Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 22. Catorce llamadas #2
86%

Capítulo 22. Catorce llamadas #2

—Tenías razón. No me toca a mí decidir por ti.

Nunca. —Se apoyó en el cristal de la galería, mirando el mar—.

Pero tienes que entender una cosa, Sara.

Cuando he visto la pala encima de ti, desde la curva…

—Se le quebró la voz—. He pensado que llegaba tarde.

Que llegaba tarde otra vez, como con Irene, como con mi padre, como con todo lo que me ha importado en la vida.

Que iba a quedarme en la acera mirando cómo te perdía.

Sara dejó caer la manta.

—Has llegado a tiempo.

—Por muy poco.

—Por treinta y nueve segundos, seguramente. —Sonrió entre las lágrimas—. Es nuestra especialidad.

Él se volvió hacia ella. La luz del amanecer le daba en la cara, en la cicatriz de la ceja, en los ojos claros que ya no le parecían agua de deshielo sino algo mucho más cálido. Le tomó la cara entre las manos, con esa lentitud que la dejaba siempre sin respiración.

—En el mensaje de voz te dije una cosa —murmuró—. No sé si lo has oído.

—No lo he oído.

—Entonces te lo digo ahora, y esta vez no me vas a interrumpir con un «no vuelvas a buscarme».

—Tomó aire—. Te quiero, Sara Valdés. Te quiero desde que dejaste un título sobre mi mesa y me dijiste que conocías mis grietas.

Te quiero cuando me llevas la contraria, que es siempre.

Te quiero en el archivo, y en la carretera, y en tu cocina diminuta con mi camiseta, y delante de una excavadora con los zapatos llenos de barro.

Y si me dejas, voy a pasarme el resto de mi vida demostrándote que no te elegí para cargar con nada. Que te elijo para todo.

Sara lo miró. Llevaba toda la vida esperando que alguien la viera. Y ahora que alguien la veía por completo, con todas sus grietas, no tenía miedo.

—Yo también te quiero —dijo—. Idiota.

Y lo besó.

Fue un beso distinto a todos los anteriores.

No había rabia, ni despedida, ni miedo. Había algo mucho más peligroso: la certeza de que no iba a terminar.

Él la levantó del suelo y ella se rió contra su boca, y él dio una vuelta con ella en brazos en mitad de la galería como un adolescente, y Rosario, desde la puerta de la cocina, se santiguó dos veces y volvió a desaparecer.

Se quedaron allí mucho rato, abrazados contra el cristal, viendo cómo el sol se comía la niebla y el Cantábrico se volvía azul por primera vez en semanas.

Sara pensó que nunca olvidaría aquel momento.

El olor a salitre y a café. El latido de él contra su mejilla.

La casa, entera, respirando a su alrededor.

A las nueve y media llamaron al hospital. Rosario puso el teléfono en altavoz y lo dejó sobre la mesa de la cocina.

—¿Está en pie? —fue lo primero que preguntó don Fernando, con voz ronca.

—Está en pie —dijo Sara—. Las palmeras, la galería y hasta los fantasmas.

Hubo un silencio largo al otro lado. Luego un sonido que Sara tardó en identificar. El viejo estaba llorando.

—Sabía que usted no me fallaría —dijo al fin—. Lo supe en cuanto me habló de la nevada del 87.

—No he sido yo sola, don Fernando.

—Ya lo sé. —Una tos, casi una risa—. Dígale a Lastra que le perdono lo de hace un mes. Y que si le hace daño, tengo una escopeta de 1920 que todavía dispara.

Adrián se echó a reír. Sara también.

A las diez, un coche pequeño y polvoriento subió el camino de hortensias y se detuvo junto a la verja.

Sara lo vio desde la ventana de la galería.

Era el coche de Mateo. Lo vio bajar con una bolsa de papel enorme de la confitería de Cudillero, el pelo revuelto y cara de haber oído las noticias en la radio y haber salido corriendo.

Lo vio caminar hacia la casa. Lo vio detenerse en mitad del jardín y levantar la vista hacia la galería acristalada, donde ella estaba con el brazo de Adrián alrededor de la cintura y la cabeza apoyada en su hombro.

Mateo se quedó quieto un instante. Luego bajó la vista y siguió caminando hasta la puerta de la cocina.

Rosario le abrió. Sara no pudo oír lo que dijeron, pero vio cómo él le daba la bolsa de papel y le decía algo con una sonrisa. Vio a Rosario señalar hacia dentro, invitándolo a pasar. Y vio a Mateo negar con la cabeza, darle un beso en la mejilla a la vieja ama de llaves y volver hacia el coche.

Más tarde, Rosario le contó lo que le había dicho.

Son cruasanes para los que han pasado la noche en vela. No, gracias, no entro. Hoy es su día. Dígale que estoy muy orgulloso de ella.

Sara se quedó mirando por la ventana hasta que el coche pequeño desapareció en la curva. Adrián no dijo nada. Pero le apretó la mano, y ella supo que él también lo había visto.

Fue entonces cuando sonó su propio móvil. Era Irene.

—Enhorabuena —dijo, y sonaba agotada, pero sincera—.

Lo he visto en las noticias. Ya hay fotos de las excavadoras paradas en las redes.

—Una pausa—. Pero tengo que avisarte de algo, Sara.

Mi padre no se va a rendir. Acaba de convocar un consejo extraordinario del grupo en Madrid para el jueves.

Y va a llevar la declaración que Adrián hizo ante el juez de Pravia.

Sara miró a Adrián, que se estaba sirviendo más café, ajeno a todo.

—¿Para qué?

—Para culparlo de todo. De los mensajes, del chivatazo, de la venta.

Va a decir que Adrián actuó solo, a sus espaldas, y que el grupo es la víctima.

Con esa declaración firmada, el Colegio le retirará la licencia de por vida.

Y puede que algo peor. —Irene bajó la voz—.

Se sacrificó por ti ante un juez. Y mi padre va a usar exactamente eso para destruirlo.

Sara colgó despacio. Adrián se volvió hacia ella con la taza en la mano y una sonrisa que se le borró al verle la cara.

—¿Qué pasa?

Sara cruzó la cocina y le quitó la taza de las manos. La dejó sobre la mesa. Le cogió las dos manos.

—Nos vamos a Madrid —dijo—. Esta vez me toca a mí defenderte.