Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 14
31%

CAPÍTULO 14

Los Celos

—¿Doctor Reyes?

La voz de la enfermera Patton lo sacó de golpe del bucle en el que llevaba atrapado, sin saberlo, casi dos minutos completos.

—¿Sí? Perdón. ¿Decías?

—Le preguntaba si quiere que reprograme la consulta de las diez. Lleva ahí parado frente a la carpeta un buen rato.

Nathan sintió el calor subirle al rostro, una vergüenza rápida y profesional, la clase de vergüenza que un cirujano no puede permitirse sentir en un pasillo lleno de pacientes que dependían de que su cabeza estuviera exactamente donde debía estar: presente, precisa, incapaz de distraerse con nada que no fuera la vida que tenía entre las manos.

—No, está bien. Ya voy —dijo, cerrando la carpeta con más fuerza de la necesaria—. Gracias, Patton.

Pero no estaba bien. Llevaba dos días sin estarlo, desde la noche en que se había quedado congelado frente a la puerta entreabierta del apartamento de Nora, con un peluche olvidado en la mano y una imagen grabada a fuego detrás de los párpados que se negaba, con una terquedad casi física, a desvanecerse: la cabeza de Nora apoyada en el hombro de ese hombre, la mano de él enredada en su cabello con una familiaridad que Nathan no había sido capaz, ni una sola vez en las últimas cuarenta y ocho horas, de interpretar de ninguna manera que no le doliera.

Se había repetido, hasta el cansancio, que no tenía ningún derecho a sentir lo que sentía.

Se lo había dicho en la ducha esa mañana, con el agua caliente cayéndole sobre la nuca mientras intentaba, sin éxito, enjuagarse también los pensamientos.

Se lo había repetido en el coche, camino al hospital, con la radio encendida a un volumen que no lograba tapar del todo el ruido de su propia cabeza.

No es tuya. Nunca lo ha sido. La conoces desde hace un mes.

No tienes ningún reclamo legítimo sobre con quién decide apoyar la cabeza cuando está cansada.

La lógica, impecable, aséptica, desfilaba frente a él como un argumento perfectamente construido en un tribunal donde, sin embargo, nadie lo escuchaba de verdad.

Porque debajo de la lógica había otra cosa.

Algo más viejo, más terco, que no respondía a los argumentos racionales por mucho que Nathan insistiera en presentárselos.

Una sensación que llevaba viviendo dentro de él desde la primera vez que había visto a Kayla —esa certeza física, absurda, imposible de justificar con palabras, de que aquella familia le pertenecía de alguna manera que la razón no lograba explicar—.

Y ahora, con la imagen de ese hombre —Aiden, se llamaba, había alcanzado a escuchar el nombre en boca de Kayla, tío Aiden , dicho con una familiaridad que en ese momento no le había dado ninguna pista útil— instalada en el centro exacto de esa certeza, Nathan sentía que algo se le desbordaba por dentro, algo que no reconocía como parte de su carácter habitual.

Él no era un hombre celoso. Nunca lo había sido, ni siquiera con Serena, en los años en los que estuvieron comprometidos y ella coqueteaba, sin ningún disimulo, con la atención de cualquier hombre que se cruzara en su camino.

Nathan había aprendido, hacía mucho tiempo, a mantener una distancia razonable frente a sus propias emociones, una especie de disciplina clínica que aplicaba tanto en el quirófano como en su vida personal.

Y sin embargo ahí estaba, incapaz de concentrarse en un historial médico de tres líneas, con el estómago revuelto por una escena doméstica que, técnicamente, no tenía absolutamente nada que ver con él.

"Tío" podía significar cualquier cosa , se dijo, mientras caminaba por el pasillo hacia la consulta de las diez, saludando con un gesto automático a un colega que pasaba en dirección contraria.

Podía ser un apodo cariñoso sin ningún parentesco real.

Podía ser el hombre con el que Nora estuviera construyendo, en secreto, la vida que ella misma le había dejado tan claro que no quería compartir con él.

Y cuanto más le daba vueltas, más se convencía —con esa clase de convicción torcida que solo el dolor es capaz de fabricar— de que la segunda opción era, sin ninguna duda, la más probable.

Nora lo había alejado de Kayla la misma semana en que ese hombre aparecía con total naturalidad en su cocina, acariciándole el cabello, compartiendo una cena que parecía repetirse con la comodidad de una rutina antigua.

Las piezas, mal encajadas, formaban en la cabeza de Nathan una imagen que dolía precisamente porque parecía tan coherente.

La consulta de las diez transcurrió en un borrón del que apenas conservaría memoria más tarde: un paciente ansioso preguntando por los riesgos de una cirugía de bypass, Nathan respondiendo con la precisión mecánica de quien ha repetido las mismas palabras cientos de veces, sin que ni una sola neurona de más participara realmente en la conversación.

Cuando el paciente se marchó, agradecido, sin sospechar en absoluto que el médico frente a él tenía la cabeza a kilómetros de distancia, Nathan se quedó solo en la consulta, con la puerta cerrada, y por fin se permitió sacar el teléfono del bolsillo de la bata.

No le escribas , se dijo. Le pediste espacio. Ella te lo pidió a ti. Escribirle ahora, en este estado, solo va a empeorar las cosas.

Sus dedos, sin embargo, ya estaban tecleando.

Borró el primer intento —demasiado directo, demasiado acusatorio: ¿Quién era ese hombre?

—. Borró el segundo, que sonaba, incluso para él mismo, patéticamente herido: No sabía que ya tenías a alguien más en tu vida.

Borró un tercero, un cuarto, cada uno peor que el anterior, cada uno cargado de un resentimiento que Nathan sabía, incluso mientras lo escribía, que no tenía ningún derecho a sentir ni mucho menos a expresar.

Al final, después de casi diez minutos parado frente a la ventana de su consulta, con el sol de mediodía cayendo indiferente sobre el estacionamiento del hospital, escribió algo que le pareció, en ese momento, razonablemente contenido:

Perdón por aparecer sin avisar anoche. No quería interrumpir nada. Espero que hayan tenido una buena cena en familia.

Presionó "enviar" antes de poder arrepentirse, y de inmediato sintió el peso familiar del arrepentimiento de todos modos, ese calor incómodo en el estómago que siempre llegaba un segundo tarde.

Porque incluso mientras lo escribía, sabía —con esa parte de su cabeza que todavía funcionaba con algo de claridad— que la palabra "familia" no era inocente.

La había elegido con una precisión quirúrgica, la misma con la que hubiera elegido el punto exacto de una incisión, sabiendo perfectamente el filo que llevaba escondido debajo de la cortesía.

La respuesta de Nora llegó casi una hora después, cuando Nathan ya había terminado dos consultas más sin lograr concentrarse del todo en ninguna de ellas, revisando el teléfono cada pocos minutos con una ansiedad que le costaba reconocer como propia.

No sé a qué te refieres con "en familia". Aiden es mi primo. Y la verdad, no entiendo por qué el tono de tu mensaje.

Nathan leyó la respuesta tres veces, sintiendo cómo el suelo bajo sus certezas se movía apenas un centímetro — ¿primo?

— antes de que su propia herida, todavía fresca, se apresurara a reconstruir la duda con una rapidez casi refleja.

Primo , podía significar cualquier cosa, se dijo de nuevo, atrapado en el mismo bucle irracional.

La gente usaba esa palabra de maneras flexibles.

Y aunque una parte diminuta y silenciada de su cabeza —la parte que, meses después, reconocería como la única que había tenido razón desde el principio— le insistía en que quizás debía simplemente creerle, tomar la palabra "primo" al pie de la letra y disculparse por su torpeza, Nathan, dominado por algo mucho más viejo y mucho más terco que la lógica, escribió una respuesta que en el instante mismo de enviarla ya sabía que era un error.

No hay ningún tono. Solo me sorprendió lo cómodos que se veían los dos. Es todo.

El mensaje se quedó marcado como "leído" durante casi veinte minutos sin que llegara ninguna respuesta, veinte minutos que Nathan pasó caminando de un lado a otro de su consulta vacía, con el teléfono en la mano, repitiéndose que no debería haberlo enviado, que cada palabra había sido un paso más hacia un lugar del que después sería mucho más difícil regresar.

Cuando la respuesta de Nora finalmente llegó, fue corta, cortante, cargada de una frialdad que Nathan sintió como un portazo a través de la pantalla del teléfono.

Creo que tenemos ideas muy distintas de lo que significa darme espacio. No voy a explicarte mi relación con mi familia, Nathan. No te la debo.

Y después, antes de que él pudiera siquiera empezar a redactar una disculpa que llegara a tiempo, un segundo mensaje, más corto todavía, más definitivo:

Necesito pensar. No me escribas por un tiempo.

Nathan se quedó de pie en medio de su consulta vacía, con el teléfono todavía encendido entre las manos, viendo cómo la pantalla se apagaba sola después de unos segundos de inactividad, sumiendo la habitación en el mismo silencio incómodo que ya llevaba días instalado en su pecho.

Había conseguido, con sus propias manos y su propia herida mal disimulada, exactamente lo contrario de lo que quería: en lugar de acercarse, había cavado una distancia todavía más profunda que la que Nora misma había trazado tres noches atrás.

Y lo peor —lo que de verdad lo dejó paralizado, mirando su propio reflejo fantasma en la pantalla negra del teléfono— fue la certeza silenciosa, incómoda, de que en algún lugar de esa reacción desproporcionada, de esos celos que no lograba justificar ni ante sí mismo, había algo mucho más grande que un simple malentendido sobre un primo.

Algo que llevaba siete años dormido dentro de él y que ahora, sin previo aviso, empezaba a despertar con una violencia que no sabía todavía cómo nombrar.