Capítulo 23. Planta treinta y dos
Mateo estaba en el andén a las siete menos cuarto.
Sara lo vio desde lejos, apoyado en una columna, con la cazadora de siempre y una bolsa de papel en la mano. Adrián también lo vio. Le apretó la mano a Sara un segundo y le dijo en voz baja:
—Te espero en el tren.
Y se fue, con la maleta, sin mirar atrás. Sara supo que lo hacía a propósito. Que les dejaba aquel momento a los dos.
Mateo le tendió la bolsa.
—Bocadillos de tortilla de mi abuela. Dice que en los trenes nadie come y que por eso la gente llega triste a Madrid.
Sara se echó a reír. Luego dejó de reír.
—Mateo…
—Ya lo sé. —Sonrió, con esa sonrisa que le ocupaba media cara y que ahora le temblaba un poco—. No hace falta que me lo digas. Lo supe en el ascensor de Gijón. Lo supe en la verja de la casona, con la nota amarilla. Lo supe el lunes, cuando lo vi abrazarte en la galería desde el jardín.
—Lo siento tanto.
—No lo sientas. —Se metió las manos en los bolsillos—.
Mi abuela dice que el amor no se elige, que se reconoce.
Tú lo has reconocido. Yo todavía estoy buscando el mío.
—Se encogió de hombros—. Me he pedido un mes de vacaciones.
Igual me voy a algún sitio con playa y mujeres que no estén enamoradas de un iceberg.
Sara le abrazó. Fuerte, de puntillas, con la bolsa de bocadillos aplastada entre los dos. Él le devolvió el abrazo y le dio un beso en el pelo.
—Una cosa más —dijo, separándose—. El llavero. Quédatelo. Tus primeras llaves siempre van a ser un poco mías.
—Siempre.
—Y sé feliz con ese idiota, ¿vale? Que si no, voy a tener que volver a pegarle. Y la última vez me hice más daño yo que él.
Sonaron los avisos de salida. Sara subió al tren con los ojos llenos de lágrimas. Por la ventanilla lo vio en el andén, con las manos en los bolsillos, sonriendo. Levantó el pulgar. Ella le respondió igual.
Cuando el tren arrancó, Mateo se quedó en el andén hasta que lo perdió de vista. Sara lo sabía porque no dejó de mirarlo ni un segundo.
El tren salió de Oviedo a las siete y cuarto del miércoles, con el cielo todavía negro y la estación casi vacía.
Doña Pilar viajaba en el vagón de delante, con Covadonga Fueyo y una maleta de documentos que ninguna de las dos perdía de vista.
Sara y Adrián iban solos, en dos asientos junto a la ventanilla, con dos cafés de la cafetería de la estación que ninguno se había terminado.
Sara no había estado en Madrid más que dos veces en su vida. Una, con doce años, en una excursión del colegio al Museo del Prado. Otra, con veinte, para acompañar a su madre al médico. Las dos veces había vuelto con la sensación de que aquella ciudad estaba hecha para otra gente.
—Estás temblando —dijo Adrián.
—Es el frío.
—Hace veintitrés grados en este vagón.
—Pues será el café.
Él no dijo nada. Le quitó el vaso de las manos, lo dejó en la bandeja y le cogió los dedos entre los suyos.
Los tuvo así, sin hablar, mientras el tren cruzaba la cordillera por los túneles de Pajares y la luz iba y venía en la ventanilla.
Cuando salieron al otro lado, a la meseta, había amanecido.
El paisaje era amarillo y plano, infinito, sin una sola nube.
Sara pensó que nunca había visto tanto cielo junto.
—¿Sabes lo que me da miedo? —dijo en voz baja—. No es Salcedo. Es entrar en una sala llena de gente que ha nacido sabiendo cómo se habla en esas salas. Gente que me va a mirar y va a ver a la del archivo.
—Van a ver a la mujer que ha tumbado a Bernardo Salcedo en tres semanas.
—Van a ver mis zapatos. Son de hace cuatro años.
Adrián se rió. Luego se puso serio y le levantó la barbilla con dos dedos para que lo mirara.
—Escucha. Yo me he pasado diez años en esas salas. Con trajes de mil euros y zapatos nuevos. Y te juro por mi padre que nunca he visto entrar a nadie con lo que tú llevas dentro. —Le tocó la frente con la yema del dedo—. Ahí. Eso no se compra en Serrano.
Sara apoyó la cabeza en su hombro. No recordaba haberse dormido, pero cuando abrió los ojos estaban entrando en Chamartín, y él no se había movido en dos horas para no despertarla. Tenía el brazo dormido. No se quejó.
El hotel lo había reservado la secretaria de doña Pilar, un edificio de piedra antiguo en una calle estrecha detrás de la Gran Vía. En la recepción, un chico joven con chaleco gris tecleó durante mucho rato y luego levantó la vista con cara de pánico.
—Lo siento muchísimo. Ha habido un error con la reserva. Teníamos tres habitaciones a nombre de Arnedo & Vidal, pero una se ha asignado por error a otro cliente y estamos completos por el congreso de cardiología. —Tragó saliva—. Solo me quedan dos.
Doña Pilar miró a Covadonga. Covadonga miró a doña Pilar. Las dos miraron a Sara y a Adrián, que estaban de pie detrás de ellas con sus maletas.
—Nosotras compartimos —dijo doña Pilar con total naturalidad—. Ustedes se apañarán.
Y se fue hacia el ascensor sin esperar respuesta.
Sara miró a Adrián. Adrián miró a Sara.
—Solo una habitación seca —murmuró él.
Ella soltó una carcajada tan fuerte que el recepcionista se sobresaltó.
La habitación daba a un patio interior y tenía una cama enorme con un cabecero de terciopelo azul, un sillón junto a la ventana y un cuadro horrible de un caballo.
Pasaron la tarde preparando la reunión con Covadonga en la cafetería del hotel, repasando cada documento, anticipando cada ataque.
Cenaron algo rápido en una taberna de la calle de al lado, rodeados de turistas y cardiólogos.
Y cuando por fin cerraron la puerta de la habitación, a las once de la noche, los dos estaban agotados.
No tan agotados.
Fue distinto a las otras veces. Más lento.
Más callado. Como si los dos supieran que al día siguiente podían perderlo todo y quisieran guardarse aquello en algún sitio donde nadie pudiera quitárselo.
Él la desnudó como si abriera una carta que llevaba mucho tiempo esperando.
Ella le recorrió la espalda con las manos y encontró una cicatriz nueva, pequeña, en el hombro, y él le contó que se la había hecho con doce años, en el taller, con un formón de su padre.
Ella la besó. Él cerró los ojos. Afuera, en el patio, alguien tocaba la guitarra mal y muy despacio, y aquella música torpe acabó siendo la banda sonora de la noche más tierna de su vida.
Después se quedaron tumbados a oscuras, con las piernas enredadas, mirando el techo.
—Tengo miedo —dijo él de pronto.
Sara giró la cabeza sobre la almohada. Nunca se lo había oído decir.
—¿De qué?
—De mañana. De perder la licencia. —Tardó en seguir—. No por el dinero. Es que llevo diez años siendo el del traje. Si me quitan eso, no sé quién soy. Tengo miedo de volver a ser el crío de la acera.
Sara se incorporó sobre un codo para mirarlo. La luz del patio le dibujaba la cara en gris y oro.
—Adrián Lastra —dijo—. El sábado firmaste la compra de la casa de tu padre.
El lunes sacaste a una magistrada de la cama.
La semana pasada fuiste a un juzgado a declarar contra ti mismo por alguien que te había pedido que no volvieras a buscarla.
—Le puso la mano en el pecho, sobre el corazón—.
Tú ya no eres el del traje. Y tampoco eres el crío de la acera.
Eres algo muchísimo mejor. Y mañana, pase lo que pase, vas a seguir siéndolo.
Él la miró mucho rato sin decir nada. Luego la atrajo hacia sí y la besó en la frente, y se durmieron así.
· · ·
La sede del grupo Salcedo ocupaba las plantas treinta a treinta y cinco de una torre de cristal en el Paseo de la Castellana.
Desde el ascensor, que subía tan rápido que a Sara le taponaron los oídos, se veía Madrid entero encogiéndose bajo sus pies: los tejados, las avenidas, las sierras azules al fondo.
Pensó en el sótano de Arnedo & Vidal, cinco metros bajo el suelo de la calle Uría, y le entraron ganas de reír.
La sala de juntas de la planta treinta y dos era un rectángulo de cristal con una mesa de mármol negro para veinte personas.
Había nueve sentadas. Bernardo Salcedo presidía, impecable, con un traje gris marengo y la misma sonrisa amable de siempre, como si el lunes no hubiera existido.
A su derecha, Tomás Ferrer sudaba dentro de una americana demasiado estrecha.
Al otro lado de la mesa, con un traje negro y la melena recogida, estaba Irene.
No miró a su padre al entrar. Miró a Sara y le hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.
El resto eran rostros que Sara no conocía: hombres canosos con gemelos, una mujer de unos sesenta años con el pelo blanco muy corto y unas gafas de pasta roja que la estudiaba con curiosidad abierta.
—Mercedes Olazábal —le susurró Covadonga al oído—. Representa al fondo de pensiones que tiene el veinte por ciento del grupo. Si alguien puede tumbar a Salcedo en esta sala, es ella.
Salcedo no perdió el tiempo.
Habló durante veinte minutos, sin notas, con la voz suave y segura de quien ha convencido a mil consejos de administración.
Habló de un agente de una filial asturiana que había actuado a espaldas del grupo.
De un funcionario de juzgado sobornado. De un anciano manipulado.
De una operación inmobiliaria legal, la de Atlántica Capital, saboteada por intereses personales.
Proyectó en la pantalla la declaración de Adrián ante el juez de Pravia, con su firma en cada página.
Luego proyectó el correo. Arístegui. Plan B. La primera mitad. Solo la primera.
—El propio señor Lastra admite por escrito que planeaba culpar a una compañera —dijo Salcedo, con una tristeza impecable—.
Y ahora pretende convertirse en héroe. Propongo que el grupo se persone como acusación contra él, que se destituya a la dirección actual de Arnedo & Vidal y que se comunique al Colegio de Agentes para que le retire la licencia de forma definitiva.
Nadie dijo nada. Adrián estaba muy quieto, con las manos sobre la mesa. Sara vio que tenía los nudillos blancos.
Se levantó.
—Quiero hablar.
Salcedo ni siquiera la miró.