Un amigo gratis EPÍLOGO
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EPÍLOGO

EPÍLOGO

Nash

Eleonor cierra el manuscrito con brusquedad.

—¡No me lo puedo creer!

Es un martes de finales de agosto; uno de los últimos días que podremos pasar juntos antes de que se vaya a la universidad. Estamos en mi cama; ella tiene la espalda contra la pared y yo, la cabeza en su regazo. Deja caer el borrador de mi novela sobre el colchón y me mira con aire acusador.

Sus ojos están enrojecidos. Tengo que morderme el labio para mantener la expresión seria.

—Lo siento —digo, aunque no estoy siendo sincero.

Eleonor niega, secándose las lágrimas.

—Eres una malísima persona.

—Qué va.

—Y un novio terrible. —Sorbe por la nariz—. Dios, nunca creí que lloraría por la muerte de mi propio personaje. ¡Me has matado en tu libro!

Ahora sí que sonrío. Hay pocas cosas en el mundo que me duelan más que ver a mi novia triste, pero, en estas circunstancias, su emoción es motivo de orgullo; significa que he hecho bien mi trabajo.

Eleonor es una lectora difícil de complacer.

Su opinión es muy importante para mí. Ya no solo porque sea una apasionada de la literatura romántica y controle el género muchísimo mejor que yo, sino porque esta historia, aunque yo sea quien la haya redactado, nos pertenece a los dos.

Sin embargo, está claro que tenemos opiniones distintas sobre el final. Al notar que la observo, arruga la frente y me suelta un golpe en el hombro.

—Deja de reírte de mí —gruñe, pero no paro.

—Me encanta que seas tan melodramática.

—¿Melodramática? Repito: ¡me has matado en tu libro! Y ahora encima te metes conmigo. Quítate de encima. Estoy muy enfadada contigo.

—En mi defensa diré que ese final era totalmente necesario.

—¿Para hacerme llorar como una tonta?

—Sí, exacto —respondo, aunque sé que me meterá en problemas.

En efecto, Eleonor resopla y no tarda nada en intentar quitarse mi cabezón de encima para levantarse de la cama.

Lo consigue, pero no dejo que se vaya. La agarro de la cintura y la atraigo hacia mí.

Como no está enfadada de verdad, se deja; acaba sentada muy pegada a mi cuerpo, con las piernas sobre las mías.

Eleonor es guapísima siempre, pero hoy tiene algo que hace que la vea incluso más atractiva.

Se ha recogido el pelo en un moño «descuidado» —según ella— porque hace mucho calor.

Quizá sea eso. De repente me siento muy afortunado de que no me haya desterrado a la otra punta de la habitación.

No quiero estar lejos de ella. Tenerla enfrente y no poder tocarla.

—Te odio —farfulla, solo que no es verdad.

—Me lo merezco.

—Eres un novio terrible.

—¿Algo más?

—Y el escritor más cruel que he conocido nunca. Cuando te pedí una historia de romance, me refería a una con final feliz. ¿Este es el tipo de libros que quieres escribir? ¿De los que destrozan a los lectores?

—¿Me vas a volver a pegar si digo que sí?

Eleonor frunce los labios. Está a medias entre querer darme una colleja o estallar en carcajadas.

—Te odio —repite—. Y mi personaje más.

—No sabes si ella me odia o no.

—Podemos ir a preguntárselo. Quizá haya suerte y nos responda desde la tumba.

Me gana, y el que se ríe soy yo.

—Qué bruta eres —me quejo.

No consigue disimular más la sonrisa. Se incorpora para subirse a mi regazo, me enreda los brazos en el cuello y me besa.

Y yo estoy a punto de bromear con que, si va a agradecerme todos los finales tristes así, los escribiré mucho más a menudo, pero es tan hipnótica que me distrae y se me olvida todo.

Todo menos el documento en blanco titulado «EPÍLOGO» que sigue abierto en mi ordenador y en el que estaba trabajando antes de que ella apareciera.

Empecé a escribir la novela en mayo, poco antes de la graduación.

Me he pasado todo el verano en pleno maratón de escritura, obsesionado con la historia —lo que tampoco era difícil, puesto que habla sobre mi persona favorita: Eleonor—, hasta que, hace unas semanas, por fin conseguí terminarla.

Al día siguiente fui a casa de Eleonor con el manuscrito impreso porque quería que ella fuera la primera en leerla.

Solo le puse una condición: yo tenía que estar presente cuando llegase al final.

Eleonor solo ha tardado dos días en ventilarse la novela y, esta tarde, ha venido a decirme que estaba lista para terminarla por fin.

A falta del epílogo, claro.

Estaba deseando ver su reacción en persona. Debería haberlo pensado mejor, eso sí, y haberme comprado un casco. O haberla observado a una distancia segura, desde la otra punta del cuarto. Sospecho que ha habido más de un momento en el que se ha planteado golpearme con el manuscrito.

Y tiene como cuatrocientas páginas.

—¿En qué piensas? —Se aleja lo justo para observarme. Sus ojos marrones, inquisitivos, parecen querer arrancarme todos mis secretos.

—En nada —le prometo—. Solo en ti.

Y lo estoy intentando. Quiero que sea verdad.

Sin embargo, Eleonor me conoce bien.

—Ya encontrarás una forma de acabarlo —me asegura. Sabe que el tema del final me ha tenido agobiado esta semana. ¿Cómo voy a terminar un libro basado en nuestra historia, si nuestra historia sigue en curso?—. Solo necesitas descansar y dejarle espacio a la imaginación, sin presiones.

Y a mí me resulta imposible decirle que no a nada, por lo que obedezco cuando tira de mí para que nos tumbemos juntos.

Apoyamos las cabezas en la almohada y quedamos cara a cara.

Con una sonrisa suave, Eleonor empieza a seguir las líneas de mi frente con los dedos.

Luego baja por mi mejilla realizando dibujos abstractos.

Respiramos despacio y disfrutamos del silencio.

Si narrara esta escena en mi novela, diría que veo a los duendecillos.

Que nos siguen desde aquel día, en la casa del árbol.

Incluso desde antes. Que ahora están relajados, que fluyen con nosotros, que saben que los vemos, los aceptamos y nos queremos.

—¿Estás intentando que me quede dormido? —bromeo. Mi voz es apenas un susurro. Parece incorrecto hacer ruido, romper la magia del momento.

Eleonor niega, todavía sonriendo.

—Me ha gustado mucho. Tu libro. —Sus ojos suben hasta los míos—. Incluso con el final.

—Me daba vergüenza que lo leyeras —admito. El día que le entregué el manuscrito, me debatí entre las ganas que tenía de saber su opinión y el miedo que me daba.

—¿De veras?

—Es nuestra historia.

—A mí me encanta que hayas escrito sobre nosotros. Que haya sido tu primera novela de amor. Es como lo que dice tu personaje. —Se acerca un poco más—. Ahora podré leerla siempre que quiera y nunca olvidaré todos esos detalles que un día fueron importantes.

Ahora soy yo el que extiende la mano, solo que para rozar el colgante dorado que lleva al cuello. Los barquitos de papel también son importantes en mi manuscrito; tanto que, si un día lo publico, me gustaría que aparecieran en la portada.

—En la versión definitiva cambiaré nuestros nombres y los de nuestros amigos y familiares —le cuento—. Puede que también modifique otras cosas. Quiero que el mundo conozca nuestra historia, pero también que nos guardemos detalles para nosotros.

—Me parece bien. —Eleonor suelta una risita—. Sí que hiciste a Scott un poco villano.

—Él mismo me lo pidió. Y a Dylan. —Antes de la graduación, Eleonor y yo estábamos en su casa cuando aparecieron sus hermanos y Olivia. Tuvimos el mismo debate que había surgido en nuestro grupo de amigos acerca de qué papel tendría cada uno en una película.

Dylan tuvo claro que él querría ser el gemelo malvado.

—Le encantará saber cómo has tergiversado la historia —se burla Eleonor—. Conociéndolo, igual se queja porque no lo hayas hecho todavía más capullo.

Suelto una carcajada.

—Bueno, es un borrador. Lo puedo empeorar.

Ella se queda observándome un segundo.

—Voy a echar esto de menos —confiesa.

Cuando termine el verano, tendremos que llevar la relación a distancia. Eleonor se mudará a otra ciudad para estudiar Psicología y yo me quedaré aquí, cursando Literatura. Estaremos a unos trescientos kilómetros. A ninguno de los dos nos entusiasma la idea.

—Nos veremos a menudo —la consuelo—. Iré los fines de semana. O vendrás tú. Además, seguro que haces amigos enseguida.

En su día me dijo que uno de sus mayores miedos era sentirse sola estando lejos. Yo estoy convencido de que no tardará nada en ganarse el corazón de toda la facultad.

—¿Y tú estarás bien? —vacila. También le asusta que yo me sienta solo.

—Claro. Tengo a Olivia. A Scott. A Mike. A Carl —enumero. Quién iba a decir que su hermanastro y yo acabaríamos haciéndonos amigos.

Eleonor suelta el aire y veo que intenta relajar los hombros. Frunzo ligeramente el ceño porque yo también la conozco y percibo que hay algo que no me está contando.

Por suerte, hemos trabajado bastante ese tema durante los últimos meses. No tarda en decirme lo que ocurre.

—Perdona. —Niega, como avergonzada de sí misma—. Sé que estarás bien y eres totalmente capaz de cuidar de ti mismo. Es solo que, después de leer los últimos capítulos...

—Te entiendo. —A mí también me invadió ese miedo, ese instinto protector, esa ansia de comprobar si estaba bien, mientras escribía.

—Me ha resultado muy fácil ponerme en el lugar del protagonista e imaginarme que era yo la que te perdía a ti. No quiero ni pensarlo. Si lo hago, acabaré poniéndome a llorar otra vez y no me apetece que te rías de mí.

—No me voy a reír. Y no me vas a perder nunca.

—¿Prometido?

—Prometido.

—Te quiero —dice entonces—. Mi personaje no lo dice lo suficiente.

—El mío tampoco. Yo también te quiero.

En realidad, en la novela no se lo llegan a decir nunca. Eleonor parece leerme la mente.

—Sí que te daba miedo el amor, ¿eh? —bromea.

—También me dabas un poco de miedo tú.

Se echa a reír.

Y repite:

—Te quiero. —Y otra vez—: Te quiero. Y me da igual el miedo y que tengamos la certeza de que existe un mañana. Quiero decírtelo ahora porque lo estoy sintiendo ahora y no voy a volver a guardarme estas cosas. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero.