Capítulo 4. Solo una habitación seca
Sara esperó a que dejaran atrás la verja.
—¿Cuándo pensabas contarme que estuviste aquí hace un mes?
Adrián no apartó la vista de la carretera, pero sus manos cambiaron de posición en el volante.
—¿Te lo ha dicho él?
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para tasar la finca.
—¿Para quién?
Tardó un segundo de más.
—Para un cliente.
—Mientes. —Sara se giró en el asiento para mirarlo de frente—. Todas tus tasaciones pasan por el archivo, Adrián. Todas. Y no hay ninguna de Villa Arístegui con tu firma.
—No todo lo que hago pasa por el archivo.
—Eso es justo lo que me preocupa.
La lluvia arreció. Los eucaliptos se doblaban a ambos lados de la carretera como si quisieran asomarse al coche.
—Hace diez minutos me has defendido delante de él —dijo ella, más bajo—. Y ahora no sé si lo hiciste por mí o porque ya tenías un plan.
—¿Importa?
—A mí sí.
Él no contestó. Fue peor que cualquier respuesta. Sara miró por la ventanilla y se obligó a pensar en otra cosa, en lo único que podía controlar: el lunes a mediodía. Tenían tres días para encontrar un comprador que no existiera todavía.
Cerró los ojos. Diez años de expedientes desfilaron por su cabeza como fichas en un cajón. Casonas, palacetes, hoteles rurales. Operaciones que nunca se cerraron. Nombres que nadie había vuelto a llamar.
—Otero —dijo de pronto.
—¿Qué?
—Hoteles Mariña. La familia Otero, de Ribadeo.
Hace cuatro años pidieron información sobre casonas indianas para abrir un hotel con encanto en la costa.
Les ofrecimos una en Llanes, se cayó por un problema de licencias y nadie volvió a llamarlos.
—Abrió los ojos—. Su ficha está archivada en el expediente equivocado. Yo misma la guardé ahí.
Adrián la miró un instante, y en esa mirada hubo algo que se parecía mucho a la admiración. Luego le tendió el móvil sin decir nada.
La secretaria de Ramón Otero fue amable y breve. El señor Otero estaba en Lisboa. Volvía el domingo por la tarde. Sí, podría desviarse por la costa para ver la casa si el asunto era serio.
—Es muy serio —dijo Sara.
Cuando colgó, le temblaban un poco las manos. Adrián no dijo nada, pero aparcó la pelea que ninguno de los dos había terminado. Durante unos kilómetros casi parecieron un equipo.
En Cudillero pararon a comer. Fue idea de él, y eso la desconcertó casi tanto como la llamada a Otero.
—No me mires así —dijo Adrián, aparcando junto al puerto—. Llevo desde las siete con un café. Hasta los icebergs comen.
Sara se paró en seco en mitad del muelle.
—¿Cómo sabes que te llaman así?
—Porque Arbesú lo dice en voz alta cada vez que paso por alquileres. —Le sostuvo la puerta de la taberna—. Y porque tiene razón.
La taberna era pequeña, con mesas de madera pegajosas, redes colgadas del techo y una camarera de setenta años que les puso delante una cazuela de bonito con patatas sin preguntar qué querían.
Por la ventana se veían las casas de colores trepando por la ladera como si alguien las hubiera tirado desde arriba.
Llovía a ratos. Los barcos se mecían en el puerto.
Comieron en silencio un buen rato. Luego Sara dejó el tenedor.
—No me has contestado. Lo de hace un mes.
—Lo sé.
—¿Vas a contármelo?
—Todavía no. —La miró por encima del vaso de vino—. Primero quiero saber una cosa de ti.
—Qué bien. Un interrogatorio.
—¿Por qué esa casa? —Se echó hacia delante—. Has archivado cientos de expedientes. Palacetes, áticos, fincas con vistas mejores que esa. Pero de esa sabes hasta cuándo nevó. ¿Por qué?
Sara miró por la ventana. Tardó en contestar.
—Porque es la única que ha estado en el archivo tanto tiempo como yo —dijo al fin—. Diez años. Esperando que alguien se acordara de ella. Cada vez que la sacaba de la estantería pensaba que éramos lo mismo. Algo que nadie quería mirar porque daba demasiado trabajo.
Adrián no dijo nada. Pero algo cambió en su forma de mirarla, y Sara tuvo que apartar la vista.
—Ahora te toca a ti —dijo ella—. ¿Por qué no trabajas con nadie de verdad? Y no me digas lo de la estadística.
—Porque la gente que trabaja conmigo acaba odiándome.
—Eso es porque eres insoportable.
—Exacto. —Por primera vez, casi sonrió—. Es más rápido que me odien desde el principio. Ahorra tiempo.
Sara se echó a reír sin querer, con la boca llena de patata, y él la miró reír como si fuera algo raro, algo que no esperaba ver. Cuando la camarera vino a por los platos, los dos se quedaron callados de golpe, con la sensación de haber sido sorprendidos en algo.
Al salir, en la puerta de la taberna, él le sostuvo el paraguas. Iban tan juntos debajo que sus brazos se rozaban a cada paso.
—Para que conste —dijo Adrián, mirando al frente—. Yo no te odio.
—Qué alivio.
—Lo digo en serio. Me sacas de quicio. Pero no te odio.
Sara no contestó. Se subió al coche con el corazón haciendo cosas raras y la absoluta certeza de que aquello iba a terminar mal.
Duraron hasta la curva de El Pito.
Primero vieron las luces azules. Luego, el coche de la Guardia Civil cruzado en la calzada y, detrás, una lengua de tierra, piedras y árboles arrancados que bajaba de la ladera y se tragaba los dos carriles. Un agente con chubasquero reflectante se acercó a la ventanilla.
—Carretera cortada. Ha caído media montaña. Hasta mañana no la abren.
—¿Y por el interior?
—Inundado a la altura del río. Yo que ustedes buscaba dónde dormir.
Adrián dio la vuelta sin una palabra. Sara consultó el móvil: los dos hoteles de Cudillero estaban completos por un congreso de pesca y el único hostal no contestaba. Al final fue él quien llamó a la casona.
Contestó Rosario. Hubo una conversación breve, un silencio y luego la voz de don Fernando al fondo, perfectamente audible:
—Que suban. Pero que no esperen el Ritz.
Cuando llegaron de nuevo a Villa Arístegui ya era casi de noche. El viento hacía cantar los cristales de la galería y la luz del porche parpadeaba como si dudara. Rosario los recibió con dos toallas y una expresión que no invitaba a quejarse.
—Tengo un problema —anunció—. En la casa hay nueve dormitorios, y en siete llueve dentro. El octavo es el del señor.
—¿Y el noveno? —preguntó Sara.
—El noveno está seco. Tiene una cama.
Hubo un silencio muy largo.
—Yo duermo en el coche —dijo Adrián.
—No diga tonterías —llegó la voz de don Fernando desde el salón—. Con este temporal lo encontramos mañana en el fondo del acantilado y luego quién me vende la casa. El sofá del salón es de 1920. Ha sobrevivido a dos guerras. Sobrevivirá a usted.
Rosario ya se alejaba por el pasillo.
Sara se quedó de pie en el vestíbulo, con la toalla en la mano y el pelo empapado, junto a un hombre que le había mentido esa misma tarde. Debería estar furiosa. Debería haber insistido en buscar un hostal, aunque fuera a veinte kilómetros.
Lo miró de reojo. Él se sacudía el agua del pelo, con la camisa pegada a los hombros y la corbata por fin deshecha. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía intocable. Parecía cansado. Parecía humano.
Y eso era mucho más peligroso.
En ese momento, con un chasquido, se fue la luz en toda la casa.