CAPÍTULO 8
Migas De Pan
Se dijo, la primera noche, que solo haría una llamada.
Una sola, a un antiguo compañero de residencia que ahora trabajaba en el mismo hospital donde Nora había mencionado, de pasada, haber colaborado antes en un proyecto de remodelación.
Una pregunta discreta, casi de compromiso, sobre si conocía a alguna diseñadora llamada Bellamy.
Nada más. Nathan se lo prometió a sí mismo con la misma convicción con que un fumador se promete el último cigarrillo, sentado en el sofá de cuero gris de su salón, con el teléfono en la mano y la ciudad oscureciéndose al otro lado de los ventanales, y esa misma noche descubrió, con una mezcla incómoda de alivio y vergüenza, que una llamada nunca era suficiente.
—¿Nora Bellamy? Claro, la conozco de nombre.
Hizo la sala de espera de oncología pediátrica hace un par de años, ¿no?
Un trabajo precioso, la verdad. —La voz de su antiguo compañero sonaba distraída, ocupada en algo más, la clase de conversación que la gente sostiene sin prestarle verdadera atención—.
No la conozco personalmente. ¿Por qué preguntas?
—Curiosidad —había respondido Nathan, con la ligereza practicada de quien lleva media vida ocultando lo que de verdad le importa detrás de un tono casual—. Estamos evaluando contratarla para el ala pediátrica. Quería saber si tenía buenas referencias.
La mentira le salió con una fluidez que, más tarde, tumbado en la cama sin poder dormir, le resultaría profundamente inquietante.
Nunca había sido un hombre dado al engaño; toda su vida se había construido sobre la precisión y la verdad clínica, el tipo de honestidad brutal que exige la medicina cuando hay que decirle a una familia que las cosas no van bien.
Y sin embargo ahí estaba, tejiendo una excusa tras otra, llamando a gente con la que apenas hablaba desde hacía años, todo por el simple placer —si es que aquello podía llamarse placer— de recoger un fragmento más de la vida de una mujer que apenas conocía.
La segunda llamada fue a una antigua compañera de la facultad de medicina que ahora trabajaba en administración hospitalaria, y que resultó conocer un poco mejor a Nora, lo suficiente para ofrecerle a Nathan un dato que no esperaba.
—Es reservada —dijo la mujer, con esa clase de comentario que se hace sin mala intención, solo como una observación pasajera—.
Muy buena en su trabajo, pero nunca habla de su vida privada.
Ni siquiera sé bien de dónde es originalmente.
Alguien me dijo una vez que se mudó a Houston hace unos siete años, pero podría estar equivocada.
Siete años.
Nathan colgó el teléfono con una lentitud deliberada, como si el gesto pudiera darle tiempo para procesar el peso de esa cifra antes de que terminara de asentarse.
Se quedó sentado en la penumbra del salón, con la única luz encendida la de la lámpara de pie junto al sofá, y sintió que el pulso se le aceleraba de un modo que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico y todo que ver con esa sensación, cada vez más familiar, de estar acercándose a un borde que no sabía si debía cruzar.
Siete años era el tiempo exacto que llevaba Mireille muerta. O eso era lo que él había creído, con la certeza absoluta con que se cree en aquello que resulta demasiado doloroso cuestionar, durante siete años completos.
Se levantó, se sirvió un vaso de agua que no bebió, y caminó hasta el ventanal con el vaso frío entre las manos, mirando sin ver las luces de la ciudad.
Una parte de él —la parte entrenada, racional, la misma que le permitía mantener el pulso firme mientras sostenía un corazón humano entre los dedos— le advertía que aquello no era una investigación razonable.
Que un hombre adulto, un cirujano respetado, no debería estar llamando a conocidos lejanos para reconstruir, fragmento a fragmento, la vida privada de una mujer que apenas conocía, solo porque algo en la manera en que sostenía una taza, o en la palabra amarillo , le había recordado a alguien que llevaba enterrado, metafórica y literalmente, siete años.
Pero otra parte de él, más honda, la que llevaba todo ese tiempo funcionando en piloto automático, sobreviviendo más que viviendo, se negaba a soltar el hilo.
Porque si existía —aunque fuera la posibilidad más remota, más absurda, más estadísticamente improbable de todas las posibilidades que un hombre de ciencia debería siquiera considerar— la más mínima oportunidad de que Mireille no hubiera muerto realmente, ¿cómo iba a perdonarse a sí mismo no haberlo investigado hasta el final?
Esa era la pregunta que Nathan se repetía, noche tras noche, mientras marcaba un número más, mientras escuchaba a un tercer conocido —esta vez un antiguo profesor de la facultad que había coincidido con Nora en un comité de beneficencia— describir a una mujer cautelosa, inteligente, entregada por completo a su hija, que rara vez aceptaba invitaciones sociales y que, según recordaba vagamente el profesor, había mencionado una vez, de pasada, haber vivido antes en otra ciudad, aunque nunca decía cuál.
Los fragmentos no formaban todavía una imagen completa.
Eran justamente eso: fragmentos, migas de pan esparcidas por un camino que Nathan no estaba seguro de que llevara a ninguna parte, o que quizás llevaba exactamente a donde él, en el fondo, más temía y más deseaba llegar.
Una mujer reservada. Una llegada a Houston hace siete años.
Una hija a la que protegía con una intensidad que bordeaba el pánico.
Un gesto al sostener una taza. Una palabra — amarillo — cargada de un peso que ella misma parecía no poder controlar del todo.
Nada de aquello, por separado, significaba nada.
Nathan lo sabía, con la misma claridad clínica con que sabía que un solo síntoma aislado rara vez confirmaba un diagnóstico.
Pero juntos, superpuestos unos sobre otros como capas de una misma radiografía, empezaban a dibujar una silueta que él no se atrevía todavía a nombrar en voz alta, ni siquiera estando completamente solo en su propio salón.
Fue pasada la medianoche, con el vaso de agua todavía intacto sobre la mesa de centro y el cansancio empezando por fin a pesarle en los párpados, cuando Nathan se permitió, por primera vez desde que había empezado aquella búsqueda errática, hacerse la pregunta que de verdad importaba: ¿qué estaba haciendo?
No era Mireille. Se lo repitió con la misma firmeza con la que un médico repite un diagnóstico difícil a un paciente que se niega a aceptarlo.
Mireille había muerto siete años atrás, en un accidente cuyos detalles Nathan nunca había tenido el valor de investigar del todo, porque investigarlos habría significado aceptar que era verdad, y durante mucho tiempo aceptarlo había sido más de lo que podía soportar.
Nora era una mujer distinta, con una hija propia, con una vida propia, con todo el derecho del mundo a que un desconocido no anduviera desenterrando su pasado a través de llamadas telefónicas disfrazadas de cortesía profesional.
Y sin embargo.
Se pasó las manos por el rostro, sintiendo el peso de sus propios ojos cansados bajo las palmas, y por un instante brevísimo, aterrador, se preguntó si aquello no sería, después de todo, exactamente lo que su familia siempre había temido de él: que el duelo no resuelto por Mireille terminara convirtiéndose, con el tiempo suficiente y la soledad suficiente, en algo menos noble que la devoción.
Que la línea entre añorar a alguien y perseguir su fantasma en el rostro de otra mujer se hubiera vuelto, sin que él lo notara, peligrosamente delgada.
La idea lo inquietó lo suficiente como para levantarse del sofá, apagar la lámpara, y prometerse, con una convicción que sospechaba no iba a durar más de un par de días, que dejaría de llamar a la gente.
Que si existía alguna verdad detrás de todo aquello, la encontraría de un modo más honesto, más directo, no a través de migas de pan recogidas a espaldas de una mujer que ya le había dejado claro, en más de una ocasión, que no quería que él se acercara.
Fue ya en la cama, con la habitación a oscuras y el sueño empezando a ganarle la partida, cuando recordó algo que el profesor del comité de beneficencia había mencionado casi al pasar, sin darle ninguna importancia: que Nora llevaba a su hija, casi todas las tardes después de la escuela, a un parque infantil cercano a su apartamento, uno pequeño, con un cartel azul desvaído en la entrada, donde madre e hija pasaban un par de horas antes de volver a casa.
Nathan abrió los ojos en la oscuridad.
No había sido su intención preguntar por eso.
Ni siquiera recordaba haber formulado la pregunta que había desencadenado esa respuesta.
Y sin embargo ahí estaba ahora, grabado en su memoria con una nitidez que no dejaba lugar a dudas, el nombre vago de un parque que no debería importarle en absoluto, y una certeza incómoda, casi vergonzosa, de que al día siguiente, sin que ninguna parte razonable de sí mismo lograra impedírselo, encontraría una excusa para pasar por ahí.