Capítulo 22. Catorce llamadas
La magistrada Elena Sirgo vivía en un chalé adosado en las afueras de Oviedo, con un jardín diminuto, un triciclo tirado junto a la puerta y un buzón con forma de casita que algún niño había pintado de rojo. Adrián llamó al timbre a las tres y diez de la madrugada.
No contestó nadie.
Volvió a llamar a las tres y cuarto. A las tres y veinte se encendió una luz en el piso de arriba.
A las tres y veintidós se abrió una ventana y asomó una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo recogido de cualquier manera y cara de estar pensando en qué artículo del Código Penal aplicarle.
—Tiene usted diez segundos para explicarme por qué no llamo a la policía.
—Porque dentro de tres horas van a tirar una casa de 1911 con un informe de ruina falso —dijo Adrián desde el jardín, con la carpeta de Covadonga apretada contra el pecho—. Y porque usted tiene el recurso en su mesa desde el viernes y ha decidido que no era urgente.
La magistrada lo miró un momento.
—Las casas no son urgentes. Las personas sí.
—En esa casa vive un hombre de ochenta y un años que está en el hospital con la cadera rota.
Lo único que le queda en el mundo es esa casa.
—Adrián tomó aire—. Y delante de la verja, dentro de un rato, va a estar la mujer a la que quiero.
Sola. Delante de dos excavadoras. Porque se lo prometió a él.
Y es la persona más cabezota que he conocido en mi vida.
La ventana se cerró.
Adrián se quedó de pie en el jardín, bajo la llovizna, sin saber si aquello significaba que sí o que no.
Pasó un minuto. Dos. Se sentó en el escalón de la entrada, junto al triciclo, con la carpeta en las rodillas.
Pensó en Sara bajando en zapatillas a su portal aquella noche de lluvia.
Pensó que ahora le tocaba a él esperar en una puerta ajena.
Y pensó que esperaría lo que hiciera falta.
A las tres y cuarenta se abrió la puerta. La magistrada llevaba un albornoz de cuadros y unas gafas de leer en la punta de la nariz. Le tendió la mano sin decir nada. Él le dio la carpeta.
La leyó en la cocina, de pie, mientras una cafetera italiana silbaba en el fuego.
Adrián esperaba junto a la nevera, cubierta de dibujos infantiles y horarios de extraescolares, sin atreverse a sentarse.
Ella pasó las páginas del informe del arquitecto de Gijón.
Luego la factura del técnico municipal a Inversiones Peñarrubia.
Luego las cartas de 2009. Se detuvo en la frase subrayada en rojo.
Si no me la vende, haré que no valga nada.
Se quitó las gafas.
—¿Sabe cuántos años llevo en esto, señor Lastra?
—No.
—Diecinueve. Y nunca había visto una cosa tan sucia con un lazo tan bonito. —Se sirvió un café—. ¿Quiere uno? Va a necesitarlo. Tengo que redactar el auto y mi secretaria vive en Mieres.
A las cuatro y cincuenta, la magistrada Elena Sirgo firmó electrónicamente un auto de medidas cautelarísimas que suspendía la declaración de ruina de Villa Arístegui y prohibía cualquier obra de demolición hasta nueva orden.
A las cinco y dos lo envió al ayuntamiento, a la constructora y al puesto de la Guardia Civil de Cudillero.
A las cinco y cinco le imprimió a Adrián una copia sellada.
—La Guardia Civil tardará en leer el correo —le advirtió en la puerta—. Si quiere que alguien pare esas máquinas a tiempo, llévele usted el papel.
Adrián ya estaba corriendo hacia el coche.
La llamó desde el primer semáforo. No contestó.
La llamó en la autovía, a ciento sesenta, con la carpeta en el asiento del copiloto.
No contestó. La llamó al pasar Soto del Barco, al salir de la autovía, en la primera curva de la costa.
Le dejó un mensaje de voz que no recordaría nunca, porque lo dijo gritando y riendo a la vez. La llamó otra vez. Y otra.
No contestó ni una sola vez.
Y Adrián, conduciendo entre la niebla con el corazón en la garganta, entendió por qué. Ella pensaba que la llamaba para convencerla de que se fuera. Pensaba que iba a decidir por ella otra vez.
No sabía que la llamaba para decirle que lo tenían.
· · ·
La excavadora avanzó un metro. Luego otro.
Sara no se movió. Tenía la gabardina empapada, los zapatos hundidos en el barro y el corazón golpeándole tan fuerte que apenas oía el motor.
A tres metros, la pala amarilla se alzaba sobre ella como la cabeza de un animal prehistórico.
El conductor le gritaba algo. Bernardo Salcedo la miraba desde debajo de su paraguas con una sonrisa paciente, como quien espera a que un niño termine una rabieta.
—Señorita Valdés —dijo—, esto es ridículo. No tiene usted derecho a estar aquí. En cinco minutos llega la Guardia Civil y se la llevan detenida por desobediencia. ¿De verdad quiere añadir eso a su historial?
—Le prometí a don Fernando que nadie tiraría su casa.
—Don Fernando tiene ochenta y un años y una cadera de titanio. Dentro de un mes ni se acordará. —Salcedo miró el reloj—. Y a usted no le queda nada, querida. Ni trabajo, ni nombre, ni hombre. Él la vendió a la primera oportunidad. ¿Todavía no se ha dado cuenta?
Sara pensó en el sobre blanco en el fondo de la caja verde. En la nota adhesiva amarilla. En la otra mitad del correo. En un hombre sentado en el suelo del taller de Laviana, con los ojos rojos, pidiéndole perdón por haber sido quien fue.
—No me vendió —dijo—. Y usted lo sabe mejor que nadie.
Por primera vez, la sonrisa de Salcedo vaciló.
Entonces, desde la curva, llegó el motor del segundo coche.
Venía demasiado deprisa. Sara lo reconoció antes de verlo, por el ruido, porque lo había oído arrancar cien veces con más fuerza de la necesaria.
El todoterreno gris salió de la niebla derrapando en la gravilla, se detuvo de través junto a la verja y la puerta se abrió antes de que el motor se apagara del todo.
Adrián bajó corriendo. No llevaba abrigo. Llevaba la camisa blanca empapada pegada al cuerpo, el pelo revuelto y una carpeta azul en la mano. Pasó junto a Salcedo sin mirarlo. Pasó junto a la furgoneta de la constructora. Se plantó al lado de Sara, delante de la pala, y le cogió la mano.
La tenía helada. La de él ardía.
—Te he llamado catorce veces —dijo, sin aliento.
—Lo sé.
—No has contestado ninguna.
—Pensaba que ibas a convencerme de que me fuera.
—Iba a decirte que lo teníamos. —Levantó la carpeta azul, y Sara vio el sello del juzgado—. Medida cautelarísima. Firmada a las cuatro y cincuenta. He sacado a una magistrada de la cama y me he bebido su café. Nadie va a tocar esta casa.
Sara no pudo decir nada. Se le había cerrado la garganta.
Salcedo se acercó con el paraguas. Por primera vez, no parecía amable.
—Déjeme ver eso.
Adrián le tendió una copia sin soltar la mano de Sara.
Salcedo la leyó bajo el paraguas, con el chófer sosteniéndolo por encima de su cabeza.
Sara vio cómo le temblaba el labio. Vio cómo sus ojos verdes, tan parecidos a los de su hija, recorrían las líneas una y otra vez, como si esperara que cambiaran.
—Un papel —dijo al fin—. Firmado en pijama. Mis abogados lo tumbarán antes de la hora de comer.
—Puede que sí —dijo Adrián—. Pero a la hora de comer usted va a estar muy ocupado, Bernardo. Porque esta mañana El Diario del Norte publica en portada lo de Inversiones Peñarrubia. Y porque su hija llegó anoche a la Fiscalía de Oviedo con un pendrive.
Salcedo se quedó completamente inmóvil.
—Irene no haría eso.
—Irene ya lo ha hecho.
Por la carretera subían unas luces azules. Un coche de la Guardia Civil se detuvo detrás de las excavadoras. Bajó un sargento con el tricornio calado y una tableta en la mano, y se acercó al grupo con la expresión de quien hubiera preferido seguir durmiendo.
—¿Quién es el responsable de esta obra?
El capataz de la constructora levantó la mano.
—Tengo aquí una orden judicial que prohíbe la demolición —dijo el sargento, leyendo la pantalla—. Me ha llegado hace veinte minutos. Apaguen las máquinas.
—Tenemos una orden del ayuntamiento…
—Y yo tengo una de una magistrada. Gana la mía. —El sargento miró a Sara y a Adrián, todavía de pie delante de la pala, con las manos entrelazadas—. Y ustedes dos, apártense de ahí, que me dan un disgusto.
El motor de la excavadora se apagó. Luego el de la segunda. El silencio que quedó fue tan grande que de pronto se oyó el mar, abajo, golpeando las rocas.
Salcedo no dijo nada. Se dio la vuelta, cruzó el barro con sus zapatos de piel italiana y se metió en el coche negro. El chófer cerró el paraguas. El coche arrancó y bajó por el camino despacio, sin prisa, como un cortejo fúnebre.
Sara lo miró alejarse hasta que la niebla se lo tragó. Luego miró la casa. Seguía allí. La galería, las palmeras, los balcones oxidados. Entera.
Y entonces, por fin, le fallaron las piernas.
Adrián la sujetó antes de que cayera. La rodeó con los brazos y la apretó contra él, contra la camisa empapada, y Sara se echó a llorar como no había llorado en semanas, en años, quizá en toda su vida.
Lloró por el sótano, por su madre limpiando oficinas de noche, por la foto en la página nueve, por la caja de cartón, por el espigón de Cudillero.
Lloró por la casa, que seguía en pie. Y él no dijo nada.
Solo la sostuvo, con la mejilla apoyada en su pelo, mientras amanecía.
· · ·
Rosario los hizo pasar a la cocina, les puso delante dos tazas de café con leche y un plato de galletas, y desapareció con una discreción de cuarenta años de oficio. Pero ninguno de los dos se sentó. Terminaron en la galería, sin saber muy bien cómo, frente al mar.
El sol empezaba a salir detrás de ellos y tiñó la niebla de un rosa pálido que se iba abriendo poco a poco. Abajo, las olas brillaban. Sara tenía la manta de naftalina sobre los hombros y los ojos hinchados. Adrián seguía con la camisa mojada y no parecía darse cuenta.
—Me gritaste —dijo ella—. Anoche.
—Lo sé. Lo siento.
—No lo sientas. Fue la primera vez que te vi perder el control. —Lo miró de reojo—. Me gustó bastante.
Él se rió en voz baja. Luego se puso serio.