Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 7. Primera línea
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Capítulo 7. Primera línea

Adrián cogió la carta y la leyó entera, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego la dejó sobre la mesa.

—La firma es mía.

Sara sintió que el suelo del despacho se inclinaba.

Cifuentes sonrió. Era un hombre de cincuenta y pocos años, delgado, con el pelo gris cortado a navaja y unas gafas de montura fina que le daban aire de profesor.

Sara le había subido informes durante seis años.

Informes que luego él presentaba en las reuniones como suyos, sin cambiarles ni una coma.

—Así que lo admites —dijo—. Te comprometes con Atlántica y, a los pocos días, montas una venta paralela con otro comprador.

Con la ayuda de una administrativa que se ha sacado el título en una academia y que ha convencido a un anciano de ochenta y un años para firmar a las ocho de la mañana.

—Se volvió hacia Ferrer—. Tomás, esto tiene un nombre. Y no es venta. Es estafa.

Ferrer se pasó una mano por la frente.

—El consejo se reúne el viernes. Si esto llega a los tribunales…

—No va a llegar a ningún sitio —dijo Adrián.

No levantó la voz. Nunca la levantaba. Pero algo en su tono hizo que Cifuentes dejara de sonreír.

—Es una carta de intenciones, Íñigo. No obliga a nada.

No la firma el propietario, solo yo, y un agente no puede comprometer una finca que no es suya.

Lo sabe cualquier juez de primer año. Lo sabes tú.

—Dio un paso hacia la mesa—. Y hay otra cosa que quiero que quede clara delante del director: Sara no sabía nada de esta carta.

Nada. La firmé yo, solo, antes de trabajar con ella.

Si el consejo quiere una cabeza el viernes, que sea la mía.

Sara lo miró. Él no la miró a ella. Tenía los ojos fijos en Cifuentes, y en ese momento, con la espalda recta y las manos quietas, parecía un hombre ante un pelotón de fusilamiento que ha decidido no llevar venda.

Nadie la había defendido así en su vida. Nadie.

Y justo por eso le dio tanta rabia.

Metió la mano en el bolso y sacó la nota doblada en cuatro. La desplegó sobre la mesa de Ferrer, junto a la carta.

—Ya que hablamos de firmas —dijo—. Esta es suya, señor Cifuentes.

Estaba dentro del expediente de Villa Arístegui, en el archivo.

Mantener la operación bloqueada. Que nadie de Grandes Cuentas cierre la venta.

—Levantó la vista—. Usted bloqueó una operación de su propia agencia para que se la quedara un fondo de Madrid.

¿Quiere que el consejo vea las dos el viernes? Yo no tengo ningún problema.

El despacho se quedó en silencio. Cifuentes miró la nota. Se le había ido el color de la cara.

Ferrer miró a uno y a otro con la expresión de quien hace cuentas muy deprisa. Sara casi pudo ver los números pasando por detrás de sus ojos: una comisión de tres millones doscientos mil, una venta ya inscrita, un socio pillado saboteando a la casa.

—Nadie va a acusar a nadie de nada hasta el viernes —dijo al fin—. Íñigo, vete a tu despacho.

Cifuentes recogió la carta con dedos rígidos. Al pasar junto a Sara, se detuvo y le habló tan bajo que solo ella pudo oírlo.

—Pregúntale qué más firmó.

El resto de la tarde fue un desierto. Nadie en la sexta planta se acercó a sus mesas.

Los teléfonos sonaban en otros escritorios.

A las siete se fue el último becario. A las ocho, las luces del pasillo se apagaron solas.

A las nueve, solo quedaba la lámpara de la mesa del fondo y la de Sara, y entre las dos, la ciudad mojada al otro lado del cristal.

Ella no se había ido. Él tampoco.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó por fin, sin levantarse—. La otra noche me contaste lo de Salcedo. Me contaste lo de tu padre. Y no fuiste capaz de decirme que habías firmado.

Adrián tardó en contestar. Cuando lo hizo, se había levantado y estaba de pie junto a su mesa.

—Porque me daba vergüenza. Firmé eso antes de conocerte. Antes de verte delante de don Fernando. Antes de… —Se detuvo—. Y porque cuando me miras como me has mirado en el despacho de Ferrer, no lo soporto.

—¿Y cómo quieres que te mire?

—No lo sé. Así no.

Sara se levantó. Estaban a un metro. Podía ver la cicatriz de la ceja, la sombra de barba que le había salido a lo largo del día, el nudo de la corbata aflojado.

—Te has echado la culpa delante de todos.

—Era la verdad.

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque nadie más va a pagar por mis errores. —Su voz se quebró apenas—. Y tú menos que nadie.

Ella dio un paso. Luego otro. Lo agarró de la corbata sin saber muy bien si quería estrangularlo o acercarlo.

—Eres un mentiroso.

—Lo sé.

—Y un cobarde.

—También.

—Y me has defendido.

No lo pensó. Tiró de la corbata y lo besó.

Fue como tirar una cerilla sobre gasolina.

Durante un segundo, él se quedó inmóvil, sorprendido.

Al siguiente, la tomó de la cintura y la besó como si llevara diez años esperándolo.

Quizá era verdad. Sara sintió la espalda contra el cristal frío del ventanal, las manos de él subiendo por su nuca, enredándose en su pelo, y el calor de su cuerpo contra el suyo borrando todo lo demás.

El despacho, la carta, Cifuentes, el consejo del viernes.

Todo desapareció. Solo quedaba su boca, su respiración entrecortada, el latido furioso que no sabía si era suyo o de él.

Una carpeta cayó al suelo. Ninguno de los dos se inmutó.

Fue él quien se separó. Apenas unos centímetros. Apoyó la frente en la de ella y cerró los ojos. Respiraba como si hubiera subido las seis plantas corriendo.

—Esto no puede volver a pasar —dijo.

Sara tenía todavía las manos en su camisa. Sentía su corazón desbocado bajo las palmas.

—Claro —dijo.

Lo había dicho con la boca todavía rozando la suya. No se lo creía ni él.

Sara recogió su bolso y se fue sin mirar atrás, porque sabía que si miraba no se iría. En el ascensor, mientras las puertas se cerraban, se llevó los dedos a los labios. Le temblaban.

Veinticuatro horas antes había besado a otro hombre en la escalera de su casa. Un beso con sabor a canela, tranquilo, de los que no dan miedo. Y ahora le ardía la boca por uno que había sido todo lo contrario.

Se miró en el espejo del ascensor. Tenía las mejillas encendidas y el pelo revuelto por las manos de Adrián. Pensó en Mateo sentado en el escalón con sus dos bolsas de papel. Pensó en el llavero de cuero que llevaba en el bolsillo.

¿Qué estás haciendo, Sara?

No tenía respuesta. Por primera vez en su vida, dos hombres la querían a la vez. Y no tenía ni idea de qué hacer con eso.

Entonces vibró su móvil. Un número desconocido. Una sola imagen, sin texto.

Era una foto de otra página de la carta de Salcedo. Anexo II. Responsabilidades del agente colaborador. Al pie, la misma firma en tinta azul, fechada tres semanas atrás.

Y en mitad del párrafo, subrayado en amarillo, estaba su nombre.