Capítulo 20. Donde empezó todo
Sara leyó los treinta y un mensajes esa misma noche, sentada en el suelo del rellano, con la puerta abierta a su espalda y el papel de Irene todavía en la mano.
No eran largos. Algunos solo tenían una línea.
Buenos días. Sé que no vas a leer esto. Hoy he pasado por delante de tu portal.
No he llamado. Otero me ha dicho que ha retirado la oferta.
Lo siento tanto. He encontrado algo sobre Salcedo.
No te lo digo todavía porque no quiero darte esperanzas hasta estar seguro.
Te echo de menos de una forma que no sabía que existía. He dejado de mirar desde la acera.
El último era de esa misma tarde.
Hoy he ido al juzgado. No por ti. Bueno, sí, por ti. Pero también por mí. Si alguna vez quieres saber cómo termina esto, estaré en el archivo esta noche. No tienes que venir.
Eran las once menos cuarto. Sara se puso el abrigo encima del pijama, metió la caja verde en una bolsa de tela y salió a la calle.
La puerta de servicio de Arnedo él sabía qué haría con cada papel un juez.
Se pasaban carpetas sin hablar. Se leían fragmentos en voz alta.
En algún momento, pasada la una, él subió a por café a la máquina de la sexta planta y volvió con dos vasos y un paquete de galletas, y ella se echó a reír sin saber por qué, y él también.
A las tres y diez, Sara encontró el certificado de 1987. A las tres y veinticinco, Adrián encontró el informe del arquitecto de Gijón. Doce páginas. Fotografías. Mediciones. Y una conclusión de dos líneas que Sara leyó en voz alta con la voz temblorosa:
La estructura del inmueble se encuentra en buen estado general. No se aprecian riesgos para la seguridad de las personas.
Fechado un mes atrás. Firmado por un arquitecto colegiado. Tres semanas antes de que el ayuntamiento declarase la casa en ruina.
Se quedaron en silencio. El deshumidificador zumbaba. Sara notó que le temblaban las manos, y no supo si era por el cansancio o por la esperanza.
—Con esto podemos pedir la suspensión —dijo Adrián—. Un juez de lo contencioso puede parar la demolición si ve que el informe de ruina es falso.
—¿A tiempo?
—No lo sé.
Ella se volvió para mirarlo. Estaban a medio metro, entre dos estanterías, bajo la luz blanca de los fluorescentes, en el mismo pasillo donde él le había dicho que la quería por primera vez y ella le había pedido que no volviera a buscarla.
—¿Por qué no me contaste que estabas investigando a Salcedo? —preguntó en voz baja.
—Porque no tenía pruebas. Porque ya te había fallado una vez. —Se pasó una mano por la cara—. Porque quería llegar un día con todo resuelto y ponerlo sobre tu mesa, como tú pusiste el título sobre la mía. Quería ser alguien que te mereciera.
—Eso es lo más estúpido que he oído nunca.
—Lo sé.
—No quiero a alguien que llegue con todo resuelto, Adrián. Quiero a alguien que me deje resolverlo con él.
Él la miró. En sus ojos claros había algo roto y algo que empezaba a curarse, las dos cosas a la vez.
—¿Eso significa que…?
—Significa que todavía estoy enfadada contigo. —Dio un paso hacia él—. Mucho.
—Me parece justo.
—Y que esto sigue siendo una alianza profesional.
—Por supuesto.
Sara lo agarró por la camisa.
No fue ella quien lo besó, ni fue él. Fue algo que llevaba semanas esperando en aquel sótano, entre expedientes y polvo, y que por fin encontró su momento.
Un beso largo, cansado, con sabor a café de máquina, que empezó despacio y se volvió desesperado.
Él la levantó hasta sentarla en la mesa del fondo, la de siempre, y los planos cayeron al suelo sin que a ninguno le importara.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y sintió que por fin, después de treinta y dos años, alguien la estaba viendo exactamente en el lugar donde nunca la había visto nadie.
Cuando se separaron, él apoyó la frente en la suya, igual que aquella primera noche en la sexta planta.
—Esto no puede volver a pasar —susurró, y sonrió.
Sara se rió contra su boca.
—Cállate.
No volvieron a los papeles hasta mucho después.
Se quedaron sentados en el suelo del archivo, con la espalda contra la estantería de la letra A, rodeados de expedientes, compartiendo el último café frío de la máquina. Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro. Él le acariciaba los dedos, uno a uno, como si los contara.
—Leí tus mensajes —dijo Sara—. Los treinta y uno.
—¿Todos?
—Todos. Sentada en el rellano de mi casa, en pijama, a las once de la noche. —Se le escapó una sonrisa—. El de «te echo de menos de una forma que no sabía que existía» es muy cursi, Lastra.
—Lo sé. Lo escribí a las tres de la madrugada. —También sonrió—. Lo borré cuatro veces antes de mandarlo.
—¿Y por qué lo mandaste?
—Porque era verdad. Y porque pensé que nunca lo ibas a leer.
Sara giró la cabeza para mirarlo. Bajo la luz blanca de los fluorescentes, con la barba de tres días y los ojos rojos de no dormir, parecía más joven y más cansado que nunca.
—Dímelo ahora —susurró—. En voz alta. Sin móvil.
Adrián tardó en hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió ronca.
—Te echo de menos cuando no estás. Te echo de menos cuando estás en la mesa de al lado y no me miras.
Te eché de menos cada mañana de estas tres semanas, cuando llegaba a la oficina y tu silla estaba vacía.
—Le cogió la cara entre las manos—. Te echo de menos incluso ahora, que te tengo aquí.
Porque tengo miedo de que te levantes y te vayas otra vez.
—No me voy a ir.
—¿Me lo prometes?
Sara pensó en el arcén. En no prometer lo que no se puede cumplir. Lo miró a los ojos.
—Te lo prometo.
Él apoyó la frente en la suya y cerró los ojos.
Se quedaron así mucho rato, en el suelo del sótano donde ella había sido invisible diez años, respirando al mismo ritmo, hasta que el deshumidificador se apagó con un chasquido y los dos se echaron a reír por el susto, y luego volvieron a besarse, despacio, con todo el tiempo del mundo.