Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 4
9%

CAPÍTULO 4

Una Mujer Desconocida

La luz lo despertó antes que cualquier otra cosa.

No era una luz intensa —apenas el resplandor gris de una mañana que empezaba a filtrarse por unas cortinas que Nathan no reconocía— pero le bastó para arrancarlo de un sueño denso y sin forma, del que solo conservaba fragmentos inconexos: una melodía, un nombre, el peso de un cuerpo que ya no estaba ahí.

Abrió los ojos con esfuerzo, y lo primero que registró, antes incluso de entender dónde se encontraba, fue el dolor sordo que le latía detrás de las sienes, ese tipo de dolor que solo conocen quienes han bebido muy por encima de su propio criterio.

Lo segundo que registró fue que aquella no era su habitación.

Nathan se incorporó de golpe, y el movimiento brusco le costó una punzada de dolor que le arrancó una mueca.

Miró a su alrededor con una confusión que tardó varios segundos en convertirse en algo parecido al pánico controlado: una manta rosa doblada a un lado de la cama —él debía de haberla apartado durante la noche—, un armario blanco con las puertas entornadas, una cómoda con un marco de fotos que ahora, con la luz del día, podía distinguir con más claridad: una mujer sonriente sosteniendo a una niña pequeña en brazos, ninguna de las dos caras conocidas para él.

La habitación entera olía a lavanda y a un perfume suave que no era el suyo, que no era el de nadie que él reconociera.

Se miró el cuerpo: todavía vestido, el saco arrugado, la corbata deshecha en algún punto de la noche y colgando torcida sobre su pecho, los zapatos tirados de cualquier manera junto a la cama.

Al menos eso, pensó con un alivio confuso que no llegó a tranquilizarlo del todo, estaba vestido.

Fuera lo que fuera lo que había ocurrido esa noche, no era lo que su primer instinto, aterrado, le había hecho temer.

Se puso de pie con torpeza, sosteniéndose un instante del borde de la cómoda mientras la habitación terminaba de estabilizarse ante sus ojos, y fue entonces cuando escuchó un ruido en algún lugar más allá de la puerta entreabierta: pasos suaves, el tintineo de algo metálico —¿una cuchara contra una taza? — y, un segundo después, una voz.

—Ya sé que estás despierto.

La voz no era hostil, pero tampoco tenía nada de la calidez que Nathan hubiera esperado de alguien que le hablaba desde la cocina de su propia casa a un desconocido que se había quedado dormido en su cama.

Era una voz medida, cuidadosamente neutra, como la de alguien que ha aprendido a controlar hasta el más mínimo matiz de lo que deja transparentar en cada palabra.

Nathan se pasó una mano por el pelo, recogió los zapatos del suelo y, con ellos en la mano, avanzó hacia la puerta con la sensación incómoda de estar cruzando un umbral que no tenía ningún derecho a cruzar.

El pasillo lo condujo a una pequeña sala de estar que la luz de la mañana bañaba con un tono cálido, casi dorado, muy distinto a la fría precisión del apartamento de Nathan: un sofá con cojines desgastados por el uso, una alfombra donde se acumulaban, en un desorden entrañable, un puñado de juguetes infantiles —bloques de colores, un peluche con una oreja medio descosida, un libro de dibujos abierto boca abajo— y, en el centro de todo aquello, de pie junto a una pequeña cocina americana, una mujer que lo observaba con los brazos cruzados y una expresión que Nathan no supo, en un primer momento, cómo interpretar.

No era joven en el sentido superficial que la palabra suele evocar, pero había en ella una vitalidad contenida, cautelosa, como la de alguien que ha aprendido a medir cada gesto antes de permitírselo.

Llevaba el pelo recogido en una coleta baja, algo desordenada, como si se lo hubiera atado deprisa esa misma mañana, y vestía una simple camiseta y unos pantalones cómodos que no ocultaban del todo la tensión de sus hombros.

Sus ojos, oscuros y alerta, lo estudiaban con una vigilancia que Nathan reconoció de inmediato, porque era la misma vigilancia que él mismo desplegaba ante cualquier desconocido que se le acercara demasiado.

—Yo... —Nathan se aclaró la garganta, consciente, de pronto, de lo absurdo de su propia imagen: un hombre en traje arrugado, con los zapatos en la mano, de pie en la sala de estar de una desconocida a las ocho de la mañana—.

Lo siento muchísimo. No sé exactamente cómo llegué aquí.

Le doy mi palabra de que esto no es... no es algo que suela pasarme.

—No lo dudo. —La mujer no sonrió, pero tampoco había un desprecio real en su tono, solo una especie de cansancio resignado, el de alguien acostumbrada a lidiar con situaciones incómodas sin perder la compostura—.

Le di la dirección al taxista, pero usted ya estaba prácticamente inconsciente cuando entró.

No pareció escucharme cuando le dije que se había equivocado de puerta.

—¿Yo entré así, sin más? —Nathan sintió que el rubor le subía por el cuello, algo que no le ocurría casi nunca, acostumbrado como estaba al control absoluto de cada situación—. Debería haber cerrado con llave.

—Debería. —Ahora sí hubo algo parecido a una sonrisa, breve, apenas un movimiento en la comisura de los labios, que desapareció con la misma rapidez con que había llegado—. Normalmente lo hago. Anoche se me olvidó.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos, roto únicamente por el borboteo de una cafetera en la cocina. Nathan miró alrededor con más atención, y fue entonces cuando notó, con una punzada de vergüenza renovada, los juguetes desperdigados en la alfombra.

—¿Tiene una hija?

La pregunta pareció tensar algo en la postura de la mujer, un endurecimiento casi imperceptible en la línea de sus hombros, como si Nathan hubiera tocado, sin saberlo, un punto sensible.

—Sí. Está en la escuela.

No añadió nada más. No dio un nombre, ni una edad, ni ninguno de los detalles que la mayoría de la gente comparte casi por reflejo cuando se habla de sus hijos.

Nathan lo notó —notó la puerta que se cerraba tan pronto como se había entreabierto— y algo en su instinto, entrenado durante años para leer lo que la gente no decía en voz alta, le indicó que no debía insistir.

—Me llamo Nathan —dijo, en cambio, extendiendo una mano que la mujer miró un instante antes de estrechar, con un apretón breve, correcto, casi clínico—. Nathan Reyes.

—Nora.

Solo el nombre. Ningún apellido, ninguna invitación a que la conversación continuara más allá de lo estrictamente necesario.

Nathan retiró la mano y sintió, absurdamente, que aquel breve contacto le había dejado una sensación extraña, como el eco de algo familiar que no lograba ubicar, del mismo modo en que ciertas canciones nos resultan conocidas sin que podamos recordar dónde las escuchamos por primera vez.

—Nora —repitió él, casi para sí mismo, como si el nombre necesitara ser probado en voz alta antes de asentarse en algún lugar de su memoria—. Le agradezco que no me haya echado a la calle a patadas. Habría estado en todo su derecho.

—Estuve tentada. —Esta vez la sonrisa duró un poco más, aunque seguía sin llegarle del todo a los ojos, que permanecían alerta, calculando, como si incluso en ese instante de humor compartido una parte de ella estuviera evaluando exactamente cuánta distancia era segura mantener—.

Pero no parecía peligroso. Solo... perdido.

La palabra perdido quedó suspendida entre ellos con un peso que probablemente ninguno de los dos había pretendido darle.

Nathan la miró un instante más de lo necesario, y algo en el modo en que ella sostuvo su mirada —sin retarlo, pero sin apartarla tampoco, con una firmeza tranquila que contrastaba con la tensión del resto de su cuerpo— le resultó extrañamente familiar, aunque no habría sabido explicar por qué.

—Debería irme —dijo finalmente, consciente de que ya había invadido más que suficiente el espacio de aquella mujer—. De verdad, lamento muchísimo las molestias. Si hay algo que pueda hacer para compensar...

—No es necesario. —Nora ya se había movido hacia la puerta, con un gesto que no dejaba lugar a discusión, la mano apoyada en el marco en una postura que a Nathan le pareció, sin poder precisar por qué, curiosamente protectora, como si estuviera custodiando algo mucho más grande que el simple umbral de su propio apartamento—.

Solo... la próxima vez, revise bien la dirección antes de subirse a un taxi.

Nathan asintió, se puso los zapatos con torpeza apoyado contra la pared, y caminó hacia la puerta que Nora ya sostenía abierta para él.

Al pasar a su lado, tan cerca que pudo notar de nuevo aquel aroma suave a lavanda que lo había acompañado durante toda la noche sin que lo supiera, se detuvo un instante en el umbral, con una sensación incómoda instalada en el centro del pecho, como una pregunta que no lograba formular del todo.

—¿Nos conocemos de algo? —preguntó, casi sin pensarlo, sorprendido él mismo de la pregunta apenas terminó de pronunciarla—. No sé por qué, pero...

—No. —La respuesta llegó demasiado rápido, demasiado firme, con una rotundidad que no dejaba espacio para la duda ni para la conversación.

Los ojos de Nora, por una fracción de segundo, dejaron entrever algo que se apagó casi con la misma velocidad con que había aparecido—. No nos conocemos, doctor Reyes.

Nathan se quedó paralizado un instante, la mano ya en el marco de la puerta.

—No le dije que era médico.

El silencio que siguió a esas palabras se extendió más de lo que cualquier explicación razonable habría necesitado.

Nora no apartó la mirada, pero algo en su rostro se cerró por completo, como una puerta que se atranca desde dentro, y cuando por fin habló, su voz había recuperado toda la neutralidad cuidadosa con la que había empezado la conversación, aunque a Nathan ya no le sonó tan convincente como al principio.

—Debe de habérmelo dicho anoche. No recuerdo cada detalle de lo que balbuceaba un hombre borracho en mi cama, doctor. Que tenga buen día.

Cerró la puerta antes de que Nathan pudiera responder, y él se quedó de pie en el pasillo del edificio, con el corazón latiéndole de un modo que no tenía nada que ver con la resaca, repitiendo mentalmente aquella breve conversación en busca de la fisura exacta que sabía, con una certeza que no lograba justificar del todo, que había estado ahí.

Ella había mentido. No sabía en qué momento exacto, ni sobre qué, pero lo sabía con la misma clase de instinto silencioso con que reconocía, en un quirófano, el instante justo antes de que algo saliera mal.

Bajó las escaleras del edificio despacio, con la mirada perdida, sin poder sacudirse la sensación de que aquel breve encuentro no había sido el final de nada, sino apenas el primer hilo suelto de algo mucho más grande que todavía no alcanzaba a ver por completo.