Un amigo gratis 35 #2
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—No nos vendría mal —contestó Olivia por mí—. Ya no solo por la asociación, sino por... nosotros —confesó—. Sí que me gustaría subir.

El dormitorio de Eleonor tenía las cortinas abiertas.

El sol entraba por la ventana y todo estaba tan limpio que parecía que alguien —que ella— seguía durmiendo allí.

Reconocí enseguida cuáles eran los cuadernos que había sacado Dylan y cuáles habían sido colocados meticulosamente por Eleonor: los que había sobre la mesilla eran de ella.

Los de la silla del escritorio, de Dylan.

Debía de haberlos sacado de los cajones.

Volver a pisar aquel cuarto de paredes moradas, ver la colcha de flores de su cama, parecía casi incorrecto.

Me daba la impresión de que Eleonor iba a aparecer en cualquier momento para protestar porque estuviéramos allí cotilleando.

—En algún momento tendremos que pensar en qué hacer con todo esto —dijo Dylan detrás de nosotros, mientras Olivia y yo analizábamos la estancia—. Pero por ahora...

Lo comprendía. Había mucho que procesar.

Tiempo al tiempo.

Eleonor tenía una estantería entera llena de libros ordenados por colores. Recorrí los lomos con un dedo, parándome a leer alguno de los títulos. La mayoría eran historias de amor. Había tramas que me había desmenuzado de principio a fin durante nuestras conversaciones telefónicas o en persona.

—Esta foto nos la hicimos en mi cumpleaños número quince —habló Olivia al lado de la cama. Nos mostró el marco que había cogido de la cómoda—. Dylan, ¿te importa que me la lleve?

Él le dio permiso. Tenía las manos en los bolsillos y el cuerpo un poco tenso. A continuación, se dirigió a mí para indicarme:

—Sus cuadernos están sobre la silla.

—¿Te refieres a sus diarios? —Olivia soltó el marco y fue a coger el que estaba más alto en la pila.

Tenía la tapa de color rojo. Todos eran muy diferentes entre sí: tenían distintos colores y estampados, pero guardaban más o menos el mismo tamaño—.

Increíble —farfulló medio riéndose, al abrir la primera página y leer lo que ponía.

—¿Qué pasa? —Me acerqué también.

—Cuando éramos pequeñas, Eleonor bromeaba diciendo que algún día conseguiría algo muy importante y la gente querría leer sus diarios para entender su vida y cómo había llegado hasta aquí.

Escribía en sus cuadernos como si alguien algún día fuera a publicarlos.

Pensé que había dejado de hacerlo, pero este es el de este año.

—Me mostró una de sus anotaciones, al principio del todo:

Se puede publicar entero, menos las partes en las que parezco estúpida. POR FAVOR.

Cogí el cuaderno. Había un bolsillo integrado al final que hacía bulto.

Al ver el interior, se me encogió el corazón.

Eleonor había guardado un barquito de papel y una cartulina doblada cuidadosamente en dos que reconocí enseguida.

Era el diploma que yo le regalé por su cumpleaños.

No lo había dejado en su habitación. Lo llevaba siempre encima, en su diario.

—Está lleno de dinámicas e ideas para la asociación, como te comentaba —habló Dylan desde la puerta—. Puedes llevártelo, si quieres.

—No. —Lo rechacé enseguida, aunque me aferraba al diario con fuerza, aterrado ante la idea de tener que desprenderme de él—. No voy a invadir así su intimidad.

—Eleonor quería que todo el mundo lo leyera, Nash. Créeme, si hubiera alguien a quien se lo habría dado sin dudarlo, habría sido a ti —me dijo Olivia—. Además, quizá te sirva para tu proyecto.

—¿Qué proyecto? —preguntó Dylan extrañado.

—No es nada —respondí.

Pero me llevé el diario.

* * *

Un rato después, nos despedimos de la familia de Eleonor, acompañé a Olivia a su casa y emprendí el camino hacia la mía. Fue la primera vez en semanas —desde que ella se había ido— que me puse los auriculares.

Llevaba el cuaderno de Eleonor metido bajo el brazo.

Con cada roce, parecía que la tenía a mi lado, animándome a hacer aquello que llevaba días rondándome la cabeza.

Ya había anochecido cuando llegué a mi casa, que estaba vacía: lo que le había dicho a la señora Taylor había sido solo una excusa.

Mis padres y Sidney creían que después de la visita me iría a cenar con Olivia y ellos habían salido por su cuenta.

Subí directo a mi cuarto y, buscando, de manera inconsciente, retrasar un momento tan importante, me duché y me puse el pijama antes de sentarme frente al escritorio. Entonces, con la luz de la mesilla encendida y en el silencio de la soledad, por fin abrí el cuaderno.

Eleonor llevaba un diario por cada curso escolar.

Ese daba inicio en septiembre, no mucho antes de que nos conociéramos.

Había dinámicas, pensamientos y reflexiones, todo marcado con pósits.

Lo demás eran narraciones acerca de su día a día, sus vivencias y sus miedos.

Me concentré sobre todo en las páginas señaladas porque seguía sintiéndome un poco culpable por invadir su intimidad.

Encontré un pósit distinto, de su color favorito, el verde.

Cuando leí la frase que Eleonor había subrayado, mi corazón se encogió hasta casi asfixiarse.

«Incluso cuando no estás, yo sigo viéndote en todas partes».

Querido diario, creo que es lo más bonito que nadie me ha dicho nunca.

Ya sospechaba desde antes que Eleonor habría escrito sobre nosotros.

Aun así, confirmarlo me despertó algo dentro. Algo que había estado días apagado. Semanas.

Pasé página tras página. Estaba todo ahí.

Desde el día que nos conocimos en el baño de chicos, pasando por nuestra primera sesión, a lo que ocurrió en la casa del árbol.

Eleonor había contado toda su versión de nuestra historia en ese cuaderno.

Días después de nuestro primer beso, habíamos tenido una conversación en mi cuarto de la que también dejó constancia:

Querido diario:

Nash no escribe (ni cree) en las historias de amor.

Yo espero que algún día escriba la nuestra.

Leí sus pensamientos. Sus inseguridades.

Las dudas que había tenido, los motivos —las consecuencias— que la habían llevado a pensar que nos estábamos enamorando.

Cómo había visto el amor en los pequeños detalles: en las miradas, en las sonrisas, en todas las primeras veces, en dos cuerpos que funcionan como espejos.

Fue como escucharla mientras me decía: «Yo lo sabía.

Aunque no me dijiste nada, aunque no te dije nada, los dos lo sabíamos, Nash. El amor se mide en más que palabras».

Llegué a la última página. Había otra frase marcada. Leerla fue como tenerla al lado, poniéndome sus delicadas manos sobre los hombros, pidiéndome que hablara sobre nosotros. Sobre los duendecillos, los equilibristas y todo lo que habíamos compartido.

Saqué el ordenador y empecé a escribir.