33
Nash
El funeral se celebró dos días después, durante una tarde en la que brillaba el sol y, a primera vista, parecía que en el mundo no había cambiado nada.
Mis padres y Sidney quisieron acompañarme.
Los tres sabían lo importante que era Eleonor para mí y, además, querían darle las condolencias a su familia.
La directora del instituto mandó un mensaje a todo el centro en el que comunicaba la trágica noticia y nos informaba que se celebraría un homenaje el viernes de esa misma semana, pero no hubo nada más; cuando salí de casa, mis vecinos cortaban el césped, el cartero bajaba la calle montado en su bicicleta y los correos electrónicos del trabajo seguían llegando sin parar al teléfono de mi padre, que terminó poniéndolo en silencio.
Habían pasado dos días desde la muerte de Eleonor y el mundo ya seguía adelante sin ella, y yo no podía ni imaginarme que ese mundo pudiera existir.
El accidente había salido en las noticias.
Era una ciudad pequeña donde, acostumbrados a que nunca pasara nada, todo el mundo se había hecho eco de lo ocurrido.
Se hablaba de una fallecida y de tres heridos (Olivia, Devon y el otro conductor), dos de ellos graves.
La culpa no había sido del coche de los gemelos, cuyos frenos a veces se encasquillaban, sino del otro coche, que se había saltado todos los límites de velocidad y entró en el cruce de manera temeraria.
Aunque los frenos hubieran funcionado bien, para cuando Devon quiso reaccionar ya habría sido demasiado tarde.
Al menos, eso era lo que Olivia decía que no dejaban de repetirle.
Cuando Devon se había despertado aquella noche, se había visto en una camilla, con su novia herida y sin su hermana pequeña.
Su caso aparecía en las noticias. Cuando uno ve las noticias nunca piensa que es posible que un día su caso aparezca en las noticias.
Lo primero que Devon había pensado era que todo había sido culpa suya.
Durante esos dos días posteriores al accidente, yo también lo había pensado.
Necesitaba que la culpa fuera de alguien.
Cuando no arremetía contra Devon, mi mente volcaba su odio contra el otro conductor, que, aunque también tenía heridas graves, sí que había tenido la suerte de sobrevivir.
Los culpaba a ellos, y culpaba al destino, que había provocado que Eleonor fuera en ese coche; la culpaba a ella por haberse sentado de copiloto, a mí por haberla invitado a salir y haber hecho que Devon entrara por ese cruce, que caía más cerca del restaurante, en vez de por cualquier otro.
Sentía tanta rabia dentro que necesitaba cargar contra alguien. Culpar a alguien.
—No te valdrá de nada —me había dicho Mike el día anterior, cuando estábamos juntos en mi casa (durante esos días apenas se había separado de mí).
Olivia acababa de escribirme para actualizarme el estado de Devon y yo había soltado el móvil sobre la mesa con un resoplido; en esos momentos, estaba furioso incluso con ella—.
Puedes cabrearte con el mundo y detestarlos a todos, pero no ha sido culpa suya, Nash. Y odiarlos no te la devolverá.
Ese era el problema. Que no había nada que pudiera devolverme a Eleonor y yo no sabía cómo enfrentarme a esa nueva realidad sin ella.
—Scott me dio esto para ti. —Después Mike se había sacado algo del bolsillo y me lo había mostrado sobre su palma abierta—.
A Eleonor se le debió de caer en la fiesta de San Valentín.
Había estado toqueteándolo todo el día. —El dije dorado del barquito de papel brillaba entre sus dedos—. Scott pensó que te gustaría tenerlo.
Ahora el colgante estaba guardado en el bolsillo de mi chaqueta.
Cuando llegamos al cementerio, unos minutos más tarde de lo debido —nadie había dicho nada, pero todos fuimos conscientes de que papá había dado un rodeo para no tener que pasar por aquel cruce—, vi a varias personas vestidas de negro dirigiéndose hacia la entrada.
Yo no había ido mucho allí; solo un par de veces, para visitar la tumba de algún familiar lejano que había muerto cuando yo era pequeño.
Siempre me había parecido un lugar bonito.
Hasta aquel día, que lo odié.
Odié los árboles desnudos, cuyas hojas habían caído durante el otoño.
Odiaba el césped reseco, las tumbas de piedra y los pinos altos y verdes que dibujaban sombras en el camino.
Nos encontramos con Mike en la puerta, que trató de sonreír al verme.
Odiaba que últimamente siempre tratara de sonreír al verme y nunca lo consiguiera.
También lo hubiera odiado si pudiera sonreír de verdad.
—Hola, tío —me saludó—. ¿Cómo estás?
Me encogí de hombros para esquivar la pregunta.
La gente ya estaba reunida en círculo para la ceremonia.
Fui hacia donde se encontraban Scott y Olivia junto a sus padres.
Olivia tenía el brazo en un cabestrillo y sus heridas seguían curándose.
Nos dio un abrazo como pudo a Mike y a mí, intercambió una sonrisa forzada y cordial con mis padres y luego siguió mirando, preocupada, hacia la familia de Eleonor mientras nosotros saludábamos a Scott.
La señora Taylor no dejaba de llorar. Lizzie, a sus pies, intentaba consolarla.
Era Dylan quien se estaba encargando de recibir el pésame de la gente y agradecerles que hubieran ido.
Parecía agotado. Devon no iba a poder asistir; su pronóstico era bueno y pronto saldría del hospital, pero primero tendría que pasar unos días más en observación.
Cuando el entierro terminara, su familia volvería allí para estar con él.
Yo también sentí la misma preocupación que Olivia.
Por todos, incluso por Dylan. Verlo con ojeras y los hombros tensos, mientras su novia lo agarraba del brazo para intentar apoyarlo, solo me provocó compasión.
Sabía que Eleonor y él habían tenido sus diferencias y que, cuando ella murió, estaban peleados.
No quería ni imaginarme lo culpable que Dylan debía de sentirse. Por todo. Incluyendo el tema del coche.
Era de los dos, aunque fuera Devon quien condujera aquel día.
Patrick y su hijo, Carl, se aproximaron al círculo. La madre de Eleonor se rompió al abrazar al hombre y, unos minutos después, la ceremonia dio comienzo.
—No me lo puedo creer —graznó Scott en voz baja—. ¿Qué diablos hacen ellos aquí?
Seguí su mirada. Habían asistido muchas personas del instituto: varios profesores, el orientador, la directora, algunos socios y voluntarios —entre ellos, Julie y William, que nos sonrieron levemente desde la lejanía, y otros que no conocía—.
A quienes no esperaba encontrarme era a Jayden y a Grace en la parte trasera del círculo.
—Quieto —le ordenó Olivia, también en un susurro, cuando Scott hizo el ademán de querer acercarse—. Lo mejor es ignorarlos.
—¿Cómo se han atrevido a venir? —gruñó él—. Con lo mal que la trataron. Después de cómo la traicionaron.
Me miró esperando a que me sumara a su enfado. Yo había sentido rabia durante todo el día, la llevaba sintiendo desde que me dieron la noticia; me impedía dormir por las noches y hacía que tuviese siempre los músculos tan rígidos que incluso me dolían, y aun así dije:
—No merece la pena.
—¿Hablas en serio? —Scott apretó los puños.
—Eleonor habría dicho justo eso, que no merece la pena. Esta ceremonia es para ella —le recordé—. No vamos a dejar que la estropeen.
Scott resopló y se volvió hacia el frente, aunque estaba claro que se estaba conteniendo y la idea no le hacía ninguna gracia.
—Esos dos son la hipocresía en persona —comentó Mike inclinándose hacia mí—. No sé cómo no les ha dado vergüenza presentarse aquí.
—Se sentirán culpables —dije.
—Pues que les jodan.
Sí, en eso estábamos de acuerdo.
Asistir al funeral ya me había costado, pero tener que permanecer allí de pie mientras la ceremonia transcurría y la madre de Eleonor salía a decir unas palabras que hicieron llorar a todo el mundo terminó de estrujarme el corazón.
Me sequé las lágrimas con disimulo mientras contenía las ganas de escabullirme entre la gente y desaparecer.
No quería estar allí. No soportaba mirar ese ataúd cerrado, rodeado de flores, y pensar que dentro estaba Eleonor.
Mi Eleonor. Escuchar a esas personas hablando sobre ella lo volvió todo más real.
No había sido una pesadilla. Había ocurrido de verdad.
Cuando el funeral terminó, yo agarraba con tanta fuerza el colgante que la punta del barquito se me clavaba en la piel. El dolor no era comparable al que sentía en el pecho. La gente comenzó a dispersarse mientras el personal del cementerio se preparaba para bajar el ataúd.
—No puedo ver esto, chicos —se disculpó Olivia entre lágrimas. No tardó nada en girarse para no tener que contemplarlos mientras trabajaban—. Yo... lo siento. Es que... no puedo.
Se fue colina abajo junto a sus padres. Yo me quedé junto a Scott, que, con la mirada clavada en la madera oscura, dijo:
—Te queremos. —Tragó saliva—. No vamos a olvidarte nunca.
Luego se marchó también.
Mis padres vinieron a llamarme, pero Mike los interceptó y me prometió que me esperarían fuera.
Fui el único, junto a la familia de Eleonor, que se quedó a ver cómo bajaban el féretro.
El proceso fue rápido, casi indoloro; parecía tan mecánico que costaba asimilar lo que todo aquello significaba.
Cuando terminaron, hubo unos minutos de silencio, tras los que la familia de Eleonor también procedió a marcharse.
Carl intercambió una mirada conmigo. Me dio el pésame con los ojos.
Dylan y Lizzie también me miraron, aunque ninguno de los dos se atrevió a decirme nada.