Capítulo 17. Fondo
La noticia salió el jueves, en la página nueve de El Diario del Norte , con una foto de Sara recortada de la cena de Gijón. Alguien de la agencia la había vendido. En la imagen sonreía con el vestido negro y una copa en la mano, y al lado, en letras grandes:
Investigan a una agente inmobiliaria por usar información reservada de un juzgado para cerrar una venta millonaria.
No mencionaban a Adrián. No mencionaban a Salcedo.
Hablaban de «una exempleada de Arnedo & Vidal», de «un anciano de ochenta y un años presionado para firmar al amanecer», de «fuentes próximas a la familia».
En un párrafo, casi al final, alguien sin nombre aseguraba que ella llevaba años «aprovechándose del acceso al archivo».
Sara leyó el artículo en el móvil, sentada en el borde de la cama, a las siete de la mañana. Luego lo leyó otra vez. A las siete y cuarto la llamó su madre.
—Hija, ¿qué es esto? —Estaba llorando—. Me lo ha enseñado la vecina del cuarto. Dice que te van a meter en la cárcel.
—Nadie me va a meter en la cárcel, mamá.
—¿Es verdad lo que pone?
Sara cerró los ojos.
—No. No es verdad.
—Ya lo sabía. Ya lo sabía yo. —Un sollozo—. Tú siempre has sido la más honrada de todas. Siempre.
Fue lo único que la hizo llorar aquella semana.
Lo demás lo aguantó con los ojos secos. El correo del Colegio de Agentes comunicándole la apertura de un expediente disciplinario.
La llamada del abogado de oficio, un chico joven y amable que le explicó que los mensajes eran «muy comprometedores» y que lo mejor sería llegar a un acuerdo. La llamada de Ramón Otero.
—El juez ha dictado medidas cautelares —dijo, y sonaba viejo por primera vez—.
La venta queda suspendida hasta el juicio.
El banco me ha congelado la financiación.
Y el embargo vuelve a estar vigente, Sara.
Han fijado la subasta para dentro de tres semanas.
—Un silencio largo—. Lo siento. Lo siento de verdad. He retirado mi oferta.
Sara colgó sin decir nada. No había nada que decir.
Intentó ver a don Fernando. El viernes condujo hasta Avilés y encontró a Borja Arístegui en la puerta de la habitación, con los brazos cruzados y un papel del juzgado en la mano.
El juez había nombrado a los sobrinos tutores provisionales mientras se resolvía la demanda de incapacidad.
Nadie podía visitar a su tío sin su permiso.
—Y tú no lo tienes —dijo Borja—. Ni lo vas a tener.
A través del cristal de la puerta, Sara vio la cama. Don Fernando dormía, o fingía dormir, con la cara vuelta hacia la ventana. Parecía un pájaro caído del nido.
Se fue sin discutir.
Los días siguientes se deshicieron unos en otros.
Sara dejó de contestar al teléfono. Dejó de abrir la persiana.
Dormía a deshoras y se despertaba con el corazón desbocado, convencida de haber oído el timbre.
Comía de pie en la cocina, sin hambre. Los mensajes de Adrián se acumulaban en la pantalla, uno cada mañana, sin leer.
Veinte. Veinticinco. No los borraba. Tampoco los abría.
Eran como una herida que no quería tocar y que tampoco quería que cerrara del todo.
El domingo, Mateo la sacó de casa a la fuerza.
—Mi abuela quiere conocerte —dijo desde el rellano, con las llaves del coche en la mano—. Y cuando mi abuela quiere algo, no hay juez en Asturias que lo pare. Ponte algo que no sea un pijama.
La abuela Maruja vivía en un piso antiguo de Avilés, junto al parque del Muelle, con cortinas de ganchillo, un canario que se llamaba Rodolfo y tres estanterías llenas de novelas románticas de bolsillo.
Tenía noventa y un años, el pelo blanquísimo recogido en un moño y unas gafas de culo de botella que se quitaba para mirar a la gente de cerca. A Sara la miró muy de cerca.
—Así que tú eres la del sótano —dijo.
—¡Abuela!
—Calla, Mateo. —No apartó los ojos de Sara—. Este crío lleva diez años hablando de una chica del sótano que sabe más que todos los jefes juntos. Cada domingo. Desde que entró en esa agencia. Ya pensaba que te había inventado.
Mateo se puso tan rojo que Sara se echó a reír sin poder evitarlo. Fue la primera vez que se reía en una semana.
Comieron fabada en la mesa del comedor, con mantel de hilo y la vajilla de los domingos.
La abuela le contó que había sido costurera, que se había casado dos veces y que el segundo marido, el bueno, la había esperado once años.
Mateo le contó a su abuela lo de la casona, lo de don Fernando, lo del periódico.
La abuela escuchó con el ceño fruncido y al final dijo:
—Esos de Madrid no tienen madre.
Después de comer, mientras Mateo bajaba la basura, la abuela la llamó a la cocina. Le dio un paño para secar los platos y la miró por encima de las gafas.
—Hay otro, ¿verdad?
Sara se quedó inmóvil con un plato en la mano.
—No hace falta que me contestes, hija. Se te nota en la cara.
Llevas otra casa dentro. —La abuela siguió fregando, despacio —.
Yo también tuve uno así. El primero. De esos que te ponen el mundo del revés y luego te dejan sola recogiendo los pedazos.
Y tuve uno como mi Mateo. De los que no hacen ruido.
—Dejó un vaso en el escurridor—. A los que no hacen ruido, a veces no se les ve.
Hasta que te das cuenta de que llevaban años sujetándote el techo.
A Sara se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No sé qué hacer.
—Claro que lo sabes. —La abuela le cogió la mano con sus dedos arrugados, mojados de agua jabonosa—.
Solo te digo una cosa. Elige con el corazón, no con la pena.
Ni con la pena por el que te ha hecho daño, ni con la pena por el que te quiere.
Mi nieto no se merece que lo elijan por pena.
Y tú tampoco te mereces quedarte con alguien por no hacerle daño.
Cuando Mateo volvió, las encontró abrazadas junto al fregadero. Las miró a las dos, perplejo.
—¿Qué me he perdido?
—Nada que te importe —dijo la abuela—. Saca el arroz con leche.
Una tarde, sin saber muy bien por qué, cogió el coche y condujo hasta Cudillero.
Aparcó en el puerto y caminó hasta el final del espigón, donde el viento golpeaba tan fuerte que había que inclinarse para no caer.
El mar estaba gris y furioso. A lo lejos, en lo alto de los acantilados, apenas se distinguían las dos palmeras de Villa Arístegui.
Se quedó mirándolas mucho rato.
Pensó en la promesa que le había hecho al viejo.
Nadie va a tirar esta casa. Pensó en la voz de Adrián en el arcén, advirtiéndole que no prometiera lo que no podía cumplir.
Pensó que él tenía razón, como la tenía casi siempre, y que ella lo había odiado por eso desde el primer día.
Pensó en la luz de la farola sobre su piel, en la risa ahogada al tropezar con la cama, en el «te quiero» dicho entre estanterías.
Había perdido la casa. Había perdido el trabajo. Había perdido su nombre, que era lo único que había conseguido tener en treinta y dos años. Y lo había perdido a él, aunque quizá nunca lo hubiera tenido.
Por primera vez en su vida, pensó que tal vez el sótano era su sitio. Que la gente como ella no subía. Que cada vez que lo intentaba, alguien le recordaba dónde estaba la escalera de servicio.
El viento le arrancó una lágrima que no supo si era de frío.
Volvió a Oviedo de noche. Mateo estaba sentado en el escalón del portal.
Había venido cada tarde de aquella semana.
La primera noche, Sara no le abrió, y él se quedó dos horas en la escalera y le dejó un tupper de croquetas colgado del pomo.
La segunda, le abrió cinco minutos. La tercera, él le hizo una tortilla en su cocina diminuta mientras ella lo miraba desde el sofá envuelta en una manta, y no le preguntó nada. Nunca le preguntaba nada. Solo estaba.
Esa noche subieron juntos. Sara se sentó en el sofá con el abrigo todavía puesto, oliendo a salitre y a viento. Mateo se sentó a su lado. Y entonces, sin avisar, ella se echó a llorar.
No como en el espigón. Lloró de verdad, con todo el cuerpo, como lloran los niños. Mateo la abrazó y la sostuvo contra su pecho hasta que se le acabaron las lágrimas, acariciándole el pelo, sin decir ni una palabra. Olía a jabón y a croquetas de su abuela. Olía a casa.
Cuando Sara levantó la cabeza, sus caras estaban a centímetros.
Mateo le secó una lágrima con el pulgar.
Despacio. La miraba con una ternura tan grande que a Sara le dolió.
Pensó que sería muy fácil. Inclinarse un poco.
Dejarse querer por alguien que nunca la elegiría para cargar con nada.
Alguien que siempre contestaba. Alguien que llevaba diez años dándole los buenos días.
Se inclinó. Él también. Sintió su respiración, el roce de su nariz contra la suya, el calor de su mano en la mejilla.
Y se detuvo.
—No puedo —susurró—. Mateo, no puedo. No porque no quiera. Es que…
—Es que sigues enamorada de él. —No lo dijo con rabia. Lo dijo con una tristeza tan limpia que fue peor—. Ya lo sé. Lo sé desde el ascensor de Gijón.
—Lo siento. Lo siento muchísimo.
—No lo sientas. —Le besó la frente, como en el hospital—. Prefiero que me digas que no a que me digas que sí pensando en otro. Me merezco que me quieran de verdad, Valdés. Y tú también.
Se levantó. En la puerta se dio la vuelta y le sonrió, con los ojos húmedos.
—Pero que conste que no me rindo del todo. Si ese idiota no vuelve a por ti, aquí sigo.
La puerta se cerró detrás de él. Sara se quedó sola en el sofá, con el sabor de las lágrimas en la boca y la certeza horrible de que acababa de dejar ir al hombre que nunca le haría daño.
Diez minutos después, el móvil empezó a vibrar. Un número fijo. Prefijo de Asturias. Estuvo a punto de no contestar.
—¿Señorita Valdés?
Era Rosario. Hablaba en un susurro.
—No puedo hablar mucho. Estoy en el baño del hospital. El señorito Borja se ha ido a cenar. —Un ruido, una puerta—. Le paso al señor.
Hubo un roce, una respiración dificultosa. Y luego una voz débil, rota, pero inconfundible.
—Señorita Valdés. —Don Fernando tosió—. No se rinda todavía. Me han dicho que ha dejado usted de luchar, y eso no se lo pienso consentir.
—Don Fernando, no puedo verle. Sus sobrinos…
—Mis sobrinos no saben lo que yo sé. —La voz se endureció—. Vaya a la casa. Mañana por la mañana, antes de que llegue nadie. Rosario le dará la llave. En mi despacho, detrás del retrato de mi abuelo, hay algo que le pertenece a usted más que a nadie.
—¿Qué es?
El viejo tardó en responder. Cuando lo hizo, Sara oyó algo que no esperaba. Estaba sonriendo.
—La caja verde, hija. Y lo que hay dentro va a hacer que Bernardo Salcedo se arrepienta del día en que pisó mi casa.