Capítulo 14. Lo que guarda el sótano
Sara no durmió en casa. Adrián la llevó a Oviedo pasada la una y se ofreció a quedarse, y ella le dijo que no, que estaba agotada, que necesitaba dormir. Le dio un beso en la puerta del coche. Él la miró un segundo más de lo normal, como si notara algo, pero no preguntó.
A las seis y media de la mañana, Sara estaba en el sótano de Arnedo & Vidal.
Si Irene tenía algo contra ella, quería llegar a esa reunión con algo contra Salcedo. El archivo estaba como siempre: fluorescentes, el zumbido del deshumidificador y el olor a papel que llevaba diez años pegado a su ropa. Era el único lugar del mundo donde se sentía completamente segura.
Empezó por Atlántica Capital. En el registro mercantil, el fondo aparecía domiciliado en un edificio de oficinas de la calle Serrano, en Madrid. Sara conocía esa dirección. La había visto cientos de veces en los membretes que llegaban de la sede del grupo. Era el mismo edificio. La misma planta.
Luego buscó hacia atrás. Mucho más atrás.
En una caja de 2009 que nadie había abierto en años, encontró una carpeta fina con el nombre de la casa escrito a mano.
Dentro había una oferta de compra por Villa Arístegui.
Un millón doscientos mil euros. La había firmado, en nombre de una sociedad ya disuelta, un hombre llamado Bernardo Salcedo.
Y al pie, con la letra temblorosa de don Fernando, una sola palabra: Jamás.
Sara se quedó mirando aquella palabra mucho rato. Salcedo llevaba quince años detrás de esa casa. No era un negocio. Era una obsesión. Y un hombre así no se rendía por treinta y nueve segundos de ventaja en un registro.
—Sabía que te encontraría aquí.
Sara dio un salto. Mateo estaba al pie de la escalera del sótano, con dos cafés en una bandeja de cartón y la cazadora empapada.
—He visto tu coche en el aparcamiento al pasar —dijo—. Un sábado a las siete y media. O te has escapado de casa o estás buscando algo. —Le tendió un café—. Leche de avena, sin azúcar.
Ella lo cogió con las dos manos. Estaba caliente. Se dio cuenta de que tenía los dedos helados desde hacía horas.
Mateo miró la carpeta de 2009 abierta sobre la mesa, la palabra Jamás con la letra temblorosa del viejo, y no preguntó. Se sentó en el borde de la mesa, como había hecho mil veces cuando bajaba a buscar un contrato y se quedaba diez minutos de más charlando.
—¿Sabes cuándo me fijé en ti por primera vez?
—dijo, mirando las estanterías—. Hace nueve años.
Bajé a buscar un contrato de alquiler y tú me dijiste, sin levantar la vista, que la cláusula siete era ilegal desde la reforma de 2013.
Tenías razón. Me salvaste de una demanda.
Y yo subí las escaleras pensando: esa chica es la más lista de este edificio y nadie lo sabe.
Sara lo miró. Tenía un nudo en la garganta.
—¿Por qué no dijiste nada en nueve años?
—Porque soy un cobarde con cara de simpático. —Sonrió de lado—. Pensaba que tenía tiempo. Que siempre ibas a estar aquí abajo y yo siempre iba a bajar a darte los buenos días. Y un día subiste. Y otro te miró. —Se encogió de hombros—. Lección aprendida.
—Mateo…
—No te lo digo para que te sientas mal. —Se bajó de la mesa—.
Te lo digo porque a las nueve tienes una cita con Irene Salcedo, que lo sé porque media planta lo sabe, y quiero que subas sabiendo que hay alguien en este edificio que lleva nueve años pensando que eres la más lista. Pase lo que pase ahí arriba.
Le besó la frente y se fue escaleras arriba. Sara se quedó con el café entre las manos, sintiendo cómo el calor le volvía poco a poco a los dedos.
Fotografió todo. Guardó la carpeta en su bolso. A las nueve menos cinco subió a la sexta planta.
Irene la esperaba en el despacho, sola. Adrián no había llegado todavía. Había dos cafés sobre la mesa y la persiana medio bajada. Irene llevaba un jersey gris sencillo, sin maquillaje apenas, y por primera vez parecía más cansada que peligrosa.
—Cierra la puerta, por favor.
Sara la cerró. No se sentó.
—Antes de nada, quiero que sepas que tengo pruebas de que Atlántica Capital es de tu padre —dijo—. Y de que lleva quince años intentando comprar esa casa. Si la reunión va de amenazarme, ya puedes…
—No va de amenazarte. —Irene la interrumpió con suavidad—. Ya sé lo de Atlántica. Y sé lo de la casa. Mi padre no habla de otra cosa desde que yo era una niña. —Empujó uno de los cafés hacia ella—. Siéntate, Sara. De verdad.
Sara se sentó despacio.
—No te llamé para hacerte daño —dijo Irene—. Aunque sé que parece eso. Te he estado observando dos semanas. Eres buena. Eres muy buena. Y me recuerdas a alguien.
—¿A quién?
—A mí. Hace cuatro años. Cuando creía que Adrián Lastra era el único hombre honrado del mundo. —Una sonrisa sin alegría —. Él te habrá contado su versión de por qué me dejó. Lo de la ventana abierta, ¿no? Lo de que yo lo elegí como una inversión.
Sara no dijo nada. Irene asintió, como si esa fuera la respuesta.
—Es verdad. Lo dije. Es lo peor que he dicho nunca, y lo dije para que mi padre me dejara en paz, porque era la única manera de que aceptara la boda.
—Hizo una pausa—. Pero Adrián nunca se quedó a preguntar.
Nunca me dejó explicarlo. Desapareció. Es lo que hace.
Y antes de desaparecer, siempre se asegura de que la culpa la cargue otro.
Abrió un cajón. Sacó una hoja impresa y la dejó sobre la mesa, boca abajo.
—La encontré en el servidor del grupo hace diez días, revisando la correspondencia de mi padre por la auditoría. Dudé mucho antes de enseñártela. —Miró a Sara a los ojos—. Anoche te vi en el hospital con él. Vi cómo lo mirabas. Y decidí que nadie me avisó a mí a tiempo.
Sara miró la hoja. No la tocó.
—¿Qué es?
—Un correo. De Adrián a mi padre. —Irene le dio la vuelta a la hoja con un dedo—. Fechado hace tres semanas. Antes de que te llegara el título. Antes de que él te hubiera dirigido la palabra ni una sola vez.
Sara bajó la vista.
El asunto decía: Arístegui. Plan B.
Y la primera línea empezaba con su nombre.