Capítulo 18. La caja verde
Fue Mateo quien la llevó. Ella no estaba en condiciones de conducir por la carretera de la costa a las seis y media de la mañana, con las manos temblando y sin haber dormido, y él no le dio opción. Apareció en su portal con el coche en marcha, un termo de café y la misma frase de siempre.
—No preguntes. Sube.
Condujo todo el camino en silencio, con la radio baja. Solo una vez, pasado Cudillero, le dijo sin apartar la vista de la carretera:
—Pase lo que pase en esa casa, te espero en el coche.
Rosario la esperaba en la verja a las siete y media de la mañana, con un chubasquero amarillo y una llave de hierro del tamaño de una mano.
—El señorito Borja viene a mediodía con un tasador —dijo—. Tenemos tiempo. Pero no mucho.
La casa estaba helada. Sin don Fernando parecía más grande y más triste, como un teatro vacío.
Los retratos del salón las miraron pasar.
Subieron la escalera de castaño, la misma por la que el viejo se había caído, y Sara vio en el tercer peldaño una mancha oscura que alguien había intentado frotar sin éxito. Apartó la vista.
El despacho estaba en la segunda planta, al final de un pasillo largo, con una ventana que daba directamente al mar.
Había un escritorio de caoba cubierto de papeles, una lámpara de pantalla verde y, en la pared del fondo, un retrato enorme de un hombre con bigote blanco, traje de lino y un sombrero de paja en la mano.
Detrás de él, pintadas con cuatro pinceladas, se veían dos palmeras.
—Don Anselmo —dijo Rosario—. El que vino de Cuba.
Entre las dos descolgaron el cuadro. Pesaba muchísimo. Detrás, en la pared, había un hueco cuadrado tapado con una tabla de madera. Y dentro del hueco, cubierta de polvo, una caja de lata verde, de las que antes se usaban para guardar galletas.
Sara la abrió sobre el escritorio con las manos temblando.
Encima de todo había un sobre grande con el membrete de la Notaría Álvarez Mier. Dentro, un poder notarial. Fechado el mismo lunes de la venta, a las ocho menos cuarto de la mañana. Quince minutos antes de que empezara la lectura.
D. Fernando Arístegui Llano otorga poder especial a favor de D.ª Sara Valdés Menéndez para que, en su nombre, defienda la validez de la compraventa de Villa Arístegui ante cualquier tribunal, organismo o persona.
Sara tuvo que sentarse. El viejo lo había previsto todo. Había llegado a la notaría cinco minutos antes para firmar aquello a solas, sin decírselo a nadie.
Debajo había un segundo sobre. Un certificado médico.
Una neuróloga del Hospital Central de Asturias había examinado a don Fernando el domingo anterior a la firma y certificaba, con tres páginas de pruebas y resultados, que «conserva íntegramente su capacidad cognitiva, de juicio y de decisión».
Al margen, con la letra temblorosa del viejo, había una anotación a lápiz: Por si los buitres.
Sara se echó a reír. Fue una risa corta, sorprendida, casi un sollozo. Rosario se santiguó.
Y debajo de todo, atada con un cordel, estaba la historia de quince años de acoso.
La escritura original de 1911, amarillenta, con un plano dibujado a plumilla donde se veía con toda claridad que el camino en pleito era privado desde el principio, que nunca había existido servidumbre de paso y que los vecinos no tenían ningún derecho sobre él.
Cartas de Bernardo Salcedo fechadas en 2009 y 2010, primero corteses, luego impacientes y al final amenazantes.
En la última, escrita a mano, había una frase subrayada por don Fernando con tinta roja: Si no me la vende, haré que no valga nada.
Y una nota simple del Registro Mercantil de 2010. La finca vecina, la que había empezado el pleito de la servidumbre ese mismo año, pertenecía a una sociedad llamada Inversiones Peñarrubia. Su administrador único era Bernardo Salcedo.
Sara se quedó mirando los papeles extendidos sobre la caoba.
El pleito que había hundido el valor de la casa durante doce años.
Los compradores que huían. Los agentes despedidos.
La deuda que crecía. Todo lo había fabricado él.
Había comprado la finca de al lado para envenenar esta. Había esperado a que se pudriera.
Con esto, la demanda de los sobrinos se caía. La acusación de incapacidad se caía. Y Salcedo tenía un problema muy serio.
—Hay algo más, señorita —dijo Rosario en voz baja.
Sara levantó la vista. En el fondo de la caja, debajo del cordel, había un sobre blanco, nuevo, sin sello. No tenía polvo. Lo habían dejado allí hacía muy poco.
—Esto no es del señor —dijo Rosario—. Lo trajo un hombre hace tres semanas. Alto, con una cicatriz aquí, en la ceja. Estuvo hablando con don Fernando toda una tarde, encerrados en este despacho. Luego me pidió que lo guardara en la caja y que no se lo dijera a nadie.
Sara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Abrió el sobre. Dentro había fotocopias.
Las mismas cartas de Salcedo. La misma nota de Inversiones Peñarrubia.
Y un informe de doce páginas, impreso, que rastreaba cada movimiento de la sociedad desde 2010: compras, abogados, pagos a los supuestos vecinos del pleito. Era un trabajo minucioso, de semanas.
En la última página había una nota adhesiva amarilla, escrita a mano con una letra que Sara conocía mejor que la suya porque la había archivado mil veces.
Peñarrubia = Salcedo. Comprobado. Si me pasa algo, que esto llegue a Sara Valdés. —A.
Estaba fechada tres semanas atrás. La semana en que llegó Irene. Mucho antes de que ella le enseñara el correo. Antes de la ruptura.
Adrián llevaba semanas investigando a Salcedo. Solo. Y no le había dicho ni una palabra.
Salió de la casa media hora después con la caja verde en los brazos y la nota amarilla apretada en el puño. Mateo estaba apoyado en el coche, junto a la verja, con las manos en los bolsillos. Al verle la cara se incorporó de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ella no contestó. Le tendió la nota. Mateo la leyó. Si me pasa algo, que esto llegue a Sara Valdés. —A. La leyó otra vez. Sara vio cómo algo se le apagaba en la cara, muy despacio, como una luz al final de un pasillo.
—Es de él —dijo Mateo. No era una pregunta.
—Llevaba semanas investigando a Salcedo. Solo. Por mí. —Se le quebró la voz—. Y no me dijo nada.
Mateo le devolvió la nota. Se quedó un momento mirando el mar, gris al fondo de los acantilados, con la mandíbula quieta.
—Siempre va a ser él, ¿no?
Sara no pudo contestar. Ese silencio fue la respuesta, y los dos lo supieron.
Mateo asintió. Respiró hondo. Y entonces, para sorpresa de Sara, sonrió. Una sonrisa rota, valiente, de las que cuestan.
—Vale —dijo—. Pues vamos a salvar esta casa. Y cuando la hayamos salvado, ya discutiremos quién se queda con la chica. —Le abrió la puerta del copiloto—. Aviso que hago trampas.
En el coche, de vuelta, con la caja verde en el regazo, Sara alargó la mano y la puso sobre la de él, encima de la palanca de cambios. Mateo no dijo nada. Pero no la apartó hasta Oviedo.