Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 11. Bajo la lluvia
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Capítulo 11. Bajo la lluvia

El lunes, Sara pidió trabajar desde casa. El martes, también. Doña Pilar no hizo preguntas; se limitó a mandarle por correo tres expedientes nuevos de la costa con una nota escueta: Los quiero para el viernes. Y la quiero a usted aquí el miércoles.

Los expedientes la salvaron. Se hundió en ellos como había hecho toda la vida, entre notas simples y planos catastrales, porque los papeles no mienten y no besan a nadie en un aparcamiento.

Pero cada vez que levantaba la vista de la pantalla, veía la farola naranja.

Las dos siluetas juntas. Y el móvil, apagado sobre la mesa como un animal muerto.

El martes a media tarde, Mateo le mandó un mensaje que no era como los otros. No tenía bromas.

Estoy en el Campo San Francisco, junto al estanque de los patos. Si quieres hablar, aquí estoy. Si no, también lo entiendo.

Sara fue. Lo encontró sentado en un banco húmedo, con las manos en los bolsillos de la cazadora y una bolsa de pan duro para los patos que no había abierto. Se sentó a su lado. Durante un rato ninguno dijo nada. Los patos se acercaron, esperanzados, y se fueron decepcionados.

—Te vi volver del ascensor el viernes —dijo Mateo por fin, mirando el agua—. Y lo vi volver a él dos minutos después. Con la camisa por fuera.

Sara cerró los ojos.

—Mateo…

—No hace falta que me expliques nada. —Sonrió, pero era una sonrisa triste—. Llevo diez años siendo el que te da los buenos días. Sé leerte la cara mejor que nadie en esa oficina. —Hizo una pausa—. ¿Estás enamorada de él?

—No lo sé. —Era la verdad, y le dolió decirla—. No sé lo que siento por él. Pero sí sé lo que siento cuando estoy contigo. Me siento bien. Me siento en casa. Y no quiero hacerte daño.

Mateo se volvió hacia ella. Tenía los ojos castaños, cálidos, y una sinceridad en la cara que a Sara le partió el alma.

—Entonces no me lo hagas —dijo—. No te pido que elijas hoy, Sara. Solo te pido una cosa. Que no me descartes por ser el fácil. —Le cogió la mano—. Lastra te hace sentir que el mundo se acaba. Yo te haría sentir que el mundo empieza. Y te juro que no me voy a ir sin luchar.

Le besó los nudillos, se levantó y le dejó la bolsa de pan en el regazo.

—Para los patos —dijo—. Que ellos tampoco tienen la culpa.

Sara se quedó sola en el banco hasta que oscureció, tirando migas al agua y sin saber por cuál de los dos le dolía más el pecho.

El martes por la noche llovía como si el cielo tuviera algo personal contra Oviedo.

A las once llamaron al portero automático.

Sara no contestó. Volvieron a llamar. Y otra vez. Al cuarto timbrazo se asomó a la ventana, y lo vio.

Adrián estaba en mitad de la acera, sin paraguas, con el abrigo empapado y el pelo pegado a la frente. No miraba al portal. Miraba hacia arriba, hacia su ventana, como si supiera exactamente cuál era.

Sara corrió la cortina. Se quedó de pie en mitad del salón con el corazón golpeándole las costillas. Contó hasta diez. Hasta veinte. Cuando volvió a asomarse, él seguía allí. No se había movido ni un paso.

Bajó en zapatillas y con una sudadera vieja, sin pensar.

—Vete a casa —le dijo desde el portal.

—No.

—Adrián, estás empapado.

—Me da igual. —La lluvia le caía por la cara—. Llevo cuatro días llamándote. Te vi salir del parking. Sé lo que viste. Y sé lo que no viste.

—No quiero saberlo.

—Sí quieres. Por eso has bajado.

Sara apretó los labios. Odiaba que tuviera razón. Lo odiaba casi tanto como lo mucho que le temblaban las manos al verlo allí, calado hasta los huesos por ella.

—Tienes cinco minutos —dijo, y le dejó pasar.

En el piso le dio una toalla y no le ofreció nada más. Él no se sentó. Se quedó de pie junto a la puerta, goteando sobre el parqué, y habló sin quitarse el abrigo.

—La aparté —dijo—. Dos segundos después. Le dije que no volviera a hacerlo nunca. Que lo nuestro se acabó hace cuatro años y que no había nada que salvar. Se fue llorando. Y tú ya te habías ido.

—¿Y por qué la dejaste tres días antes de la boda?

Adrián cerró los ojos un momento.

—Porque tres días antes de la boda oí una conversación entre ella y su padre.

En la casa de Salcedo, en La Moraleja. Yo estaba en el jardín y la ventana del despacho estaba abierta.

—Su voz se volvió plana, sin emoción, como si llevara años ensayando para no sentir nada al contarlo—.

Bernardo le decía que después de la boda me haría socio.

Que yo era una buena inversión. Un chico de la cuenca con hambre, fácil de manejar si le das lo que quiere.

Y ella le contestó: «Ya lo sé, papá. Por eso lo elegí. »

Sara no dijo nada.

—Esa noche la llamé desde un hotel y le dije que no habría boda. No le di explicaciones. No tuve valor. —Abrió los ojos—. Tiene razón en una cosa: fui un cobarde. Desaparecí. Pero no porque ella dependiera de mí. Me fui porque me di cuenta de que yo era una línea más en su cuenta de resultados.

Sara sintió que algo se deshacía en su pecho. La rabia, que la había sostenido durante cuatro días, se le fue de las manos como agua.

—¿Por qué no me lo contaste en Laviana?

—Porque en Laviana ya te había enseñado demasiado. —Una sonrisa triste—. Pensé que si te lo contaba todo de golpe, saldrías corriendo.

—Estoy aquí.

—Lo sé. —Dio un paso hacia ella—. Y te juro que no sé qué hacer con eso.

Sara cruzó el salón. Le quitó el abrigo empapado de los hombros, despacio, y lo dejó caer al suelo.

Él no se movió. La miraba como si tuviera miedo de que desapareciera si parpadeaba.

Ella le pasó la toalla por el pelo, por la frente, por la cicatriz de la ceja. Sus dedos se detuvieron en su mejilla.

—Dijiste que no podía volver a pasar —susurró.

—Dije muchas tonterías.

Y esta vez fue él quien la besó.

No fue como en la oficina. Allí había sido rabia, urgencia, una cerilla sobre gasolina.

Esto era otra cosa. Era lento, profundo, casi solemne, como si los dos supieran que no había vuelta atrás.

Sara sintió sus manos frías por la lluvia en la espalda, bajo la sudadera, y se estremeció, y él se detuvo un instante para mirarla a los ojos, pidiendo permiso sin palabras.

Ella le contestó desabrochándole el primer botón de la camisa.

No llegaron al dormitorio. No enseguida.

Él la apoyó contra la pared del pasillo y le quitó la sudadera despacio, sin dejar de mirarla, como si quisiera memorizar cada centímetro que iba descubriendo. Tenía las manos todavía frías por la lluvia, y cuando le rozaron la piel de la cintura, Sara contuvo el aliento. Adrián se detuvo.

—¿Quieres que pare?

—Si paras, te mato.

Él se rió contra su cuello, bajito, y esa risa se le metió a Sara debajo de la piel.

Luego dejó de reírse. Le besó el cuello, la clavícula, el hombro, con una lentitud desesperante, como si tuviera toda la noche y pensara gastarla entera.

Ella le terminó de desabrochar la camisa con los dedos torpes y la dejó caer al suelo mojado.

Le pasó las palmas por el pecho, por los hombros, por la espalda tensa, y notó cómo él se estremecía bajo sus manos.

El hombre de hielo de la sexta planta temblaba.

Tropezaron con la esquina de la cama y ella se echó a reír, y él la sujetó antes de que cayera, y la risa se convirtió en otra cosa.

La luz naranja de la farola entraba por la persiana y les dibujaba rayas sobre la piel.

Sara vio su propio cuerpo bajo aquella luz, el cuerpo que llevaba años escondiendo bajo jerséis grandes y faldas discretas, y por primera vez no tuvo ganas de taparlo.

Porque él lo miraba como se mira algo que uno no se cree que le estén regalando.

—Eres preciosa —murmuró Adrián, con la voz rota—. Llevo diez años sin atreverme a pensarlo.

Ella le tiró del pelo para acercarlo y lo besó hasta que ninguno de los dos pudo pensar en nada.

Después todo fue piel y respiración. Sus manos aprendiéndola sin prisa, la boca de él bajando por su cuerpo como si leyera un mapa, el modo en que ella arqueó la espalda y le clavó los dedos en los hombros cuando dejó de poder contenerse.

Él pronunció su nombre una y otra vez, en voz baja, como si acabara de aprender a decirlo.

Y Sara, que se había pasado la vida siendo invisible, se sintió por fin vista entera, cada grieta, cada cicatriz, cada miedo, y dejó de tener miedo de que la vieran.

Afuera, la lluvia siguió cayendo sobre Oviedo toda la noche.

Sara se despertó a las seis y media, con el brazo de él sobre la cintura y su respiración tranquila en la nuca. Durante un rato no se movió. Se quedó mirando la luz gris que empezaba a colarse por la persiana y pensó que hacía años, quizá toda la vida, que no se sentía tan en paz.

Entonces el móvil de Adrián se iluminó sobre la mesilla.

No quería mirarlo. No era asunto suyo. Pero la pantalla estaba a veinte centímetros de su cara, y el nombre del remitente brillaba en letras blancas.

Bernardo Salcedo.

¿Has pensado en mi oferta? La sociedad sigue en pie. Solo tienes que traerme lo que te pedí. Tienes hasta el viernes de la semana que viene.