CAPÍTULO 2
Serena
La vio venir antes de que ella cruzara la mitad de la sala, y eso, en sí mismo, ya era una advertencia.
Nathan había pasado suficientes años en quirófanos para reconocer el instante exacto en que algo empieza a torcerse antes de que ocurra del todo —un cambio mínimo en la presión, un sonido que no debería estar ahí— y esa misma clase de instinto se le activó ahora, apoyado todavía contra el ventanal, con la melodía del cuarteto desvaneciéndose en su memoria como una marea que se retira dejando la arena removida.
Serena Cole caminaba hacia él con la cabeza ligeramente inclinada, la copa de champán sostenida con dos dedos, y esa sonrisa suya que Nathan conocía tan bien como para saber que no era del todo espontánea.
Nunca lo había sido. Ni siquiera siete años atrás, cuando él todavía no sabía distinguir entre una sonrisa ensayada y una verdadera.
—Así que era cierto —dijo Serena, deteniéndose a una distancia que no era la de una vieja amiga, sino la de alguien que calcula exactamente cuánto espacio puede reclamar sin que resulte evidente que lo está reclamando—.
El famoso doctor Reyes, escondido en la esquina más oscura de la fiesta. Algunas cosas no cambian nunca.
—Serena. —Nathan inclinó la cabeza, cortés, distante, con la misma medida exacta que había empleado con los otros veinte rostros de esa noche. Salvo que con ella el gesto le costó un poco más de esfuerzo, y ambos lo supieron.
Ella llevaba un vestido color burdeos que le sentaba con la precisión de una prenda elegida no para gustar, sino para ser recordada.
El pelo recogido dejaba su cuello despejado, y un colgante de diamante diminuto captaba la luz de la araña cada vez que se movía, como si hasta la joyería que llevaba puesta hubiera sido calculada para atraer una mirada que Nathan no pensaba darle.
Se acercó un paso más, y el perfume que Nathan recordaba de otra vida —dulce, denso, un poco excesivo— llegó antes que sus palabras.
—Te ves bien —dijo ella, ladeando la cabeza, estudiándolo con esa atención que en otro tiempo él había confundido con cariño y que ahora, con la distancia de los años, reconocía más bien como inventario—. Cansado, pero bien. ¿Sigues sin dormir?
—Duermo lo que necesito.
—Eso no es lo que te pregunté. —Serena sonrió, y por un segundo pareció una broma entre dos personas que se conocen demasiado, el tipo de comentario que solo alguien con derecho a preocuparse podía hacer.
Nathan no le devolvió la sonrisa. Bebió un sorbo de un vino que ya no le sabía a nada y dejó que el silencio hiciera el trabajo que sus palabras se negaban a hacer.
Pero Serena nunca había sido de las que se rinden ante un silencio.
—¿Sabes que pensé mucho en venir esta noche?
—continuó, girando la copa entre los dedos, la mirada fija en el líquido dorado como si buscara ahí las palabras que ya tenía perfectamente preparadas—.
Casi no vengo. Y entonces pensé: si no vengo yo, ¿quién te va a rescatar de toda esta gente que solo quiere fotografiarse contigo para su próxima cena de trabajo?
—No necesito que me rescaten.
—Nunca lo has necesitado. —Había algo en la manera en que lo dijo, un filo pequeño bajo la ligereza del tono, que hizo que Nathan la mirara de verdad por primera vez desde que ella se había acercado.
Los ojos de Serena, oscuros, brillantes, sostenían su mirada con una firmeza que no dejaba lugar a la casualidad.
Ella nunca hacía nada por casualidad. Ni entonces, ni ahora—.
Eras el hombre más autosuficiente que he conocido, Nathan.
A veces me pregunto si eso te hizo más fácil olvidarte de mí, o si fue exactamente lo contrario.
El comentario aterrizó donde estaba destinado a aterrizar.
Nathan sintió la tentación —breve, casi automática— de responder con algo cortante, de cerrar esa puerta con la misma frialdad quirúrgica con la que cerraba cualquier conversación que amenazara con adentrarse en un territorio que él custodiaba como propiedad privada.
Pero Serena era distinta a los demás invitados de esa sala.
Con ella, la frialdad no bastaba: había que dosificarla, porque Serena sabía leer cada grieta que él dejaba entrever, y la más mínima reacción, por pequeña que fuera, era munición que ella sabría guardar para más tarde.
—No vine a hablar del pasado, Serena.
—Nadie viene nunca a hablar del pasado. —Dio un paso más, y esta vez la distancia entre ambos se volvió deliberadamente estrecha, lo suficiente para que Nathan pudiera notar cómo el pulso en el cuello de ella latía un poco más rápido de lo que su expresión serena dejaba entrever—.
Y sin embargo aquí estamos, en el mismo salón donde bailamos la última fiesta de graduación, siete años después, tú apartado en un rincón como si el mundo entero te debiera algo, y yo, la única persona en esta sala que sabe exactamente por qué.
—No sabes nada.
Las palabras le salieron más duras de lo que había pretendido, y por un instante —apenas un parpadeo— algo cruzó el rostro de Serena que no encajaba con la seguridad que había desplegado hasta entonces.
No fue dolor, exactamente. Fue más parecido a una alarma repentina, la de alguien que ha pisado un terreno que creía firme y ha sentido, de pronto, que cede bajo el pie.
Pero la sonrisa volvió a su sitio con una rapidez que Nathan reconoció —porque él mismo hacía exactamente lo mismo, todos los días, con todo el mundo— como la máscara de alguien que ha practicado mucho el arte de no dejarse ver.
—Tienes razón —dijo ella, con una suavidad renovada, casi maternal, que resultaba más inquietante que su firmeza anterior—. No sé nada. Nunca me lo contaste todo, ¿verdad? Ni siquiera cuando estábamos comprometidos.
La palabra comprometidos cayó entre ellos como una piedra en un estanque quieto, y Nathan sintió que varias cabezas cercanas, sin llegar a girarse del todo, aguzaban el oído con esa discreción hambrienta propia de las fiestas donde todos se conocen desde hace demasiado tiempo.
No quería tener esa conversación ahí, bajo la luz de la araña, rodeado de gente que archivaría cada palabra para repetirla durante semanas.
Dejó la copa sobre una mesa cercana con un movimiento controlado y se apartó del ventanal.
—Ha sido un placer verte, Serena. Tengo que saludar a...
—Nathan. —Su mano se posó en el antebrazo de él, ligera, pero con una firmeza que no admitía discusión, como quien sujeta algo que teme que se le escape entre los dedos—. Un minuto. Solo un minuto, y después te dejo ir a saludar a quien quieras.
Él podría haberse zafado. Cualquier otro hombre, en su lugar, se habría zafado sin pensarlo dos veces.
Pero había en el gesto de Serena algo que le impedía hacerlo con la brusquedad que su instinto le pedía —quizás la culpa residual de siete años, quizás el simple cansancio de una noche que ya había exigido demasiado de él—, y terminó por asentir, casi contra su voluntad, dejándose guiar unos pasos hacia el pasillo que se abría más allá del salón, lejos de las luces y de los oídos ajenos.
El Pasillo de la Mansión los recibió con un silencio distinto, más denso, apenas quebrado por el eco lejano de la música y las risas que quedaban atrás.
Una lámpara de araña más pequeña, réplica modesta de la del salón principal, proyectaba sombras alargadas sobre el suelo de mármol oscuro.
El aire, aquí, era más frío, y Nathan notó cómo el perfume de Serena se volvía más presente en la quietud, envolviéndolo con una familiaridad que no había pedido y que no sabía bien cómo rechazar sin resultar cruel.
—Sé que crees que ya superaste todo esto —dijo ella, soltando por fin su brazo, aunque sin alejarse ni un centímetro—.
Que has construido una vida perfecta, ordenada, sin fisuras.
Pero te conozco, Nathan. Te conocí antes de que te convirtieras en esto —hizo un gesto vago con la mano, señalando el traje impecable, el reloj caro, toda la arquitectura cuidadosamente levantada de su vida actual— y sé que hay algo, debajo de todo eso, que nunca terminó de cerrarse.
—Eso no es asunto tuyo.
—Podría serlo. —Se acercó, y esta vez la distancia entre ambos desapareció casi por completo.
Su voz bajó hasta convertirse en algo íntimo, casi un susurro, cargado de una promesa que Nathan no tenía ningún interés en aceptar—.
Podríamos intentarlo otra vez. Sin las prisas de entonces, sin las presiones de tu familia, sin nada de lo que salió mal. Solo tú y yo, empezando de cero.
Nathan la miró largamente, y en ese silencio pudo verla de verdad: la determinación bajo la seducción, la manera en que sus ojos no pedían, exigían; la forma en que su mano, al posarse sobre el pecho de él, no acariciaba tanto como reclamaba territorio.
Y por debajo de todo eso —tan sutil que Nathan no supo nombrarlo del todo, solo sentirlo como una corriente fría bajo la superficie— algo que se parecía menos al amor y más a la vigilancia.
Como si Serena no estuviera tratando de reconquistar un corazón, sino de asegurarse de que ese corazón no encontrara jamás el camino hacia otra parte.
—No —dijo Nathan, con una calma que le costó más de lo que dejó entrever—. Serena, lo nuestro terminó hace mucho. Y no fue solo por mi familia. Tú lo sabes tan bien como yo.
Algo se quebró, brevísimo, en la expresión de Serena —un destello que podría haber sido furia o podría haber sido miedo, Nathan no tuvo tiempo de decidir cuál de las dos cosas era antes de que ella volviera a recomponer el rostro con la destreza de quien lleva años practicando frente a un espejo.
Retrocedió un paso, se llevó la copa a los labios, y cuando volvió a hablar su voz había recuperado toda su ligereza social, como si la conversación anterior nunca hubiera ocurrido.
—Como quieras —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Pero recuerda una cosa, Nathan: yo estuve ahí. Estuve ahí para todo lo que pasó hace siete años, mucho más cerca de lo que tú crees.
Se dio la vuelta antes de que él pudiera preguntarle qué quería decir con eso, y se alejó por el pasillo con el mismo paso seguro con el que había llegado, dejando tras de sí el eco de sus tacones sobre el mármol y una frase que Nathan no lograría sacarse de la cabeza en el resto de la noche.
Se quedó allí, solo en el pasillo silencioso, con la sensación incómoda de que Serena acababa de decirle mucho más de lo que había pretendido revelar —y de que él, sin saber todavía por qué, tendría que averiguar exactamente qué era.