CAPÍTULO 5
Algo Familiar
El apartamento de Nathan, a las diez de la mañana de un sábado, tenía la quietud particular de los espacios diseñados para no necesitar a nadie.
Todo en él obedecía a una misma lógica: superficies limpias, líneas rectas, una paleta de grises y blancos que un decorador había elegido años atrás siguiendo instrucciones muy precisas — funcional, sobrio, sin nada de lo que deba ocuparme — y que Nathan jamás había sentido la necesidad de modificar.
Los ventanales, del suelo al techo, dejaban entrar la luz de Houston sin filtro alguno, iluminando un salón donde apenas había objetos personales: un sofá de cuero gris, una mesa de centro de vidrio sin una sola mota de polvo, una estantería con libros de medicina ordenados por tamaño y no por tema, porque a Nathan, en el fondo, jamás le había importado el orden temático, solo la apariencia de un orden.
En las paredes no colgaba ni un solo retrato.
Ni de sus padres, ni de nadie. La única fotografía que existía de su vida anterior a los treinta años vivía, doblada y guardada, en el fondo de un cajón que Nathan no abría desde hacía mucho, mucho tiempo.
Se había prometido, al despertar esa mañana con la cabeza todavía pesada por la resaca, que el fin de semana transcurriría según el plan habitual: revisar los informes pendientes de sus pacientes, hacer ejercicio, ordenar la despensa, quizás adelantar la lectura de un artículo médico que llevaba semanas postergando.
Un sábado como cualquier otro, cuidadosamente vaciado de sorpresas.
Pero llevaba ya dos horas sentado frente al portátil, con la misma página de un estudio clínico abierta sin que sus ojos hubieran avanzado ni un párrafo, y la explicación, si era sincero consigo mismo —cosa que Nathan procuraba evitar siempre que podía— tenía un nombre.
Nora.
No lograba sacársela de la cabeza. No de la manera en que uno recuerda una cara agradable, o una conversación curiosa que se comenta después con desenfado; era otra cosa, algo más parecido a una astilla clavada demasiado hondo para sacarla con los dedos, que duele un poco más cada vez que se roza sin querer.
Se levantó del sofá, caminó hasta la cocina, se sirvió un café que no tenía verdaderas ganas de beber, y se quedó de pie junto a la encimera, mirando sin ver el reflejo de la ciudad en el cristal de la ventana.
Repasó la escena, otra vez, como llevaba haciendo desde que había salido de aquel apartamento diminuto y cálido con el corazón latiéndole de un modo que no lograba justificar.
Nora de pie junto a la pequeña cocina americana, los brazos cruzados, la coleta baja algo deshecha.
Su voz, medida, controlada, cada palabra dosificada como si las contara antes de soltarlas.
Y aquel instante, breve, extraño, en que ella había dicho doctor Reyes sin que él le hubiera dicho jamás su profesión.
Podía explicarlo. Se había repetido la explicación una docena de veces ya, en el taxi de vuelta, en la ducha, mientras se afeitaba con el mismo ritmo de siempre, dieciocho pasadas, sin lograr, esa mañana, que las manos le temblaran menos de lo habitual.
Podía haberlo mencionado él mismo, borracho, sin memoria del detalle.
Era la explicación razonable, la que cualquier persona sensata habría aceptado sin darle más vueltas.
Pero Nathan Reyes llevaba diez años operando corazones humanos, y algo en ese oficio le había enseñado a desconfiar, siempre, de las explicaciones demasiado convenientes.
Dejó la taza sobre la encimera sin haber bebido más que un sorbo, y fue entonces, en ese instante exacto de quietud, cuando el recuerdo llegó sin que él lo llamara —del mismo modo en que había llegado la noche anterior, en el salón, cuando el cuarteto había tocado aquella melodía que Mireille solía tararear a media voz.
Nora había sostenido la taza con las dos manos rodeándola por completo, los dedos entrelazados alrededor de la cerámica, no por el asa sino abrazando la taza entera como quien busca calor, con los codos apoyados contra el borde de la encimera y los hombros ligeramente encorvados hacia adentro.
Nathan no le había prestado atención en el momento —había demasiadas cosas ocurriendo a la vez, la vergüenza, la resaca, la sensación incómoda de estar invadiendo un espacio ajeno— pero el gesto había quedado grabado en algún rincón de su memoria, esperando el instante de silencio necesario para aflorar.
Mireille sostenía las tazas exactamente así.
La imagen llegó completa, sin avisar, con la nitidez brutal de los recuerdos que uno no ha tenido que desenterrar porque nunca dejaron de estar ahí, apenas cubiertos por una capa fina de tierra: Mireille sentada en el alféizar de una ventana, con el pelo suelto cayéndole sobre un hombro, envolviendo una taza humeante con ambas manos, los codos apoyados en las rodillas, mirando hacia afuera con esa expresión suya, mitad ensoñación, mitad vigilancia, que Nathan nunca había terminado de descifrar del todo.
Recordaba haberle preguntado una vez por qué sostenía así las tazas, en lugar de usar el asa como cualquier persona normal, y recordaba también la respuesta, entre risas, ligera y sin peso, del tipo de comentario que en su momento parece trivial y que solo después, mucho después, se revela como una pista que el destino dejó caer sin que nadie la recogiera: Así se siente más real. Como si de verdad estuviera ahí.
Nathan se sostuvo del borde de la encimera con una mano, la respiración de pronto un poco más corta de lo normal, mientras el corazón —ese órgano que conocía mejor que ningún otro médico en la ciudad, que había sostenido literalmente entre sus manos en más de una ocasión— le latía con una insistencia que no tenía ninguna explicación clínica razonable.
Era una coincidencia. Tenía que serlo. Miles de personas sostenían una taza de esa manera; no era un gesto tan extraordinario como para significar nada.
Y sin embargo, la parte de Nathan que llevaba siete años entrenándose para ignorar exactamente este tipo de señales —esta clase precisa de esperanza traicionera que solo servía para reabrir una herida que ya había aceptado que nunca terminaría de cerrar del todo— sabía, con una certeza que no podía justificar ante ningún tribunal ni ante sí mismo, que aquello no era solo una coincidencia.
Se apartó de la encimera y caminó hasta el ventanal, donde la ciudad se extendía bajo el sol de la mañana en su habitual disposición de líneas y ángulos rectos, un orden que hoy no lograba tranquilizarlo como de costumbre.
Apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos, y en la oscuridad de sus propios párpados volvió a ver, otra vez, aquella mano protectora apoyada en el marco de la puerta, aquella firmeza tranquila con la que Nora había sostenido su mirada sin apartarla ni retarlo del todo, como si estuviera acostumbrada, desde hacía mucho tiempo, a medir con precisión exactamente cuánto de sí misma podía permitirse mostrar antes de que resultara peligroso.
Mireille había tenido esa misma mirada, en los últimos meses antes de que todo terminara.
Nathan no se había dado cuenta entonces —demasiado ocupado con la residencia, con las exigencias de su familia, con la ceguera propia de quien cree que el tiempo es un recurso ilimitado— pero ahora, con la distancia de los años y el filtro doloroso de la pérdida, podía reconocer en el recuerdo aquella misma vigilancia constante, aquel mismo instinto de estar siempre lista para proteger algo, aunque él nunca hubiera llegado a entender del todo qué era exactamente lo que Mireille sentía que debía proteger.
Abrió los ojos. La ciudad seguía ahí, indiferente, ordenada, ajena por completo a la tormenta silenciosa que se había desatado dentro de él.
Se apartó del ventanal, volvió al sofá, cerró el portátil sin haber leído una sola línea más del artículo pendiente, y se quedó sentado un largo rato, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos, tratando de convencerse a sí mismo de que lo más sensato, lo más razonable, lo único verdaderamente racional que un hombre en su posición podía hacer, era dejar aquel encuentro exactamente donde pertenecía: en el pasado de una noche de borrachera, sin más consecuencias, sin ninguna necesidad de averiguar nada más.
Pero Nathan Reyes, que había construido toda una vida sobre la disciplina de la razón, sabía también, con la misma certeza clínica con que reconocía un diagnóstico antes de que las pruebas terminaran de confirmarlo, que ya era demasiado tarde para eso.
La pregunta ya se había instalado dentro de él, y las preguntas de esa clase —las que nacen del cuerpo antes que de la mente— no se dejaban desalojar con argumentos.
Se levantó, cruzó el salón hasta el pequeño escritorio junto a la ventana, y encendió de nuevo el portátil, aunque esta vez no fue el estudio clínico pendiente lo que abrió, sino el motor de búsqueda de su navegador.
Se quedó mirando el cursor parpadeante durante varios segundos, la mano suspendida sobre el teclado, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea que hasta ese momento se había prometido no cruzar: la línea entre la curiosidad pasajera y la investigación deliberada.
Escribió un solo nombre. Nora.
Y entonces, con la mano todavía temblando ligeramente sobre las teclas, se detuvo, porque de pronto comprendió, con una claridad que le heló la sangre más que cualquier resaca, que ni siquiera sabía su apellido —y que, sin embargo, algo en él ya estaba absolutamente decidido a averiguarlo, cueste lo que cueste, sin que él mismo pudiera explicar todavía por qué le importaba tanto.