34
Nash
Cuando bajé la escalera, mi madre me esperaba en la cocina.
Últimamente siempre se iba un poco más tarde al trabajo para verme antes de que me fuera al instituto.
Nos preparaba el desayuno a Sidney y a mí.
Ese día mi hermana seguía dormida porque no tenía clase hasta segunda hora y, aun así, mamá tenía listo un plato enorme de tortitas.
Solo de verlo ya se me revolvió el estómago.
—Buenos días —me saludó, con esa sonrisa forzada y cautelosa que me había estado dedicando durante los últimos diez días.
Habían pasado casi dos semanas desde que Eleonor nos había dejado y ahora todas mis conversaciones con mis padres —y con Sid, con Mike y con casi todo el mundo— se habían basado en mí intentando convencerlos de que ya estaba mejor para que me dejaran en paz y en ellos sabiendo que mentía.
—Buenos días —respondí.
—Te he hecho tortitas.
—No tengo hambre.
—Esa excusa ya no me vale, Nash. Tienes que comer. —Sus ojos azules, más que con enfado, me miraban con preocupación.
—Ayer cené mucho, eso es todo.
—Tu hermana me dijo que te fuiste a dormir sin cenar —replicó. Me sentí traicionado por Sid, aunque no podía culparla; papá y mamá volvían bastante tarde de trabajar y sabía que le habían encargado vigilarme—. ¿Hace cuánto que no picas nada?
—No sé. —Me encogí con incomodidad—. Tal vez desde ayer en el almuerzo.
Mamá señaló el plato de tortitas.
—Come —ordenó.
Pero no iba a poder hacerlo sin vomitar al primer bocado. La tristeza me había quitado el apetito y se me iba notando en el cuerpo; debía de haber perdido dos o tres kilos en las últimas semanas.
—Pillaré algo en el instituto —le prometí para escaquearme—. En serio —insistí.
Aunque no parecía convencida, decidió no presionarme más. Íbamos haciendo avances: hasta hacía unos días, ni siquiera me apetecía ir al instituto. Había retomado las clases el pasado lunes.
—¿Cuándo hablarás con la psicóloga? —Acabó rindiéndose y siguió con el otro tema.
Me la habían asignado hacía un tiempo para ayudarme a lidiar con las secuelas del acoso escolar, pero ahora hablábamos también (sobre todo) de Eleonor.
—Esta tarde.
—Estoy preocupada por ti, Nash.
—Estoy bien.
La mentira se olía a kilómetros. No podía aguantar esa mirada de compasión ni un segundo más, por lo que me despedí con una sonrisa forzada, cogí mi mochila y salí de la casa.
Hacía un día grisáceo con el cielo lleno de nubes.
Me subí la capucha de la sudadera y eché a andar calle abajo sin ponerme los auriculares.
El instituto había celebrado un homenaje para Eleonor unos días después de su muerte al que yo no había asistido.
Esa semana todavía no me encontraba con ánimos para ir a clase; menos aún para tener que ver a alumnos que no la conocían, o a personas como Grace y Jayden, fingiendo estar dolidos por su pérdida.
Aunque lo que más me molestaba no era eso, sino la normalidad.
Mi mundo se había detenido y la gente seguía yendo a trabajar y al supermercado, los turistas continuaban visitando las ciudades, se organizaban bodas, bailes y fiestas de cumpleaños, y, mientras tanto, yo me sentía aturdido, desganado.
Miraba en todas las direcciones sin que me apeteciera tomar ninguna.
El duelo es duro porque se vive en solitario. Las vidas que se detienen son las del fallecido y sus allegados; las del resto, por mucho que traten de empatizar, siguen su curso. Es fácil sentir que uno se está quedando atrás.
Cuando llegué al edificio, pasé de largo ese rincón junto a la escalera en el que siempre solía esperar a Eleonor.
El resto de los alumnos charlaban entre ellos sin echar en falta aquella mochila verde, a esa chica de sonrisa luminosa que ya no se perdía en el mar de los pasillos.
Fui directo a mi primera clase del día. Si me había decidido a regresar el lunes, fue solo por culpa de un examen trimestral de matemáticas que no podía perderme si no quería suspender toda la asignatura.
Mi profesor había llamado a mis padres para avisarlos y no me quedó otra que presentarme.
El problema era que, ahora que había vuelto, ya no había forma de encerrarme de nuevo en casa, aunque eso fuese lo único que me apeteciese hacer.
Los carteles de la asociación seguían colgados en el pasillo. Hice todo lo posible por no verlos.
A la hora del almuerzo, Carl Thompson se levantó para acercarse a mí en cuanto sonó la campana. Llevábamos todo el curso yendo juntos a clase de historia, pero yo antes siempre intentaba evitarlo y él no tenía ningún interés en charlar conmigo. Las cosas habían cambiado mucho.
Todo había cambiado, por desgracia.
—He pensado que te vendrían bien. —Me tendió un sobre plastificado lleno de folios—. Son los apuntes de historia de la semana pasada. Este profesor siempre mete en los exámenes cosas que ha comentado de pasada en clase.
—Gracias —expresé, un poco sorprendido por su muestra de amabilidad. Me guardé los apuntes y Carl me sonrió incómodo.
Justo en ese momento, vimos a Jayden y a Grace pasando por el pasillo.
—Estaban en el funeral —mencioné, ya levantado, mientras cerraba la mochila para echármela al hombro—. Me sorprendió verlos allí.
—Sí, a mí también. Agatha y Grace me escribieron esa noche, ¿sabes?
Agatha quería saber si yo estaba bien. O, bueno, fingía querer saberlo.
Ya sabes cómo es —resopló. Yo era más que conocedor de sus trucos para mantener a alguien enganchado tras la ruptura—.
Grace parecía más afectada. Eleonor y ella fueron amigas, ¿verdad?
—En realidad, no. Grace estaba en la asociación y Eleonor era su voluntaria.
No tenían una amistad recíproca. Grace utilizaba a Eleonor para desahogarse de sus problemas y luego la traicionó.
—Y la humilló delante de todo el instituto, solo porque la ponía celosa que Jayden se hubiese fijado en ella.
Que ahora se sintiera mal no iba a hacer que yo empatizase con su persona.
—Ya. Seguro que Jayden influyó mucho en eso.
Estaba todo el día intentando poner a Grace en su contra —me contó Carl—.
Siempre alababa a Eleonor delante de ella para ponerla celosa, incluso antes de que Eleonor y él empezaran a hablar.
Creo que no le gustaba que Grace tuviera amigas.
Tienen una relación un poco tóxica. Aun así, Grace escogió su camino. Nada borra todo lo que hizo.
—En eso estamos de acuerdo.
—Me alegro de que hayas vuelto a clase. ¿Te pasarás luego por el aula de la asociación? Scott y Olivia llevan unos días tratando de organizarlo todo. Les estoy echando un cable. —Se rascó la nuca con cierta timidez, como si temiera que pudiera molestarme que ahora pasase tiempo con mis amigos.
A mí me daba igual. Ya no le guardaba rencor a Carl. Los recientes acontecimientos me habían demostrado que había problemas más importantes.
—Sí, quizá me pase. —Podría ir un rato antes de ver a la psicóloga.
Había faltado a las últimas reuniones con el orientador e ignorado todos los mensajes de nuestro grupo de WhatsApp. No soportaba la idea de hablar de la asociación sin Eleonor.
Sin embargo, no podría huir eternamente.
—Genial —se alegró Carl—. Te vemos luego.
No pasé por alto ese «vemos», refiriéndose a Scott, Olivia y él. Ahora eran un equipo y yo iba por libre.
—Sí —contesté—, os veo luego.
* * *
—No creo que debamos tirar eso.
Empujé ligeramente la puerta del aula de la asociación. Scott y Olivia estaban sentados en el suelo. Tenían varias cajas desperdigadas alrededor. Había un montón de papeles y carteles viejos que revisaban e iban apilando en diferentes montones, algunos de ellos sobre la mesa.
—¿Por qué no?
—No sé. —Olivia se encogió de hombros. Seguía teniendo el brazo izquierdo escayolado—. Me siento mal solo de pensar en deshacernos de algo, Scott.
—¿Qué hacéis? —pregunté.
Se sobresaltaron al verme.
—Nash —pronunció la chica. Trató de sonreír, aunque no pudo ocultar su desconcierto—. No sabía que vendrías hoy.
—Carl me ha contado que estabais haciendo inventario. —Busqué al susodicho por la habitación, pero no estaba; tal vez se había terminado escaqueando.
Scott se levantó con un resoplido de irritación.
—Ya. ¿Y no te ha dicho que empezamos hace días? ¿Que nos hemos reunido varias veces con el orientador?
—Lo siento —farfullé. Como Scott no me miraba, me dirigí a Olivia—: Volví a clase el lunes. Antes no era capaz de pisar el instituto sin...
—¿Tampoco para el homenaje?
—Scott —le recriminó Olivia.
Su amigo se volvió hacia ella con aire acusador.
—¿Qué? —le replicó—. Esto es difícil para todos.
Deberías haber estado ahí —me soltó a mí—.
Tendrías que haber ido al homenaje, a las reuniones con el orientador y a las que hicimos después con el resto de los voluntarios.
Nos dejaste tirados y Olivia y yo hemos tenido que encargarnos de todo.
¿Crees que eres el único que lo está pasando mal? ¿Que nosotros no la echamos de menos?
Tragué saliva, dolido ante la brusquedad de sus palabras.
—No, pero...
—Pues arrima el hombro como los demás.
Cogió una de las cajas en las que ponía PARA TIRAR y salió del aula sin decir nada más.
Tuve que apartarme de la puerta para que nuestros hombros no chocaran.
He ahí otro de los motivos por los que había estado retrasando el momento de volver: ya no era solo que pisar esa aula sin Eleonor me destrozase —que lo hacía; mirara hacia donde mirase, solo veía recuerdos—, sino que además sabía que Scott y Olivia iban a estar en todo su derecho de echarme en cara mi ausencia.
Todavía sentada, Olivia suspiró con pesadez y retomó su tarea de separar papeles.
—No le hagas caso —me pidió, aunque ella también estaba un poco rígida—. Cada uno gestiona el duelo como puede. Estas semanas han sido duras para todos.
—Lo siento mucho, Olivia —repetí—. Scott tiene razón. Debería haber estado aquí.
Ella solo se encogió de hombros.
Hubo un momento de silencio.