Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La Noche Equivocada

No volvió al salón.

Después de que Serena desapareciera por el pasillo con el eco de sus tacones y esa frase suspendida en el aire — estuve ahí, mucho más cerca de lo que tú crees — Nathan se quedó un rato más de pie, solo, con la espalda apoyada contra la fría pared de mármol, hasta que decidió que ya había tenido suficiente reunión de antiguos alumnos para el resto de su vida.

Cruzó el vestíbulo sin despedirse de nadie, sorteando grupos de rostros conocidos con la eficiencia de un hombre acostumbrado a salir de una sala de operaciones sin que nadie lo detuviera, y llegó al bar más cercano al club antes de que su propio buen juicio tuviera oportunidad de intervenir.

El bar era pequeño, oscuro, del tipo que Nathan jamás elegiría en circunstancias normales: una barra de madera desgastada, un puñado de taburetes ocupados por desconocidos que no le importaban en absoluto, una luz ambarina que le pareció, esa noche, extrañamente parecida a la de la araña del Salón Principal, como si la ciudad entera hubiera decidido conspirar para no dejarlo escapar del color de esa fiesta.

Pidió un whisky. Después otro. Para cuando llegó al cuarto, ya había perdido la cuenta, y esa pérdida —esa suspensión momentánea del control que gobernaba cada aspecto de su vida— resultó, para su propia sorpresa, un alivio.

Nathan Reyes no era hombre de excesos. Bebía con la misma disciplina con la que hacía todo lo demás: una copa, quizás dos, nunca más allá del límite exacto donde el control empezaba a resquebrajarse.

Pero esa noche el límite se le escapó de las manos en algún punto entre el segundo y el tercer whisky, en algún lugar entre el recuerdo de la melodía que Mireille solía tararear y la voz de Serena diciéndole que había estado ahí, más cerca de lo que él creía, de lo que fuera que había ocurrido siete años atrás.

Cada trago era una manera de acallar una pregunta que no se sentía capaz de formular del todo, y cuanto más bebía, más nítida se volvía —de manera cruel, absurda— la imagen de Mireille, como si el alcohol, en lugar de emborronar los recuerdos, les devolviera los bordes que él llevaba años limando a fuerza de voluntad.

El barman le sirvió un quinto vaso sin preguntar, y fue entonces cuando Nathan comprendió, con esa lucidez extraña que a veces sobrevive incluso a la peor de las borracheras, que ya no debía beber más.

Dejó unos billetes sobre la barra, se levantó del taburete con un equilibrio que fingía mejor de lo que en realidad sentía, y salió a la calle.

El aire nocturno de Houston lo golpeó como una bofetada húmeda y cálida.

Las luces de la ciudad, que horas antes le habían parecido un circuito ordenado y reconfortante desde la ventana de su apartamento, ahora se le desdibujaban en franjas de color que se estiraban y encogían cada vez que giraba la cabeza.

Caminó unos metros por la acera, tropezó una vez con el bordillo, y se sostuvo del primer poste que encontró con una mano mientras con la otra buscaba el teléfono en el bolsillo del saco para pedir un coche.

No lo encontró. O lo encontró y no logró que sus dedos, torpes y lentos, coordinaran lo suficiente para desbloquear la pantalla.

Terminó, en cambio, levantando el brazo hacia la calle con el gesto universal de quien necesita un taxi, y tuvo la fortuna —o quizás, pensándolo después, la desgracia— de que uno se detuviera casi de inmediato frente a él.

—¿A dónde, jefe? —preguntó el conductor, un hombre mayor con la radio sintonizada en una emisora de baladas que Nathan no reconoció, o que quizás sí reconoció y no tuvo fuerzas para procesar.

Nathan abrió la boca para decir su dirección —la sabía de memoria, la había dicho miles de veces, un edificio de cristal en el corazón de la ciudad, la planta veintitrés, la vista que tanto le gustaba de noche— pero lo que salió de sus labios fue otra cosa completamente distinta, una calle que no recordaba haber pronunciado nunca en voz alta, un número que le llegó desde algún rincón de la memoria sin que él supiera bien de dónde procedía ni por qué.

El conductor asintió, sin hacer preguntas, y arrancó.

Durante el trayecto, Nathan apoyó la cabeza contra la ventanilla fría y dejó que las luces de la ciudad se deslizaran sobre su rostro en manchas irregulares de amarillo y rojo.

No pensaba con claridad. O más bien pensaba con una claridad distinta, la de los sueños, donde las ideas no se encadenan según ninguna lógica reconocible sino según una lógica propia, emocional, que solo tiene sentido para quien la sufre.

Pensó en la melodía del cuarteto. Pensó en la mano de Serena sobre su antebrazo.

Pensó, sobre todo, en un rostro que llevaba siete años tratando de no pensar, y que esa noche, por alguna razón que no lograba explicarse, se negaba a quedarse enterrado donde él lo había dejado.

El taxi se detuvo frente a un edificio de apartamentos modesto, de esos que Nathan jamás visitaría en circunstancias ordinarias, con una fachada de ladrillo oscurecido por los años y un pequeño jardín delantero apenas iluminado por una farola parpadeante.

Pagó al conductor sin contar bien el dinero, salió del coche tambaleándose ligeramente, y avanzó hacia la entrada con la seguridad ciega de alguien que camina dormido por un pasillo que conoce de memoria, aunque sus pies, en realidad, no tuvieran ni la menor idea de a dónde lo estaban llevando.

La puerta principal del edificio estaba entreabierta —alguien la había dejado así, quizás un vecino que salía a fumar, quizás simplemente el descuido de una noche cualquiera— y Nathan la cruzó sin pensarlo, subió un tramo de escaleras con una mano apoyada en la pared para no perder el equilibrio, y se detuvo frente a una puerta en el segundo piso con la certeza absoluta, aunque completamente errónea, de que aquella era su casa.

Probó el picaporte. Cedió.

No cerraba con llave, o quizás sí cerraba y alguien, esa noche, se había olvidado de hacerlo.

Nathan empujó la puerta y entró en un apartamento en penumbra, cálido, con un aroma tenue a lavanda y a algo dulce, como galletas horneadas hacía horas, que en su estado no le resultó ni remotamente extraño.

Cruzó lo que parecía una sala pequeña, tropezando con el borde de una alfombra, y avanzó por un pasillo corto hasta una puerta entornada que dejaba escapar una luz tenue, casi ámbar, como el resplandor de una lámpara de noche olvidada encendida.

El dormitorio al que entró no se parecía en nada al suyo.

Era pequeño, íntimo, decorado con un gusto sencillo y personal que contrastaba con la frialdad ordenada del apartamento de Nathan: una manta rosa doblada a los pies de la cama, un armario blanco con las puertas ligeramente entreabiertas, un marco de fotos sobre la cómoda cuyo contenido Nathan no llegó a distinguir en la penumbra.

Había algo en el ambiente —la luz tenue, el aroma suave, la sensación de un espacio profundamente habitado por alguien— que le resultó, incluso a través de la niebla del alcohol, extrañamente reconfortante, como si su cuerpo reconociera en aquella habitación una calidez que llevaba años sin encontrar en ningún lugar propio.

Se dejó caer sobre el borde de la cama sin encender ninguna luz adicional, sin plantearse siquiera, en el estado en que se encontraba, la pregunta obvia de a quién pertenecía aquella habitación.

El colchón cedió bajo su peso con un suave crujido.

Se quitó los zapatos con manos torpes, los dejó caer al suelo sin ningún orden, y se recostó de lado, todavía con el saco puesto, todavía con la corbata floja alrededor del cuello, mientras el techo del cuarto giraba lentamente sobre él en círculos cada vez más lentos.

Cerró los ojos.

Y en la frontera difusa entre la vigilia y el sueño, donde el alcohol termina de desmantelar las últimas defensas que la mente levanta durante el día, la imagen de Mireille regresó una vez más —no como un recuerdo esta vez, sino como una presencia casi física, el peso de un cuerpo dormido a su lado, el calor de un aliento contra su cuello, una risa apagada en la oscuridad de otra habitación, en otra vida, siete años atrás.

Nathan extendió la mano casi sin darse cuenta, como si buscara algo —o a alguien— en el espacio vacío junto a él, y sus labios, ya casi vencidos por el sueño, dejaron escapar un nombre en un susurro apenas audible.

—Mireille...

La palabra flotó en la penumbra del cuarto, sola, sin nadie que pareciera haberla escuchado.

Pero en el umbral de la puerta, inmóvil, con la mano todavía apoyada en el marco y el corazón detenido en un latido que se negaba a completarse, había alguien que sí la había oído.

Alguien que llevaba siete años construyendo una vida entera alrededor de la certeza de que nadie, jamás, volvería a pronunciar ese nombre en su presencia.

Alguien que, en ese instante, con un extraño desconocido dormido en su propia cama y ese nombre todavía vibrando en el aire, sintió que el suelo cuidadosamente reconstruido bajo sus pies empezaba, por primera vez en años, a resquebrajarse.