Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 9. La auditora
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Capítulo 9. La auditora

El sábado a las nueve y media, el móvil de Sara vibró sobre la mesilla.

Tengo algo que enseñarte. Te recojo a las diez. Ponte calzado cómodo.

No contestó. A las diez menos cinco estaba en el portal.

Adrián no le explicó adónde iban. Condujo hacia el sur, hacia las cuencas, por una carretera que se estrechaba entre montañas verdes y castilletes de mina oxidados.

Llevaba vaqueros y un jersey gris, y sin traje parecía más joven y, de algún modo, más desprotegido.

Sara lo miraba de reojo y se obligaba a apartar la vista.

—He hablado con un amigo informático —dijo él, a mitad de camino—. Le pasé la foto del anexo. Según los datos del archivo, el documento se creó hace tres semanas en un ordenador de la sede del grupo Salcedo. En Madrid. Yo no he pisado Madrid en dos meses.

—Eso no prueba que no lo supieras.

—No. —La miró un segundo—. Pero prueba que no lo hice yo.

Sara no contestó. Quiso sentir alivio y solo sintió una grieta pequeña por la que empezaba a colarse la esperanza, que era mucho más peligrosa.

Laviana era un pueblo gris y bonito a la vez, con un río ancho que bajaba lleno de lluvia. Adrián aparcó en una calle de casas bajas y se quedó un momento con las manos en el volante. Luego salió sin decir nada, y ella lo siguió.

Se detuvo en una acera. Enfrente había una casa de dos plantas, de piedra, con balcones de madera pintada de verde y un taller adosado con el portón cerrado. En el cristal de la puerta, un cartel descolorido: Se vende. Consultar.

—Ahí vivía yo —dijo.

Sara miró la casa. Miró la acera. Comprendió que estaban exactamente en el mismo sitio donde él, con quince años, había visto a un hombre con traje entrar con las llaves.

—Lleva a la venta desde marzo —siguió él—. Paso por aquí casi todos los meses. Me quedo en esta acera diez minutos y me vuelvo a Oviedo. Nunca he llamado al número del cartel. —Se metió las manos en los bolsillos—. No se lo había enseñado a nadie.

—¿Por qué a mí?

Adrián tardó en responder. El río hacía un ruido constante a sus espaldas.

—Porque aquel viernes, cuando leíste esos datos a don Fernando, entendí algo. Tú miras las casas. Las miras de verdad, con toda la gente que ha vivido en ellas. Y yo llevo diecisiete años sin atreverme. —Se volvió hacia ella—. No quiero que tú seas otra cosa que miro desde la acera, Sara.

Ella sintió que algo se le rompía por dentro, suave, como el hielo de un charco.

Él se acercó. Le tocó la cara con una mano fría por el aire del río. Sara cerró los ojos y sintió su frente contra la suya, su aliento, la tentación inmensa de dejarse caer.

—Todavía no —susurró.

Adrián se quedó quieto. Luego asintió despacio y se apartó, sin rastro de enfado.

—Todavía no —repitió—. Me vale.

Comieron en una sidrería junto al río, rodeados de familias ruidosas y camareros que escanciaban desde una altura imposible.

Hablaron de todo menos del trabajo. Él le contó que de niño quería ser carpintero, como su padre.

Ella le contó que de niña firmaba en las mesas de los jefes con un bolígrafo que robaba de las oficinas.

Él se rió, y Sara se descubrió buscando maneras de hacerlo reír otra vez.

A los postres le vibró el móvil sobre la mesa. Lo giró demasiado tarde.

¿Te apetece repetir esta noche? Esta vez elijo yo la música y tú el vino. —Mateo

Adrián lo había leído. Sara lo supo por cómo dejó el vaso de sidra sobre la mesa, muy despacio, como si pesara más de la cuenta.

—¿Estás con Arbesú? —preguntó. No había reproche en su voz. Solo una cautela extraña, como quien pisa hielo fino.

Sara pensó en mentir. Pensó en decirle que no era asunto suyo. Al final dijo la verdad, porque era lo único que tenía.

—No lo sé.

Adrián asintió. Miró el río durante un rato largo.

—Es buen tipo —dijo al fin—. Mejor que yo. Eso lo sabe toda la sexta planta.

—No te he preguntado quién es mejor.

—Ya lo sé. —Se volvió hacia ella—. No te voy a pedir nada, Sara. No tengo derecho. Pero tampoco voy a fingir que me da igual. Porque no me da igual. Me está volviendo loco.

Sara sintió que le ardía la cara. Debajo de la mesa, sin darse cuenta, apretó el llavero de cuero que llevaba en el bolsillo. Esa tarde, en el coche de vuelta, contestó a Mateo: Hoy no puedo. ¿La semana que viene? Y se pasó el resto del viaje sin saber si se sentía culpable por Mateo o por Adrián.

Cuando la dejó en su portal ya era de noche. Ninguno se movió para salir del coche.

—El lunes llega la persona de Salcedo —dijo ella.

—Lo sé.

—¿Sabes quién es?

Adrián miró al frente. Algo cambió en su postura.

—Me lo imagino.

No dijo más. Y Sara, que ese día había aprendido a leerlo un poco mejor, supo que no era porque no quisiera. Era porque no podía.

El lunes, a las nueve en punto, las puertas del ascensor se abrieron en la sexta planta y toda la oficina dejó de teclear.

La mujer que salió tenía unos treinta y un años y parecía sacada de la portada de una revista de negocios.

Alta, melena oscura cortada a la altura de la mandíbula, abrigo rojo sobre un traje negro y unos tacones que sonaban en la moqueta como si la moqueta no existiera.

Llevaba un maletín de piel fina en una mano y el móvil en la otra.

Recorrió la planta con la mirada, como quien hace inventario.

Ferrer salió a recibirla casi corriendo. Doña Pilar bajó desde la séptima. La mujer les estrechó la mano con una sonrisa perfecta.

—Irene Salcedo. Auditoría interna del grupo. Estaré con ustedes el tiempo que haga falta.

Luego se dio la vuelta y vio a Adrián.

La sonrisa cambió. Se volvió más lenta, más íntima. Cruzó la planta sin prisa, se detuvo frente a él y le dio un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura de los labios que Sara lo sintió en el estómago como un golpe.

—Hola, Adri —dijo—. Cuánto tiempo.

Nadie en la agencia lo llamaba Adri. Nadie se habría atrevido.

—Irene —dijo él. Su voz no reveló nada. Su cara, tampoco.

Irene se giró entonces hacia Sara, que estaba de pie junto a su mesa, y la recorrió de arriba abajo con unos ojos verdes y tranquilos.

—Y tú debes de ser la del archivo. —Le tendió la mano—. Mi padre me ha hablado mucho de ti. Tengo muchísimas ganas de revisar tus firmas.

Se instaló en el antiguo despacho de Cifuentes, que desde el viernes era el de Adrián.

Pidió una segunda mesa. Pidió acceso a todos los expedientes de los últimos doce meses.

Pidió café solo, sin azúcar, «como siempre, Adri, ya lo sabes».

Y durante toda la mañana, cada vez que Sara levantaba la vista, la veía a través del cristal del despacho, inclinada sobre la mesa de Adrián, riendo de algo que él decía en voz baja.

A las dos, Sara fue al baño para echarse agua en la cara. Cuando levantó la cabeza, Irene estaba en el espejo, a su lado, retocándose los labios con un carmín rojo oscuro.

—No te lo ha contado, ¿verdad? —dijo sin mirarla, mientras cerraba la barra.

—¿Contarme qué?

Irene sonrió a su propio reflejo.

—Que íbamos a casarnos. Iglesia de los Jerónimos, trescientos invitados, el vestido colgado en casa de mi madre. —Guardó el carmín en el bolso—. Me dejó tres días antes de la boda. Por teléfono.

Se volvió hacia Sara por primera vez.

—Ten cuidado, cielo. A Adri se le da de maravilla desaparecer justo cuando alguien empieza a depender de él.