CAPÍTULO 7
La Renuncia
La carta llevaba tres días escrita.
Nora la había redactado un martes por la noche, después de acostar a Kayla, sentada a la mesa de la cocina con una taza de té que se le enfrió sin que llegara a tocarla, y desde entonces la había llevado doblada en el bolsillo interior de su bolso, sacándola cada mañana para releerla y volviéndola a guardar sin decidirse a entregarla.
No era una carta larga. Ni siquiera era una carta especialmente elaborada: tres párrafos escuetos, agradecimientos genéricos, una fecha de salida fijada para dos semanas después, la clase de documento que cualquier empleado redacta cientos de veces a lo largo de una carrera sin que le cueste ni la mitad de lo que a ella le había costado ese.
La sostuvo entre los dedos ahora, de pie frente a la puerta cerrada del despacho de Priya, su jefa directa, y sintió que el pulso le latía en la garganta con una fuerza que no correspondía a un simple trámite administrativo.
Llamó dos veces con los nudillos, y cuando la voz de Priya la invitó a pasar, entró con una sonrisa que había practicado esa misma mañana frente al espejo del baño, hasta conseguir que pareciera casi natural.
—Nora. —Priya levantó la vista de la pantalla, sorprendida de verla ahí sin cita previa—. Justo iba a escribirte sobre la propuesta del hospital. El doctor Reyes preguntó específicamente si tú llevarías el proyecto en persona.
El nombre cayó sobre Nora como una piedra fría en el estómago, aunque procuró que ninguna parte de su rostro lo delatara.
—De eso quería hablarte, en parte. —Extendió el sobre sobre el escritorio, con una calma que le costó cada gramo de voluntad que le quedaba—. Renuncio, Priya. Lo siento mucho, sé que llega en mal momento con el proyecto del hospital, pero necesito irme.
El silencio que siguió se extendió lo suficiente como para que Nora contara, mentalmente, los segundos: uno, dos, tres, el tiempo exacto que Priya necesitó para procesar que aquello no era una broma ni un malentendido.
—¿Irte de la empresa, o irte de la ciudad? —preguntó Priya finalmente, con una perspicacia que a Nora, en cualquier otro momento, le habría parecido admirable, y que ahora solo la hizo sentir más expuesta de lo que ya se sentía.
—Las dos cosas.
—Nora. —Priya se recostó en su silla, cruzando los brazos, con una expresión que oscilaba entre la preocupación genuina y la incredulidad profesional—. Eres la mejor diseñadora que tengo. Acabas de conseguir el proyecto del hospital, prácticamente solo con tu nombre. ¿Qué está pasando?
—Es algo personal. —Nora mantuvo la voz firme, aunque notó cómo las manos, escondidas tras la espalda, habían empezado a temblarle—. Kayla necesita un cambio. Yo necesito un cambio. No hay ningún drama detrás de esto, solo... es momento de irnos.
No era del todo mentira, y tampoco era, ni de lejos, toda la verdad.
Priya la observó un largo instante, con esa mirada de quien sabe que no va a obtener una respuesta completa por más que insista, y finalmente asintió, despacio, aceptando la carta con un gesto que llevaba más resignación que conformidad.
—Voy a extrañar trabajar contigo —dijo, y algo en su voz sonó sincero—. Si alguna vez necesitas una referencia, o simplemente hablar, ya sabes dónde encontrarme.
Nora le agradeció con una sonrisa que apenas logró sostener hasta que cerró la puerta del despacho detrás de ella, y solo entonces, ya en el pasillo, permitió que sus hombros se hundieran un centímetro bajo el peso que llevaba cargando en secreto desde hacía días.
Cruzó el estudio de diseño entre las miradas curiosas de algunos compañeros que ya habían empezado a intuir, por el rumor que corre siempre más rápido que cualquier anuncio oficial, que algo fuera de lo común estaba ocurriendo.
Nadie la detuvo. Nadie le hizo la pregunta que de verdad importaba, porque nadie, en ese estudio luminoso de techos altos y maquetas en miniatura, sabía lo suficiente sobre la vida de Nora Bellamy como para saber qué pregunta era la correcta.
Solo cuando llegó al ascensor, sola por fin, con las puertas metálicas cerrándose frente a ella y reflejando una versión borrosa de su propio rostro, se permitió respirar de verdad, una inhalación larga y temblorosa que le supo a alivio y a terror en la misma proporción exacta.
El trayecto de vuelta a casa lo hizo en piloto automático, sin registrar realmente ni las calles ni el tráfico ni el calor húmedo de la tarde de Houston filtrándose por la ventanilla del coche entreabierta.
Su mente, en cambio, no dejaba de repetir la misma escena, una y otra vez, como una grieta que se ensancha cada vez que uno insiste en tocarla: Nathan, sentado frente a ella en la sala de reuniones acristalada, con esa mirada suya que parecía capaz de ver a través de cualquier explicación cuidadosamente construida, preguntándole por Kayla con una ligereza que no engañaba a nadie, y mucho menos a ella.
Vi sus juguetes en su sala. Parece tener buen gusto para los colores.
Había estado a punto de decírselo todo. Ese era el verdadero terror, el que la había mantenido despierta las tres noches anteriores, mirando el techo de su dormitorio mientras Kayla dormía al otro lado del pasillo: no que Nathan sospechara algo, sino que ella misma, sentada frente a él, con la palabra amarillo todavía formándose en sus labios, había sentido el impulso irracional, aterrador, de dejar que la verdad se derramara sin control, de soltar siete años de silencio solo por la manera en que él la miraba, como si de verdad quisiera entenderla y no solo catalogarla.
No podía permitírselo. Llevaba demasiado tiempo construyendo aquella vida —modesta, cuidadosa, invisible— como para dejar que un par de tardes con Nathan Reyes la desmoronaran en cuestión de días.
Llegó al apartamento antes de que la niñera trajera a Kayla de la escuela, y aprovechó la hora de soledad que le quedaba para sacar del armario del pasillo dos maletas grandes que llevaban años guardadas, cubiertas de una fina capa de polvo que le hizo toser al abrirlas sobre la cama.
Empezó por la ropa de Kayla, doblando cada prenda con un cuidado casi ritual, como si el propio acto de doblar pudiera devolverle algo del control que sentía escapársele entre los dedos.
Un vestido pequeño estampado con flores amarillas.
Un abrigo de invierno todavía con la etiqueta puesta.
El peluche con la oreja descosida que Kayla insistía en llevar a todas partes, y que Nora tuvo que dejar fuera de la maleta, apartado sobre la cama, porque sabía que su hija no soportaría dormir esa noche sin él.
Fue al abrir el último cajón de la cómoda cuando sus manos se detuvieron.
Al fondo, envuelta en un pañuelo de seda que había pertenecido a su madre, guardaba una cajita diminuta que no abría casi nunca.
La sacó ahora, casi sin decidirlo conscientemente, y desenvolvió el pañuelo con dedos que temblaban mucho más de lo que le habría gustado admitir.
Dentro, sobre un fondo de terciopelo azul desgastado, había una pulsera de bebé diminuta, de esas que los hospitales colocan al nacer, con un nombre bordado en hilo azul pálido que Nora no había vuelto a pronunciar en voz alta desde hacía siete años.
La sostuvo entre los dedos un largo instante, sintiendo el peso mínimo, casi inexistente, del objeto más pesado que poseía.
No lloró. Hacía mucho tiempo que Nora había aprendido a contener las lágrimas hasta que estuviera completamente sola, con la puerta cerrada, y aquel no era todavía el momento —Kayla llegaría en menos de una hora, y Kayla nunca debía verla así, nunca debía preguntarse por qué su madre a veces se quedaba mirando el vacío con los ojos brillantes—.
Pero permitió que el dolor la atravesara entera, un instante completo de duelo silencioso, antes de envolver de nuevo la pulsera en el pañuelo y devolverla al fondo del cajón, bajo una pila de suéteres que sí guardaría en la maleta.
Cerró el cajón. Se limpió el rostro con el dorso de la mano, aunque no había lágrimas que limpiar, solo la tensión acumulada de sostener, un segundo más, el peso entero de una vida construida sobre un secreto que se negaba a quedarse enterrado.
Fue entonces cuando escuchó el timbre del apartamento, agudo e inesperado, cortando el silencio de la tarde con la brusquedad de algo que no debía estar ahí.
Nora se quedó paralizada junto a la cama, con la maleta a medio llenar frente a ella, la vista fija en la puerta cerrada del dormitorio, mientras un solo pensamiento, frío y absoluto, le atravesaba el pecho: la niñera tenía llave propia.
Kayla no tocaba el timbre. Y nadie más, en toda la ciudad de Houston, sabía dónde vivía Nora Bellamy.
Nadie, salvo quizás un hombre que llevaba días buscando, sin saberlo del todo, la verdad que ella acababa de decidir que era hora de volver a esconder.