Epílogo. El marco de la puerta
Seis meses después
La oficina de Valdés Sara le pagaba igual.
Decía que era para vigilar que su hija comiera.
En realidad, sospechaba Sara, era porque por primera vez en su vida trabajaba en una oficina en la que alguien la saludaba al entrar.
El primer cliente fue don Fernando Arístegui.
Firmó un encargo de gestión para la venta de unas tierras de cultivo en el interior que llevaba cuarenta años sin tocar, y se negó a negociar la comisión.
«Para que empiecen con buen pie», dijo. El segundo fue Ramón Otero, que quería otra casona para un segundo hotel en Llanes.
El tercero, para sorpresa de todos, fue doña Pilar Vidal, que les pasó media cartera de la costa «porque Arnedo & Vidal ya no está para trotes» y se quedó con un veinte por ciento de la agencia nueva sin pedir permiso.
Adrián recuperó la licencia el uno de abril.
Lo celebró cerrando la venta de un palacete en Luarca sin levantar la voz, como siempre.
Luego se fue a Laviana a pasar el fin de semana en el taller, porque había descubierto que los sábados, con serrín en las manos y la radio puesta, era más feliz de lo que había sido nunca en ninguna sala de juntas.
Sara iba con él. Habían pintado los balcones de verde.
En la puerta del taller, en una tabla de madera, había tallado un nombre: Carpintería Lastra. Desde 1971.
Bernardo Salcedo seguía imputado por falsedad documental, estafa y prevaricación.
Su abogado había pedido cuatro aplazamientos.
Vivía encerrado en su casa de La Moraleja y ya no le cogía el teléfono a nadie.
Irene dirigía ahora la reestructuración del grupo junto a Mercedes Olazábal, y lo primero que hizo fue vender Inversiones Peñarrubia a la asociación de vecinos de Cudillero por un euro.
El camino en pleito era ahora una senda pública que bajaba entre hortensias hasta una cala escondida.
La gente del pueblo la llamaba el camino de la del archivo.
De Cifuentes se supo poco. Alguien dijo que trabajaba en una inmobiliaria pequeña de León. Alguien más dijo que presentaba cada mes los informes de una becaria como si fueran suyos. Sara esperaba que la becaria tuviera un buen archivo.
Y el sábado veintiuno de junio, día de la inauguración del Hotel Villa Arístegui, se casaron en la galería.
Fue una boda pequeña, porque ninguno de los dos tenía mucha familia, y enorme, porque vino todo el mundo.
Llovió por la mañana, como no podía ser de otra manera, y a las cinco de la tarde el cielo se abrió de golpe y el Cantábrico se volvió azul turquesa.
La galería estaba llena de hortensias blancas.
Las palmeras de don Anselmo se mecían contra el cielo.
Los retratos del salón, limpios y restaurados, parecían mirar la ceremonia con aprobación.
Sara llevaba un vestido sencillo de seda color marfil, sin encajes ni cola, y las botas de monte debajo, porque don Fernando le había advertido que el parqué de la galería resbalaba y porque, dijo ella, él le había pedido siempre calzado cómodo.
Don Fernando la llevó del brazo por el pasillo de la galería.
Caminaba con bastón y muy despacio, con un traje de lino que había sido de su abuelo y una flor blanca en la solapa.
Tardaron casi cuatro minutos en recorrer quince metros.
Nadie tuvo prisa. A mitad de camino, el viejo se detuvo, la miró y le dijo en voz baja, para que solo ella lo oyera:
—Gracias por mirar mi casa como la miraba mi madre.
Sara tuvo que parar un momento para no echarse a llorar antes de tiempo.
Al final del pasillo, frente al mar, estaba Adrián.
Traje azul oscuro, sin corbata, la cicatriz de la ceja, los ojos claros y húmedos.
Cuando la vio aparecer del brazo del viejo, se llevó una mano a la boca.
Detrás de él, como padrino, Nacho Barrero le pasaba un pañuelo con disimulo.
Detrás de ella, como madrina, su madre ya lloraba sin ningún disimulo.
Mateo vino con un traje gris nuevo y un regalo envuelto en papel de flores que resultó ser una colección de novelas románticas de su abuela, con una nota: Para que sepáis cómo se hace.
Bailó con Rosario, con doña Pilar, con la madre de Sara y con todas las sobrinas de Otero.
En el brindis, levantó la copa y dijo que llevaba diez años dándole los buenos días a la novia y que pensaba seguir haciéndolo, «aunque ahora tenga que pedirle permiso al Iceberg». Adrián se rió más fuerte que nadie.
Irene vino. Se sentó en la última fila, con un vestido verde y un hombre alto y tranquilo al que presentó como un arquitecto de Gijón. Al terminar la ceremonia se acercó a Sara, le dio un beso en la mejilla y le dijo al oído:
—Cuídamelo. Aunque sé que no hace falta decirlo.
Luego se fue a bailar.
La fiesta duró hasta la madrugada. Rosario, ascendida a gobernanta del hotel, dirigía a los camareros con mano de hierro.
Otero bailó un pasodoble con doña Pilar.
Covadonga Fueyo cantó una canción asturiana de pie sobre una silla.
La madre de Sara y don Fernando descubrieron que habían nacido con tres semanas de diferencia y que los dos odiaban las acelgas, y se pasaron la noche contando historias del Oviedo de los años cincuenta.
Pasada la medianoche, Sara salió un momento al pasillo de la casa para respirar.
Necesitaba un minuto sola. La música llegaba amortiguada desde la galería.
Se detuvo junto a la puerta de la antigua sala de juegos, donde el marco de madera seguía teniendo aquellas rayas de lápiz, una encima de otra, con nombres y fechas.
La última era de 1962. Otero había prohibido que la pintaran.
Se quedó mirando la raya. Después ya no hubo más niños , le había dicho don Fernando.
En ese momento vibró el móvil en el pequeño bolso de seda.
Era un número extranjero. Prefijo +44. Londres.
A la una menos cuarto de la madrugada del día de su boda. Sara estuvo a punto de no contestar. Pero algo, quizá diez años de archivo, le dijo que las llamadas que llegan a deshoras nunca son irrelevantes.
—¿Sí?
—¿La señora Sara Valdés? —Una voz de mujer, joven, con un acento inglés muy marcado y un español cuidadoso, casi de libro—. Perdone la hora. Siento muchísimo molestarla. He leído sobre usted en un periódico español. Sobre la casa. Sobre Villa Arístegui.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Eleanor Whitcombe. —Una pausa, una respiración nerviosa—. Mi padre murió hace un mes. Entre sus cosas he encontrado unas cartas. Son de mi abuela. En el verano de 1962 estuvo en Cudillero. Tres meses. Con una familia inglesa que alquilaba una casa cerca del puerto.
Sara sintió que el pasillo se quedaba en silencio.
—Mi padre nació en Londres en marzo de 1963 —siguió la voz—. Mi abuela nunca le dijo quién era su padre. Pero en las cartas hay un nombre. Muchas veces. Y una fotografía de una casa azul con dos palmeras. —Otra pausa—. Señora Valdés, creo que don Fernando Arístegui es mi abuelo.
Sara se apoyó en el marco de la puerta. Los dedos le quedaron sobre la última raya de lápiz. 1962.
Desde la galería llegó una carcajada. Era la de don Fernando. Estaba bailando con Rosario, despacio, con el bastón colgado del brazo, mientras todos aplaudían a su alrededor. Parecía feliz. Más feliz de lo que Sara lo había visto nunca.
Al fondo del pasillo apareció Adrián, con la chaqueta en la mano, buscándola. La vio con el móvil pegado a la oreja y la cara pálida, y su sonrisa se convirtió en una pregunta.
—¿Señora Valdés? —dijo la voz de Londres—. ¿Sigue ahí?
Sara miró la raya de 1962. Miró a su marido, que se acercaba por el pasillo. Miró hacia la galería, donde un viejo de ochenta y un años bailaba como si le quedara toda la vida por delante.
Y pensó que aquel marco de la puerta todavía tenía sitio para muchas rayas más.
—Sigo aquí —dijo—. Cuénteme todo.
Mientras escuchaba, vio aparecer detrás de Adrián a Mateo, con la corbata deshecha y dos copas de cava en la mano, buscándola para el último baile. Sara tapó el micrófono del móvil con la palma.
—Mateo —dijo—. ¿Qué tal andas de inglés?
Él parpadeó, con una copa en cada mano.
—Perfecto. Mis clientas alemanas dicen que tengo acento de película. ¿Por qué?
Sara miró la raya de 1962 en el marco de la puerta. Luego lo miró a él y sonrió.
—Porque creo que vas a tener que ir a Londres.
FIN DEL LIbrO 1