Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 8. La caja de cartón
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Capítulo 8. La caja de cartón

Sara no durmió. Leyó el anexo tantas veces que acabó sabiéndoselo de memoria.

En caso de incidencia legal derivada de la operación, la agente colaboradora, D.ª Sara Valdés Menéndez, asumirá la responsabilidad sobre la documentación aportada.

Tres semanas atrás. Antes de que Ferrer saliera de su despacho con el sobre color crema. Antes de que ella dejara el título sobre la mesa de Adrián. Antes de todo.

A las siete y media de la mañana estaba en la sexta planta.

Él llegó a las ocho menos cuarto, con dos cafés en la mano, como si fuera un día cualquiera.

Como si la noche anterior no la hubiera besado contra aquel mismo cristal.

Se detuvo al verla. Sara no dijo nada. Solo giró el móvil hacia él y le enseñó la foto.

Adrián dejó los cafés en la mesa. Leyó. Sara lo vio palidecer, y no supo si era culpa o sorpresa. Había pasado la noche intentando distinguir una cosa de la otra en su cara, y ahora que la tenía delante tampoco podía.

—¿Lo firmaste?

—No.

—Es tu firma.

—Es una firma escaneada. —Amplió la imagen con dos dedos—. Mira el trazo de la A. Está pixelado. Nadie firma así en papel. Alguien ha pegado mi firma de la primera página en este anexo.

—¿Y cómo sabían mi nombre hace tres semanas?

Adrián tardó en contestar. Demasiado.

—Porque Ferrer me lo dijo hace tres semanas —admitió—. Que te iba a poner conmigo en cuanto aprobaras. Se lo comenté a Salcedo en una llamada. De pasada. Sin pensar.

Sara sintió algo frío bajando por la espalda.

—Le hablaste de mí a Salcedo.

—Le dije que iba a tener compañía en la operación. Nada más. Te lo juro, Sara. —Dio un paso hacia ella—. Yo no he firmado esto. Y si alguien lo ha fabricado para cargarte a ti con todo, voy a averiguar quién.

Ella lo miró largo rato. Quería creerle. Eso era lo peor. Lo quería tanto que le daba miedo.

—Tienes hasta el viernes —dijo—. Después, no sé lo que haré.

Fueron cuatro días muy largos. Trabajaron juntos, porque no tenían otra opción, y se hablaron con una corrección tan perfecta que dolía.

Preparaban el cierre con Otero, revisaban cargas, respondían correos.

Pero cada vez que se quedaban solos, el aire se volvía espeso.

Una tarde, al pasarle una carpeta, los dedos de él se quedaron sobre los suyos un segundo de más.

Ninguno dijo nada. Ninguno se apartó. Y luego los dos se apartaron a la vez, como si se hubieran quemado.

El jueves por la noche, por fin, cenó con Mateo.

Casa Fermín tenía manteles blancos, camareros que la llamaban «señorita» y una carta de vinos más gruesa que el expediente de Villa Arístegui.

Sara se había puesto el único vestido bueno que tenía y se había pasado veinte minutos delante del espejo preguntándose si aquello era una cita o una traición.

Cuando Mateo se levantó para recibirla, con una camisa blanca que esta vez sí estaba planchada, y le dijo «estás preciosa» con una sinceridad que la desarmó, decidió que era una cita.

Fue la noche más fácil de su vida.

Mateo la hizo reír desde el primer plato.

Le contó que una clienta alemana le había pedido que le alquilara un piso «con fantasma incluido» y que él le había enseñado uno en el casco antiguo haciendo crujir las puertas a escondidas.

Le preguntó por su madre, por los libros que leía, por lo que quería hacer dentro de diez años.

Escuchaba las respuestas. Se acordaba de lo que ella le había dicho el domingo en la escalera.

Con él no había que medir cada palabra ni ganar cada discusión. Con él, simplemente, se estaba bien.

A la salida, en la calle Uría, llovía. Mateo abrió un paraguas enorme de golf y la tapó entera, mientras él se mojaba medio hombro.

—Te acompaño a casa.

—Vivo a quince minutos.

—Mejor. Así tengo quince minutos más.

En el portal, debajo del paraguas, la besó otra vez. Esta vez duró más. Esta vez Sara le agarró la camisa y lo atrajo hacia ella, y notó cómo él contuvo la respiración, sorprendido. Cuando se separaron, Mateo tenía los ojos brillantes.

—No me hagas esto, Valdés —murmuró, sonriendo—. Que yo me enamoro muy deprisa.

Ella se rió y subió las escaleras con el corazón ligero. No pensó en Adrián hasta que estaba ya en la cama. Y entonces no pudo dejar de pensar en él.

· · ·

Adrián vio las flores el viernes a las ocho menos cuarto.

Eran rosas de color melocotón, una docena, en un jarrón de cristal sobre la mesa de Sara.

Llevaban una tarjeta pequeña apoyada en el teclado.

No tenía que leerla para saber de quién eran.

Arbesú estaba en la máquina de café, silbando, con una cara de felicidad tan obscena que daban ganas de tirarle el café encima.

Adrián se sentó en su mesa. Encendió el ordenador. Abrió un expediente. No leyó ni una línea.

Se dijo que no era asunto suyo. Que la había besado una vez, en un momento de debilidad, y que le había dicho a ella misma que no podía volver a pasar.

Que Arbesú era un buen tipo, de los que llevan flores y recuerdan los cumpleaños, de los que no escriben correos de los que luego se arrepienten.

Que probablemente era exactamente lo que ella se merecía.

Se lo dijo cinco veces. No se lo creyó ninguna.

Cuando Sara llegó y vio las rosas, sonrió. No fue una sonrisa grande. Fue pequeña, privada, de las que se le escapan a alguien sin querer. Adrián la vio desde su mesa y sintió algo que no había sentido nunca, ni siquiera con Irene. Algo que le apretaba el pecho y le quemaba la garganta.

Celos. Se llamaba así. Tenía treinta y dos años y era la primera vez.

Mientras tanto, Sara bajó al archivo cada noche. Buscaba otra cosa. Buscaba seis años de su propia vida.

El viernes a las diez, el consejo de Arnedo & Vidal se reunió en la sala de juntas de la séptima planta.

Presidía doña Pilar Vidal, fundadora de la agencia, setenta y cuatro años, un moño blanco impecable y fama de no haber perdonado nunca un error.

A su lado, Ferrer sudaba. Al otro extremo de la mesa, Cifuentes había traído a un abogado.

Habló él primero. Lo hizo bien, eso había que reconocérselo.

Habló de lealtad, de procedimientos, de una administrativa ambiciosa que había seducido profesionalmente a un agente brillante pero imprudente.

Enseñó la carta. Enseñó el anexo. Al oír su nombre en boca de Cifuentes, Sara sintió que le ardía la cara.

Luego doña Pilar la miró por encima de las gafas.

—Señorita Valdés. ¿Tiene algo que decir?

Sara se levantó. Llevaba bajo el brazo una caja de archivo gris, de las del sótano. La dejó sobre la mesa.

—Tengo cuarenta y tres informes —dijo—. Los redacté yo entre 2019 y 2025.

Están los borradores originales, con mis anotaciones a mano y las fechas de creación de los archivos, que también he impreso.

—Sacó una carpeta—. Y están las presentaciones que el señor Cifuentes hizo ante este consejo con esos mismos informes. Con su firma. Sin cambiar una coma.

Nadie dijo nada. Cifuentes se inclinó hacia su abogado.

—Y está esto. —Sara dejó la nota sobre la mesa—.

Mantener la operación bloqueada. Que nadie de Grandes Cuentas cierre la venta.

Y estos correos, que encontré en las copias de seguridad del servidor del archivo.

Son entre el señor Cifuentes y un directivo de Atlántica Capital.

En uno de ellos hablan de un porcentaje. Para él.

Doña Pilar leyó en silencio. Tardó mucho. Cuando terminó, se quitó las gafas.

—Íñigo —dijo, con una voz muy tranquila—. Llevas veintidós años en esta casa. Te he visto crecer. Y nunca me habías dado tanta pena. —Dobló las gafas—. Tienes hasta las doce para recoger tus cosas.

Cifuentes salió de la agencia a las doce menos diez, con una caja de cartón marrón entre los brazos.

Media planta lo miró cruzar el pasillo. Nadie se levantó a despedirlo.

Al pasar junto a la mesa de Sara no se detuvo.

Pero antes de entrar en el ascensor se giró y la miró, y Sara no vio en sus ojos rencor. Vio algo peor. Vio lástima.

—Esto no ha terminado, chica —dijo—. Esto ni siquiera ha empezado.

Las puertas se cerraron.

Doña Pilar los hizo subir a los dos a su despacho una hora después. No los invitó a sentarse.

—Valdés, desde el lunes es usted agente asociada de Grandes Cuentas, con cartera propia —dijo—.

Lastra, usted se queda con el puesto de Cifuentes.

Dirección del ala este. Y quiero que trabajen juntos en todo lo que venga de la costa.

—Los miró a uno y a otro—. No sé qué hay entre ustedes y no quiero saberlo. Pero no me hagan arrepentirme.

Sara no supo qué decir. Adrián tampoco. Se miraron, y en esa mirada hubo algo parecido a la esperanza.

Entonces sonó el teléfono de la mesa de doña Pilar. Ella miró la pantalla y su expresión cambió. Descolgó y puso el altavoz.

—Pilar, querida. —La voz era grave, amable, con el acento limpio de los barrios caros de Madrid—. Me cuentan que has tenido una mañana movida.

—Bernardo.

Adrián se quedó inmóvil.

—No te llamo para discutir —siguió Salcedo—.

Te llamo para recordarte que mi grupo tiene el cincuenta y uno por ciento de tu agencia.

Y que, después de lo de hoy, voy a necesitar revisar cada cuenta, cada firma y cada operación de los últimos doce meses.

—Una pausa—. Te mando a alguien de mi máxima confianza. Llega el lunes a primera hora.