35
Nash
Las palabras de Olivia me persiguieron durante los días posteriores.
El sábado por la tarde, me reuní con ella en el barrio de Eleonor —en el que antes había sido el barrio de Eleonor y ahora solo guardaba su recuerdo— para ir a visitar a su familia.
Tenían una situación muy complicada, entre lidiar con el duelo y acompañar a Devon en su recuperación.
Queríamos mostrarles nuestro apoyo, aunque la mera idea de volver a entrar en esa casa ya me resquebrajara las entrañas.
—¿Y Scott? —le pregunté a Olivia mientras nos saludábamos con un abrazo. Iba envuelta en su abrigo morado, cuya cremallera llevaba subida hasta el cuello.
Hizo una mueca al apartarse.
—Se ha rajado cuando ha sabido que tú venías.
—¿Por qué me odia tanto? —Comprendía que había estado mal por mi parte dejarlos solos con lo de la asociación, pero llevaba ya unos días trabajando al pie del cañón y aun así Scott seguía reacio a hablar conmigo.
—No te odia. Es solo que está enfadado con el mundo. Conmigo tampoco le apetece quedar. —Subió un hombro, de brazos cruzados, como si estuviera repitiéndose a sí misma lo mismo que llevábamos una semana diciéndonos el uno al otro: «tendremos que aprender a vivir con ello»—. Ya se le pasará.
Eso esperaba. Había tenido más interacciones con Carl —que sí que había estado ayudando— que con Scott esos días, y Scott era mi amigo. Su amistad había sido uno de los regalos que me había hecho Eleonor y no quería que nuestros caminos se separaran.
Olivia y yo sí que nos apoyábamos mucho mutuamente, por suerte.
Habíamos estado valorando cómo proceder con la asociación.
Íbamos a darnos un tiempo de margen antes de retomar las sesiones.
Me gustaba poder desahogarme con ella; era un alivio saber que había alguien en el mundo que entendía justo cómo me sentía.
Que también sufría por la pérdida. Aunque sonara egoísta.
Quizá esa era la razón por la que había accedido a acompañarla a visitar a la familia.
—¿Preparado? —sopesó tras tomar aire.
—Todo lo preparado que se puede estar.
Bastó con cruzar la verja del jardín para que me invadieran los recuerdos.
Pensé en el día de nuestro primer beso, cuando fui a buscarla a casa y me pasé casi treinta minutos delante de la puerta debatiéndome entre si llamar o no.
Por ese entonces nuestros únicos problemas se resumían en saber si nuestros sentimientos eran correspondidos.
La rechacé cuando intentó besarme en el parque y necesité varios días para armarme de valor y confesarle que me gustaba.
Varios días. Ahora no podía evitar pensar que, si hubiera sido menos cobarde, habríamos tenido esos días extra para estar juntos.
Dejé a Olivia pasar primero y eché un vistazo hacia la calle, todavía parado en el portón de la verja, hacia el rincón donde Eleonor y yo nos habíamos despedido por última vez.
«Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero».
«Estoy enamorado de ti. Estoy enamorado de ti. Estoy enamorado de ti. Estoy enamorado de ti».
«Buenas noches, Eleonor».
—¿Nash? —me llamó Olivia.
Reaccioné y me apresuré a seguirla.
Subimos juntos la escalinata y Olivia llamó al timbre. Se oyeron pasos dentro. Un minuto después, la madre de Eleonor abrió la puerta. Sus ojos brillaron de la emoción al vernos.
—Olivia —musitó con cariño. Le dio un fuerte abrazo y después vino hacia mí—. Hola, Nash.
Tenía la sensación de estar viendo a Eleonor, pero treinta años mayor; su madre tenía sus mismos ojos marrones y llevaba el pelo rubio igual, cayéndole sobre los hombros.
Me abrazó aunque apenas me conocía. Daba igual que no hubiéramos hablado mucho antes (salvo en contadas ocasiones, cuando me había visto en su casa); el vínculo que yo había tenido con Eleonor nos unía a los dos.
Entramos en la vivienda, que estaba llena de fantasmas.
Nos vi a Eleonor y a mí sentados en el sofá durante nuestras largas tardes juntos.
Estudiando, riéndonos, pegando nuestras rodillas con disimulo cuando todavía éramos solo amigos.
Me vi siguiéndola a la cocina el día de su cumpleaños, con esa bolsa de papel verde en la que le llevé el diploma, el colgante y las fichas de los nuevos voluntarios.
Era raro existir en una realidad sin Eleonor y aun así comprobar que sí que había existido Eleonor; que su casa estaba ahí, solo que sin ella, que los recuerdos permanecían, que esas escenas jamás volverían a repetirse, que aquel dolor en el pecho me acompañaría siempre.
—¿No hay nadie más en casa? —indagó Olivia cuando la mujer nos condujo a la cocina.
—Lizzie está en clase de francés y Devon arriba, durmiendo.
Ha subido hace poco. Iba a despertarlo para decirle que veníais, pero necesita descansar.
¿Y si os quedáis a cenar? Le gustará mucho veros.
—La madre de Eleonor alternó la mirada entre los dos, aunque yo sabía que se dirigía a Olivia, más que nada.
—Mis padres han hecho cena —me excusé—, pero gracias, señora Taylor.
—Llámame Margareth, por favor. ¿Y tú, Olivia? ¿Te quedas?
—Sí, yo me quedo. Gracias.
—¿Dónde está Dylan? —pregunté.
Dejaron de mirarse para fijarse en mí.
—Debe de estar arriba también —respondió Margareth. Salió de la cocina para llamarlo desde la escalera.
El padre de Olivia, que era un cocinillas, había hecho galletas caseras.
Ella me lo había contado esa mañana y yo me había pasado todo el día pensando en qué más llevar, pero no se me había ocurrido nada.
Finalmente, Olivia me había hecho el favor de decirle a la señora Taylor que las galletas eran de los dos.
Ahora la fuente estaba destapada encima de la mesa y, la cafetera, funcionando. Aunque no me apetecía mucho merendar —ese día sí que había almorzado—, no iba a poder poner excusas esa vez. No quería parecer maleducado.
—Es raro estar aquí —me susurró Olivia antes de que Margareth volviera—. No dejo de verla.
Asentí. Me ocurría lo mismo.
La señora Taylor entró de nuevo en la cocina y nos sentamos a tomar el café. Al cabo de unos minutos, Dylan bajó vestido con ropa de deporte.
—¿Todo bien, mamá? —empezó a preguntar. Entonces se asomó a la puerta y nos vio—. Vaya. Hola.
Eleonor nunca había llegado a presentarnos formalmente a Dylan y a mí.
Aunque Olivia sí que lo conocía desde hacía tiempo, se limitó a sonreírle con incomodidad.
No se levantó para abrazarlo. Era una persona que imponía bastante.
A pesar de ello, noté enseguida lo cansado que estaba.
Tenía la piel pálida y las ojeras bastante marcadas.
Como Olivia había dicho hacía unos días, estaban siendo unas semanas difíciles para todos.
—Los amigos de Eleonor han venido a hacernos una visita —le explicó Margareth. Intentó sonar animada—. ¿Quieres quedarte?
—Iba a salir a correr, pero gracias por venir, chicos. —Volvió a dirigirse a su madre—: ¿Vendrán Patrick y Carl a cenar hoy?
—Sí, si te parece bien.
—Pediré comida para todos —contestó Dylan. Después hizo el ademán de marcharse. Se arrepintió en el último momento—. Aunque..., ahora que lo pienso, esas galletas tienen muy buena pinta.
Olivia sonrió, ahora de verdad.
Y Dylan se sentó a merendar con nosotros.
Nos pusieron al día acerca de la recuperación de Devon y de cómo todo había afectado a las notas de Lizzie en el colegio —«es comprensible, sus profesores creen que pronto se pondrá al día.
..», nos dijo Margareth—. Nosotros les contamos que íbamos a seguir adelante con la asociación.
En cuanto nos oyó, la mujer me agarró del brazo, con lágrimas en los ojos, que se secó mientras decía:
—Me alegro mucho, chicos. —Pasó la mirada entre ambos—. Ese proyecto era muy importante para mi hija.
Si Olivia y yo ya teníamos claro que debíamos seguir adelante, después de escuchar eso no nos quedó ni una sola duda.
Cuando terminamos el café, ayudé a Dylan a llevar las tazas al fregadero mientras Olivia charlaba con la madre de Eleonor.
—Me parece genial. Lo de la asociación —mencionó Dylan a la vez que enjuagaba la vajilla—. Eleonor estaba siempre hablando sobre ella. Habría sido una pena que la cerrarais.
—Haremos todo lo posible por mantenerla a flote, aunque será difícil —admití—. Eleonor era el alma de Un Amigo Gratis.
Dylan cerró el grifo. Me observó durante un segundo con atención.
—¿La echas de menos? —me preguntó. Me giré hacia él y reculó enseguida—. Perdona. —Negó—. Claro que la echas de menos. Eras su novio, ¿verdad? Es solo que..., bueno, creo que no llegó a presentarnos.
«Porque tú no se lo ponías fácil», quise decir. No lo hice. Guardar rencor no me la devolvería, como había dicho Mike. Y Dylan ya tenía suficiente carga encima.
—Sí, algo así.
Dylan asintió.
—Pareces un buen tío, Nash.
Se apoyó de espaldas contra la encimera e hice lo mismo. Nos quedamos viendo cómo Olivia y Margareth conversaban, seguramente del mismo tema que nosotros.
—¿A ti también te contó esas historias? —indagó Dylan entonces—. La de los barcos. La del equilibrista. Recuerdo el día que se le ocurrieron y vino a contárnoslas a nosotros. Siempre acababa diciendo que las usaría en su asociación.
Se me escapó una sonrisa suave.
—Alguna me contó, sí.
—Tiene muchas de esas escritas en sus cuadernos. También están llenos de dinámicas e ideas. Estaba muy volcada con Un Amigo Gratis. —Al notar mi confusión, se aclaró la garganta con timidez—. Los encontré hace unos días, cuando miré en su habitación. —Una pausa—. Yo también la echo de menos.
—Si hay algo que creas que pueda ayudarnos a seguir adelante con el proyecto, avísanos —le pedí.
—¿Quieres subir?
¿A su cuarto? ¿Dylan me estaba ofreciendo subir al cuarto de Eleonor?
Me quedé petrificado. Por inercia, miré hacia Olivia, que acababa de acercarse y tenía que haberlo oído. Yo no sabía qué responder. Por un lado, ansiaba tener algo más, cualquier cosa, de ella; por otro, me aterraban los recuerdos que vivían en esa habitación.