Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 3. El hombre que olía el miedo
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Capítulo 3. El hombre que olía el miedo

Adrián leyó la nota dos veces, igual que ella. Luego la dobló por los mismos pliegues y se la devolvió.

—¿Desde cuándo la tienes?

—Desde el martes por la noche.

—Y has esperado hasta ahora para enseñármela.

—No sabía de qué lado estabas.

Él soltó una risa corta, sin rastro de humor.

—¿Y ahora lo sabes?

—Ahora sé que te ha sorprendido tanto como a mí. —Lo miró—. Nadie finge tan bien. Ni siquiera tú.

Adrián no respondió. Metió la primera y subió el último tramo del camino.

La casa apareció de golpe, al salir de un túnel de hortensias quemadas por el salitre.

Sara la había visto en cien fotografías del expediente, pero ninguna la había preparado para aquello.

Era enorme. Tres plantas de piedra y madera pintada de un azul que el tiempo había desvaído hasta el color del cielo en invierno.

Una galería acristalada que recorría toda la fachada sur.

Dos palmeras altas, absurdas y magníficas, que algún antepasado había traído de Cuba para demostrar que había vuelto rico.

Y detrás, sin nada que lo detuviera, el Cantábrico.

A Sara se le encogió algo por dentro. No era una finca. Era una vida entera cayendo a cámara lenta.

Les abrió una mujer de unos sesenta años, delantal gris y mirada desconfiada, que se presentó como Rosario y no dijo nada más.

Dentro hacía casi tanto frío como fuera.

Olía a cera, a humedad y a leña apagada.

Los pasos resonaban sobre el parqué levantado, y desde las paredes los miraban retratos de hombres severos con bigote y mujeres con perlas que nadie había descolgado en un siglo.

Don Fernando Arístegui los esperaba en el salón, en un sillón de orejas junto a una chimenea sin fuego.

Era un hombre delgado, casi transparente, con el pelo blanco peinado hacia atrás, una rebeca de lana sobre la camisa y unos gemelos de oro que no casaban con nada más en la habitación.

Tenía un bastón apoyado en la rodilla y una copa de coñac a medio beber en la mesita. No se levantó.

—Llegan tarde —dijo—. Su compañero ha sido más puntual. Y bastante más generoso.

—El señor Cifuentes no representa a la agencia en esta operación —dijo Adrián.

—Eso mismo me ha dicho él de ustedes. —Don Fernando tomó un sorbo de coñac sin prisa—. Me ha traído una oferta de un fondo. Atlántica Capital. Dos millones cien mil euros, al contado, con firma en quince días. Nada de hipotecas, nada de esperar a bancos. Dinero limpio sobre la mesa.

—Es un tercio menos de lo que vale la casa —dijo Adrián.

—Es un tercio más de lo que me han ofrecido ustedes en tres años.

Adrián dio un paso adelante. Sara conocía ese tono; lo había oído cien veces desde el pasillo. Era la voz que usaba para las presentaciones, pulida y segura, la voz de los contratos.

—Don Fernando, con todo respeto, nuestra agencia está en disposición de estructurar una operación que…

—Ahórrese el folleto, Lastra. —El viejo ni siquiera lo miró. Sus ojos, pequeños y muy negros, se habían clavado en Sara—. ¿Y usted? Usted es la del archivo, ¿no? La que conoce mi casa mejor que yo. Veamos si es verdad.

Sara notó que Adrián se tensaba a su lado. Notó también el peso de todos aquellos retratos, el frío que se le metía por las mangas y la certeza de que, si ahora le temblaba la voz, volvería al sótano para siempre.

No le tembló.

—Sé que su abuelo construyó esta galería en 1911 con el dinero de un ingenio de azúcar en Cienfuegos —dijo—.

Que el tejado del ala norte se cambió en 1987, después de la gran nevada.

Y que usted lleva seis años pagando la contribución con retraso para no tener que vender los cuadros de este salón.

—Hizo una pausa—. Y sé por qué el fondo del señor Cifuentes le ofrece dos millones por una casa que vale tres y medio.

Don Fernando dejó la copa en la mesa.

—Ilumíneme.

—Porque no quieren la casa. Quieren el suelo.

Una oferta al contado, con prisa, por una finca con un pleito de servidumbre abierto solo tiene sentido si el comprador piensa cerrar ese pleito con excavadoras.

Tirarán la casa, abrirán el camino y levantarán un complejo turístico.

Dentro de tres años, usted podrá ver desde el pueblo sesenta apartamentos con piscina donde ahora está su galería.

Nadie dijo nada. En algún lugar de la casa, una gotera caía a intervalos regulares sobre algo metálico. La mano del viejo tembló sobre el puño del bastón. Adrián no apartaba los ojos de Sara, y ella no se atrevió a mirarlo.

—¿Y qué propone usted, señorita? —preguntó don Fernando al fin, con la voz más ronca.

—Vendérsela a alguien que la quiera en pie. Cuesta más encontrarlo. Pero existe.

—¿Y lo tiene?

Sara abrió la boca. No lo tenía. No tenía nada más que un expediente, una intuición y un título que todavía olía a imprenta.

—Lo tenemos —dijo Adrián.

Sara se volvió hacia él. Adrián no la miró. Estaba sereno, con las manos en los bolsillos, como si acabara de decir la hora.

—Denos hasta el lunes —siguió—. Si el lunes no tiene sobre esta mesa una oferta mejor que la de Cifuentes, con la casa en pie, firme con él. No le volveremos a molestar.

Don Fernando los estudió a los dos durante un rato largo, como quien mira una partida de cartas que no termina de entender.

—Hasta el lunes a mediodía —dijo—. Ni un minuto más.

En el vestíbulo, mientras Rosario iba a buscar sus abrigos, Sara le agarró la manga.

—¿Tenemos un comprador? —susurró.

—No.

—¿Estás loco?

—Puede. —Adrián bajó la vista hacia la mano de ella, que seguía en su brazo, y Sara la retiró como si quemara—. Pero hace diez minutos él iba a firmar con Cifuentes. Ahora tenemos hasta el lunes. Y tú acabas de hacer en cinco minutos lo que yo no conseguí en… —Se interrumpió.

—¿En qué?

—Nada. Voy a por el coche.

Salió bajo la lluvia sin esperar el abrigo. Sara se quedó mirándolo a través del cristal de la puerta, con una sensación extraña en el pecho, entre la gratitud y algo que no quiso nombrar. Nadie la había defendido nunca delante de nadie.

—Señorita Valdés.

Se giró. Don Fernando estaba en el umbral del salón, apoyado en el bastón. Se había levantado por primera vez.

—Me gusta usted —dijo—. Por eso le voy a dar un consejo, y este no se lo cobro.

Miró hacia la ventana, donde los faros del todoterreno se encendían entre la niebla.

—Su compañero estuvo aquí hace un mes. Solo. Sin su agencia y sin decirle nada a nadie. —Hizo una pausa—. Y le aseguro que no vino a salvar mi casa.