Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 16. La acera de enfrente
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Capítulo 16. La acera de enfrente

Salcedo la invitó a un café en el Hotel de la Reconquista, a doscientos metros de la agencia. Sara aceptó porque llovía, porque llevaba una caja de cartón en los brazos y porque quería mirar a los ojos al hombre que llevaba quince años persiguiendo aquella casa.

Él pidió un té. Ella, nada.

—Voy a ser breve, porque usted me cae bien y no quiero hacerle perder el tiempo —dijo Salcedo, removiendo el azúcar con una cucharilla de plata—.

Atlántica va a abrir una oficina en Asturias.

Necesito a alguien que conozca cada finca de esta costa, cada carga y cada heredero resentido.

Alguien como usted. Directora. El triple de lo que le pagaba Pilar.

Coche de empresa, equipo propio y su nombre en la puerta.

Su nombre en la puerta. Sara sintió un pinchazo que no quiso reconocer.

—¿Y a cambio?

—A cambio, me ayuda a encontrar la caja verde de don Fernando. Sus sobrinos me han hablado de ella. —Sonrió—. El viejo lleva diciendo desde el hospital que ahí dentro hay algo que puede hundirme. Me gustaría saber qué es antes que nadie.

—No sé dónde está.

—Pero usted puede entrar en esa casa. Rosario la adora. —Salcedo dejó la cucharilla—. Piense en lo que le ha hecho Lastra, señorita Valdés. La eligió para cargar con sus errores. La utilizó. Yo solo le propongo que haga lo mismo. Que por una vez en su vida sea usted la que usa y no la usada.

Sara lo miró durante mucho rato. Pensó en el despacho con su nombre en la puerta. En su madre, que todavía limpiaba escaleras dos días por semana porque la pensión no le llegaba. En el sótano. En la palabra Jamás escrita con letra temblorosa al pie de una oferta de 2009.

Se levantó y recogió su caja.

—Prefiero el sótano —dijo.

Salcedo no pareció sorprendido. Asintió despacio, casi con pena, y tomó un sorbo de té.

—Es una lástima. De verdad. —Dejó la taza—. Entonces le recomiendo que busque un buen abogado. Va a necesitarlo antes de lo que cree.

· · ·

Adrián vivía en un ático de noventa metros en la calle Toreno, con vistas a la catedral, muebles de catálogo y paredes blancas. Lo había comprado hacía seis años y nunca había colgado un cuadro. Esa noche, por primera vez, se dio cuenta de lo mucho que se parecía a una habitación de hotel.

Estaba sentado en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá, igual que aquella noche en la casona. Delante tenía una botella de whisky sin abrir y el móvil boca arriba. Le había escrito a Sara once mensajes. Ninguno leído.

Todavía le dolía la mandíbula.

Arbesú lo había esperado esa tarde en el aparcamiento subterráneo de la agencia, apoyado en el todoterreno gris.

No dijo nada al verlo llegar. Simplemente se apartó del coche, cerró el puño y le dio un puñetazo en la cara.

Uno solo. Torpe, mal dado, de alguien que no había pegado a nadie en su vida.

Le había dolido más a Arbesú en los nudillos que a Adrián en la cara.

Adrián no se defendió. Se quedó apoyado en la columna de hormigón, con el sabor de la sangre en la boca.

—Me lo merezco —dijo.

—Ya lo sé que te lo mereces. —Mateo se frotaba la mano, furioso y desconcertado a la vez—. Se ha ido con una caja, Lastra. Diez años en esta casa y se ha ido con una caja de cartón y un cactus. ¿Qué le has hecho?

—Lo peor que podía hacerle. —Adrián se limpió el labio con el dorso de la mano—. Hace tiempo, antes de conocerla, la elegí para cargar con mis errores.

Mateo se le quedó mirando. Durante un segundo pareció que iba a pegarle otra vez. No lo hizo.

—Ella te quería —dijo, y la voz se le quebró—. Yo llevo diez años esperando que me mire como te miraba a ti. Y tú la has tirado a la basura.

—Lo sé.

—No vuelvas a acercarte a ella.

Adrián lo miró. Pensó en Arbesú en la sala de espera del hospital, con el termo de café y los bocadillos de tortilla. Pensó en el «yo sí contesto».

—Cuídala —dijo—. Tú sabes hacerlo. Yo no supe.

Mateo se fue sin contestar. Adrián se quedó solo en el aparcamiento mucho rato, con la cara ardiendo y algo mucho peor ardiéndole por dentro.

Recordaba perfectamente el día que escribió aquel correo.

Un martes. Ferrer le había dicho lo del título de Sara en el ascensor, casi de pasada, y él había subido a su mesa pensando en cómo protegerse.

Pensando en el crío de la acera. Había escrito el correo en cuatro minutos, sin dudar, con la frialdad con la que redactaba una cláusula.

Ni siquiera había pensado en ella como en una persona.

Era un nombre en un expediente. Un escudo.

Y luego ella había dejado el título sobre su mesa y le había dicho que conocía sus grietas.

Tenía razón. Las conocía todas. Y él acababa de confirmarle la peor.

El móvil vibró. No era Sara. Era Nacho Barrero.

—Tienes que saber una cosa —dijo sin saludar—. Esta tarde ha llamado al juzgado un abogado de Madrid. Preguntaba por mí. Por mis horarios de guardia de hace dos semanas. Adrián, alguien tiene mis mensajes.

Adrián se incorporó.

—Yo no se los he dado a nadie.

—Ya lo sé. Pero tu móvil es de empresa, ¿no? —Una pausa—. Y la empresa, al final, es de Salcedo.

Adrián cerró los ojos. Las copias de seguridad. El servidor del grupo. Irene revisando la correspondencia de su padre por la auditoría. Todo encajaba de golpe, como un cerrojo.

—Van a ir a por Sara —dijo—. No a por mí. A por ella.

—Y a por mí. Me pueden abrir un expediente. —La voz de Nacho sonaba cansada—. Solo quería que lo supieras.

Cuando colgó, Adrián se quedó mucho rato mirando la pared blanca. Luego se levantó, cogió las llaves del coche y salió a la calle sin abrigo.

Condujo cuarenta minutos hacia el sur, bajo la lluvia, por la carretera de las cuencas. Aparcó en la calle de casas bajas de Laviana pasada la medianoche. El pueblo dormía. Solo se oía el río.

Se bajó del coche y se plantó en la acera de enfrente. Donde siempre. Miró la casa de piedra con los balcones verdes, el taller cerrado, el cartel descolorido en la puerta.

Diez minutos. Como siempre.

Pero esta vez, cuando pasaron los diez minutos, no se volvió al coche. Cruzó la calle. Se acercó a la puerta. Sacó el móvil y, a la luz de la pantalla, marcó el número del cartel.

Era la una de la madrugada. Saltó el buzón de voz.

—Buenas noches —dijo Adrián, con la voz ronca—. Me llamo Adrián Lastra. Llamo por la casa de la calle del Río. Viví en ella hasta los quince años. Me gustaría verla por dentro. —Hizo una pausa—. Y me gustaría, si es posible, comprarla.

Colgó. Se quedó un rato con la frente apoyada en la madera húmeda de la puerta, respirando.

Después volvió al coche y escribió el mensaje número doce. No sabía si ella lo leería nunca.

He dejado de mirar desde la acera. No voy a dejar que te hagan daño. Aunque no quieras volver a verme.

· · ·

A las ocho y media de la mañana siguiente, el timbre del portal despertó a Sara.

Era un funcionario del juzgado con una carpeta bajo el brazo y cara de no haber desayunado. Le pidió el DNI. Le hizo firmar un acuse de recibo. Le entregó un sobre.

Sara lo abrió en el rellano, en pijama, descalza.

Citación en calidad de investigada. Delito de revelación de secretos y uso de información reservada en perjuicio de tercero. Denunciante: Atlántica Capital, S.L.

Y debajo, grapada, una copia impresa de los mensajes de Nacho Barrero desde el juzgado. Con la hora exacta. Y con su nombre, no el de Adrián, como destinataria final de la información.