada de un funcionario. No era de por vida. Pero era real. Él lo leyó en el móvil, en la cafetería del hotel, y lo único que dijo fue:
—Me lo he ganado.
Y luego, casi sonriendo:
—Seis meses es mucho tiempo para hacer muebles.
A las siete, Mercedes Olazábal llamó a Sara. Le habló durante diez minutos, con esa voz seca y divertida de la sala de juntas. Cuando Sara colgó, se quedó mirando el teléfono como si fuera un objeto extraño.
—¿Qué quería? —preguntó Adrián.
—Me ofrece la dirección general de Arnedo & Vidal. El puesto de Ferrer. Con el apoyo del nuevo consejo del grupo. —Sara tragó saliva—. Con mi nombre en la puerta.
Adrián dejó la taza sobre la mesa. Algo pasó por su cara, muy rápido, y Sara no supo leerlo.
—Es lo que siempre has querido.
—Eso creía.
—Acéptalo, Sara. Te lo has ganado más que nadie.
Ella lo miró. No supo por qué, pero aquellas palabras le dolieron un poco.
Esa noche, cuando volvió de cenar con doña Pilar y Covadonga, la habitación estaba vacía. La maleta de Adrián no estaba. Sobre la almohada, junto al cuadro horrible del caballo, había una hoja del bloc del hotel doblada en cuatro.
Sara la abrió con el corazón en la garganta.
He cogido el último tren. Tengo que terminar una cosa en Laviana antes de que vuelvas. No es nada malo, te lo prometo. Esta vez no desaparezco: te espero.
El sábado al atardecer, en la galería de Villa Arístegui.
Ponte calzado cómodo.
—A.