Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Nathan Y Aiden

Encontró a Aiden un sábado por la mañana, sentado solo en un banco al borde del parque infantil, con un vaso de café humeante entre las manos y la mirada perdida en dirección al tobogán donde, apenas unos minutos antes, Kayla había estado jugando bajo la vigilancia de una vecina de confianza que Nora usaba, de vez en cuando, cuando ni ella ni Aiden podían estar presentes.

El lugar estaba casi vacío a esa hora, la mayoría de las familias todavía desayunando en casa, y el silencio relativo del parque —solo interrumpido por el crujido ocasional de las hojas y el canto disperso de algún pájaro madrugador— le pareció a Nathan el escenario más honesto posible para la conversación que llevaba días posponiendo.

No había planeado el encuentro. O al menos eso se decía a sí mismo mientras cruzaba el césped en dirección al banco, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta y el corazón latiéndole con una firmeza que desmentía cualquier pretensión de casualidad.

Había averiguado, a través de un comentario suelto de Kayla la última vez que la había visto, que Aiden solía llevarla al parque los sábados temprano, antes de que Nora terminara sus recados de la mañana.

No había sido difícil hacer las cuentas.

—Aiden.

El hombre levantó la vista, y algo en su expresión —una mezcla de sorpresa contenida y una especie de resignación cansada, como quien ha estado esperando esta conversación desde hace tiempo sin apurarse a provocarla— le indicó a Nathan que su presencia no era, en absoluto, una total novedad.

—Nathan. —Aiden señaló el espacio vacío junto a él en el banco, con un gesto que no era exactamente una invitación cálida, pero tampoco un rechazo—. Supongo que esto tenía que pasar tarde o temprano.

Nathan se sentó, aunque mantuvo una distancia deliberada, el cuerpo ligeramente girado hacia Aiden, en esa postura defensiva que los hombres adoptan casi por instinto cuando saben que una conversación está a punto de volverse incómoda.

—Necesito hablar contigo. Directamente. Sin rodeos.

—Adelante —dijo Aiden, dando un sorbo a su café, con una calma que a Nathan le pareció, al principio, casi provocadora—. Tienes toda mi atención.

—¿Qué eres tú de Nora?

La pregunta salió más brusca de lo que Nathan pretendía, cargada de un filo que no había logrado del todo pulir durante el trayecto hasta el parque.

Aiden lo miró un segundo, con las cejas ligeramente enarcadas, y por un instante Nathan pensó que había cometido un error, que la conversación se cerraría ahí mismo, en la primera pregunta, antes de llegar a ningún lado.

—Ella me dijo que soy su primo —respondió Aiden, con un tono cuidadosamente neutral—. ¿No te lo dijo también a ti?

—Sí. Me lo dijo. —Nathan se pasó una mano por el rostro, frustrado consigo mismo por la torpeza con la que estaba manejando algo que había ensayado, mentalmente, de una manera mucho más elegante—.

Perdón. No quise que sonara como una acusación.

Es solo que... llevo semanas viéndolos juntos, a ti y a Nora, y a Kayla, y hay algo en la forma en que se comportan los tres que no logro terminar de entender.

Una intimidad que va más allá de lo que un simple primo suele tener con su familia.

Aiden guardó silencio un momento, girando el vaso de café entre las manos, con la mirada fija en algún punto indefinido del césped frente a ellos.

—Somos más cercanos que la mayoría de los primos, es verdad —dijo finalmente—.

Crecimos casi como hermanos. Nuestras madres eran inseparables, y cuando la de Nora murió, la mía prácticamente la terminó de criar.

Así que sí, hay una intimidad ahí que probablemente no encaja en la definición estándar de "primos".

Pero si estás insinuando lo que creo que estás insinuando, Nathan, te equivocas por completo.

Y te lo digo con toda la calma del mundo, porque entiendo por qué lo piensas, aunque me resulte agotador tener que aclararlo.

—Entonces ayúdame a entender —dijo Nathan, con una honestidad que le costó pronunciar, dejando caer, por un momento, la coraza defensiva con la que había llegado al banco—.

Porque no soy celoso por naturaleza, Aiden.

Nunca lo he sido. Y sin embargo, contigo, con esto, siento algo que no logro controlar del todo, y eso me asusta más de lo que estoy dispuesto a admitir frente a casi nadie.

Algo en el rostro de Aiden se suavizó ante esa admisión.

Dejó el vaso de café sobre el respaldo del banco y se giró un poco más hacia Nathan, como si la honestidad —cruda, incómoda, poco habitual entre dos hombres que apenas se conocían— hubiera abierto una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada.

—Mira, Nathan. Voy a ser sincero contigo, aunque no sea exactamente mi lugar hacerlo.

—Aiden suspiró, con el peso de alguien que lleva mucho tiempo cargando un secreto ajeno y siente, de vez en cuando, la tentación de aligerar aunque sea un poco esa carga—.

No te voy a contar los detalles. No son míos para contar, y si Nora quisiera que los supieras, ya te los habría contado ella misma.

Pero puedo decirte esto: Nora ha pasado por cosas que tú ni siquiera imaginas.

Cosas que la rompieron de una manera de la que todavía se está recuperando, incluso años después.

Y cada decisión que toma, cada distancia que pone, cada vez que se aleja de alguien que empieza a acercarse demasiado a Kayla, no es capricho, ni desconfianza gratuita, ni ningún juego.

Es supervivencia. La suya y la de esa niña.

—¿Qué le pasó? —preguntó Nathan, con la voz baja, casi conteniendo el aliento, sintiendo que estaban, por fin, al borde de algo real.

Aiden negó con la cabeza, despacio, con una firmeza que no dejaba lugar a duda.

—No puedo decírtelo. Y aunque pudiera, no creo que sea con palabras mías como deberías escucharlo.

—Hizo una pausa, mirando de nuevo hacia el tobogán vacío, donde apenas una hora antes Kayla había estado riendo—.

Lo único que voy a decirte, Nathan, y te lo digo porque empiezo a creer que de verdad te importa, no solo por capricho ni por una obsesión pasajera: dale tiempo.

No la presiones. Cada vez que alguien ha presionado a Nora para que hable antes de estar lista, ha terminado alejándose todavía más.

Y esta vez, si se aleja, no estoy seguro de que regrese.

Nathan sintió el peso de esas palabras instalarse en su pecho con una gravedad que no había anticipado.

Se quedó callado un momento, procesando, tratando de encajar lo que Aiden acababa de decirle con el rompecabezas incompleto que llevaba semanas armando en su cabeza: el miedo desproporcionado de Nora ante la alergia de Kayla, la mochila que nunca se separaba de su hombro, el pánico en sus ojos cada vez que Nathan se acercaba demasiado a su hija, la melodía tarareada que la había hecho palidecer en el mercado nocturno, el sueño de la noche anterior en el que dos rostros se negaban a permanecer separados.

—¿Es peligroso? —preguntó, con una urgencia repentina, una posibilidad que no había considerado hasta ese instante—. Quiero decir, ¿hay alguien que las esté amenazando? ¿Es por eso que se esconde?

—No puedo decírtelo —repitió Aiden, aunque esta vez algo en su tono —una vacilación mínima, casi imperceptible, pero que Nathan, entrenado durante años para detectar la más mínima anomalía en un paciente, no dejó pasar por alto— sugería que la pregunta había tocado, sin que Nathan lo supiera del todo, un nervio mucho más sensible de lo que Aiden estaba dispuesto a admitir.

—Aiden.

—Nathan, de verdad, no puedo. —Aiden se levantó del banco, recogiendo el vaso de café vacío, con un gesto que indicaba, con claridad, que la conversación había llegado a su límite—.

Lo único que puedo pedirte es paciencia.

Sé que es difícil. Sé que las preguntas sin respuesta son agotadoras, sobre todo para alguien acostumbrado a resolver cada problema con datos y precisión, como imagino que eres tú en tu trabajo.

Pero esto no es un diagnóstico que puedas apurar con más pruebas.

Es una herida que solo Nora puede decidir cuándo mostrar.

Nathan se levantó también, mirando a Aiden con una mezcla de frustración y una gratitud inesperada, incómoda, que no sabía muy bien cómo procesar.

Había llegado a ese banco esperando encontrar un rival, alguien a quien poder culpar limpiamente de la distancia que Nora insistía en mantener.

Y en cambio se encontraba, ahora, frente a un hombre que claramente la quería con la lealtad feroz de un hermano, y que, a su manera cuidadosa y protectora, acababa de ofrecerle algo que Nathan no esperaba recibir: no respuestas, pero sí un poco de comprensión.

—Gracias por ser honesto conmigo —dijo Nathan, extendiendo la mano, y Aiden la estrechó sin ninguna vacilación, con un apretón firme que sellaba, silenciosamente, algo parecido al inicio de una tregua entre los dos.

—No hay de qué. —Aiden esbozó una media sonrisa, la primera desde que había comenzado la conversación—. Y Nathan... para lo que valga, si de verdad te importa tanto como parece, no te rindas. Solo dale el tiempo que necesita.

Nathan asintió, aunque por dentro la promesa de paciencia ya luchaba contra una marea mucho más urgente, mucho más insistente, que llevaba semanas creciendo sin que él lograra contenerla del todo.

Vio a Aiden alejarse hacia el estacionamiento, con el vaso de café vacío en la mano, y se quedó solo en el banco, con la mirada fija en el tobogán donde Kayla había reído esa misma mañana, dándole vueltas a una sola frase que Aiden había dejado caer sin querer, casi al desgaire, pero que ahora resonaba en su cabeza con la fuerza de una campana: "Sé que las preguntas sin respuesta son agotadoras. "

Porque había algo en la forma en que Aiden había pronunciado esas palabras —una fatiga demasiado específica, demasiado personal, como quien lleva años cargando el peso de una verdad ajena sin poder compartirla con nadie— que le confirmó a Nathan, con una certeza fría que le recorrió la espalda entera, que fuera lo que fuese que Nora estuviera escondiendo, no era un secreto pequeño.

Era algo capaz de romper a las personas que lo cargaban, incluso a distancia, incluso años después.

Y Nathan, sentado solo en ese banco vacío, con el sol de la mañana calentándole apenas los hombros, sintió, por primera vez con total claridad, el peso exacto de lo que todavía no sabía.