Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Aiden

Aiden llegó al apartamento sin llamar antes al timbre, con la naturalidad de quien tiene llave propia y un lugar reservado en la vida de esa casa desde mucho antes de que existiera cualquier duda sobre a quién pertenecía.

Entró cargando una bolsa de papel con la cena —tacos de pescado, la debilidad declarada de Kayla desde que tenía memoria— y el ruido de la puerta al cerrarse fue suficiente para que la niña saliera disparada desde la sala, con los calcetines resbalando sobre el piso de madera, gritando su nombre con esa alegría desbordada y sin filtros que solo los niños parecen capaces de sostener.

—¡Tío Aiden!

—¡Ahí está mi persona favorita! —Aiden se agachó justo a tiempo para recibirla en un abrazo que la levantó del suelo, girándola una vuelta completa mientras Kayla reía a carcajadas, con esa risa aguda que llenaba cada rincón del apartamento—. ¿Me extrañaste, enana, o solo extrañaste los tacos?

—¡Las dos cosas! —respondió ella, sin el menor asomo de vergüenza, aferrada a su cuello.

Nora observaba la escena desde la cocina, apoyada contra la encimera con los brazos cruzados, y algo en su pecho se aflojó, aunque fuera solo un poco, por primera vez en días.

Había una clase muy específica de paz que solo Aiden lograba traer consigo: la paz de lo conocido, de lo probado, de una lealtad que no necesitaba explicarse ni ganarse cada vez desde cero.

Llevaba siete años siendo esa ancla —el único hilo que la conectaba con algo parecido a una vida antes de que todo se rompiera—, y cada vez que cruzaba esa puerta, Nora sentía que podía, por unas horas, dejar de sostener sola el peso entero del mundo.

—Llegas justo a tiempo —dijo ella, acercándose a besarle la mejilla mientras él seguía cargando a Kayla contra la cadera, como si la niña no pesara nada—. Estaba a punto de rendirme e improvisar algo con lo que quedaba en la nevera.

—Jamás permitiría semejante tragedia. —Aiden depositó a Kayla en el suelo con cuidado y le entregó la bolsa de papel—. Ve, ponla en la mesa, tesoro, antes de que se enfríe.

Kayla obedeció, correteando hacia la mesa del comedor con la bolsa aferrada contra el pecho como si transportara un tesoro, y por un instante los dos adultos se quedaron solos en la cocina, en ese silencio cómodo que solo existe entre personas que ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.

—¿Cómo estás? —preguntó Aiden, bajando la voz, con esa mirada directa que siempre había sido capaz de atravesar cualquier fachada que Nora intentara sostener frente al resto del mundo—. Y no me des la respuesta automática. Sabes a qué me refiero.

Nora suspiró, dejando caer los hombros apenas un centímetro, lo suficiente para que Aiden notara la diferencia.

—Cansada —admitió—. Hablé con Nathan anoche. Le pedí que se alejara.

—¿Y?

—Y no sé si sirvió de algo. —Se pasó una mano por el rostro, con ese gesto que Aiden reconocía de memoria, el mismo que Nora hacía desde adolescente cuando el peso de algo empezaba a resultarle insoportable—.

Kayla ya lo quiere, Aiden. Le pregunta por él todo el tiempo.

Y cada vez que lo veo, cada vez que le veo hablar con ella, siento que estoy viendo un fantasma caminar por mi propia vida sin saber que lo es.

Aiden se apoyó contra la encimera junto a ella, cruzando los brazos, con una expresión que combinaba la ternura de un hermano mayor con la seriedad de alguien que había visto demasiado de cerca el costo real de cada una de las decisiones que Nora había tomado en los últimos siete años.

—Sabes que puedo hablar con él, si quieres. Ponerle un poco de distancia de la manera antigua.

—No. —Nora negó con la cabeza, casi sonriendo a pesar de todo—. No necesito que amenaces a nadie por mí, Aiden. Ya no soy esa versión de mí misma que necesita que la protejan de cada sombra.

—Nunca lo has sido —respondió él, con una sinceridad que no dejaba espacio a la duda—. Eres la persona más fuerte que conozco. Pero incluso las personas fuertes tienen derecho a que alguien más cargue el peso de vez en cuando. Para eso estoy yo. Siempre lo he estado.

Nora apoyó la cabeza un momento sobre su hombro, un gesto breve, casi automático, la clase de intimidad que solo se construye después de años de haber compartido las peores noches de la vida del otro sin que ninguno de los dos tuviera que pedirlo.

Fue Aiden quien había conducido cinco horas seguidas la noche que ella decidió desaparecer.

Fue Aiden quien había sostenido a Kayla en la sala de neonatología mientras Nora todavía no podía ni siquiera levantarse de la cama.

Fue Aiden quien había firmado como familiar responsable en cada documento que ella no soportaba mirar.

No existía en el mundo entero una lealtad más limpia, más desprovista de cualquier otra intención, que la que él le ofrecía.

Fue justo en ese instante —con la cabeza de Nora apoyada en su hombro, con la mano de Aiden acariciándole el cabello en un gesto puramente fraternal, con Kayla riendo de fondo mientras desempaquetaba la cena— cuando Nathan llegó a la puerta.

Había ido sin avisar. Sabía que no debía; sabía que después de la conversación de la noche anterior lo más sensato era darle a Nora el espacio que le había pedido con tanta claridad.

Pero llevaba todo el día dándole vueltas a las palabras de ella — no otra vez —, incapaz de dejarlas ir, y al final había cedido al impulso de acercarse solo para dejar, en la puerta, el pequeño peluche que Kayla había olvidado en el parque la semana anterior.

Una excusa razonable. Inofensiva. O al menos así se lo había repetido durante todo el trayecto en coche.

La puerta del apartamento estaba entreabierta —Aiden nunca se molestaba en cerrarla del todo cuando sabía que solo estarían ellos— y a través de la rendija, Nathan vio la escena antes de que ninguno de los dos adentro notara su presencia.

Nora, con la cabeza apoyada en el hombro de un hombre que él no conocía.

Un hombre alto, de sonrisa fácil, con una mano descansando sobre el cabello de ella con una familiaridad que no dejaba lugar a la ambigüedad.

Y detrás de ellos, en la mesa, Kayla riendo, ajena por completo, mientras desenvolvía una caja de tacos con la misma alegría desbordada con la que corría a recibirlo a él cuando lo veía en el parque.

Algo se cerró dentro del pecho de Nathan con la fuerza silenciosa de una puerta al golpear el marco.

No tenía ningún derecho a sentir lo que sintió en ese instante —lo sabía, incluso mientras lo sentía, la parte racional de su cerebro se lo repetía con insistencia clínica: no es tu esposa, no es tu mujer, no tienes ningún reclamo legítimo sobre lo que decida hacer con su vida privada —, y sin embargo el golpe llegó de todos modos, sordo y profundo, instalándose en algún lugar del estómago que no respondía a la lógica ni a la razón.

No otra vez. Las palabras de la noche anterior regresaron con un significado completamente distinto ahora, uno mucho más simple y mucho más doloroso: quizás Nora no había estado hablando de un fantasma del pasado.

Quizás había estado hablando, sin más, de este hombre.

De un amor presente, cálido, correspondido, que Nathan, con su insistencia torpe y sus preguntas fuera de lugar, amenazaba con complicar.

No tenía manera de saber —no podía saberlo, no desde ese ángulo, no con esa información incompleta— que lo que estaba presenciando no era el gesto de dos amantes, sino el de dos supervivientes: primos criados casi como hermanos, unidos por una lealtad forjada en las peores noches de sus vidas, sin una sola gota de deseo romántico entre ellos.

No podía leer, en la forma en que Aiden le acariciaba el cabello a Nora, la misma ternura protectora con la que un hermano mayor consuela a una hermana menor después de una pesadilla.

Solo veía cercanía. Solo veía intimidad.

Solo veía, con la crudeza distorsionada de los celos, la confirmación de todo lo que había empezado a temer sin permitirse nombrarlo del todo.

Se quedó inmóvil frente a la puerta entreabierta, con el pequeño peluche todavía apretado en una mano, incapaz de decidir si tocar, si irse, si fingir que nunca había estado ahí. Y fue Kayla quien, al levantar la vista de la mesa, lo descubrió primero.

—¡Nathan! —gritó, con la misma alegría de siempre, corriendo hacia la puerta antes de que él pudiera reaccionar—. ¡Viniste! ¿Vas a quedarte a cenar tacos con nosotros?

Nora se separó de Aiden con un movimiento brusco al escuchar el nombre, girándose hacia la puerta con una expresión que pasó, en cuestión de un segundo, de la sorpresa a algo mucho más difícil de leer: una mezcla incómoda de vergüenza y algo parecido al miedo, como si la hubieran sorprendido en un lugar del que no quería que Nathan tuviera ni siquiera un vistazo.

—Nathan —dijo, dando un paso hacia la puerta, con la voz tensa—. No esperaba... ¿qué haces aquí?

—Nada —respondió él, y la palabra le salió más fría de lo que pretendía, cargada de un desapego defensivo que ni él mismo reconoció del todo en su propia voz—.

Solo venía a dejar esto. —Le extendió el peluche a Kayla, que lo tomó encantada, sin percibir en absoluto la tensión que flotaba, densa, entre los tres adultos—. Ya me iba.

Aiden, desde el fondo de la cocina, lo observaba con una curiosidad tranquila, sin la más mínima hostilidad, como quien examina una pieza de un rompecabezas sin urgencia por resolverlo esa misma noche. No dijo nada. No hizo falta.

—Nathan, espera —dijo Nora, dando otro paso hacia la puerta, pero él ya había retrocedido hacia el pasillo, con una sonrisa forzada dedicada a Kayla y una mirada fugaz, cargada de algo que ni siquiera él sabría nombrar del todo, dirigida a Aiden.

—Que disfruten la cena —dijo, y se marchó antes de que Nora pudiera añadir nada más, bajando las escaleras del edificio de dos en dos, con el corazón latiéndole de una forma que no tenía absolutamente nada que ver con el esfuerzo físico.

Detrás de él, a través de la puerta que había quedado abierta de par en par, la risa de Kayla seguía flotando en el aire, cálida y ajena por completo a la tormenta silenciosa que acababa de estallar, sin que ninguno de los tres adultos tuviera todavía la más remota idea de cuánto tiempo tardaría en disiparse.