Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 19. La otra mitad
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Capítulo 19. La otra mitad

El Juzgado de Pravia ocupaba la planta baja de un edificio de ladrillo junto a la plaza, con una bandera empapada colgando del balcón y un funcionario que desayunaba churros detrás del mostrador.

Adrián llegó a las nueve en punto con su abogado, un penalista de Oviedo que le cobraba trescientos euros la hora y que le había repetido tres veces en el coche que aquello era una locura.

—Si declaras que los mensajes eran para ti, te conviertes en investigado —le dijo por cuarta vez, en el pasillo—. El Colegio te abrirá expediente. Puedes perder la licencia. Puedes perderlo todo, Adrián.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué lo haces?

Adrián miró la puerta cerrada del despacho del juez. Pensó en una caja de cartón cruzando la sexta planta. En una foto en la página nueve de un periódico. En la madre de Sara leyendo aquel artículo, en alguna cocina de Oviedo, sin entender nada.

—Porque es la verdad —dijo—. Y porque llevo toda la vida dejando que otros paguen mis facturas.

La declaración duró una hora y cuarenta minutos.

Adrián lo contó todo. Que Nacho Barrero era amigo suyo desde la facultad.

Que los mensajes le habían llegado a él, a su teléfono, a su nombre.

Que Sara Valdés nunca había hablado con Nacho, ni sabía quién era, ni había pedido aquella información.

Que las copias de los mensajes que figuraban en la denuncia se habían extraído del servidor del grupo Salcedo sin su consentimiento.

Entregó su móvil. Entregó el registro de llamadas. Firmó cada página.

Cuando salió, el cielo de Pravia se había abierto un poco. Se quedó un momento en la acera, respirando. Se sentía extrañamente ligero. Como si se hubiera quitado de encima un abrigo empapado que llevaba años puesto.

El móvil de repuesto empezó a sonar antes de que llegara al coche.

—Acabas de tirar tu carrera a la basura —dijo Bernardo Salcedo, sin saludar. Su voz ya no era amable—. Por una administrativa.

—No, Bernardo. La he tirado por mí. —Adrián abrió la puerta del coche—. Y sé lo de Peñarrubia. Sé que compraste la finca de al lado en 2010 para inventarte un pleito. Sé que llevas quince años pudriendo esa casa.

Hubo un silencio al otro lado.

—No puedes probar nada.

—Puedo probarlo todo. Y tengo una copia en un sitio donde no vas a buscar.

Salcedo se rió. Fue una risa corta, sin humor.

—Eres un crío, Lastra. Siempre lo has sido.

—Una pausa—. ¿Sabes qué he conseguido esta mañana, mientras tú le contabas tu vida a un juez de pueblo?

Una declaración de ruina. El ayuntamiento ha certificado que la casa es un peligro público.

El tejado del ala norte, las vigas, la escalera donde se cayó el viejo.

Orden de desalojo y demolición urgente por riesgo para las personas.

—Casi podía oírlo sonreír—. Da igual lo que diga tu caja de papeles.

Dentro de unos días no quedará casa que defender.

Colgó.

Adrián se quedó mirando la pantalla. Luego arrancó y condujo hasta Oviedo más deprisa de lo que había conducido nunca.

Irene estaba en el despacho del ala este, recogiendo sus cosas en una bolsa de cuero. La auditoría había terminado. Levantó la vista cuando él entró y, por primera vez desde que había llegado a Oviedo, no sonrió.

—Sacaste los mensajes de Nacho de la copia de seguridad de mi móvil —dijo él. No era una pregunta.

Irene cerró la bolsa.

—Mi padre me lo pidió.

—Y tú lo hiciste. Como siempre.

—¿Y tú qué sabes de lo que yo hago siempre? —Por primera vez le tembló la voz—. Me dejaste por teléfono, Adrián. Tres días antes de la boda. Sin explicaciones. Tuve que enterarme por mi padre de que me habías oído aquella noche. ¿Sabes por qué dije aquello? ¿Lo de que te había elegido?

Adrián no contestó.

—Porque era la única forma de que mi padre dejara de amenazarme con desheredarme si me casaba con un chico de la cuenca. Le dije lo que quería oír. Y tú lo escuchaste por una ventana y decidiste que ya lo sabías todo sobre mí. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Nunca me preguntaste. Nunca.

Adrián sintió que algo antiguo se le rompía por dentro. Algo que había cargado durante cuatro años como una verdad y que de pronto resultaba ser media verdad. Como todo.

—Tienes razón —dijo, despacio—. No te pregunté. Y te pido perdón por eso. De verdad.

Irene lo miró como si no lo reconociera.

—Pero no dejes que tu padre te siga usando, Irene. Nos usó a los dos. Te está usando ahora contra una mujer que no te ha hecho nada. —Se dio la vuelta hacia la puerta—. Tú no eres así. Yo te conocía. No eres así.

Salió sin esperar respuesta.

· · ·

A las diez de la noche, Sara seguía sentada en el suelo de su salón con el contenido de la caja verde extendido sobre la alfombra. El poder notarial. El certificado médico. Las cartas. La nota adhesiva amarilla. La había leído tantas veces que ya ni siquiera la veía.

Si me pasa algo, que esto llegue a Sara Valdés.

Tenía el móvil en la mano. Treinta y un mensajes sin leer. Había estado a punto de abrirlos cuatro veces.

Sonó el timbre.

No era Adrián. Sara lo supo antes de mirar por la mirilla, porque él llamaba de otra manera. Abrió la puerta.

Irene Salcedo estaba en el rellano con el abrigo rojo empapado, sin maquillaje, con los ojos hinchados. Llevaba algo en la mano.

—Esto es todo lo que tiene mi padre sobre Peñarrubia, Atlántica y la casa —dijo, y le tendió un pendrive—. Correos, transferencias, la orden que dio para sacar los mensajes del servidor. Todo. Lo he copiado esta tarde, antes de que me quitaran el acceso.

Sara no cogió el pendrive.

—¿Por qué?

—Porque esta mañana Adrián ha ido a un juzgado a declarar contra sí mismo para limpiar tu nombre. —Irene sonrió sin alegría—. Y porque te debo una cosa. El correo que te enseñé. No te lo enseñé entero.

Sacó una hoja doblada del bolsillo del abrigo.

—Había una respuesta. La escribió el sábado siguiente a vuestra primera visita a la casona. —Le tendió la hoja—. La tuve delante todo el tiempo. Decidí no enseñártela. Quería que sintieras lo que sentí yo.

Sara cogió el papel con dedos que no sentía. Lo desplegó en el umbral, bajo la luz amarilla del rellano.

Bernardo: olvida el anexo. No voy a cargarle nada a Sara Valdés. Si esta operación sale mal, respondo yo. Y no vuelvas a escribir su nombre en ningún papel. —A.

Sara levantó la vista. Irene ya bajaba las escaleras.

—Una cosa más —dijo desde el descansillo, sin volverse—. Mi padre ha conseguido una orden de demolición por ruina. Las máquinas entran en Villa Arístegui el lunes a las seis de la mañana.