Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Serena Empieza A Indagar

La oficina de Serena ocupaba la esquina más alta del edificio, con ventanales que iban del suelo al techo y una vista de la ciudad que, en cualquier revista de decoración, habría servido de prueba irrefutable del éxito.

Escritorio de mármol blanco. Un ramo de peonías frescas que renovaba cada tres días, sin falta, porque las flores marchitas le parecían un símbolo demasiado obvio de todo aquello que se negaba a permitirse: el deterioro, la derrota, el abandono.

Serena Cole había construido su vida entera sobre la superficie impecable de las cosas, y esa tarde, sentada frente a su computadora con un café que ya se había enfriado sin que lo notara, esa superficie empezaba, por primera vez en años, a mostrar una grieta que no sabía cómo tapar.

Todo había empezado dos días antes, en una llamada que no le pertenecía.

Había ido a la fundación benéfica —esa asociación de la alta sociedad a la que pertenecía casi por obligación genética, heredada de su madre junto con los apellidos y las conexiones— para coordinar los detalles de la gala anual, y se había cruzado, en el pasillo junto a la sala de juntas, con dos mujeres que ella conocía de las reuniones de la vieja escuela: Priscilla Hart y su inseparable amiga, Dana Coleman, ambas con esa costumbre incorregible de hablar de la vida ajena como quien comenta el clima.

—...y te juro que lo vi con mis propios ojos, en el parque, jugando con la niña como si fuera suya —decía Priscilla, bajando apenas la voz al notar que Serena pasaba cerca, aunque no lo suficiente—. Nathan Reyes. El cirujano. ¿Te acuerdas de él? El que estuvo comprometido con Serena Cole.

—¿Con una niña? ¿Nathan tiene una hija que nadie sabía?

—No, no, con la hija de otra. De una diseñadora, creo, Nora no sé qué.

Nadie sabe muy bien de dónde salió, apareció hace poco más de un año en la ciudad.

Pero te digo, la forma en que él la mira...

—Priscilla dejó la frase suspendida en el aire, con esa satisfacción particular de quien sabe que acaba de entregar el mejor chisme de la semana.

Serena había seguido caminando, con la espalda recta y el rostro compuesto en la misma máscara de calma social que llevaba puesta desde la adolescencia, sin darle a ninguna de las dos mujeres la satisfacción de una reacción visible.

Pero por dentro, algo se había desprendido, como una piedra suelta rodando montaña abajo, ganando velocidad con cada segundo que pasaba.

Ahora, dos días después, sentada frente a su computadora en la soledad protegida de su oficina, esa piedra ya se había convertido en un alud completo.

No era celos. Se repetía esa frase con una insistencia casi religiosa: no son celos, es preocupación.

Preocupación legítima por un hombre al que había amado —al que seguía amando, si era honesta consigo misma en la privacidad absoluta de su propia cabeza, aunque nunca lo admitiría en voz alta frente a nadie— y que parecía estar cayendo, sin ninguna cautela, en las redes de una mujer aparecida de la nada, sin pasado conocido, sin familia visible, sin ninguna de las credenciales sociales que Serena consideraba, con total naturalidad, el mínimo indispensable para acercarse a alguien como Nathan Reyes.

Abrió una nueva pestaña en el navegador. Escribió el nombre: Nora Bellamy.

Los resultados fueron, en el mejor de los casos, decepcionantes.

Un perfil profesional discreto en una plataforma de diseño de interiores, con apenas un puñado de proyectos publicados, ninguno anterior a hacía poco más de un año.

Ninguna foto de la infancia, ninguna mención en las páginas sociales que Serena conocía de memoria, ninguna universidad, ningún club, ningún rastro de la clase de vida pública que cualquier persona de cierto nivel dejaba, inevitablemente, esparcida por internet.

Era como si esa mujer hubiera empezado a existir de la nada, hacía apenas un año, sin ningún pasado que la precediera.

Serena se recostó en su silla, con los dedos tamborileando sobre el escritorio de mármol, sintiendo esa comezón particular que siempre precedía a sus mejores —y peores— decisiones.

Reconocía esa sensación. La conocía íntimamente, desde la infancia, desde una casa donde el afecto de sus padres se medía en logros y comparaciones, donde el amor nunca había sido gratuito sino una recompensa que había que ganarse, defenderse, proteger con uñas y dientes de cualquiera que amenazara con arrebatarlo.

Serena Cole no sabía amar de otra manera que no fuera con miedo de fondo: el miedo constante, agotador, de que en cualquier momento la persona alrededor de la cual había organizado su identidad entera decidiera que ya no la necesitaba.

Con Nathan, ese miedo tenía nombre y apellido desde hacía siete años.

Recordaba, con una claridad que nunca había logrado desvanecer del todo, la época en que Nathan miraba a otra mujer con esa misma expresión que ahora, según los rumores del pasillo, volvía a dedicarle a esta tal Nora.

Recordaba las noches enteras que había pasado esperando —con una paciencia que ella misma sabía patológica— a que él terminara de "superar" lo que sentía por Mireille, la muchacha de origen humilde que su familia había juzgado, desde el primer día, absolutamente inadecuada para el apellido Reyes.

Recordaba la desesperación fría con la que había observado, semana tras semana, cómo Nathan se alejaba de ella cada vez más, cómo cada gesto de cortesía que Serena le ofrecía se topaba con un muro educado pero inquebrantable, porque el corazón de Nathan ya pertenecía, por completo, a otra persona.

Y entonces, siete años atrás, todo había cambiado de la noche a la mañana.

Serena cerró los ojos un segundo, dejando que el recuerdo la atravesara con esa mezcla incómoda de alivio y culpa que nunca había logrado separar del todo, ni siquiera después de tanto tiempo.

No recordaba con precisión absoluta cómo se había originado la noticia —quién había hecho la primera llamada, quién había plantado la primera semilla de la mentira—, pero recordaba, con una nitidez que la avergonzaba, la sensación de alivio que había sentido al enterarse de que Mireille había muerto en un accidente.

Recordaba haber consolado a Nathan durante semanas, sosteniéndolo en su duelo con una devoción que, en el fondo más oscuro y menos examinado de su conciencia, se alimentaba de la certeza de que, por fin, el camino hacia él estaba despejado.

No se permitía preguntarse demasiado —nunca se lo había permitido, en siete años— cuánta parte de esa "noticia" había sido verdad, y cuánta parte había sido un rumor que ella, con su silencio cómplice, jamás se había molestado en desmentir cuando tuvo la oportunidad.

No pienses en eso ahora , se ordenó, abriendo los ojos de golpe, apartando el recuerdo con la misma disciplina con la que apartaba cualquier cosa que amenazara con desestabilizar la superficie cuidadosamente construida de su vida. Concéntrate en lo que importa: en Nathan. En protegerlo de un error.

Porque eso era, se repitió, lo que estaba haciendo.

Protegiéndolo. De una mujer sin pasado, sin raíces, que había aparecido de la nada con una hija cuya paternidad nadie parecía cuestionar en voz alta pero que, cuanto más lo pensaba Serena, más preguntas insistentes empezaba a levantar en su cabeza.

Volvió a la búsqueda, esta vez con más paciencia, rastreando cada enlace, cada mención lateral, cada fragmento de información que la plataforma de diseño hubiera dejado escapar sin querer.

Y fue en la sección de comentarios de un proyecto antiguo —una remodelación de interiores publicada hacía apenas ocho meses— donde encontró, por fin, algo que le heló la sangre en las venas.

Una clienta satisfecha había dejado una reseña efusiva, felicitando el trabajo de "Nora" por transformar su sala de estar, y había añadido, casi al pasar, sin ninguna intención maliciosa: "¡Y esa preciosa hijita tuya que vino contigo a medir las ventanas es un encanto!

Se parece tanto a ti... aunque juraría que tiene los mismos ojos que un antiguo compañero mío de la universidad. "

Serena leyó la frase tres veces, sintiendo cómo el aire de la oficina, climatizada a la perfección, se volvía de pronto insuficiente.

No era nada. Podía no ser nada. Un comentario casual de una desconocida, una coincidencia sin importancia en un mar de comentarios igualmente irrelevantes.

Y sin embargo, algo en el fondo de su estómago —esa misma comezón que la había guiado, siete años atrás, hacia decisiones de las que nunca terminaría de arrepentirse del todo— le decía que acababa de tropezar, sin buscarlo, con el borde de algo mucho más grande de lo que había imaginado al empezar esa búsqueda.

Cerró la laptop de golpe, como si el simple gesto pudiera contener lo que acababa de despertar, y se quedó mirando su propio reflejo fantasmal en la pantalla apagada, con el corazón latiéndole a un ritmo que no lograba controlar del todo.

Había ido a buscar una razón para desconfiar de Nora Bellamy.

Y en cambio, sin saberlo todavía del todo, acababa de encontrar la primera grieta de una verdad que llevaba siete años enterrada bajo capas de silencio cuidadosamente construido —un silencio del que ella misma, aunque todavía no se atreviera a admitirlo, había sido una de las arquitectas.