CAPÍTULO 9
El Encuentro Con Kayla
No había planeado detenerse.
Se había dicho, mientras conducía sin rumbo fijo esa tarde de sábado, que solo pasaría por la zona, que echaría un vistazo desde el coche y seguiría de largo, satisfecho con la simple confirmación de que el lugar existía, sin necesidad de bajarse ni de acercarse ni de hacer nada que pudiera calificarse, ante un tribunal imaginario compuesto por su propia conciencia, como una intromisión.
Pero en cuanto Nathan divisó el cartel azul desvaído a la entrada del parque — Parque Infantil Willowbrook , rezaba en letras descoloridas por el sol— y más allá, tras la verja baja de hierro forjado, la extensión de césped salpicada de columpios, toboganes de colores y un pequeño carrusel detenido, algo en él lo empujó a estacionar el coche y bajar, casi sin decidirlo del todo, como si sus propios pies hubieran llegado a un acuerdo con su corazón que su mente todavía no había ratificado.
Era una tarde luminosa, de esas que Houston regalaba generosamente entre el calor pegajoso del verano, con un sol suave que doraba el césped y una brisa apenas perceptible que hacía ondear las guirnaldas de luces navideñas —adelantadas, como ocurría siempre en los parques de la ciudad, ansiosos por capturar el espíritu festivo semanas antes de que la temporada llegara oficialmente— entrelazadas entre las ramas de los árboles que bordeaban el área de juegos.
Había pocas familias a esa hora: un par de niños mayores jugando al fútbol en el extremo más alejado del parque, una madre joven empujando un cochecito por el sendero de grava, y, cerca de los columpios, una niña pequeña que jugaba sola con una atención absorta, completamente ajena al mundo, concentrada en apilar piedritas de colores sobre el borde de cemento de un arenero.
Nathan la reconoció antes de que su mente terminara de procesar por qué la reconocía.
Era la niña del retrato en el marco de la cómoda, la misma que aparecía en brazos de Nora en aquella fotografía que él había visto de reojo, medio dormido todavía por el alcohol, la mañana en que había despertado en una cama que no era la suya.
Llevaba el pelo recogido en dos trenzas desiguales, como si se las hubiera hecho ella misma frente al espejo con una paciencia infantil que no alcanzaba del todo la perfección, y vestía un vestido amarillo brillante, del color exacto de las flores de girasol, que resaltaba entre el verde del césped como una pequeña llama encendida.
Se quedó de pie, a una distancia prudente, observándola con una mezcla de ternura y cautela que no supo bien cómo nombrar.
No tenía ninguna intención de acercarse; se lo repitió a sí mismo con firmeza, consciente de lo inapropiado que resultaría que un hombre adulto se aproximara a una niña sola en un parque, por más inocentes que fueran sus motivos.
Pero fue la propia niña quien resolvió el dilema por él, levantando la vista de su torre de piedritas con la curiosidad instantánea y sin filtros de quien todavía no ha aprendido a desconfiar del mundo.
—¿Te gustan las piedras? —preguntó, sin ningún preámbulo, con una voz aguda y clara que llevaba la confianza absoluta de los niños que no han sido enseñados todavía a temer a los desconocidos.
Nathan dudó un instante, mirando a su alrededor en busca de algún adulto que pudiera reprenderlo por hablar con la niña, y al no encontrar a nadie cerca, se permitió una sonrisa pequeña, genuina, la primera quizás en varios días que no le costó ningún esfuerzo fabricar.
—Depende de la piedra —respondió, acercándose unos pasos, aunque sin invadir del todo el espacio del arenero—. ¿Cuál es tu favorita?
—Esta. —La niña levantó, con una solemnidad absoluta, una piedrita gris con una veta blanca que la atravesaba de lado a lado—. Se parece a un rayo. Mamá dice que las cosas que se parecen a otras cosas son mágicas.
—Tu mamá tiene razón. —Nathan se agachó junto al borde del arenero, con cuidado de no arrugar demasiado el pantalón, y examinó la piedra con la misma seriedad clínica que dedicaba a cualquier hallazgo relevante—. Es un rayo perfecto. Deberías guardarla en algún lugar especial.
—La guardo en mi caja de tesoros. —La niña ya había vuelto a concentrarse en su torre, añadiendo la piedra del rayo con delicadeza a la cima, sin ningún reparo en seguir hablando con aquel desconocido que se había arrodillado a su lado como si fuera lo más natural del mundo—.
Tengo muchos tesoros. Una pluma azul, un botón dorado, y una concha que me regaló mi tío Aiden cuando fuimos a la playa.
—Suena como una colección impresionante.
—¿Cómo te llamas? —La niña levantó de nuevo la vista, esta vez con una curiosidad más directa, estudiándolo con unos ojos oscuros que a Nathan, por alguna razón que no logró identificar del todo, le resultaron extrañamente familiares, aunque los atribuyó, sin darle más vueltas, al parecido evidente con su madre.
—Nathan.
—Yo soy Kayla. —Se lo dijo con la misma solemnidad con que le había mostrado la piedra, como si presentarse fuera un asunto de importancia considerable—. Tengo seis años. ¿Tú cuántos tienes?
—Muchos más que seis. —Nathan sonrió de nuevo, sorprendido de lo fácil que resultaba, con aquella niña, dejar caer las capas de formalidad que llevaba puestas casi permanentemente, como si Kayla tuviera la habilidad natural de desarmar defensas que a los adultos les llevaba años levantar y a ella le bastaba una pregunta sencilla para atravesar por completo.
—¿Eres doctor? —preguntó de pronto Kayla, señalando algo en él que Nathan no supo identificar de inmediato, hasta que ella misma aclaró—: Hueles como el hospital. Como cuando fui a hacerme el chequeo del corazón.
Algo en el pecho de Nathan se tensó ante esa frase, una alarma sutil, profesional, que se activaba siempre que un niño mencionaba, con esa naturalidad desarmante propia de la infancia, algo relacionado con su corazón.
Pero antes de que pudiera indagar más, antes incluso de que pudiera formular la siguiente pregunta con el cuidado necesario para no asustarla, una voz llegó desde el sendero de grava, cortando el aire con una urgencia que Nathan reconoció de inmediato.
—¡Kayla!
Nora corría hacia ellos con una velocidad que desmentía por completo la compostura fría y calculada que Nathan le había conocido hasta entonces.
Llevaba una bolsa de la compra colgada de un brazo, olvidada a medio camino, y el rostro descompuesto en una expresión que atravesó, en cuestión de segundos, todo un espectro de emociones que Nathan pudo leer con la misma claridad con que leía un monitor cardíaco: primero el terror puro, animal, de una madre que ve a su hija hablando con un desconocido; después, al reconocer a Nathan, un alivio instantáneo que le aflojó los hombros durante apenas medio segundo; y finalmente, superpuesto a ambas cosas, algo mucho más complicado, algo que Nathan no supo nombrar del todo pero que reconoció, con una certeza incómoda, porque él mismo lo sentía cada vez que la miraba: una especie de anhelo desesperado, involuntario, que ella parecía luchar por sofocar en el mismo instante en que aparecía.
—Está bien, mamá —dijo Kayla, ajena por completo a la tormenta que acababa de cruzar el rostro de su madre, levantando orgullosa su torre de piedritas—. Nathan me estaba ayudando a encontrar tesoros.
Nora se detuvo a un par de metros, la bolsa de la compra todavía colgando olvidada de su brazo, la respiración entrecortada por la carrera, y sus ojos, fijos en Nathan, contenían una pregunta muda que no necesitaba palabras: ¿Qué está haciendo aquí?
¿Cómo me encontró? Nathan se puso de pie despacio, con las manos abiertas en un gesto casi instintivo de rendición, consciente de que cualquier explicación que ofreciera sonaría, en aquel momento, tan poco convincente como todas las anteriores.
—Fue una casualidad —dijo, y por primera vez desde que había empezado aquella búsqueda errática de fragmentos y migas de pan, sintió el peso genuino de la vergüenza, porque sabía, con una honestidad que rara vez se permitía, que la casualidad había sido bastante menos casual de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta—.
Salí a caminar. La vi jugando sola y no pude evitar acercarme a hablar con ella.
Nora no respondió de inmediato. Su mirada se desplazó de Nathan a Kayla y de vuelta a Nathan, como si estuviera calculando, con la misma precisión con que calculaba cada palabra que pronunciaba, exactamente cuánto peligro representaba aquel encuentro fortuito.
Kayla, ignorante por completo de la tensión que flotaba sobre su cabeza, se levantó de un salto y corrió hacia su madre, abrazándole las piernas con la confianza absoluta de una niña que no ha aprendido todavía a temer nada del mundo.
—Nathan sabe de piedras mágicas, mamá. Y también es doctor, como el que me revisa el corazón.
El comentario, inocente en labios de Kayla, cayó sobre Nora como un golpe físico.
Nathan lo notó en la manera en que su mano, posada sobre el hombro de su hija, se tensó apenas, los dedos apretándose un instante de más antes de aflojarse de nuevo.
Nora bajó la vista hacia Kayla, le acomodó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja con una ternura que contrastaba dolorosamente con la rigidez del resto de su cuerpo, y cuando volvió a levantar los ojos hacia Nathan, su expresión se había cerrado de nuevo, aunque no del todo: quedaba, bajo la cautela, un resto visible de aquello que Nathan había visto un instante antes, esa mezcla imposible de miedo y anhelo que parecía definir cada gesto que Nora le dedicaba.
—Deberíamos irnos, cariño —dijo Nora, con una voz que intentaba sonar ligera y no del todo lo conseguía—. Se está haciendo tarde.
—¿Podemos volver mañana? —preguntó Kayla, ya tirando de la mano de su madre hacia el sendero de grava, sin soltar del todo su torre de piedritas, que llevaba apretada contra el pecho con el mismo cuidado con que se sostiene un tesoro—. Quiero enseñarle a Nathan mi concha de la playa.
Nora no respondió a la pregunta. Se limitó a lanzar a Nathan una última mirada, breve, cargada de tantas cosas que no llegó a decir en voz alta que a él le pareció, durante el resto de la tarde, que aquella mirada silenciosa había dicho más que cualquier conversación que hubieran mantenido hasta entonces.
Después se dio la vuelta y se alejó con Kayla de la mano, dejando a Nathan de pie junto al arenero, con el eco de aquella mirada todavía grabado en el pecho, y una certeza que ya no podía seguir ignorando ni atribuyendo a la casualidad, al alcohol, o al duelo mal digerido de siete años.
Algo en aquella mujer y aquella niña estaba profundamente, irremediablemente entrelazado con la vida que él había perdido.
Y por primera vez desde la noche de la reunión, Nathan comprendió que ya no había vuelta atrás: fuera lo que fuera lo que estaba a punto de descubrir, no había manera de dejarlo enterrado de nuevo.