Capítulo 15. Plan B
Bernardo:
Ferrer me pone con Sara Valdés, la del archivo, en cuanto le llegue el título.
Mejor así. Si la venta se tuerce o alguien pregunta por las cargas, la documentación la habrá preparado ella.
Prepara el anexo con su nombre como responsable.
Nadie va a mover un dedo por una administrativa. Yo quedo limpio y tú te quedas la casa.
A.
Sara lo leyó una vez. No hizo falta más.
No lloró. Eso la sorprendió más tarde, cuando repasó aquel momento una y otra vez. Esperaba sentir algo desgarrándose por dentro, un dolor que la doblara por la mitad. Pero no sintió nada. Solo un frío enorme, limpio, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno dentro de su pecho.
Nadie va a mover un dedo por una administrativa.
Era la frase que llevaba escuchando toda la vida sin que nadie la pronunciara en voz alta. En las oficinas que limpiaba su madre. En el sótano. En las reuniones donde Cifuentes presentaba sus informes. Y ahora la había escrito el único hombre que le había dicho que no era invisible.
—Lo siento —dijo Irene, y sonaba sincera.
Sara dobló la hoja en cuatro, como había hecho con la nota de Cifuentes, y se la guardó en el bolsillo.
—No lo sientas —dijo—. Gracias.
Salió del despacho. Adrián acababa de salir del ascensor, con dos cafés en la mano, como tantas mañanas. La vio. Vio su cara. Y Sara supo que él lo había entendido todo antes de que ella dijera una sola palabra.
—Al archivo —dijo ella—. Ahora.
Bajaron por la escalera de servicio sin hablar. El sótano los recibió con su zumbido de siempre. Sara caminó hasta el fondo, hasta la mesa donde había pasado diez años, y se giró. Le tendió la hoja.
Adrián la leyó. Sara vio cómo el café le temblaba en la otra mano. Vio cómo algo se derrumbaba en su cara, pieza por pieza, como un edificio en una demolición a cámara lenta. Dejó los vasos sobre una estantería.
—Dime que no lo escribiste.
Tardó mucho. Demasiado. Ese silencio fue la respuesta.
—Lo escribí.
Sara cerró los ojos.
—Sara, escucha. Lo escribí hace tres semanas. Antes de conocerte. Antes de… —Dio un paso hacia ella—. Era ese hombre. El que vende casas sin mirarlas. Leía tu nombre en los expedientes y no sabía quién eras. No me importaba. Y luego te plantaste en mi mesa con ese título y…
—Me dijiste que no habías firmado el anexo.
—No lo firmé.
—Pero lo pediste. —Abrió los ojos—. Lo pediste tú, Adrián. Con mi nombre.
Él no contestó.
—Cuando me dijiste en Laviana que no querías que yo fuera otra cosa que miras desde la acera —siguió ella, y ahora sí le temblaba la voz—, ya sabías esto.
Cuando me defendiste delante de Ferrer. Cuando viniste empapado a mi portal.
Cuando… —Se le quebró la frase—. Cada vez que me tocabas, sabías que me habías elegido para cargar con la culpa.
Porque era perfecta, ¿verdad? Nadie iba a mover un dedo por mí.
—Yo moví todos los dedos. Me jugué el puesto por ti.
—¿Y cómo sé cuál de los dos eres? —Lo miró a los ojos—. ¿El que me defendió o el que escribió esto? ¿Cómo sé que ayer fuiste a Madrid a decirle que no a Salcedo y no a entregarle lo que te pidió?
—No puedes saberlo. —La voz de Adrián se había vuelto ronca—. Solo puedo pedirte que me creas.
—Ya te creí. Anoche. En una silla de plástico.
Se miraron en silencio, entre las estanterías, bajo la luz blanca de los fluorescentes. Sara pensó que era curioso que todo terminara justo allí, en el mismo sitio donde había empezado. En el lugar donde ella no existía.
—Te quiero —dijo él.
Fue la primera vez que lo decía. Sara sintió que aquellas dos palabras le atravesaban el pecho como un cuchillo, porque las había esperado, porque las había soñado, y porque llegaban demasiado tarde.
—No vuelvas a buscarme —dijo.
Y se fue.
Subió directamente a la séptima planta. Doña Pilar estaba en su despacho, revisando papeles con las gafas en la punta de la nariz. Levantó la vista al verla entrar sin llamar.
—Dimito —dijo Sara.
Doña Pilar se quitó las gafas muy despacio.
—Siéntese.
—No, gracias. Le mandaré la carta por correo esta tarde.
—Valdés, no sé qué ha pasado, pero está cometiendo un error.
—Llevo diez años cometiendo el error de quedarme donde nadie me ve —dijo Sara—. Este no es un error. Es el primero que no es mío.
Recogió sus cosas en veinte minutos. No tenía muchas.
El título del Colegio, todavía en su marco de metacrilato.
Una taza con el asa rota que usaba desde 2016.
Un cactus minúsculo que le había regalado su madre.
Lo metió todo en una caja de cartón marrón, igual que la de Cifuentes, y cruzó la sexta planta con ella entre los brazos.
Nadie dijo nada. Todos la miraron. La puerta del despacho del ala este estaba cerrada, y Sara no miró hacia allí.
Mateo la alcanzó junto al ascensor. Venía corriendo desde la otra punta de la planta, con el móvil todavía en la mano y una clienta esperando al teléfono.
—Sara. —Miró la caja de cartón. Miró su cara—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha hecho?
Ella no pudo contestar. Si abría la boca, se rompería allí mismo, delante de media sexta planta. Mateo lo entendió. No preguntó más. Pulsó el botón del ascensor por ella y le puso una mano en el hombro, solo un segundo.
—Esta noche voy a tu casa —dijo en voz baja—. No hace falta que abras. Me siento en la escalera. Pero voy.
Las puertas se abrieron. Sara entró sin mirarlo.
En el ascensor, por fin, se permitió apoyar la frente contra el metal frío y cerrar los ojos.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Sara salió con la caja, con la vista clavada en la puerta de la calle, en la lluvia, en la libertad. Estaba a tres pasos de la salida cuando una voz la detuvo.
—Señorita Valdés.
La conocía. La había oído por el altavoz de doña Pilar, grave, amable, con el acento de los barrios caros de Madrid.
Bernardo Salcedo estaba sentado en uno de los sillones de cuero del vestíbulo, con un abrigo de cachemir sobre las rodillas y las piernas cruzadas, como si llevara un rato esperándola.
Tenía sesenta y muchos años, el pelo blanco y abundante y los mismos ojos verdes que su hija.
Se levantó sin prisa y miró la caja de cartón con algo parecido a la ternura.
—Por fin nos conocemos —dijo—. He venido a ofrecerle trabajo.
Sara no se movió.
—Y a hablar de una caja verde —añadió Salcedo con una sonrisa—. Esa que don Fernando guarda en su despacho. Creo que usted y yo tenemos mucho que ganar si la encontramos antes que nadie.