Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 12. Lo que no se pregunta
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Capítulo 12. Lo que no se pregunta

Sara no le dijo nada.

Se quedó quieta hasta que la pantalla del móvil se apagó sola.

Luego cerró los ojos y fingió dormir hasta que él se despertó, le besó el hombro y le preguntó si tenía café.

Desayunaron en la cocina, él con una camiseta de ella que le quedaba ridículamente pequeña, ella riéndose de él, los dos descalzos sobre las baldosas frías.

Fue perfecto. Y durante todo el desayuno, las palabras del mensaje le ardieron en la garganta.

Estaba fregando las dos tazas cuando él se le acercó por detrás y le apoyó la barbilla en el hombro.

—Llegamos tarde —murmuró ella.

—Son las siete y diez.

—Pues llegaremos tarde dentro de un rato.

Él se rió contra su cuello. Le apartó el pelo y le besó la nuca, muy despacio, y Sara dejó la taza en el fregadero con el grifo todavía abierto.

Notó sus manos en la cintura, bajo la camiseta, y el calor de su pecho contra la espalda.

Se giró. Él la levantó por las caderas y la sentó en la encimera, entre la cafetera y el frutero, y ella le rodeó la cintura con las piernas sin pensarlo.

El agua seguía corriendo. Ninguno de los dos se acordó de cerrarla.

Más tarde, bajo la ducha, con el vapor empañando el espejo diminuto de su baño y las manos de él enjabonándole la espalda con una paciencia infinita, Sara pensó que podría acostumbrarse a aquello. A llegar tarde. A reírse con la boca de él contra la suya. A sentirse así.

Y eso fue lo que la asustó de verdad.

Solo tienes que traerme lo que te pedí.

No preguntó. Se dijo que era porque quería que él se lo contara por sí mismo. Que era una prueba. En el fondo sabía que era miedo. Miedo a la respuesta. Miedo a perder aquello que acababa de empezar.

Los días siguientes fueron los más felices y los más extraños de su vida.

En la agencia eran dos colegas correctos.

Se saludaban por la mañana, discutían cláusulas en voz alta, se ignoraban delante de Irene.

Nadie sospechaba nada. Pero a veces, al cruzarse junto a la fotocopiadora, los dedos de él le rozaban la muñeca, y ella tenía que apretar los labios para no sonreír.

A veces le llegaba un mensaje en mitad de una reunión: Ese jersey debería estar prohibido.

Y ella lo leía sin inmutarse, con la cara seria, mientras el calor le subía por el cuello.

Casi nadie.

El miércoles siguiente, Mateo la esperó junto a la máquina de café. No sonreía.

—Te ha rozado la muñeca en la fotocopiadora —dijo en voz baja—. Dos veces esta mañana. Y tú te has puesto colorada las dos.

Sara no contestó. Mateo le tendió un café con leche de avena, sin azúcar, como siempre. Le temblaba un poco la mano.

—No vengo a montarte una escena. —Miró hacia el despacho del ala este, donde Adrián hablaba por teléfono con la puerta cerrada—.

Vengo a decirte una cosa que no te va a gustar.

Hace un mes vi a Lastra comiendo con Bernardo Salcedo en el Reconquista.

Dos horas. Muy amigos. Y desde que llegó Irene, lo he visto salir a hablar por teléfono a la escalera de incendios tres veces al día.

—Mateo…

—No sé qué está tramando. Puede que nada. —Le sostuvo la mirada—. Pero sé que tú no lo sabes tampoco. Y eso es lo que me da miedo.

Se fue sin esperar respuesta. Sara se quedó con el café entre las manos, quemándose los dedos sin notarlo, mirando la puerta cerrada del despacho de Adrián.

Pensó en el mensaje de Salcedo. Solo tienes que traerme lo que te pedí.

Y no dijo nada. A nadie.

Por las noches, él aparecía en su portal.

Nunca iban a su piso; Adrián decía que era un sitio sin alma, con muebles de catálogo y paredes blancas, un piso de alguien que no piensa quedarse.

Preparaban cenas improvisadas en la cocina diminuta de Sara.

Veían películas que no terminaban nunca.

Y luego él la llevaba a la cama como si fuera la primera vez, cada vez, con una paciencia y una intensidad que la dejaban temblando.

Una noche, mientras él dormía, Sara se quedó mirando la cicatriz de su ceja a la luz de la farola y se dio cuenta, con una mezcla de pánico y dulzura, de que se estaba enamorando de él.

No, eso no era verdad. Ya se había enamorado. Hacía tiempo. Quizá desde la carretera de la costa.

El miércoles por la noche, Adrián no la llevó a su portal. Condujo monte arriba, por la carretera que sube al Naranco entre castaños, hasta el mirador que hay a los pies del Sagrado Corazón.

—¿Me vas a enseñar otra casa de tu infancia? —preguntó ella.

—Te voy a enseñar la ciudad desde arriba. —Apagó el motor—. Llevas diez años viéndola desde un sótano. Me pareció justo.

Hacía frío. Oviedo se extendía a sus pies como una caja de joyas volcada, con la catedral iluminada en el centro y las montañas negras al fondo.

Adrián le puso su abrigo por encima de los hombros sin preguntar, y se quedaron apoyados en la barandilla de piedra, con el vaho de las respiraciones mezclándose.

—¿Qué querías ser de mayor? —preguntó ella de pronto.

—Carpintero. Ya te lo dije.

—No. Te pregunto ahora. Si no tuvieras que demostrarle nada a nadie.

Él se quedó callado un rato largo.

—Quiero un taller —dijo al fin, muy bajo, como si confesara un delito—.

Con olor a serrín y una radio vieja. Hacer mesas que duren cien años.

Mesas donde una familia cene todas las noches sin pensar en quién las hizo.

—Se rió de sí mismo—. El mejor vendedor de Arnedo & Vidal quiere hacer mesas. Si se entera Ferrer, me echa.

—A mí me parece precioso.

—¿Y tú?

—Yo quiero una puerta con mi nombre. —Lo dijo sin pensar, y se sorprendió al oírse—. No un despacho. Una puerta. A pie de calle, con escaparate. Que cualquiera que pase me vea trabajar.

Adrián la miró con una seriedad repentina.

—La tendrás.

—No sabes eso.

—Sé que no he conocido a nadie capaz de pararte. —Le apartó el pelo de la cara con dos dedos fríos—. Ni siquiera yo.

Sara pensó en el café de Mateo, en la escalera de incendios, en el mensaje de Salcedo. Pensó en preguntar. Lo intentó de lado, con una sonrisa.

—¿Tienes secretos, Lastra?

Él tardó un segundo de más en contestar. Luego sonrió, y le dio la vuelta a la pregunta como le daba la vuelta a todo.

—Tengo uno. —La atrajo hacia sí, dentro del abrigo—. Que desde que te vi dejar aquel título en mi mesa no he dormido una noche entera.

Y la besó bajo la estatua iluminada, con toda la ciudad mirándolos desde abajo, un beso lento y largo que le hizo olvidar la pregunta. Casi.

Porque esa noche, en la cama, con la cabeza de él dormida sobre su pecho, Sara recordó aquel segundo de más. Y no pudo dormir.

El jueves fue a ver a don Fernando.

Otero le había concedido el derecho a seguir viviendo en la casa hasta que empezaran las obras del hotel, dentro de un año.

El viejo la recibió en la galería, envuelto en una manta, con el mar gris al otro lado del cristal.

Tenía mejor color que la primera vez. Había fuego en la chimenea y los retratos del salón estaban limpios.

—Rosario dice que he rejuvenecido diez años —comentó él—. Yo creo que solo he dejado de tener miedo.

Le enseñó cosas que no estaban en ningún expediente.

Las cartas que su abuelo escribía desde Cuba a una novia de Cudillero.

Una foto de su madre en la galería, en 1948, con un vestido blanco.

La marca en el marco de una puerta donde medían a los niños de la familia cada verano.

La última raya era de 1962. Después ya no hubo más niños.

—No tuve hijos —dijo don Fernando—. Mis sobrinos solo quieren esto para venderlo por piezas. Cuando yo falte, necesito saber que alguien la mira como la mira usted.

Sara le cogió la mano. Era ligera y fría, como la de un pájaro.

—Nadie va a tirar esta casa, don Fernando. Se lo prometo.

Y en cuanto lo dijo, recordó la voz de Adrián en el arcén. No le prometas nada que no puedas cumplir.

Esa noche, en la cama, con la cabeza de él sobre su pecho, estuvo a punto de preguntar. Tenía las palabras preparadas. ¿Qué te pidió Salcedo? Abrió la boca. Y él, sin levantar la cabeza, murmuró medio dormido:

—Mañana tengo una reunión fuera. Volveré tarde.

—¿Dónde?

—Nada importante. Cosas del ala este.

Sara se quedó con la pregunta en la lengua. Mañana era viernes.

El viernes Adrián no apareció por la oficina.

Su despacho estaba vacío, con la lámpara apagada.

Irene tampoco estaba. Sara pasó la mañana trabajando sin enterarse de lo que leía, mirando el móvil cada cinco minutos.

A las once le mandó un mensaje. ¿Todo bien?

No hubo respuesta. A la una le mandó otro. Tampoco.

A las cuatro y diez de la tarde sonó su teléfono. Era un número fijo con prefijo de Asturias.

—¿La señorita Valdés? —Una voz de mujer, entrecortada—. Soy Rosario. De la casa.

Sara se levantó de la silla sin darse cuenta.

—¿Qué ha pasado?

—El señor. Se ha caído por la escalera. Esta mañana vinieron unos hombres con papeles, unos abogados, y se puso muy nervioso, y cuando se fueron quiso subir al despacho a buscar no sé qué y…

—Se le quebró la voz—. Se lo ha llevado la ambulancia al hospital de Avilés.

No sé a quién más llamar. Usted es la única persona que ha preguntado por él en años.