32
Nash
Había un silencio absoluto en el hospital cuando Mike y yo empujamos la puerta de la entrada. Corrimos hasta recepción, con las respiraciones aceleradas y, al menos en mi caso, el corazón latiendo a mil por hora. Apenas podía oír nada por encima del ruido de sus latidos.
—Eleonor —fui capaz de decir. Bum. Bum. Bum. Bum. Bum—. Buscamos a Eleonor. Taylor. Ha llegado aquí junto a su hermano Devon. Son... Han tenido...
—Los del accidente de tráfico —terminó la recepcionista por mí. Sus ojos verdes, marrones, no lo sabía, el mundo me daba vueltas, pasaron de mí a la pantalla del ordenador con tristeza. Parecía estar a punto de darme una mala noticia, pero solo nos indicó—: Tenéis que pasar a la sala de espera.
—¿Qué? —articulé.
—Es aquella puerta al fondo.
—Pero nosotros...
—Nash. —Mike me puso una mano en el hombro—. Tranquilo. Vamos.
No me quedó otra que seguirlo, pese a que mi instinto me rogaba que corriera hasta el primer, segundo o tercer piso y buscara a Eleonor yo mismo.
La sala de espera estaba bastante llena.
Mike fue a sentarse. Lo imité, pero acabé levantándome enseguida.
Me temblaban las piernas. Había estado a punto de sufrir un ataque de ansiedad antes, mientras llamaba a Mike con urgencia para que viniera a recogerme al restaurante después de haber recibido la noticia por parte del padre de Olivia.
Su hija debía de haberle pedido que me avisara y él me había llamado directamente desde su móvil.
No habíamos hablado durante más de quince segundos.
Por eso me resultaba imposible relajarme; nadie me había dado suficientes explicaciones y no iba a respirar tranquilo hasta que viera a Eleonor.
Necesitaba asegurarme de que estaba bien.
—Esto es una estupidez —me quejé a Mike cuando vi a una nueva pareja entrar en la sala de espera—. Mandan aquí a todo el mundo. Tardaremos horas en saber en qué habitación está.
—Vendrán a avisarnos pronto —me aseguró. Él también estaba preocupado, pero intentaba ser la voz de la razón en un momento en el que yo había perdido los nervios—. No te angusties.
Mi móvil vibró sobre mi asiento vacío.
Prácticamente salté sobre él.
Era un mensaje de Scott. Estaban en la cuarta planta.
—Vamos —le dije a Mike. Salí de la sala de espera decidido a discutir con cualquiera que quisiera impedirme llegar hasta el ascensor o la escalera.
Sin embargo, la recepcionista estaba en ese momento atendiendo a otras personas —que acabarían desterradas a la sala, como las demás— y no nos vio cruzar el pasillo hacia el ascensor.
Pulsé el botón mientras daba toquecitos inquietos con el pie.
No dejaba de revisar el móvil por si recibía otro mensaje; de Scott, Olivia o la propia Eleonor. Necesitaba verla y darle un abrazo.
Las ansias me comían por dentro y, aun así, cuando salimos del ascensor, algo hizo que me quedara petrificado en medio del pasillo.
Había gente al fondo, sentada en las hileras de butacas blancas y de pie frente a la puerta de una de las habitaciones.
Distinguí a la madre de Eleonor, a Scott y a quienes parecían ser sus padres.
La absoluta tristeza que emanaba la escena hizo que mis piernas frenaran en seco.
El miedo me paralizó. No quería acercarme a ellos.
De hecho, tuve el impulso de correr en dirección contraria.
Mike tiró de mi brazo.
—Vamos —me instó, y solo pude seguirlo.
Conforme nos acercábamos, la sala recuperó el sonido y los lamentos llenaron mis oídos. La madre de Eleonor lloraba mientras un hombre —¿Patrick?— la abrazaba con fuerza. Scott se levantó al vernos. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Qué ha...? —A mí no me salían las palabras—. ¿Dónde...?
—Olivia está dentro —nos informó él.
En la habitación de al lado, la que todos custodiaban. La impresión que sentí al verla me llenó el estómago de náuseas. Olivia estaba tumbada en la cama de sábanas blancas, en ese cuarto con las paredes del mismo color, con un brazo escayolado y varias heridas en la cara.
La acompañaban sus padres. Se movieron al oírnos llegar y los ojos de Olivia se llenaron de lágrimas en cuanto se encontraron con los míos.
—Nash —sollozó. Parecía incapaz de respirar—. Nash, yo no... Lo siento tanto, no...
—¿Qué ha pasado? —balbuceé con la voz temblorosa mientras me aproximaba a la camilla—. ¿Dónde está Eleonor?
Mike se quedó atrás. Hablaba en susurros con los padres de Olivia y con Scott, que nos había seguido dentro. Yo no podía dejar de mirar a Olivia, que hizo el esfuerzo de respirar para contarme lo ocurrido.
—Hemos tenido un accidente. Los frenos del coche no funcionaban bien y.
.. otro coche ha aparecido de repente en el cruce a toda velocidad.
Yo no... no sé cómo está Devon. Se lo han llevado en otra ambulancia y seguimos esperando noticias.
Y Eleonor... —Se le volvió a romper la voz—.
Nash, ella no... No... No puedo. No puedo hacer esto.
Retrocedí como si me hubieran golpeado.
El mundo empezó a volverse borroso.
—¿Dónde está? —exigí saber.
—Nash. —Mike se me acercó por detrás y volvió a agarrarme el hombro, con una mano que apenas noté; su voz era un eco y su toque era como el de un fantasma—. Nash, tienes que sentarte.
—¿Dónde está Eleonor?
Me giré hacia él. Sus ojos marrones y su rostro se distorsionaban, parecía que todo daba vueltas. Por detrás, vi a Scott y los padres de Olivia observándonos con tristeza.
—Iba sentada en el asiento del copiloto. El otro coche ha aparecido por la derecha. —Las palabras de Mike sonaban lejanas y, aun así, eran como puñales—. El impacto ha sido muy brusco, Nash. Ella no...
—No —lo corté. No quería escucharlo.
—Los médicos no han podido hacer nada.
—No —repetí.
Me alejé negando con la cabeza.
—Nash. —Mike no parecía saber qué otra cosa decirme. Cómo consolarme. De qué otra manera darme la noticia.
—No es verdad. —Ahora era yo el que tenía lágrimas en los ojos—. No le ha pasado nada. Me estás mintiendo. —Me volví hacia el resto de los presentes—. ¿Dónde está? ¿La han llevado a la otra habitación?
Nadie contestó. La frustración me bulló en las entrañas.
Quería gritarles que me dijeran la verdad.
Que me permitiesen verla. ¿Por qué la habían escondido?
¿Dónde la tenían encerrada? Me mentían. Me estaban mintiendo.
Pero el silencio se alargó y Olivia volvía a llorar a mi espalda.
Mike se acercó de nuevo con cautela, dispuesto a contener la tempestad.
—Nash —repitió para tranquilizarme.
—Eleonor no está muerta —dije.
Miré a Scott, y Scott me miró a mí.
—Lo siento mucho —fue lo único que logró pronunciar.
Lo aparté de la puerta para salir de la dichosa habitación.
Necesitaba aire. Aire. No podía respirar.
Y el mundo giraba muy deprisa y el blanco del hospital me quemaba la retina y no sabía hacia dónde iba, si me estaba tambaleando.
En mi cabeza su nombre sonaba una y otra vez.
Eleonor. Eleonor. Tenía que encontrar a Eleonor.
Estaba ahí, en alguna parte. No podía haberse ido. Necesitaba encontrarla.
Empujé una puerta. La del baño. Me precipité contra el lavabo, apoyé las manos sobre el mármol frío y dejé caer la cabeza hacia delante.
Alguien entró detrás de mí. Me habían seguido.
Y las náuseas aumentaban y yo supe, sentí en el corazón, con un sexto sentido, que no era ella.
Se trataba de Mike. Me puso las manos sobre los hombros, una vez más.
Aquel día Mike no dejó de agarrarme, como si fuera consciente de que, si me soltaba, me iba a caer. Como si le diera miedo que me rompiera y luego no pudiésemos encontrar todos los pedazos.
—Respira —me pidió. Fue más una súplica que una orden.
Y los recuerdos me golpearon: aquel día, en la cafetería, cuando yo le dije lo mismo a Eleonor.
Cuando la sujeté como él me estaba sujetando a mí.
Cuando le pedí que respirara. «Ahora suéltalo.
Despacio. Imagina que tienes delante una tarta de cumpleaños. ..».
Me aparté con brusquedad.
—Suéltame —le espeté.
—Tío... —Intentó volver a acercarse.
—¡He dicho que me sueltes!
Mi grito resonó por todo el baño. Me giré con brusquedad, abriendo los brazos, y golpeé sin querer la máquina de secado con la mano.
El latigazo de dolor me hizo soltar un «¡joder!
» ronco. Me sujeté la mano herida, con los riñones contra el mármol.
Fue ahí cuando, por el dolor, tanto el físico como el emocional, empecé a llorar.
Las lágrimas me nublaron la vista y me corrieron por las mejillas mientras yo sollozaba e intentaba llenarme los pulmones de aire.
—No puede ser verdad —le dije a Mike. Le supliqué con la mirada que me prometiese que todo era una broma, un mal sueño, una pesadilla—. Por favor, dime que no es verdad.
Sentí las ganas que tenía de hacerlo. El dolor que le generaba no poder.
—Lo siento, Nash —repitió.
Fue a darme un abrazo. Me hundí contra su cuerpo, como tantas veces habíamos hecho durante todos los años que llevábamos de amistad, a raíz de rupturas, peleas familiares o en el colegio; cosas que ahora me parecían muy lejanas, que ya no tenían importancia.
El dolor no era comparable. No cuando yo ahora sentía que el mundo se sumía en la oscuridad.
¿Cómo era posible? Tenía que ser un error.
Hacía cosa de una hora, Eleonor y yo habíamos estado intercambiando mensajes.
La había visto el día anterior. Me había prometido que ese día nos veríamos.
Nos habíamos dejado muchas cosas pendientes por decir.
No iba a poder soportarlo. Estar sin ella.
Ir al instituto sin ella. Vivir sin ella. La asociación. Todo.
—Nunca se lo dije. —Las palabras salieron de mi boca en otro sollozo. Fueron un destello de lucidez, una certeza que se me clavó en las entrañas—. Nunca le dije que yo...
—Eleonor lo sabía —me aseguró Mike.
¿Lo sabía?
Justo en ese momento, oímos ruido fuera.
Mike y yo intercambiamos una mirada y, escondiendo todas las emociones en un rincón de mi pecho, en un estado extraño en el que no terminaba de procesar lo sucedido, pero al mismo tiempo solo sentía dolor, salimos del baño para ver qué ocurría.
Era consciente de que lo más probable era que fueran noticias sobre Devon.
Aun así una parte de mí esperaba encontrarse a Eleonor.
Que un médico viniera a decirnos que todo había sido un error. Que ella estaba bien.
El chico que acababa de cruzar corriendo el pasillo de la cuarta planta se parecía a Devon, pero yo sabía, por su ropa, su postura y el hecho de que estaba completamente ileso, que no se trataba de él. Fue directo a abrazar a su madre, que lloró mientras le daba las malas noticias.
Dylan Taylor llevaba fuera de casa casi una semana.
Días después, yo me enteraría de que no había querido ver a su hermana Eleonor esa tarde, cuando Devon y ella habían ido a casa de Megan para solucionar las cosas.
Y ahora él estaba allí, y ella se había ido para siempre.