Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 21. Cuarenta y ocho horas
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Capítulo 21. Cuarenta y ocho horas

Cuando terminó, se quitó las gafas.

—Conozco a Bernardo desde hace cuarenta años —dijo—. Le vendí el cincuenta y uno por ciento de mi agencia porque creí que era un caballero. —Dobló las gafas con mucho cuidado—. Qué vieja y qué tonta he sido.

Descolgó el teléfono sin pedir permiso a nadie.

En media hora había organizado una guerra.

Llamó a Covadonga Fueyo, la mejor abogada de lo contencioso de Asturias, que le debía tres favores y un bautizo.

Llamó a un fiscal jubilado con quien jugaba al bridge los jueves.

Llamó a Ramón Otero. Y entre llamada y llamada, sin levantar la vista, le dijo a Sara:

—Por cierto, Valdés. Su carta de dimisión se me traspapeló. No la he tramitado. Sigue usted en nómina.

Sara abrió la boca. Doña Pilar levantó un dedo.

—No me dé las gracias. Ganémosle primero.

Llamaron a la puerta antes de que nadie pudiera contestar. Era Mateo, con una carpeta azul debajo del brazo y la cara de no haber dormido.

—Perdón por interrumpir —dijo—. Pero creo que esto les interesa.

Dejó la carpeta sobre la mesa de doña Pilar. Dentro había un contrato de alquiler. Un ático de lujo en el paseo del Muro de Gijón, con vistas a la playa, gestionado por el departamento de alquileres de Arnedo & Vidal hacía ocho meses.

—El inquilino es el técnico municipal que ha firmado la declaración de ruina —dijo Mateo—. Lo reconocí en cuanto Sara me enseñó el informe. Le enseñé yo el piso. —Pasó una página—. Y quien paga el alquiler, dos mil cuatrocientos euros al mes, no es él. Es Inversiones Peñarrubia.

Nadie dijo nada durante un segundo. Luego Covadonga Fueyo soltó una palabrota y le dio un abrazo que casi lo tira al suelo.

Adrián lo alcanzó en el pasillo diez minutos después, junto a la máquina de café. Mateo se volvió. Todavía tenía los nudillos de la mano derecha un poco morados.

—Gracias —dijo Adrián.

—No lo he hecho por ti.

—Ya lo sé. Lo has hecho por ella. —Adrián se metió las manos en los bolsillos—. Por eso eres mejor que yo, Arbesú. Siempre lo has sido.

Mateo lo miró largo rato. Luego sacó dos monedas, se compró un café con leche de avena y sin azúcar, y se lo puso a Adrián en la mano.

—Llévaselo. Así lo toma ella. Llevo diez años sabiéndolo. —Se le quebró un poco la voz, pero sonrió—. Te ha elegido a ti, Lastra. Lo sé desde Gijón. Así que gana tú. Pero gánatela todos los días. Porque si vuelves a hacerle daño, el próximo puñetazo te lo doy bien dado.

Se fue silbando por el pasillo. Silbaba un poco desafinado. Adrián se quedó mirando el vaso de cartón caliente entre sus manos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la vergüenza y a la gratitud a la vez.

Covadonga Fueyo llegó a las diez con dos becarios y una maleta de ruedas llena de códigos. Era una mujer bajita de sesenta años, con el pelo corto y gris y la energía de un volcán. Leyó el informe del arquitecto y soltó una palabrota que hizo que doña Pilar enarcara las cejas.

—Esto es un regalo —dijo—. El ayuntamiento ha declarado la ruina con un informe hecho por un técnico que, oh, sorpresa, facturó el año pasado cuarenta mil euros a Inversiones Peñarrubia.

—Miró a Sara—. Y usted tiene un poder de don Fernando para actuar en su nombre.

Eso significa que no necesitamos a los sobrinos para nada.

Recurrimos la declaración de ruina y pedimos una medida cautelarísima.

Si el juez de guardia la firma, las máquinas no pueden tocar ni una teja.

—¿Y si no la firma a tiempo?

Covadonga se encogió de hombros.

—Entonces reza.

Trabajaron el viernes entero. Sara habló con Ramón Otero, que escuchó la historia de Peñarrubia en silencio y al final dijo una sola frase: Si el juez valida la venta, vuelvo a estar dentro.

Habló con Lucía Menéndez, la periodista de El Diario del Norte que había firmado el artículo sobre ella, y le mandó los documentos con un mensaje breve: Usted publicó una mentira sobre mí.

Aquí tiene la verdad. Haga lo que quiera con ella.

La periodista la llamó a los veinte minutos. Hablaron dos horas.

Por la noche, Covadonga presentó el recurso en el registro telemático del juzgado de guardia de lo contencioso. Luego no hubo nada más que hacer que esperar.

El sábado por la mañana, Adrián apareció en el portal de Sara con dos cafés.

—Tengo algo que enseñarte —dijo—. Ponte calzado cómodo.

Ella lo miró un segundo y se echó a reír.

Laviana amaneció con sol, por una vez. El río bajaba tranquilo. Frente a la casa de piedra con balcones verdes les esperaba una mujer de unos setenta años, con un manojo de llaves en la mano y cara de haber llorado un poco.

—Usted es el hijo de Manolo el carpintero —le dijo a Adrián—. Me acuerdo de usted. Se quedaba en esa acera mirando. Todos los meses. Mi marido y yo lo veíamos desde la ventana.

Adrián no pudo contestar. La mujer le puso las llaves en la mano.

La casa estaba vacía y olía a cerrado. Pero en la cocina seguía la chimenea de hierro. En el taller, bajo una capa de polvo, seguía el banco de trabajo de su padre, con las marcas de las herramientas en la madera. Adrián pasó la mano por encima, muy despacio, como si tocara a alguien.

Sara lo dejó solo un rato. Cuando volvió, él estaba sentado en el suelo del taller, con la espalda contra el banco, y tenía los ojos rojos.

—He firmado las arras esta mañana —dijo—. Es mía otra vez.

Ella se sentó a su lado.

—Quiero pedirte perdón —siguió él, sin mirarla—.

Y no solo por el correo. Te pido perdón por haber sido un hombre capaz de escribirlo.

Por haberte leído en un expediente durante diez años sin verte.

Por haber pensado que las personas se podían tasar como las casas.

—Por fin la miró—. No te pido que lo olvides.

Te pido que me dejes demostrarte que ya no soy ese.

Sara tardó en responder. Miró el banco de trabajo, las marcas en la madera, las motas de polvo flotando en la luz que entraba por la ventana.

—Te perdono el correo —dijo—. Lo de Irene en el aparcamiento todavía no.

Él se rió, con esa risa que le cambiaba la cara entera, y la abrazó, y se quedaron allí sentados en el suelo del taller mucho rato, sin hablar, mientras el río sonaba al otro lado de la ventana.

Esa noche durmieron juntos en el piso de Sara. No hubo urgencia, ni rabia, ni lluvia. Solo una ternura lenta que a ella le dio más miedo que todo lo anterior, porque por primera vez no le pareció algo prestado.

Después, con la cabeza de ella sobre su pecho y la lluvia otra vez en la ventana, Adrián habló en la oscuridad.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

—¿Qué?

—Que Arbesú es mejor que yo. En todo. —Lo dijo sin amargura, como quien constata el tiempo—. Te habría hecho feliz sin hacerte daño ni una sola vez. Habría sido lo sensato.

Sara levantó la cabeza para mirarlo.

—Mateo es el mejor hombre que conozco —dijo—. Y lo quiero. Lo voy a querer siempre. Pero no me tiembla el suelo cuando entra en una habitación. —Le pasó un dedo por la cicatriz de la ceja—. Contigo me tiembla todo. Desde el primer día. Desde que me dijiste que nadie me iba a dar nada.

—Fui un idiota.

—Fuiste un idiota. —Le besó la barbilla—. Pero eras el único que me miraba de verdad. Hasta cuando me despreciabas, me mirabas. Los demás ni eso.

Adrián la abrazó más fuerte. No dijo nada más. Pero Sara notó algo húmedo en su pelo, y no se lo mencionó nunca.

El domingo a las siete de la tarde llamó Covadonga.

—Malas noticias. El juez de guardia ha leído el recurso. Dice que es sólido, pero que no ve urgencia suficiente para resolver en domingo. Lo estudiará mañana a primera hora. A las nueve.

Sara miró a Adrián. Los dos pensaron lo mismo.

A las siete y cuarto le llegó un mensaje de Irene. Mi padre ha dado la orden. Las máquinas entran a las seis. Él estará allí en persona. Quiere verlo caer.

Tres horas. Entre las seis y las nueve había tres horas. Y una excavadora podía tirar una galería de 1911 en veinte minutos.

—Voy a ir a casa del juez —dijo Adrián, poniéndose ya la chaqueta—. Covadonga sabe dónde vive. Voy a llamar a su puerta a las cuatro de la mañana si hace falta y no me voy a mover hasta que firme.

—Y yo voy a la casa.

Él se detuvo.

—No.

—¿Perdona?

—Sara, estás investigada. Si te pones delante de una máquina con una orden municipal, Salcedo te denuncia por desobediencia en cinco minutos. Y ese hombre es capaz de cualquier cosa. —Se acercó a ella—. No voy a dejar que…

—¿Que qué? —Sara sintió que le subía algo caliente por la garganta—. ¿Que decida por mí? ¿Otra vez? ¿Que tú lo resuelvas todo y me lo pongas sobre la mesa?

—No es eso.

—Le prometí a un hombre de ochenta y un años que nadie tiraría su casa. Me lo advertiste tú, en el arcén. No prometas lo que no puedas cumplir. —La voz se le quebró—. Pues pienso cumplirlo.

—¡No voy a quedarme mirando cómo te pones delante de una excavadora!

Era la primera vez que lo oía gritar. Los dos se quedaron callados, sorprendidos.

—Entonces no mires —dijo ella.

Cogió su abrigo y salió.

A las cinco menos diez de la madrugada, Sara aparcó frente a la verja oxidada de Villa Arístegui. La niebla era tan espesa que apenas se veían las palmeras. El mar rugía abajo, invisible. Hacía un frío húmedo que se metía por los huesos.

Se bajó del coche. Se colocó frente a la verja, con los pies en el barro.

El móvil vibró en su bolsillo. Adrián.

No contestó. Si contestaba, él la convencería. Encontraría las palabras exactas, como siempre. Y ella no pensaba dejar que nadie la convenciera de volver a la acera de enfrente.

Volvió a vibrar. Y otra vez.

A lo lejos, subiendo por la carretera de la costa, entre la niebla, empezó a oírse un rugido grave.