Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 13. Sala de espera
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Capítulo 13. Sala de espera

El Hospital San Agustín olía a lejía y a café de máquina. Sara llegó a las cinco y media, después de conducir desde Oviedo sin respetar ni un solo límite de velocidad. Rosario la esperaba en el pasillo de Traumatología con el abrigo puesto y un rosario de verdad entre los dedos.

—La cadera —dijo—. Lo operan mañana temprano. Está despierto. Ha preguntado por usted.

Don Fernando parecía todavía más pequeño en la cama del hospital, entre sábanas blancas y tubos transparentes. Tenía un moretón violeta en la sien. Pero cuando la vio entrar, sus ojos negros se encendieron.

—Señorita Valdés. Qué bochorno. Recibirla así.

—No diga tonterías. —Sara se sentó junto a la cama y le cogió la mano—. ¿Qué ha pasado?

—Vinieron dos abogados. De Madrid, por el acento.

Con mis sobrinos. —Hizo una mueca de dolor—.

Traen una demanda. Dicen que la venta no vale.

Que yo no estaba en mis cabales cuando firmé a las ocho de la mañana, que ustedes me presionaron, que se sabía la hora del juez por un chivatazo.

Quieren anularlo todo. —Le apretó la mano con una fuerza inesperada—.

Y quieren declararme incapaz. A mí. Que todavía me sé de memoria la tabla de mareas de 1954.

—No lo van a conseguir.

—Por eso subí al despacho. Mi abuelo guardaba en una caja verde… papeles, escrituras antiguas. Hay algo ahí que… —Los párpados se le cerraban. Los calmantes empezaban a hacer efecto—. La caja verde. Detrás de…

Se durmió antes de terminar la frase.

Sara se quedó sentada junto a él mucho rato, escuchando el pitido regular del monitor. Luego salió al pasillo a llamar a Otero.

El hotelero sonaba cansado. Sí, sabía lo de la demanda. Su banco le había llamado esa misma mañana: si un juez dictaba medidas cautelares sobre la finca, congelarían la financiación del proyecto hasta que se resolviera el pleito. Y eso podían ser años.

—La quiero, Sara —dijo Otero—. Esa casa la quiero de verdad. Pero tengo setenta años y cuatro hoteles con doscientas familias que comen de ellos. No puedo esperar eternamente.

Cuando colgó, dos personas avanzaban hacia ella por el pasillo.

Los reconoció por las fotos del expediente. Borja y Marta Arístegui, los sobrinos. Él, cuarenta y tantos, chaleco acolchado de marca y el móvil siempre en la mano. Ella, unos años mayor, abrigo de pelo de camello y la boca fina de alguien que lleva mucho tiempo enfadada con el mundo.

—Tú eres la agente —dijo Borja. No era una pregunta—. La que convenció al tío de vender a las ocho de la mañana.

—Soy la que evitó que la casa saliera a subasta.

—Para quedarte una comisión de cien mil euros. Qué generosa. —Marta sonrió sin alegría—. ¿Sabes lo que nos ofrece Atlántica si la venta se anula? Tres millones. A repartir entre nosotros dos. Y ni siquiera tienen que esperar a que el tío se muera.

Sara sintió que la sangre se le helaba.

—Van a tirar la casa.

—Es una casa vieja, bonita. —Borja se encogió de hombros—. Las casas se tiran. Dentro de una semana el juez congelará la venta. Y cuando lo declaren incapaz, la tutela será nuestra. Te sugiero que no vuelvas por aquí.

Se fueron hacia la habitación de su tío. Sara se quedó en el pasillo, con el móvil en la mano y las piernas temblando, y por primera vez desde que había dejado el título sobre la mesa de Adrián tuvo miedo de perder.

A las siete apareció Mateo.

Sara le había mandado un mensaje desde el coche, casi sin pensarlo, porque Adrián no contestaba y necesitaba que alguien supiera dónde estaba.

Mateo no había preguntado nada. Había conducido cuarenta minutos hasta Avilés con un termo de café, dos bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio y la cazadora mal abrochada.

—Mi abuela dice que en los hospitales nadie come —dijo, sentándose a su lado en la sala de espera—. Y que por eso la gente se pone triste. Come, Valdés.

Ella comió. Por primera vez en todo el día, comió.

Mateo le habló de tonterías, de un cliente que quería alquilar un ático para su gato, de su abuela leyendo novelas románticas con lupa, y en algún momento Sara se dio cuenta de que se estaba riendo.

En una sala de espera de Traumatología. Con los sobrinos de don Fernando a veinte metros.

Cuando se le acabaron las bromas, Mateo le cogió la mano y no dijo nada más. Solo se la sostuvo. Y Sara, agotada, apoyó la cabeza en su hombro.

Así los encontró Adrián.

Sara lo vio al fondo del pasillo y se incorporó de golpe. Mateo también lo vio. No le soltó la mano enseguida. Se levantó despacio, sin prisa, y se quedó de pie entre los dos, con la cazadora mal abrochada y los bocadillos a medio comer.

—Arbesú —dijo Adrián.

—Lastra. —La voz de Mateo era tranquila, pero tenía los puños cerrados—. Lleva aquí cuatro horas. Cuatro. Con los buitres de los sobrinos rondando. Y tú con el móvil apagado.

Adrián no contestó. Por primera vez, no tenía réplica.

Mateo se volvió hacia Sara, le dio un beso en la frente delante de él y le dejó el termo en las manos.

—Llámame si me necesitas —dijo—. A cualquier hora. Yo sí contesto.

Y se fue por el pasillo sin mirar atrás.

Eran las nueve y cuarto.

Llevaba el traje oscuro de las reuniones importantes, la corbata deshecha y una bolsa de viaje pequeña colgada del hombro. Tenía ojeras. Se acercó deprisa por el pasillo y la abrazó sin decir nada, y durante un segundo ella se dejó. Luego se apartó.

—¿Dónde estabas?

Adrián la miró. Algo en la voz de ella le hizo comprender que no podía mentir.

—En Madrid.

—Me dijiste que no habías pisado Madrid en dos meses.

—Hasta hoy.

—Con Salcedo.

—Sí.

Sara tomó aire.

—Vi el mensaje, Adrián. Hace nueve días. La primera mañana. En tu móvil, en mi mesilla.

Él se quedó completamente quieto.

—¿Y no me dijiste nada?

—Esperaba que me lo contaras tú.

Adrián se dejó caer en una de las sillas de plástico de la sala de espera. Se pasó las manos por la cara. Cuando habló, lo hizo muy bajo.

—Salcedo quiere que le lleve lo que Irene no ha podido probar.

Los mensajes de Nacho desde el juzgado. Con eso, la demanda de los sobrinos se vuelve imbatible, la venta se anula y tú acabas denunciada por obtener información reservada.

A cambio, yo soy socio del grupo. Madrid, un despacho en Castellana, todo lo que siempre quise.

—Levantó la vista—. He ido a decirle que no.

En persona. Mirándolo a la cara. Y a decirle que si te toca, lo hundo.

—¿Y qué te ha dicho?

—Se ha reído. —Una sonrisa amarga—. Me ha dicho que ya vería yo cuánto me duraba la dignidad.

—¿Puedes demostrar que le dijiste que no?

—No. Estuvimos solos.

Sara lo miró. Estaba sentado en aquella silla de plástico naranja, bajo la luz fluorescente, con el traje arrugado y la cara de alguien que no ha dormido. No parecía el hombre de la sexta planta. Parecía el crío de la acera.

Se sentó a su lado. Le cogió la mano.

—Te creo —dijo.

Y en ese momento lo creía de verdad.

Se quedaron en la sala de espera hasta pasada la medianoche, con las manos entrelazadas, sin hablar, mientras las máquinas de bebidas zumbaban en la penumbra y alguna enfermera cruzaba el pasillo sin mirarlos. A las doce y veinte, Adrián se levantó a buscar dos cafés.

Fue entonces cuando sonó el móvil de Sara.

—Imagino que estás con él —dijo la voz de Irene, tranquila, casi amable—. No hace falta que me contestes. Solo quiero que mañana estés en mi despacho a las nueve. Sola.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Yo sí. —Una pausa—. Tengo algo que Adri no te va a enseñar nunca, cielo. Es sobre ti. Y lo escribió él, mucho antes de conocerte.

Colgó. Al fondo del pasillo, Adrián volvía con dos vasos de cartón humeantes y una sonrisa cansada, y Sara se obligó a sonreírle también.