33 #2
Me quedé allí parado, con las manos hundidas en los bolsillos y el sol pegándome en la nuca, hasta que el personal del cementerio hubo llenado aquel agujero de tierra.
Pasaron por mi lado en silencio, sin ni siquiera mirarme, guardándole respeto a mi luto.
La tumba aún no tenía lápida. Tardarían días, o semanas, en ponerla.
¿Qué epitafio habrían elegido? ¿Pondrían solo el nombre de Eleonor y su fecha de nacimiento y la del día de su muerte? ¿Acaso darían más detalles?
No los habían dado en las noticias cuando habían hablado de ella.
No habían mencionado nada aparte de que solo tenía dieciocho años.
Se referían a Eleonor como «la persona fallecida» a veces sin darle siquiera un nombre.
A mí me asaltaba un impulso, casi irracional, de ir a buscar a esos periodistas y gritarles que Eleonor tenía una vida.
Que no era solo un dato, un caso más en la cifra total de accidentes de tráfico con víctimas mortales de ese año, que no era una excusa para pedirles a los espectadores que condujesen con cuidado por la carretera.
Que era una chica con sueños y miedos y aspiraciones y amigos y conmigo, joder, que antes nos teníamos el uno al otro y ahora ella había desaparecido y solo quedaban el silencio y el dolor.
El silencio de todo lo que no le había dicho seguía revolviéndome el estómago.
Miré el barquito. La cadena se había roto, por eso se le había caído; desde el día que se lo regalé, Eleonor no se lo había quitado por voluntad propia ni una sola vez.
Y ahora ese regalo tan especial para los dos estaba conmigo y no allí con ella.
Había una parte de mí que habría querido pedirle a su familia que se lo pusieran antes de enterrarla. Había otra que no había sido capaz de pronunciar esas palabras. Que las encontraba raras. Macabras.
Observé la tumba.
Apenas era capaz de hablar.
—Si no es tuyo, no quiero que sea de nadie más —le dije, y no me refería al colgante.
«Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero».
Tendría que habérselo dicho y, a causa del miedo, Eleonor nunca había llegado a escucharlo.
La culpa me perseguiría para siempre. No dejaba de plantearme si era verdad que ella lo sabía.
Si acaso se fue teniendo dudas sobre lo que yo sentía.
¿Por qué decidimos esperar aquella noche?
Si ambos ya lo sabíamos. Y más preguntas: si sufrió, cuál fue su último pensamiento, si lo podríamos haber evitado, qué sueños le quedaron por cumplir.
Mi mente era un constante: Eleonor, Eleonor, Eleonor.
Y aun así nunca se lo dije.
Nunca se lo dije. Nunca se lo dije. Nunca se lo dije.
—Lo siento mucho —murmuré, con un nudo en la garganta.
Las lágrimas me inundaban los ojos. Sabía que sollozaría en algún momento.
En ese aún no era capaz. Sentí que debía ser fuerte, por ella, por si me estaba viendo—.
Eleonor, lo siento mucho —repetí. Por las palabras que no dije y se quedarían para siempre pendientes entre nosotros.
Tardé un buen rato en atreverme a decir adiós y salir del cementerio.
Cuando lo hice, estaba anocheciendo y el aparcamiento ya se encontraba casi vacío. Olivia seguía fuera, hablando con Mike y con mis padres. Caminó hacia mí con los ojos todavía enrojecidos.
—¿Cómo estás? —me preguntó, como hacía últimamente todo el mundo, aunque ya supieran la respuesta.
—Esto es una mierda —contesté.
Asintió y me dio un abrazo. Comprobar nuestra diferencia de altura, lo pequeño que era su cuerpo en comparación con el mío, me recordó a Eleonor y noté otra punzada de dolor.
No volvería a abrazar a Eleonor. No volvería a besar a Eleonor. No volvería a hablar con Eleonor.
—La echo tanto de menos —susurró Olivia contra mi hombro—. Cada vez que pienso en que tendré que seguir adelante sin ella... La asociación, Nash. Nosotros. —Sorbió por la nariz—. ¿Qué vamos a hacer?
No volvería a oír reír a Eleonor. No volvería a mirar a Eleonor. No volvería a entrelazar mi mano con la suya, como nos gustaba hacer, y a acariciarle el dorso con el pulgar.
—No lo sé —respondí.
Yo llevaba días tratando de descubrirlo.
* * *
—¿Seguro que no quieres que me quede? —dudó Mike desde su coche. Había bajado la ventanilla y me miraba con pesar—. Puedo dormir aquí, si quieres. Como cuando éramos críos.
Negué.
—Vete a casa. Estaré bien.
—¿Me lo prometes?
—La verdad es que solo me apetece estar solo.
Vi en sus ojos que esa idea no le gustaba nada. Aun así, decidió no presionarme. Mis padres y Sidney estaban en casa, de todas formas. No podría aislarme del todo aunque quisiera.
—Cuídate, ¿vale? Y llámame si necesitas algo. Lo que sea.
Su coche no tardó en perderse al fondo de la calle.
Con un suspiro, regresé a casa. Mis padres también parecían dispuestos a darme algo de espacio y por eso ninguno me recriminó nada cuando les dije que me iba a ir a dormir sin cenar.
Mamá solo me miró con tristeza, con la olla con la comida recién hecha en las manos.
Tuve que lidiar con la sensación de haberla hecho sentir mal, además del pesar que ya me hundía el cuerpo. Subí a mi habitación de todas formas.
Tenía los músculos congelados por tantas horas fuera, al frío.
Cuando me quité la ropa para darme una ducha, saqué el colgante de mi bolsillo y lo coloqué sobre la mesilla.
Había una parte de mí a la que le parecía incorrecto tenerlo, como si se lo hubiera robado a Eleonor.
Pero, al mismo tiempo, no quería desprenderme de él.
Lo dejé a buen recaudo en la habitación cerrada y, cuando volví, con el pelo algo húmedo y la piel limpia, me metí en la cama y me dediqué a mirar el techo durante lo que se me hicieron horas.
Sabía que no iba a poder dormir.
Llevaba dos noches sin poder dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, me venía el recuerdo de su rostro, de su sonrisa.
Intentaba agarrarme a la última noche que nos vimos, a todo lo que sucedió.
Me daba rabia tener la imagen borrosa en la cabeza.
No haberme fijado mejor. No habérselo dicho todo.
Si tan solo hubiera sabido que aquella sería la última vez. ..
Pero no lo sabía.
Joder, no lo sabía.
Y ahora solo me apetecía gritar. Llorar.
Patear la almohada, darle golpes a la pared, romper cosas y gritarle al universo por qué diablos había sido tan injusto.
¿Por qué llevarse a Eleonor? ¿Por qué a ella?
Cuando era tan buena. Cuando no había hecho daño a nadie.
Cuando tenía tantos sueños. Cuando yo la quería tanto, cuando yo la necesitaba tanto. ¿Por qué, por qué, por qué?
Eran casi las dos de la mañana cuando decidí que tenía que huir de mi cabeza. Me levanté y me escabullí al cuarto contiguo. Toqué suavemente a la puerta de mi hermana.
—¿Sid? —susurré abriendo lo justo para asomar la cabeza.
—Estoy despierta. —Por su voz, yo no era el único que había estado llorando. Saberlo me destrozó aún más.
—¿Puedo dormir contigo?
Asintió, cerré la puerta y me acomodé en su cama.
Las sábanas calientes olían a su colonia de flores favorita.
Antes de que nos mudáramos a esa casa, cuando todavía éramos niños, vivíamos en un piso en el que teníamos que compartir habitación.
Siempre nos metíamos en la cama del otro cuando sufríamos una pesadilla.
Lo hacía sobre todo Sidney, que era la pequeña.
Ese día, sin embargo, yo no tenía fuerzas para hacer de hermano mayor.
—¿Estás bien? —musité de todas formas.
—No. ¿Y tú?
—Me siento como si me hubieran triturado el corazón.
Hubo un silencio.
—Voy a echarla mucho de menos, Nash.
—Yo también. —Se me formó otro nudo en la garganta.
Hice esfuerzos por seguir hablando—: Antes, en el cementerio.
.. me he quedado con algo que debería haber tenido ella —confesé.
Necesitaba contárselo a alguien—. ¿Te acuerdas del colgante que le regalé por su cumpleaños?
Resulta que se le cayó en la fiesta del sábado y no lo llevaba cuando.
.. —No pude pronunciar esa palabra. No pude—.
Lo tengo guardado en mi habitación. No dejo de pensar que debería habérselo dejado. A fin de cuentas, es suyo.
—Eleonor querría que lo tuvieras —me tranquilizó Sid.
—Pero ¿y si no? ¿Y si el colgante tendría que haberse quedado con ella? —¿Y si le arrebataba algo más, como ya le había arrebatado el derecho a saber todo lo que yo sentía?
—Ella querría que lo tuvieras —insistió—. De todas formas, no creo que Eleonor esté ahí abajo, Nash.
—¿A qué te refieres?
—No me gusta la idea de que, cuando morimos, nuestro espíritu se queda encerrado en un ataúd. Creo que su cuerpo está ahí enterrado, pero ¿su alma? —Negó con la cabeza—. Eleonor está por todas partes.
Un destello, otro recuerdo.
«Incluso cuando no estás...».
—Está en el sol y en el mar y en la brisa que mueve los árboles —prosiguió Sidney—.
En el olor de los libros y en sus páginas, sobre todo en las de las historias de romance, que eran las que más le gustaban.
En sus canciones favoritas, en las frases que siempre solía decir, en los regalos que hizo, las historias que nos contó.
En su asociación. En cada cosa o gesto que nos recuerde a ella.
Está aquí ahora, mientras la recordamos, con nosotros.
Seguirá cuidándonos desde ahí arriba. Echar de menos a alguien no es más que la prueba de lo presente que está esa persona —dijo, y repitió—: Eleonor está por todas partes.
Y a mí me gustaba esa manera de verlo. Quería pensar que Eleonor era la brisa y el mar y las risas que soltamos y todo lo que enseñó, que estaría presente en cada rincón del mundo, siempre que hubiera alguien que la recordara.
El problema era que Eleonor estaba en todos sitios, menos donde yo deseaba que estuviera: físicamente allí, conmigo.