CAPÍTULO 10
La Niña Y El Tazón
La primera vez, Nathan se dijo que había sido coincidencia.
La segunda vez ya no pudo mentirse con la misma facilidad, pero encontró, de todos modos, una excusa razonable: el parque quedaba de camino a una farmacia donde a veces recogía muestras médicas para un colega, y no había nada de extraño en que sus horarios coincidieran con los de una familia que, como cualquier otra, tenía sus propias rutinas.
Para la tercera vez, sin embargo, incluso Nathan —que llevaba toda una vida siendo experto en construir explicaciones razonables para comportamientos que no lo eran— tuvo que admitir, al menos ante sí mismo, que ya no existía ninguna coincidencia capaz de sostener el peso de tantas visitas.
Aquella tercera tarde llegó con una bolsa de papel bajo el brazo, dentro de la cual llevaba un tazón de cerámica pintado a mano, comprado esa misma mañana en una pequeña tienda de artesanías cerca de su apartamento, decorado con un motivo de estrellas doradas sobre un fondo azul oscuro.
No tenía ninguna razón lógica para comprarlo.
Lo había visto en el escaparate, había pensado, sin poder evitarlo, en Kayla, y veinte minutos después había salido de la tienda con el tazón envuelto cuidadosamente en papel de seda, sintiéndose, durante todo el trayecto de vuelta, como un hombre que ha perdido por completo el control sobre sus propias decisiones.
Kayla lo recibió con el entusiasmo desbordado que Nathan ya empezaba a reconocer como su estado natural, corriendo hacia él desde el arenero con las trenzas deshaciéndose a cada paso.
—¡Nathan! Mira, hoy traje mi caja de tesoros completa. —Le mostró una lata de galletas metálica, decorada con motivos navideños desteñidos por el uso, que sostenía contra el pecho con ambos brazos—. Le pedí permiso a mamá para traerla.
—¿Y qué dijo tu mamá?
—Que tuviera mucho cuidado. —Kayla puso los ojos en blanco con una exasperación tan exagerada y tan propia de una niña de seis años que Nathan tuvo que contener una carcajada—. Mamá siempre dice eso. Con todo.
Se sentaron juntos en el borde de cemento del arenero, y Kayla fue extrayendo, uno por uno, los objetos de su lata: la piedra con forma de rayo, la pluma azul, el botón dorado, la concha de playa que le había regalado su tío Aiden.
Nathan escuchó, con una atención que no fingía en absoluto, la historia detrás de cada objeto —contada con las digresiones y los saltos temporales característicos de la narrativa infantil, donde un recuerdo de la playa se entremezclaba sin transición con una anécdota sobre un perro del vecindario— y cuando finalmente sacó el tazón de la bolsa de papel y se lo entregó, el rostro de Kayla se iluminó con una alegría tan pura, tan desprovista de cualquier cálculo, que a Nathan se le apretó el pecho de un modo que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
—Es precioso —susurró Kayla, sosteniendo el tazón con ambas manos, girándolo despacio para que las estrellas doradas atraparan la luz de la tarde—. ¿Es para mis tesoros?
—Es para lo que tú quieras que sea.
—Va a ser para mis tesoros. —Lo declaró con la misma solemnidad definitiva con que anunciaba cualquier decisión importante, y procedió a trasladar, con una concentración absoluta, cada uno de sus objetos desde la lata metálica hasta el interior del tazón nuevo, acomodándolos con un cuidado casi ceremonial, como si estuviera oficiando un pequeño ritual cuya importancia solo ella comprendía del todo.
A cierta distancia, junto a la entrada del parque, Nora observaba la escena sin acercarse.
Llevaba ya varios minutos así, con la bolsa de la compra olvidada a sus pies y los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, como si aquel gesto pudiera contener físicamente algo que amenazaba con desbordarse.
Desde donde estaba podía ver perfectamente el rostro de su hija, iluminado por una felicidad tan simple y tan completa que a Nora se le hizo un nudo de contradicciones en la garganta: la alegría genuina de verla así, despreocupada, riendo con un adulto que la trataba con una paciencia y un interés genuinos; y, entretejido con esa alegría, un terror que no terminaba nunca de aflojar del todo su presión sobre el pecho.
Había intentado, las primeras veces, poner fin a aquellos encuentros.
Había llegado al parque decidida a decirle a Nathan, con toda la firmeza de la que era capaz, que dejara de aparecer, que su presencia constante no era casual ni inocente ni sostenible, que estaba jugando con fuego sin saber siquiera cuántas cosas podía incendiar.
Pero cada vez que se acercaba lo suficiente para pronunciar esas palabras, algo la detenía: el sonido de la risa de Kayla, genuina y sin reservas, o la manera en que Nathan se agachaba a la altura de su hija para escucharla con toda su atención, sin la condescendencia impaciente que Nora había visto en tantos otros adultos que trataban a los niños como una obligación social más que como personas dignas de ser escuchadas de verdad.
No podía negarle a su hija esa alegría. Ese era el problema central, la grieta por la que se filtraba todo su miedo: Kayla había crecido en un mundo cuidadosamente reducido, protegido, casi hermético, diseñado por Nora con una intención clara desde el primer día —mantenerla a salvo, mantenerla invisible, mantenerla lejos de cualquier atención que pudiera, algún día, llegar a los oídos equivocados— y en ese mundo pequeño y seguro, Kayla rara vez había tenido la oportunidad de vincularse con una figura paterna, ni con nadie, en realidad, que no fuera ella misma o Aiden.
Ver a su hija reír así, con una confianza tan instintiva, era como presenciar el florecimiento de algo que Nora, sin saberlo del todo, había estado privando a su hija sin querer.
Y sin embargo.
Cada vez que Nathan se agachaba junto a Kayla, cada vez que su rostro reflejaba esa mezcla de ternura y fascinación que a Nora le resultaba dolorosamente reconocible —porque era exactamente la misma expresión que Nathan solía tener siete años atrás, cuando hablaban de un futuro que en aquel entonces todavía parecía posible—, Nora sentía que el suelo bajo sus pies se volvía un poco más inestable, un poco más cercano al borde de un precipicio del que no habría manera de dar marcha atrás.
Se quedó allí, inmóvil, durante casi media hora, incapaz de acercarse y al mismo tiempo incapaz de llevarse a Kayla e interrumpir aquella felicidad tan pura.
Solo cuando el sol empezó a inclinarse hacia el horizonte, tiñendo el parque de un naranja profundo que anunciaba el fin de la tarde, se obligó a caminar hacia ellos, recogiendo la bolsa de la compra del suelo con manos que no habían dejado de temblar levemente desde que había llegado.
—Kayla, cariño, hora de irnos.
—Mamá, mira lo que me regaló Nathan. —Kayla corrió hacia ella con el tazón sostenido en alto, las estrellas doradas destellando bajo la luz del atardecer—. ¿No es hermoso?
Nora tomó el tazón entre las manos con un cuidado que no tenía nada que ver con la fragilidad de la cerámica, y todo que ver con la fragilidad de algo mucho más difícil de nombrar.
Lo giró despacio, y por un instante, su expresión se transformó en algo que Nathan, observando desde donde seguía sentado en el borde del arenero, no supo interpretar del todo: no fue solo la ansiedad habitual, ni la vigilancia constante, sino algo más parecido al reconocimiento, casi al reconocimiento físico de un objeto ya conocido, como si aquellas estrellas doradas sobre fondo azul le recordaran algo que ella también llevaba enterrado desde hacía mucho tiempo.
—Es muy bonito —dijo finalmente, con una voz que sonó extrañamente ronca, y le devolvió el tazón a Kayla con un gesto rápido, casi brusco, como si sostenerlo un segundo más fuera a costarle algo que no estaba dispuesta a pagar—. Dale las gracias a Nathan, y vámonos. Se hace tarde.
—Gracias, Nathan. —Kayla lo abrazó con la naturalidad desprevenida de los niños, un abrazo breve pero completo, que a Nathan le llegó al pecho con una fuerza que no esperaba, y después corrió hacia el sendero de grava, con el tazón apretado contra su cuerpo y la lata de galletas ahora vacía colgando de su otra mano.
Nora se quedó un instante más, mirando a Nathan con una expresión que oscilaba, otra vez, entre la advertencia y algo mucho más suave que ella misma parecía no querer reconocer.
—Nathan, esto tiene que parar. —Su voz sonó cansada, más que enfadada, la voz de alguien que ha repetido la misma advertencia demasiadas veces sin resultado—. No puedes seguir apareciendo así. No es justo para ella, y no es justo para mí.
—Lo sé. —Y era verdad; Nathan lo sabía, con la misma certeza clínica con que sabía reconocer un límite peligroso.
Pero también sabía, con una honestidad que rara vez se permitía frente a ella, que no tenía ninguna intención real de detenerse—.
Lo siento, Nora. De verdad. Pero no puedo explicarte por qué sigo viniendo, porque ni yo mismo lo entiendo del todo.
Ella lo miró un largo instante, con esa mezcla imposible de miedo y algo más que Nathan ya había aprendido a reconocer en su rostro, y después, sin decir nada más, se dio la vuelta y siguió a su hija por el sendero de grava, dejando a Nathan de nuevo solo en el parque que empezaba a vaciarse con la caída de la tarde.
Fue solo cuando ya se alejaba, con Kayla corriendo unos pasos por delante, cuando Nathan la escuchó —apenas un susurro llevado por el viento, dirigido más a sí misma que a nadie más— pronunciar unas palabras que no debían haber estado destinadas a sus oídos, pero que llegaron de todos modos, claras, imposibles de ignorar:
—No otra vez. No voy a perder otra cosa que ame.