Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La Oficina De Nora

No le había costado tanto encontrarla como Nathan había imaginado.

Un apellido —Bellamy— obtenido de un compañero de la reunión que resultó conocer, de manera casual, a alguien que trabajaba en el mismo estudio de diseño; un perfil profesional discreto en una página de la empresa, con una fotografía pequeña y seria en la que Nora aparecía con el pelo recogido y una expresión neutra, entrenada para las cámaras; una dirección de oficina en un edificio de cristal en el distrito de diseño, a apenas veinte minutos de su propio hospital.

Nada de aquello había requerido ningún esfuerzo especial, y esa misma facilidad, curiosamente, había hecho que Nathan se sintiera todavía más incómodo consigo mismo mientras conducía hacia allí un martes por la tarde, con una carpeta de planos bajo el brazo que no tenía ninguna necesidad real de llevar.

El pretexto que había fabricado era, incluso para sus propios estándares, bastante endeble: una remodelación del ala de espera pediátrica del hospital, un proyecto que en efecto existía —Nathan lo sabía porque había firmado el memorando que lo aprobaba hacía tres meses— pero que no tenía absolutamente nada que ver con él ni con su especialidad, y mucho menos requería que un cirujano cardiotorácico se presentara en persona en el estudio de una diseñadora de interiores para "discutir posibles colaboradores".

Se lo había repetido a sí mismo varias veces durante el trayecto, intentando convencerse de que la excusa sonaba razonable, y cada vez que la repetía sonaba un poco más ridícula.

El estudio ocupaba la tercera planta de un edificio reconvertido, con techos altos de vigas metálicas a la vista y grandes ventanales que dejaban entrar una luz blanca y uniforme sobre un espacio de trabajo abierto, salpicado de mesas de dibujo, muestrarios de telas y maquetas en miniatura de espacios que aún no existían en ningún lugar del mundo salvo en la imaginación de quienes los habían diseñado.

Una recepcionista joven le indicó, tras consultar una agenda en la pantalla, que la señora Bellamy tenía un hueco libre en quince minutos, y Nathan se sentó en una silla de espera con la carpeta de planos apretada contra el regazo, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, como un adolescente a punto de ser descubierto en una mentira.

Nora apareció exactamente a los quince minutos, ni un segundo antes ni un segundo después, con esa puntualidad que Nathan empezaba a sospechar no era casualidad sino una forma más de control, de mantener cada situación dentro de límites que ella misma trazaba con precisión milimétrica.

Llevaba un vestido sencillo de color azul marino, el pelo suelto esta vez, cayéndole justo por encima de los hombros, y una expresión profesional impecable que se congeló, apenas un instante, en cuanto sus ojos reconocieron quién la esperaba en la sala.

—Doctor Reyes. —Su voz mantuvo la cortesía exacta que emplearía con cualquier cliente potencial, pero Nathan, que ya había empezado a estudiarla con la misma atención clínica que dedicaba a un electrocardiograma sospechoso, detectó la fracción de segundo en que algo, detrás de sus ojos, se había puesto en alerta—. No esperaba volver a verlo tan pronto.

—Espero no llegar en mal momento. —Se puso de pie, sosteniendo la carpeta como si de verdad contuviera algo importante—.

Vengo por un asunto de trabajo. El hospital está evaluando una remodelación del ala pediátrica, y alguien mencionó que su estudio había hecho un trabajo excelente en el centro médico de la calle Bell.

Quería ver si estaría dispuesta a considerar el proyecto.

Fue, Nathan lo supo en cuanto las palabras salieron de su boca, una explicación demasiado larga, demasiado detallada para algo que debería haber sonado natural.

Los ojos de Nora se entornaron ligeramente, un gesto casi imperceptible, y por un instante Nathan tuvo la certeza incómoda de que ella sabía exactamente lo transparente que resultaba su mentira.

Pero Nora no lo desafió. Se limitó a asentir, con una profesionalidad tan pulida que resultaba casi hostil en su perfección, y le indicó con un gesto de la mano que la siguiera hasta una pequeña sala de reuniones acristalada al fondo del estudio.

—Normalmente estos primeros contactos los gestiona directamente el departamento de adquisiciones del hospital —dijo Nora, una vez sentados frente a frente en una mesa de vidrio reluciente, con un cuaderno abierto ante ella y un bolígrafo que sostenía con una precisión que a Nathan le pareció, otra vez, dolorosamente familiar—.

No es habitual que un cirujano se presente en persona para una reunión de este tipo.

—Quería asegurarme de que se hiciera bien.

—Nathan mantuvo la mirada fija en ella, sin parpadear, con la misma calma con la que solía sostener la mirada de un residente nervioso antes de una operación difícil—.

Los niños que pasan por esa sala de espera están asustados casi siempre.

Vale la pena involucrarse personalmente en que el espacio, al menos, no lo empeore.

No era del todo mentira. Nathan sí creía en eso, incluso si no era la verdadera razón de su presencia ahí, y algo en la sinceridad parcial de la respuesta pareció desarmar, aunque fuera levemente, la vigilancia de Nora.

Bajó la mirada hacia el cuaderno, anotó algo —Nathan no pudo ver qué— y cuando volvió a levantar los ojos, su expresión se había suavizado apenas un grado, lo suficiente para que él lo notara y lo guardara, con el mismo cuidado con que guardaba cualquier otro dato clínico relevante.

—Es un gesto considerado —dijo ella, y por primera vez desde que había entrado en la sala, algo en su tono sonó genuino, no ensayado—. No todos los médicos piensan en esos detalles.

—Algunos hemos tenido que sentarnos en esas salas de espera desde el otro lado.

—Nathan no supo bien por qué lo dijo; la frase le salió con una honestidad que no había planeado, un pequeño desliz en su propia coraza, y vio cómo los ojos de Nora se detenían en él un instante más de lo estrictamente profesional, como si esa frase le hubiera revelado algo que ella no esperaba encontrar en un hombre que hasta entonces solo había conocido como el desconocido borracho de su cama y, ahora, como un cliente potencial con una excusa poco convincente.

El silencio que siguió no fue incómodo, o no del todo.

Nathan lo dejó extenderse, observando, con la misma paciencia que empleaba para esperar el momento exacto de hacer una incisión, la manera en que los dedos de Nora tamborileaban, apenas, sobre la tapa del cuaderno; la manera en que su mirada se desviaba, brevemente, hacia la ventana y regresaba después a él, como si estuviera librando una pequeña batalla consigo misma sobre cuánta amabilidad podía permitirse antes de que resultara peligrosa.

—¿Cómo está su hija? —preguntó Nathan, con un tono deliberadamente ligero, casi casual, aunque cada palabra había sido calculada con la misma precisión con que ella calculaba las suyas.

La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra en un estanque quieto.

Nora dejó de tamborilear los dedos. Su espalda, que hasta entonces había mantenido una postura relajada y profesional, se enderezó apenas unos milímetros, un cambio tan sutil que solo alguien entrenado, como Nathan, para leer el lenguaje involuntario del cuerpo humano habría podido detectarlo.

—Bien —respondió, con una brevedad que cerraba la puerta con la misma firmeza que había mostrado en su propio apartamento días atrás—. Gracias por preguntar.

—Vi sus juguetes en su sala. —Nathan no supo, después, si aquello había sido una torpeza calculada o simplemente el impulso genuino de mantener la conversación con vida un poco más—. Parece tener buen gusto para los colores.

Por un instante, algo cruzó el rostro de Nora que Nathan no había visto hasta entonces: no la vigilancia habitual, ni la frialdad profesional, sino algo más cálido, más vulnerable, el destello involuntario de una madre que habla de su hija sin poder evitar que el amor se le note en la voz.

—Le encantan los colores brillantes —dijo, y una sonrisa pequeña, genuina, casi tímida, se dibujó en sus labios, la primera sonrisa completamente real que Nathan le había visto—. Sobre todo el amarillo. Dice que el amarillo la hace sentir...

Se detuvo.

La sonrisa desapareció con la misma rapidez con que había llegado, como una vela apagada de un soplido.

Nora bajó la mirada hacia el cuaderno, cerró la tapa con un movimiento seco, y cuando volvió a hablar, su voz había recuperado toda la distancia profesional del principio de la reunión, tan abrupta que resultó casi violenta en su contraste.

—Le enviaré una propuesta preliminar la próxima semana, doctor Reyes. Alguien de mi equipo se pondrá en contacto con el departamento correspondiente del hospital para coordinar los siguientes pasos.

—Nora...

—Gracias por su visita. —Se puso de pie, con un gesto tan definitivo que no dejaba espacio para ninguna réplica, y le tendió la mano con la misma cortesía distante del saludo inicial, como si los últimos minutos —la sonrisa, la mención del amarillo, la brevísima grieta en su compostura— nunca hubieran ocurrido—. Tengo otra reunión en unos minutos.

Nathan se levantó, aceptó el apretón de manos, breve y correcto, y salió de la sala de reuniones con la sensación incómoda y a la vez extrañamente esperanzadora de haber presenciado algo verdadero, aunque solo hubiera durado un segundo antes de que Nora lo encerrara de nuevo tras esa puerta invisible que llevaba consigo a todas partes.

Cruzó el estudio de diseño en dirección al ascensor, y fue solo al llegar al vestíbulo del edificio, con la carpeta de planos todavía inútilmente bajo el brazo, cuando notó que sus propias manos, sin que él se los hubiera pedido, no habían dejado de temblar desde el instante en que Nora había pronunciado la palabra amarillo .

Porque a Mireille también le encantaba el amarillo. Y la última vez que Nathan la había visto con vida, siete años atrás, ella llevaba puesto un vestido de exactamente ese color.