CAPÍTULO 16
El Mercado Nocturno
Habían pasado cuatro días desde el intercambio de mensajes que Nathan todavía no lograba recordar sin sentir una punzada de vergüenza en el pecho — "me sorprendió lo cómodos que se veían los dos" , había escrito, como si tuviera derecho a sorprenderse de nada— y en esos cuatro días no había recibido ni una sola palabra de Nora.
El silencio, lejos de aplacar la inquietud que lo perseguía desde la noche del apartamento, se había convertido en una presencia propia, algo que Nathan cargaba consigo de habitación en habitación, incapaz de ignorarlo del todo ni siquiera en medio de una cirugía.
Había ido al Mercado Nocturno esa noche sin ningún propósito concreto, simplemente porque quedarse en su apartamento, rodeado del mismo silencio de siempre, se había vuelto insoportable.
Un colega le había mencionado, semanas atrás, que aquel rincón de la ciudad —toldos rojos desplegados entre los puestos, hileras de luces amarillas colgando de cable en cable como una constelación artificial tendida sobre las cabezas de la multitud— era el lugar perfecto para "dejar de pensar durante un par de horas".
Nathan había decidido, con el escepticismo cansado de quien ya no cree del todo en soluciones fáciles, darle una oportunidad.
El aire estaba cargado de olores que se superponían sin ninguna disciplina: el humo dulzón de la carne a la parrilla, el vapor especiado de los caldos servidos en vasos de papel, el aroma azucarado de algo frito que Nathan no lograba identificar del todo pero que le hacía la boca agua de todos modos.
El bullicio era denso, casi físico: voces regateando precios, música que se filtraba desde algún altavoz oculto entre los puestos, la risa ocasional de un grupo de adolescentes que corría entre la multitud persiguiéndose los unos a los otros.
Nathan caminaba sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, dejando que el ruido de la multitud lo envolviera como una especie de manta protectora que amortiguaba, aunque fuera un poco, el ruido mucho más insistente de su propia cabeza.
Fue entonces, entre el puesto de brochetas y una fila de faroles de papel rojo, cuando la vio.
Nora estaba sola —sin Kayla, sin Aiden, sin ninguna de las presencias que solían rodearla como una especie de escudo— examinando un puesto de cerámica pintada a mano, con esa expresión de concentración serena que Nathan había aprendido a reconocer como genuinamente suya, sin la máscara defensiva que solía levantar cada vez que él aparecía.
Llevaba el cabello suelto, agitado apenas por la brisa nocturna, y por un instante, antes de que ella notara su presencia, Nathan se permitió simplemente mirarla, sin la interferencia de los celos ni de las preguntas sin responder, solo mirarla como lo que era: una mujer hermosa, cansada, cargando algo que él todavía no lograba nombrar del todo.
—Nora.
Ella se giró al escuchar su nombre, y Nathan vio, con un alivio que no esperaba sentir con tanta intensidad, que su rostro no se cerraba de inmediato en la fría cautela de los últimos días. Había sorpresa, sí, pero también —o al menos así quiso interpretarlo— algo parecido al alivio.
—Nathan. —Su voz sonó vacilante, como quien no está segura de qué tono adoptar—. No esperaba encontrarte aquí.
—Ni yo a ti —respondió él, acercándose un par de pasos, con cuidado, como quien se aproxima a un animal que podría espantarse ante el más mínimo movimiento brusco—. Necesitaba salir de mi cabeza un rato. El mercado pareció una buena idea.
—Curiosamente, yo vine por la misma razón —dijo Nora, y una sombra de sonrisa, breve pero real, cruzó su rostro por primera vez en días—. Kayla está con Aiden esta noche. Cine y palomitas. Pensé que me vendría bien caminar sin rumbo durante un rato.
Se quedaron un instante en silencio, ninguno de los dos seguro de cómo continuar, mientras a su alrededor el mercado seguía su curso indiferente: un vendedor gritando el precio de sus mangos verdes con sal, un niño llorando porque se le había caído su helado, el chisporroteo constante de algo friéndose a pocos metros.
Fue ese ruido, curiosamente, el que pareció aflojar algo entre ellos —la seguridad anónima de estar rodeados de cientos de desconocidos, ninguno de los cuales prestaba la más mínima atención a la conversación tensa que se desarrollaba entre dos personas junto a un puesto de cerámica.
—¿Caminamos? —propuso Nathan, y Nora, después de un segundo de duda, asintió.
Caminaron juntos entre los puestos, sin ningún destino concreto, dejando que la corriente de la multitud los guiara de un lado a otro del mercado.
Nathan compró dos vasos de té de jazmín caliente en un puesto sin nombre, y le entregó uno a Nora sin preguntarle si lo quería, con la misma naturalidad silenciosa con la que un gesto puede a veces decir más que cualquier disculpa formal.
Ella lo aceptó, envolviendo las manos alrededor del vaso de papel como si necesitara el calor más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Siento lo del mensaje —dijo Nathan, finalmente, mirando al frente, sin atreverse del todo a sostenerle la mirada mientras lo decía—. Fue injusto. Aiden es tu primo, me lo dijiste con claridad, y yo actué como si no te creyera. No tenía ningún derecho.
Nora guardó silencio un momento, dando un sorbo lento a su té, dejando que el vapor le nublara brevemente el rostro.
—No fue solo injusto —dijo al fin, con una honestidad que Nathan no esperaba—. Fue... revelador. Me hizo entender algo sobre cómo te sientes respecto a todo esto. Y eso me asustó más que el mensaje en sí.
—¿Qué es "todo esto"? —preguntó Nathan, deteniéndose un momento junto a un puesto de faroles, apartándose apenas del flujo de la multitud para poder mirarla de frente—.
Porque llevo semanas sintiendo que hay una conversación entera que no estamos teniendo, Nora.
Una que ronda por debajo de cada cosa que sí decimos.
Ella lo miró entonces, con una intensidad que Nathan no le había visto antes, y por un instante, en medio del bullicio anaranjado del mercado, el mundo pareció encogerse hasta caber entero en el espacio entre los dos.
—Tienes razón —dijo, casi en un susurro, apenas audible por encima de la música que salía de algún puesto cercano—.
Hay algo que no te he contado. Algo que debería haberte contado desde el principio, quizás, pero que no sabía cómo...
—Se detuvo, tragó saliva, y Nathan pudo ver, con una claridad que le aceleró el pulso, que estaba a punto de cruzar un límite que llevaba semanas —quizás años— evitando cruzar—.
Nathan, hay una razón por la que reacciono así cuando te acercas a Kayla.
Una razón por la que renuncié a mi empleo apenas empezaste a...
Un grupo de turistas pasó justo entre ellos en ese instante, riendo a carcajadas, rompiendo por completo la burbuja frágil que se había formado alrededor de los dos, y cuando volvieron a quedar frente a frente, algo en el rostro de Nora ya se había cerrado de nuevo, como una puerta que se cierra sola por el viento antes de que nadie llegue a cruzarla del todo.
—Nora —dijo Nathan, con suavidad, casi sin atreverse a respirar, temeroso de espantar lo que fuera que estuviera a punto de decir—. Puedes contármelo. Lo que sea que es. Puedo con ello.
Ella negó con la cabeza, despacio, y Nathan vio cómo los ojos se le humedecían apenas, sin llegar a derramarse.
—No aquí —dijo, con la voz quebrada—. No así. No estoy lista, Nathan. Perdóname, pero no lo estoy.
—Está bien —respondió él, aunque no estaba bien en absoluto, aunque cada célula de su cuerpo le exigía insistir, presionar, tirar del hilo hasta que la verdad completa se desenredara ante sus ojos—.
No voy a obligarte a nada. Solo... quiero que sepas que cuando estés lista, voy a estar aquí. Sin condiciones.
Nora asintió, apretando los labios en un gesto que a Nathan le pareció, más que agradecimiento, un intento desesperado de contener algo mucho más grande de lo que las palabras podían sostener.
Siguieron caminando en silencio durante un rato, uno junto al otro, sin tocarse, pero con una cercanía que Nathan no recordaba haber sentido con nadie más en los últimos siete años: el tipo de cercanía que no necesita ser explicada porque, de algún modo inexplicable, ya se reconoce.
Fue al pasar frente a un puesto de música, donde un vendedor ambulante tarareaba distraídamente una melodía mientras acomodaba su mercancía —una melodía simple, casi infantil, apenas tres notas repetidas—, cuando Nathan sintió que algo se le detenía en el pecho.
La conocía. No sabía de dónde, no sabía por qué, pero la conocía con la misma certeza inexplicable con la que había reconocido el colgante de Nora semanas atrás, con la misma sensación de vértigo que llevaba persiguiéndolo desde la primera noche que había pasado, borracho y confundido, en la casa de esa mujer que insistía en mantener tantos secretos.
—¿Esa canción...? —empezó a decir, girándose hacia Nora, pero ella ya se había quedado inmóvil, con el rostro pálido bajo la luz cálida de los faroles, con los ojos fijos en el vendedor ambulante como si acabara de ver un fantasma.
—Tengo que irme —dijo de pronto, con una urgencia que no dejaba espacio para preguntas, entregándole a Nathan el vaso de té a medio terminar—. Perdón, Nathan. De verdad. Tengo que irme ahora.
Y antes de que él pudiera decir una sola palabra más, antes de que pudiera preguntarle por qué una simple melodía tarareada por un desconocido la había hecho palidecer de esa manera, Nora ya se había perdido entre la multitud, dejando a Nathan solo junto al puesto de música, con dos vasos de té enfriándose en las manos y una melodía extrañamente familiar todavía flotando en el aire, tan cerca de la memoria que casi —casi— podía ponerle nombre.