Capítulo 5. Lo que se dice a oscuras
En la oscuridad del vestíbulo, lo único que brillaba era la pantalla del móvil de Sara.
¿Sigue en pie lo del sábado? Tengo mesa en Casa Fermín y una camisa sin arrugas. Bueno, casi. —Mateo
No se dio cuenta de que Adrián estaba lo bastante cerca para leerlo hasta que lo oyó resoplar.
—Arbesú.
—¿Te molesta?
—Me da exactamente igual con quién cenes. —Se sacudió el agua de la chaqueta con más energía de la necesaria—. Solo te aviso de que Arbesú invita a cenar a todas las nuevas.
—Pues qué suerte que yo no sea nueva. —Sara empezó a teclear sin mirarlo—. Llevo diez años aquí. Es solo que tú no te habías dado cuenta.
Escribió: Atrapada en un acantilado con el Iceberg. Te debo una cena. La respuesta llegó en diez segundos: Te la cobro con intereses. Y si te congela, llámame.
Sonrió a la pantalla. Cuando levantó la vista, Adrián la estaba mirando en la penumbra con una expresión que no supo descifrar. Luego se dio la vuelta y se fue hacia el salón sin decir nada, y Sara se quedó con la extraña certeza de que acababa de ganar algo, aunque no sabía qué.
Rosario trajo velas, una linterna de pilas y la noticia de que el generador llevaba muerto desde 2015. Don Fernando se retiró temprano, apoyado en su bastón, no sin antes señalar una puerta al fondo del pasillo.
—La bodega —dijo—. Si van a pasar la noche en mi casa, al menos que no la pasen sobrios. Todo lo que hay abajo es mejor que ustedes dos juntos.
Fue Adrián quien encendió la chimenea del salón.
Sara lo observó desde el sofá, envuelta en una manta que olía a naftalina, mientras él apilaba astillas y troncos con una destreza que no encajaba con el hombre de la sexta planta.
No utilizó pastillas ni papel de periódico.
Sopló las brasas hasta que prendieron, con la paciencia de quien lo ha hecho muchas veces.
—¿Dónde has aprendido eso?
—En una casa donde no había calefacción. —Se limpió las manos en el pantalón y se sentó en el suelo, con la espalda contra el sillón de orejas—. No te hagas ilusiones. No es una historia bonita.
Sara había bajado a la bodega con la linterna y había vuelto con una botella de rioja de 1994 cubierta de polvo.
La descorcharon con dificultad y bebieron en dos copas desparejadas.
Fuera, el temporal aullaba contra la galería.
Dentro, el fuego lo pintaba todo de naranja: los retratos, los muebles tapados con sábanas, el perfil de Adrián.
Sin la corbata, con las mangas remangadas y la luz temblando sobre su cara, parecía otra persona. Más joven. Más cerca.
—Cuéntamela de todas formas —dijo ella.
Adrián giró la copa entre los dedos durante mucho rato.
—Mi padre tenía una carpintería en Laviana —dijo por fin—.
Muebles a medida, puertas, ventanas. Le iba bien.
Hasta que cerró la mina y dejó de irle bien a todo el valle.
Pidió un préstamo. Luego otro para pagar el primero.
Hipotecó la casa. —Bebió—. Yo tenía quince años cuando el banco la subastó.
Me acuerdo del día exacto. Un martes de noviembre.
Estaba en la acera de enfrente con mi madre, mirando cómo un tipo con traje gris y un maletín entraba en nuestra casa con las llaves que le habían dado en el juzgado.
La compró por un tercio de lo que valía. Luego supe que era agente inmobiliario.
Sara no dijo nada. No había nada que decir que no sonara pequeño.
—Esa noche me juré una cosa —siguió él—. Que yo sería el del traje. Nunca más el crío de la acera.
—Y lo has cumplido.
—Lo he cumplido. —Una sonrisa amarga le torció la boca—. Vendo casas sin mirarlas, Sara. Así es más fácil. Si no las miras, no ves a nadie en la acera.
El fuego chasqueó. Ella se dio cuenta de que tenía un nudo en la garganta.
—Mi madre limpiaba oficinas —dijo sin pensarlo—.
De noche. Yo la acompañaba cuando no tenía con quién dejarme.
Me sentaba en las sillas de los jefes y jugaba a firmar papeles.
Nadie nos veía nunca. Entrábamos cuando se iban y salíamos antes de que llegaran.
—Se encogió de hombros—. Supongo que por eso acabé en un sótano. Ya sabía ser invisible.
Adrián la miró. No con lástima. Con una atención tan completa que Sara sintió que era la primera vez en su vida que alguien la veía de verdad.
—Tú no eres invisible —dijo él en voz baja—. Llevo diez años viéndote subir con los expedientes.
—Nunca me dirigiste la palabra.
—Precisamente por eso.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Sara dejó la copa en el suelo. Tenía que preguntarlo. Si no lo preguntaba ahora, no lo haría nunca.
—¿Por qué viniste aquí hace un mes?
Esta vez él no mintió.
—Porque me ofrecieron ser socio. No en Arnedo & Vidal. En Madrid. El grupo Salcedo. —La miró a los ojos—. La condición era llevarles esta casa. Barata y rápido.
Sara sintió que el suelo se movía.
—El fondo de Cifuentes…
—No lo sabía hasta hoy. Te lo juro. Pensaba que Salcedo quería la casa para él, no para tirarla.
—¿Y aceptaste?
—Dije que me lo pensaría.
—¿Y ahora?
Adrián tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonaba ronca.
—Ahora no lo sé. Hace tres días lo tenía clarísimo. Y entonces entraste tú con ese título que todavía huele a imprenta y me dijiste que conocías mis grietas.
No supo quién se movió primero. Quizá fue ella, que se deslizó del sofá hasta el suelo, junto a él, sin darse cuenta. Quizá fue él, que alargó la mano y le apartó un mechón húmedo de la cara con una lentitud que la dejó sin aire. Sus dedos se quedaron en su mejilla. Estaban calientes por el fuego.
—Esto es mala idea —murmuró él.
—Lo sé.
—Trabajamos juntos.
—Lo sé.
—Y hace cinco minutos me odiabas.
—Todavía te odio un poco.
Él sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad, y le cambió la cara entera. Se inclinó hacia ella. Sara cerró los ojos. Sintió su aliento, el olor a vino y a leña, la distancia de un suspiro.
El móvil de Adrián vibró contra el suelo de madera como un disparo.
Se separaron de golpe. Él miró la pantalla y su expresión cambió. Pasadas las doce de la noche, en mitad de un temporal, solo había una persona capaz de llamarle: Nacho Barrero, su contacto en el Juzgado de Pravia.
Adrián descolgó. Escuchó. Sara vio cómo el color le abandonaba la cara.
—¿Estás seguro? —dijo—. ¿A qué hora?
Colgó sin despedirse y se quedó un momento mirando el fuego.
—Cifuentes ha presentado esta tarde una petición de embargo urgente en nombre de un acreedor de don Fernando —dijo—. Si el juez la firma el lunes, la casa sale a subasta. Y Atlántica Capital ya está inscrita como postor.
—¿Cuándo?
Adrián la miró. Ya no había rastro del hombre que acababa de sonreír.
—El lunes a las doce. La misma hora a la que se acaba nuestro plazo.