Un amigo gratis EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Sonrío más. Yo también se lo digo. Pienso en cuando nos lo confesamos la primera vez, lo mucho que lo retrasamos aun teniendo casi claros los sentimientos del otro.

Fue en esa primera cita, por fin. Decidimos ser valientes y aprovechar el tiempo y la oportunidad que nos estaba brindando el destino.

Solo de pensar en que podría haber ocurrido algo como lo que pasa en mi novela, me pongo a temblar.

Esas cosas suceden en la vida real. Un día estás aquí y al siguiente no.

A partir de ahora, yo tampoco voy a dejar nada bueno por decir.

Llaman a la puerta. Eleonor y yo nos incorporamos justo a tiempo para ver a Sidney abrirla con timidez.

—¿Interrumpo?

—En absoluto. —Eleonor le sonríe, tan feliz como se pone siempre al verla—. Pasa. ¿Qué tal tus clases de teatro?

Sidney entra con su silla en la habitación.

Revisa la escena: el ordenador encendido con la pantalla en modo suspensión y nosotros sentados juntos en la cama.

Su rostro se llena de humor al verme. Debo de estar bastante despeinado, ya que Eleonor suelta una risita y me pasa la mano por el flequillo para intentar poner orden.

—Van muy bien —responde Sidney. En el libro la hice más pequeña de lo que es en realidad. En febrero cumplió quince y ya tiene las facciones de una adolescente—. De hecho, quería hablaros justo de eso.

—¿Ya tenéis fecha de estreno para la obra? —me emociono. Consiguió un papel protagonista en la de este año.

Sidney asiente.

—Estrenamos en octubre. ¿Vendréis a verme?

—Por supuesto —responde Eleonor. Intercambiamos una mirada rápida—. Dime la fecha exacta en cuanto la sepas y me lo apuntaré para asegurarme de estar en la ciudad. No me lo perdería por nada del mundo.

Sidney le indica que será el segundo sábado del mes y Eleonor saca su móvil para marcarlo en su calendario. Las dejo charlando y me levanto para apagar el ordenador. Todos sabemos que no voy a escribir nada más hoy. Eleonor me distrae y sigo sin estar inspirado, de todas maneras.

Las chicas ríen a mi espalda. En un momento dado, oigo a Eleonor decir:

—Qué ganas tengo de conocer a Jordan.

—¿Jordan? —Me giro hacia ellas enseguida.

—No es nadie —contestan a la vez.

Mis cejas reptan por mi frente.

—¿Quién es Jordan y por qué estáis tan sospechosas? —Me acerco como si estuviera a punto de resolver un crimen. Entonces se me enciende la bombilla—. Espera, ¿hablamos del mismo Jordan que se acaba de apuntar como voluntario a la asociación?

Ahora que Eleonor y yo hemos terminado el instituto, la dirección de Un Amigo Gratis ha caído en manos de Julie y William, que iban un curso por debajo del nuestro.

Habrá varios voluntarios nuevos de cara a este nuevo año escolar.

Entre ellos, mi hermana. Está ya al pie del cañón y ha convencido a algunos de sus amigos de que se apunten.

Jordan fue uno de los primeros en rellenar su ficha.

Lo sé porque Eleonor, Olivia, Scott y yo seguimos ayudando un poco a Julie con el tema de las listas de socios y voluntarios.

—No le hagas caso a tu hermano —le dice Eleonor—. Quiere ponerse en plan sobreprotector y no le sale nada bien.

—¿Por qué no puedo saber quién es Jordan? —insisto. Ya no es tanto sobreprotección como molestia porque me priven del cotilleo.

Sid suspira.

—Es un chico de mis clases de teatro.

—Un chico muy guapo —canturrea Eleonor. Sidney le da un golpecito como diciendo «¡no me delates!».

—¿Hay chicos guapos en tus clases de teatro? —A mí esto me pilla bastante de nuevas.

Eleonor me lanza una mirada burlona. Sí, es verdad. Sidney ya tiene quince años. Es normal que empiece a fijarse en chicos y a pensar en el amor y esas cosas. Yo a su edad estaba (por desgracia) colado por Agatha.

—No tienes nada de lo que preocuparte, Nash —aclara mi hermana—. Solo somos amigos.

«Así se empieza», me dijo Eleonor una vez.

—Me conformo con saber que es un buen chico —le digo a Sidney. No voy a ir de hermano controlador. Eleonor me sonríe y sé que he tomado la decisión correcta.

Ella tiene hermanos mayores. Es consciente de lo pesados que nos podemos llegar a poner.

—Lo es —me asegura Sid enseguida. Parece tan emocionada que está claro que no son solo amigos—.

Me apoyó mucho cuando Emma decidió darme de lado y no ser más mi mejor amiga.

Si no hubiera sido por Jordan, que vino a animarme a hablar con el resto de la clase, me habría quedado sola. Me hizo salir del caparazón.

Recuerdo a esa tal Emma. Se puso muy celosa cuando Sidney consiguió un papel importante en la obra de teatro y le dijo cosas horribles.

Me alegro de que Sid tenga amigos —o «no solo amigos»— de verdad en el instituto y en teatro.

Es comprensible que Jordan quiera ser voluntario; encaja bastante con lo que ella cuenta de él.

—¿Emma? —Eleonor arruga la frente—. ¿No es la chica con la que me dijiste que habías quedado el fin de semana pasado?

—¿Has vuelto a quedar con ella? —Me alarmo.

Sidney se encoge con incomodidad.

—No quiero que dejemos de ser amigas —reconoce—. Es decir, sé que ella no se ha portado bien conmigo, pero me da mucho miedo dejarla ir y no volver a encontrar nunca otra mejor amiga. ¿Y si me quedo sola para siempre?

—Pero tú misma lo has dicho. Tienes a Jordan y al resto de tus compañeros de clase —le recuerda Eleonor.

Sid cabecea.

—Lo sé —responde—. Es solo que... No me gusta que la gente entre y salga de mi vida como si nada.

Esa frase me desbloquea un recuerdo. Me transporta al pasado, a uno de los momentos que más disfruté plasmando en el libro: aquel día en el pasillo, cuando Eleonor y yo tuvimos una conversación similar. Mi novia levanta la vista hacia mí y sé que estamos pensando en lo mismo.

De repente, lo veo claro. ¿Qué mejor final que aquello con lo que empezó todo?

Me arrodillo frente a mi hermana.

—¿Sabes qué? —comienzo—. Creo que los humanos somos como puentes levadizos.

Pienso que, si tuviera una hoja a mano, haría un barco de papel.

Y que lo he encontrado.

Nuestro epílogo perfecto.