Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 6. Treinta y nueve segundos
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Capítulo 6. Treinta y nueve segundos

Ramón Otero llegó el domingo a las cinco de la tarde en un coche eléctrico lleno de barro, con botas de monte y una chaqueta de pana que había conocido décadas mejores.

Tenía setenta años, las manos de alguien que había levantado sus hoteles piedra a piedra y la mirada rápida de quien sabe tasar un edificio antes de cruzar la puerta.

En la galería, frente al mar, Otero se detuvo por fin.

—Tres millones doscientos mil —dijo—. Y la casa se queda en pie. Con su nombre, sus palmeras y hasta sus fantasmas.

Don Fernando, que los esperaba sentado en un sillón de mimbre, no dijo nada. Pero Sara vio cómo se le humedecían los ojos.

—Hay un problema —dijo Adrián—. Mañana a las doce sale un embargo. Si no hemos inscrito la venta antes, la casa va a subasta.

—Entonces firmamos a las ocho —dijo Otero, como quien propone un café—. Yo pago la deuda en el mismo acto, directamente a los acreedores. Consigan un notario que madrugue.

Consiguieron uno. Álvarez Mier, en el casco antiguo de Oviedo, que le debía a Adrián un favor tan grande que ni siquiera preguntó por qué un lunes a las ocho.

La carretera se reabrió al anochecer. Volvieron a Oviedo en el todoterreno sin hablar.

La noche anterior flotaba entre ellos, sin nombre, como un tercer pasajero.

En un semáforo, Adrián abrió la boca, y Sara pensó que por fin iba a decir algo.

Pero el semáforo se puso en verde y él volvió a cerrarla.

Adrián la dejó en su portal pasadas las diez, con un «a las ocho en la notaría» y nada más. Sara se quedó mirando cómo se alejaban las luces del todoterreno, con la bolsa al hombro y el cuerpo entero dolorido de cansancio.

Cuando se dio la vuelta, había alguien sentado en el escalón de su portal.

—No me mates —dijo Mateo, levantándose con dos bolsas de papel en las manos—. Me dijiste que me debías una cena. He decidido cobrármela yo. —Levantó las bolsas—. Fabada de mi abuela y arroz con leche. No acepto un no por respuesta. Bueno, sí lo acepto, pero me pondría muy triste.

Sara se echó a reír. Fue una risa de verdad, de las que salen sin permiso, la primera en tres días.

Cenaron sentados en la escalera de su edificio, entre el segundo y el tercero, porque a ella le daba vergüenza el desorden del piso y a él le pareció lo más romántico del mundo.

Comían directamente de los tuppers con dos cucharas.

Él le contó que su abuela tenía noventa y un años y leía tres novelas románticas a la semana.

Ella le contó lo de la casona, lo del temporal, lo de Otero.

No le contó lo del fuego. No supo por qué.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —dijo él de pronto, con la cuchara en el aire.

—¿Que como fabada en una escalera?

—Que cuando hablas de una casa, se te ilumina la cara. Llevo diez años viéndotela iluminar cuando subías con un expediente bajo el brazo. —Dejó la cuchara—. Siempre pensé que algún día alguien se daría cuenta. No pensé que tardarían tanto.

Sara no supo qué contestar. Se miraron. La luz de la escalera se apagó con un chasquido, la de los temporizadores de siempre, y ninguno de los dos se movió para volver a encenderla.

Fue Mateo quien se acercó. Despacio, dándole tiempo de apartarse. Ella no se apartó.

El beso fue suave, cálido, con sabor a canela del arroz con leche. No hubo tormenta ni vértigo. Hubo algo distinto, algo que Sara no había sentido nunca: la sensación de estar a salvo. Él le acarició la mejilla con el pulgar y se separó enseguida, sonriendo en la oscuridad.

—Llevaba diez años queriendo hacer eso —susurró—. Perdona si me ha salido un poco oxidado.

—No te ha salido oxidado.

—¿No?

—No.

Él se rió bajito, le dio un beso en la frente y se levantó.

—Mañana tienes notaría. Me voy antes de que me pidas que me quede y yo sea tan idiota de decirte que no.

Cuando Sara entró en su piso, todavía tenía el sabor a canela en los labios y el corazón tranquilo. Se puso el pijama, se metió en la cama y cogió el móvil para poner la alarma.

Tenía un mensaje. De un número que no tenía guardado.

A las ocho menos cuarto en la puerta de la notaría. Y ponte algo que te dé seguridad. Mañana la vas a necesitar. —A.L.

Sara se quedó mirando la pantalla mucho rato. Y el corazón, que un minuto antes estaba tranquilo, empezó a latirle deprisa sin pedirle permiso.

El lunes, la Notaría Álvarez Mier olía a café recién hecho y a papel timbrado. Don Fernando llegó a las ocho menos cinco, con Rosario del brazo y un traje de lana que debía de tener cuarenta años. Otero llegó con su abogado y un cheque bancario. A las ocho y veinte empezó la lectura.

Fue interminable. Cada cláusula, cada carga, cada referencia catastral.

El notario leía despacio, con voz de misa.

A las diez, don Fernando pidió un descanso.

A las once, el abogado de Otero encontró un error en la descripción de un lindero y hubo que rehacer una página.

Sara miraba el reloj de la pared cada treinta segundos.

A las once y cuarto, el móvil de Adrián vibró. Era un mensaje de Nacho, desde el juzgado: El juez firma a las doce en punto. El mandamiento sale al registro en cuanto firme.

A las once y cuarenta, don Fernando estampó su firma con una mano que apenas temblaba. Otero firmó después. El notario selló.

—Ahora hay que presentarla telemáticamente en el Registro de Pravia —dijo Álvarez Mier, y se sentó frente al ordenador con una calma exasperante—. Cinco minutos.

Fueron más. El sistema tardó en cargar. La primera vez dio error de conexión. La segunda, también. Adrián estaba de pie detrás del notario, con los brazos cruzados, sin moverse. Sara se acercó a la pantalla y leyó el formulario por encima del hombro del notario.

A las once y cincuenta y siete lo vio.

—Pare —dijo—. El número de finca está mal.

—Es el que figura en la escritura antigua.

—La finca se dividió en 1987, cuando vendieron el prado de abajo para pagar el tejado. Cambió de número. El bueno es el 11.482. Si la presentamos con el antiguo, el registro la rechaza y perdemos la prioridad.

El notario la miró por encima de las gafas. Adrián no dijo nada. Solo apoyó una mano en el hombro de Sara, un segundo, como quien dice confía en ella .

Álvarez Mier corrigió el número. Eran las once y cincuenta y nueve.

Pulsó enviar.

La barra de progreso avanzó con una lentitud insoportable. Sara no respiraba. Notó que Adrián estaba justo detrás de ella, tan cerca que sentía el calor de su pecho en la espalda. No se apartó. Él tampoco.

La pantalla parpadeó.

Asiento de presentación. Hora de entrada: 12:00:02.

Nadie se movió hasta que el móvil de Adrián volvió a vibrar. Nacho. Mandamiento de embargo presentado a las 12:00:41. Llega segundo. ¿Qué habéis hecho?

Treinta y nueve segundos.

Otero soltó una carcajada. El notario se quitó las gafas y se frotó los ojos. Rosario se santiguó. Y don Fernando Arístegui, ochenta y un años, se levantó de la silla sin ayuda del bastón y le tendió la mano a Sara.

—Señorita Valdés —dijo—, acaba usted de salvarme la vida.

En el pasillo de la notaría, lejos de todos, Sara se apoyó contra la pared y dejó que le temblaran por fin las piernas. Adrián salió detrás de ella. Se miraron. Y antes de que ninguno pudiera pensarlo, él la abrazó.

No fue un beso. Fue algo más peligroso. Fue un abrazo largo, fuerte, con la cara de él hundida en su pelo y las manos de ella agarradas a su chaqueta como si el suelo fuera a desaparecer. Olía a lluvia y a café. Le latía el corazón tan rápido como a ella.

—Eres increíble —murmuró contra su pelo—. ¿Lo sabes?

Sara no contestó. No se fiaba de su propia voz.

Volvieron a la agencia a las dos, todavía flotando. La sexta planta los recibió con un silencio raro, tenso, y con miradas que se apartaban demasiado rápido. Antes de que llegaran a sus mesas, la puerta del despacho de dirección se abrió de golpe.

Ferrer estaba pálido. Detrás de él, apoyado en el marco con una sonrisa tranquila, estaba Íñigo Cifuentes.

—A mi despacho —dijo Ferrer—. Los dos. Ahora.

Sobre la mesa del director había un documento. Una carta de intenciones con el membrete del grupo Salcedo, fechada un mes atrás. Comprometía la venta de Villa Arístegui a Atlántica Capital.

Al pie, en tinta azul, había una firma que Sara conocía mejor que la suya propia. La había archivado mil veces.

—Cifuentes os acusa de fraude —dijo Ferrer—. Dice que la casa ya estaba comprometida. Y que la firma es de Adrián.

Sara se volvió hacia él despacio.

—Dime que no es tuya.

Adrián no dijo nada.