Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 10. Carmín rojo
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Capítulo 10. Carmín rojo

Irene Salcedo trabajaba como un cirujano sin anestesia.

El martes pidió los expedientes de las últimas cuarenta operaciones de la agencia. El miércoles se los había leído todos. El jueves por la mañana llamó a Sara a su despacho, que seguía siendo también el de Adrián, y le señaló una silla frente a la mesa sin levantar la vista de la pantalla.

—Siéntate, cielo. Esto va a ser rápido.

No lo fue. Durante dos horas, Irene repasó cada documento que Sara había tocado en la venta de Villa Arístegui. Cada nota, cada correo, cada llamada anotada en la agenda. Preguntaba con voz suave, casi aburrida, y anotaba las respuestas con una pluma de oro.

—La inscripción en el registro —dijo al fin—. Las doce y dos segundos. Impresionante. ¿Cómo supisteis que el juez firmaba a las doce en punto?

Sara notó que se le secaba la boca.

—Era la hora prevista.

—¿Prevista por quién? Esa información no era pública. —Irene levantó por fin los ojos verdes—. Teníais a alguien dentro del juzgado, ¿verdad? Alguien que os pasaba los horarios de un procedimiento en curso. Eso, en mi mundo, tiene un nombre muy feo.

Sara pensó en Nacho Barrero. En los mensajes que habían llegado al móvil de Adrián. En la cara de él cuando los leía.

—No sé de qué me hablas.

—Claro que no. —Irene sonrió y cerró la carpeta—. Tú solo archivas. Siempre ha sido así, ¿no?

Sara salió del despacho con las piernas rígidas. Adrián estaba de pie junto a la fotocopiadora. La miró. Ella pasó de largo.

Desde el lunes no se habían quedado solos ni un minuto.

No porque él no lo intentara: la esperaba al final del día, le dejaba cafés en la mesa, le mandaba mensajes cortos que ella no contestaba.

Tenemos que hablar. Por favor. Pero cada vez que Sara iba a responder, veía a Irene a través del cristal, apoyada en la mesa de él, con la mano posada en su brazo como si le perteneciera.

Oyendo cómo lo llamaba Adri. Recordándole los cafés que le gustaban, los restaurantes a los que iban, los amigos que tenían en común.

Cada frase era un pequeño recordatorio de que ella había estado allí antes. Mucho antes.

Y Adrián no la apartaba. Eso era lo que Sara no soportaba. No la animaba, pero tampoco la apartaba.

El jueves, Mateo le contó algo que la dejó helada.

La esperó en la escalera de incendios, a la hora del café, con dos vasos de cartón y la cara seria.

—Irene Salcedo me ha invitado a comer —dijo—. Ayer. En el Reconquista. Mantel blanco, vino de cincuenta euros. Muy simpática.

—¿Y qué quería?

—Proponerme un negocio. —Mateo se apoyó en la barandilla—.

Dice que tú y yo haríamos muy buena pareja.

Y que Adri y ella también. Que solo hacía falta que cada uno se ocupara de lo suyo.

Que yo te mantuviera ocupada, y ella se encargaba de él.

—Dio un sorbo al café—. Me ofreció su ayuda.

Información. Cosas de él que te harían cambiar de opinión.

Sara sintió que la sangre le subía a la cara.

—¿Y qué le dijiste?

Mateo la miró como si la pregunta le hubiera dolido.

—Que no juego así. —Dejó el vaso en la barandilla—. Que si algún día me eliges, quiero que sea porque quieres, no porque alguien te haya enseñado un papel. Y que se pagara ella el vino.

Sara se echó a reír, aunque tenía ganas de llorar. Mateo también sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Ten cuidado con ella, Sara. No es mala. Pero está herida. Y la gente herida hace cosas muy feas creyendo que se está defendiendo.

Se fue escaleras abajo. Sara se quedó en el rellano de la escalera de incendios mirando la ciudad gris, pensando que acababa de conocer un poco mejor a los tres.

A Irene, que jugaba sucio. A Mateo, que se negaba a hacerlo.

Y a ella misma, que ya no sabía si quería que alguien la salvara o que la dejaran equivocarse sola.

El viernes se firmó la liquidación definitiva de Villa Arístegui.

Otero pagó la deuda, don Fernando cobró el resto y Arnedo el de él, cansado.

Entonces Irene dio un paso, le agarró la cara con las dos manos y lo besó.

Sara no se quedó a ver lo que pasaba después. No quiso saber si él la apartaba o la abrazaba, si duraba un segundo o un minuto. Dio media vuelta, encontró su coche a ciegas y arrancó con las manos temblando.

En el retrovisor, bajo la farola, las dos siluetas seguían juntas.

Condujo hasta Oviedo sin encender la radio. No lloró. Se lo prohibió durante los veintiséis kilómetros de autopista. Solo cuando cerró la puerta de su piso, cuando se quitó los zapatos y vio el vestido negro reflejado en el espejo del pasillo, se permitió sentarse en el suelo.

El móvil vibró en el bolso. Una vez. Dos. Cinco.

Adrián.

Lo apagó.