Un amor en la casa del acantilado (Amores del Cantábrico 1) Capítulo 2. Carretera de la costa
11%

Capítulo 2. Carretera de la costa

El viernes amaneció con uno de esos temporales que en Asturias se anuncian por la radio como una catástrofe y luego nadie cancela nada.

Adrián la esperaba en el portal a las ocho y media, dentro de un todoterreno gris con el motor en marcha. No bajó. No tocó el claxon. Estaba allí, mirando el móvil, y cuando ella abrió la puerta del copiloto dijo sin levantar la vista:

—Llegas un minuto tarde.

—Llego un minuto antes. Tu reloj adelanta.

Él miró el reloj. Luego la miró a ella. No dijo nada, pero arrancó con más fuerza de la necesaria.

Durante los primeros treinta kilómetros nadie habló.

La autovía hacia el occidente era una cinta gris entre montes empapados, y el limpiaparabrisas marcaba el tiempo como un metrónomo.

El coche olía a cuero nuevo, a café y a esa colonia amaderada que Sara había empezado a reconocer sin querer.

En el bolsillo de la gabardina llevaba la nota de Cifuentes, doblada en cuatro.

La había sacado y vuelto a guardar tantas veces que el papel se ablandaba en los pliegues.

No sabía si enseñársela. No sabía de qué lado estaba Adrián.

—¿Has leído el expediente? —preguntó él al fin.

—Lo he archivado yo.

—No te he preguntado eso.

—Lo he leído tres veces. La última, anoche.

—Entonces sabrás que esa casa no se puede vender.

Sara giró la cabeza.

—¿Perdona?

—Tiene un embargo de Hacienda, una hipoteca de cuando el padre de don Fernando quiso jugar a banquero, una servidumbre de paso que los vecinos llevan doce años pleiteando y tres sobrinos que no se hablan y que impugnarán cualquier venta por puro resentimiento.

—Cambió de carril sin mirar el retrovisor—.

Ningún comprador serio toca eso. Los dos agentes de antes no fracasaron por malos.

Fracasaron porque el producto es veneno.

—Y aun así has venido.

—He venido porque Ferrer me lo ha ordenado. Y porque, cuando esto salga mal, quiero que conste que yo lo advertí.

Lo dijo sin crueldad, y eso fue lo peor. Era cálculo puro.

—El embargo es de ciento ochenta mil euros —dijo Sara—. La hipoteca, de cuatrocientos veinte mil. Seiscientos mil en total. La casa vale, tirando por lo bajo, tres millones y medio. Eso no es veneno, Adrián. Es un margen de casi tres millones que nadie ha sabido cobrar.

—Con los sobrinos…

—Los sobrinos no pueden impugnar nada si don Fernando vende en vida y a precio de mercado. Lo usaste tú mismo en la venta del palacete de Salinas. —Hizo una pausa—. Página catorce de tu contrato. Copiaste la cláusula entera.

Él no contestó. Sara vio cómo apretaba el volante.

—¿Y la servidumbre?

—Ese es el problema de verdad —admitió—. Pero no por los vecinos. El camino en pleito es el único acceso que tendría la finca si alguien quisiera construir allí. Quien compre esa tierra para hacer negocio necesita cerrar ese pleito. Y quien lo cierre, se queda con todo.

Silencio. El limpiaparabrisas. La lluvia.

—¿Quién te ha contado eso? —preguntó él, muy despacio.

—Nadie. Está en la página ciento doce del expediente, en una alegación del abogado de los vecinos que nadie se molestó en leer.

Adrián puso el intermitente. Ella pensó que iba a tomar una salida. En lugar de eso frenó en el arcén, tan en seco que la carpeta que Sara llevaba en las rodillas cayó al suelo. Los camiones pasaban a su lado levantando cortinas de agua.

Se giró hacia ella. De cerca, sus ojos parecían aún más claros, casi transparentes, y había en ellos algo que Sara nunca había visto en la oficina. No era desprecio. Era alerta.

—Escúchame bien —dijo—. En esa casa vive un hombre de ochenta y un años que ha visto pasar a doce agentes, veinte tasadores y más abogados de los que puede contar. Todos le prometieron salvarlo. Todos se fueron con las manos vacías. No le prometas nada que no puedas cumplir.

—No pensaba prometerle nada.

—Sí lo pensabas. Se te nota. —Bajó la voz—. Se te nota que esa casa te importa. Y en este oficio eso es lo más peligroso que te puede pasar.

Sara le sostuvo la mirada. De pronto, el espacio entre los dos asientos parecía muchísimo más pequeño.

Él estaba demasiado cerca. Podía ver una cicatriz fina y blanca que le cortaba la ceja izquierda, y se preguntó cómo no la había visto nunca.

Se preguntó también qué sentiría si la tocara, y la pregunta la asustó más que el temporal.

—¿Hablas por experiencia? —dijo.

Durante un segundo, apenas uno, algo se rompió en la cara de Adrián. Luego se apagó, como una luz que alguien desenchufa.

—Hablo por estadística.

Y volvió a arrancar.

No hablaron hasta pasado Cudillero. La carretera se estrechó y empezó a trepar por los acantilados entre eucaliptos que se doblaban con el viento. Abajo, el mar era una sábana de espuma contra las rocas negras. Sara bajó un poco la ventanilla y el olor a salitre le llenó los pulmones.

—¿Por qué le dijiste que no a Ferrer?

—Porque no trabajo con nadie.

—Eso ya lo sé. Te pregunto por qué.

Adrián tardó tanto que pensó que no iba a responder.

—Porque cuando trabajas con alguien, acabas dependiendo de alguien —dijo por fin, sin apartar los ojos de la carretera—. Y la gente de la que dependes siempre termina fallándote.

Lo dijo con la naturalidad de quien da el parte del tiempo, pero Sara supo que no se lo había dicho nunca a nadie. Se quedó callada. Por primera vez desde que lo conocía, no quiso ganar la discusión.

El camino de Villa Arístegui aparecía de golpe tras una curva, entre dos columnas de piedra cubiertas de musgo y una verja de hierro que el óxido había vuelto del color de la sangre seca. Estaba abierta.

—Qué raro —murmuró Adrián—. Don Fernando nunca deja la verja abierta.

En ese momento un coche salió de la finca. Una berlina negra, grande, de cristales tintados, que bajó el camino deprisa y pasó a su lado casi rozando el retrovisor. Sara solo tuvo tiempo de ver el perfil del conductor.

Le bastó.

Lo había visto cientos de veces bajar al archivo a pedir informes que luego firmaba con su nombre.

—Era Cifuentes —dijo.

Adrián detuvo el coche en mitad del camino. Por el retrovisor, las luces rojas de la berlina se perdían en la niebla.

—¿Qué demonios hace Cifuentes aquí?

Sara metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó la nota doblada en cuatro.

—Creo que tengo la respuesta —dijo—. Y no te va a gustar.