Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La Sombra De Mireille

Volvió a casa esa noche con los dos vasos de té todavía tibios entre las manos, aunque Nora ya se había perdido hacía rato entre el bullicio del mercado, aunque no hubiera ningún motivo racional para seguir cargando con ellos.

Los dejó sobre la encimera de la cocina sin beberlos, se quitó la chaqueta, se quitó los zapatos, y se dejó caer sobre el sofá con el peso exacto de un hombre que ha estado, durante semanas, sosteniendo algo demasiado grande para sus propios brazos.

No encendió ninguna luz. Dejó que la penumbra de la ciudad —ese resplandor anaranjado y difuso que se filtraba siempre a través de las cortinas, sin importar la hora— fuera la única claridad de la habitación, y se quedó allí, inmóvil, con la melodía del vendedor ambulante todavía enredada en algún rincón de la memoria, hasta que el cansancio, más viejo y más terco que cualquier insomnio, terminó por vencerlo.

El sueño no llegó de golpe. Llegó como llega la marea: despacio, en oleadas, arrastrando consigo fragmentos que Nathan no había invitado a regresar.

Al principio hubo luz. Una luz distinta a la de la ciudad, más dorada, más antigua, la luz específica de un atardecer de hacía casi ocho años, derramándose sobre el balcón diminuto de un apartamento que ya no existía —lo habían demolido, o remodelado, o simplemente Nathan había dejado de pasar por esa calle el tiempo suficiente para no tener que confirmarlo—.

Y en esa luz, de espaldas a él, inclinada sobre una mesa cubierta de telas y bocetos, estaba Mireille.

La reconoció por la forma de sus hombros antes que por el rostro.

Por la manera en que se recogía el cabello con un lápiz cuando trabajaba, dejando dos mechones sueltos que ella nunca se molestaba en acomodar.

Por el tarareo distraído que escapaba de sus labios cada vez que se concentraba en algo, una melodía sin nombre que Nathan nunca había sabido si ella misma había inventado o si la había heredado de algún rincón olvidado de su infancia.

Tres notas, repetidas, ascendentes, como una pregunta que nunca terminaba de resolverse en respuesta.

—Ya sé que me estás mirando —dijo ella, sin girarse, con esa risa contenida que siempre parecía vivir justo debajo de su voz, lista para salir a la superficie ante la menor provocación—. Llevas cinco minutos ahí parado sin decir nada, Nathan Reyes.

—Estoy memorizando esto —respondió él, y en el sueño su propia voz le sonó más joven, menos cansada, la voz de un hombre que todavía no sabía lo que el mundo era capaz de arrebatarle—. Por si acaso algún día se me olvida.

Mireille se giró entonces, y el sueño, con esa lógica torcida y líquida que solo los sueños poseen, le entregó su rostro completo por primera vez: los ojos oscuros, la sonrisa ladeada que nunca terminaba de ser del todo simétrica, el pequeño lunar bajo el pómulo izquierdo que Nathan había besado tantas veces que había perdido la cuenta.

Llevaba puesto el colgante —esa cadena delgada con la piedra azul pálido que él mismo le había regalado en su primer aniversario, comprada con un sueldo de residente que apenas alcanzaba para comida decente, pero que en ese momento le había parecido, sin ninguna duda, la inversión más importante de su vida entera—.

En el sueño, el colgante brillaba con una luz propia, como si concentrara todo el resplandor dorado de la tarde en ese único punto diminuto sobre su pecho.

—Nunca se te va a olvidar —dijo Mireille, acercándose, y su voz cargaba una certeza que a Nathan, incluso dormido, incluso atrapado en la ilógica hermosa del sueño, le resultó devastadora—. Esa es la maldición de amar a alguien de verdad, Nathan. No lo olvidas. Ni siquiera cuando desaparece.

—No vas a desaparecer —respondió él, o intentó responder, porque en el sueño las palabras empezaban ya a sentirse pesadas, difíciles de mover, como si la lengua se le hubiera vuelto de arcilla—.

Te lo prometo. Vamos a envejecer juntos en este balcón horrible con esta vista horrible y vamos a odiar a los vecinos ruidosos de al lado durante los próximos cincuenta años.

Mireille rió —esa risa completa, sin freno, la que solo aparecía cuando estaba de verdad feliz y no simplemente conteniéndose por cortesía— y apoyó la frente contra el pecho de Nathan, y él pudo sentir, incluso en el sueño, incluso sabiendo en algún nivel profundo de su conciencia que nada de eso era ya real, el peso exacto y familiar de su cuerpo apoyado contra el suyo, el olor de su cabello, una mezcla de jazmín y algo más cálido, más suyo, imposible de nombrar con precisión.

—Prométemelo otra vez —dijo ella, con la voz amortiguada contra su camisa—. Aunque sepas que no depende solo de ti. Prométemelo de todos modos.

—Te lo prometo —dijo Nathan, y en el sueño sintió que la promesa le costaba algo, un peso invisible que se desprendía de él y se instalaba, en cambio, en el pecho de Mireille, como si al pronunciar esas palabras estuviera, sin saberlo, entregándole algo que después no podría recuperar.

Y entonces la luz cambió.

No fue un cambio brusco, sino gradual, la clase de transición que los sueños manejan con una fluidez que la vida despierta jamás logra igualar: el balcón dorado se disolvió en la penumbra azulada de un dormitorio distinto, más moderno, más sereno, y cuando Mireille levantó el rostro de su pecho para mirarlo de nuevo, algo en sus facciones ya había empezado a moverse, a reorganizarse bajo la piel como arena bajo el agua.

Los ojos oscuros seguían siendo los mismos, pero la forma del rostro se había vuelto más angular.

La sonrisa ladeada se había suavizado en algo más cauteloso, más contenido, como si la felicidad completa de un momento atrás hubiera aprendido, en algún punto del camino, a esconderse detrás de una puerta entornada.

—Nora —dijo Nathan, en el sueño, sin sorpresa, como si su propia mente ya hubiera anticipado, mucho antes que su conciencia despierta, hacia dónde se dirigía todo aquello desde el principio.

Ella —Mireille, Nora, las dos mujeres fundidas en una sola presencia imposible que solo el territorio sin reglas del sueño podía sostener— no respondió con palabras.

Solo lo miró, con esa misma vigilancia constante que Nathan había aprendido a reconocer en la mujer real, despierta, la que se apartaba un paso cada vez que él se acercaba demasiado, la que cargaba consigo una alergia grabada en la piel de su hija como un mapa de todo lo que no se atrevía a decir en voz alta.

—¿Por qué te escondes? —preguntó él, y en el sueño la pregunta parecía dirigirse a las dos mujeres al mismo tiempo, a la que había perdido hacía siete años y a la que se negaba, presente y viva, a dejarse encontrar del todo.

El colgante, todavía sobre su pecho, empezó a brillar con más intensidad, un resplandor casi doloroso de mirar, y justo cuando Nathan extendió la mano para tocarlo —para confirmar, con el tacto, lo que sus ojos ya no lograban distinguir con certeza— el sueño se rompió de golpe, sin previo aviso, como una cuerda tensada más allá de su límite.

Despertó de un sobresalto, con el corazón latiéndole a un ritmo desbocado y el rostro húmedo de un llanto que no recordaba haber empezado.

El apartamento estaba a oscuras, el mismo resplandor anaranjado de la ciudad filtrándose todavía a través de las cortinas, y por un instante —un instante largo, desorientador, en el que el sueño y la vigilia se negaron a separarse con claridad— Nathan no supo con certeza dónde estaba, ni qué año era, ni si el peso familiar que todavía sentía contra el pecho pertenecía a un recuerdo de hacía ocho años o a una mujer que había conocido apenas hacía unas semanas.

Se llevó una mano a la cara, secándose las lágrimas con un gesto casi automático, y se quedó sentado en la oscuridad, con la respiración todavía irregular, tratando de reconstruir, fragmento a fragmento, lo que acababa de soñar.

Recordaba el balcón. Recordaba la promesa.

Recordaba, con una nitidez que le dolía en el pecho, el peso del colgante brillando bajo una luz imposible.

Pero cuando intentó recordar el rostro —el rostro completo, definitivo, de la mujer que había sostenido entre sus brazos durante todo el sueño— descubrió, con un escalofrío que le recorrió la espalda entera, que ya no podía.

Las dos imágenes se habían fundido en algún punto de la noche, entrelazadas de una manera que ninguna cantidad de esfuerzo consciente lograba deshacer: los ojos de Mireille, la cautela de Nora; la risa de Mireille, la vigilancia de Nora; una sola mujer imposible, construida con los fragmentos de dos, que se negaba, tercamente, a separarse de nuevo en dos personas distintas.

Se quedó mirando el techo durante largo rato, con el corazón todavía latiendo demasiado rápido, formulando en silencio una pregunta que llevaba semanas rondándolo sin que él se hubiera atrevido, hasta esa noche, a pronunciarla con toda su crudeza: ¿y si su corazón, con una sabiduría que su mente racional se negaba tercamente a aceptar, ya sabía desde el principio algo que él todavía no era capaz de admitir?

¿Y si el rostro de Mireille no se deslizaba hacia el de Nora en sus sueños porque los estuviera confundiendo, sino porque, en algún lugar imposible de nombrar todavía, nunca habían sido dos rostros distintos?

La pregunta se quedó suspendida en la oscuridad del apartamento, sin respuesta, mientras afuera la ciudad seguía su curso indiferente, ajena por completo a la tormenta silenciosa que empezaba, por fin, a tomar forma en el pecho de un hombre que ya no sabía si estaba a punto de perder la razón o de recuperar, después de siete años, la única verdad que de verdad había importado.